lunes, 16 de abril de 2018

Radiohead – Tecnópolis, 14/04/2018



Hasta la intelligentzia más pedante y tilinga es capaz de reconocer que Radiohead ha llegado a un nivel que trasciende los gustos y las calificaciones. Pero no lo ha hecho sobre la base de datos cuantitativos (puntajes, ventas, tickets, ganancias) sino mediante una política de laburo que consiste en jamás dejar de desafiar la capacidad de asombro del espectador, acción acompañada por el descarte casi total de cualquier gesto de revisionismo o de nostalgia. A lo que se suma el afán del quinteto de Oxford por entramar una experiencia única e irrepetible en cada parada de la gira antes que el mero cumplimiento de un compromiso.

Y sin duda que lo del sábado 14 fue único e irrepetible para buena parte de las cuarenta mil personas que colmaron el reducido y deficiente espacio destinado al festival Soundhearts, que en la previa había arrojado actuaciones destacadas del colectivo oriental Junun y, más aún, de Flying Lotus, músico y DJ de Los Angeles abocado a una retorcida electrónica ambient. Estos buenos números de apertura, junto con el fresco otoñal, habían dejado el terreno bien allanado para la aparición estelar de los maestros de ceremonia –la segunda en estas tierras–, quienes dispusieron sus figuras bajo una gran pantalla ovalada y acunaron a los presentes con la suavidad de la reciente “Daydreaming”, cuyo climax convirtió al predio en una versión 3D del cielo estrellado del Planetario y desató la primera ovación.

Tras ello, el motorik de “Ful Stop” y los ritmos irregulares de “15 Steps” y “Myxomatosis” habilitaron los primeros movimientos frenéticos de un sonriente Thom Yorke que exhibirá, durante el resto de la noche, una actuación vocal notablemente superior a la del Club Ciudad de nueve años atrás. Asimismo, sus estoicos compañeros de siempre (más el percusionista Clive Deamer) ocuparon sus espacios a la manera de pequeños laboratorios al aire libre, en especial los guitarristas Ed O’Brien y Jonny Greenwood, quienes manejan unos amplios márgenes de improvisación mientras bucean en efectos, teclados y hasta sampleos en tiempo real de emisiones radiales, como pudo verificarse en los asfixiantes trances eléctricos de “Climbing Up The Walls” y “The National Anthem”.

Amparado por un sonido muy claro al que sin embargo le hubiesen venido bien unos decibeles de más, el primer “hit” que se hizo presente fue “Lucky”, aquella gema floydiana que anticipaba el cierre de Ok Computer (1997), y más tarde también serán de la partida oldie unas fieles versiones de “Let Down”, “My Iron Lung” y “I Might Be Wrong”. Por su parte, “Nude” y “Pyramid Song” concedieron respectivos espacios de lucimiento tanto a Yorke en su uso del falsetto como a Greenwood en el roce de su guitarra con un arco de violín, matizando las oscuras notas de piano de aquel gran segundo track de Amnesiac (2001).

Tampoco faltó la electrónica digna del sello Warp que la banda cooptara en la etapa posterior a su mayor exposición, y tanto la frenética “Idiotheque” como “Feral” y “The Gloaming” (interrumpida por la caída de una valla de seguridad y retomada quince minutos después) bombardearon de bits y flashes de luz enceguecedora a un público emocionado que, hacia el final de la primera tanda de bises, ya había tenido suficiente como para irse a casa flotando a veinte centímetros del suelo. Sobre todo luego de la imponente versión de “Exit Music (For a Film)”, interpretada en medio de un silencio de ópera en el que tranquilamente podría haberse oído caer un alfiler.

Siempre fiel a sus términos, y pese a haber hecho escala en absolutamente toda su discografía, el grupo se reservaría recién para el final la única concesión de “éxitos”, de forma que “Paranoid Android” (aquel magistral resumen de los efectos colaterales de la hipercomunicación) y “Creep” (el tempranero single que podría haberlos dejado en terrenos del one hit wonder) abrieron el karaoke de las líneas más crudas con que Radiohead plantara su cosmovisión allá en la década de los noventa. Una forma de ver las cosas que ha sido acusada de pesimista, depresiva, forzada, autoindulgente, pero que encontró eco en muchas personas que hoy siguen celebrando la permanente inquietud e inconformismo de una banda que, a treinta años de su formación, continúa arreglándoselas para ofrecer shows sencillamente impresionantes.




Setlist: Daydreaming / Ful Stop / 15 Step / Myxomatosis / Lucky / Nude / Pyramid Song / Everything in Its Right Place / Let Down / Bloom / The Numbers / My Iron Lung / The Gloaming / I Might Be Wrong / Weird Fishes/Arpeggi / Feral / Bodysnatchers. Encore: Desert Island Disk / Climbing Up the Walls / There There / Exit Music (for a Film) / The National Anthem / Idioteque. Encore 2: Present Tense / 2 + 2 = 5 / Paranoid Android / Encore 3: Creep.


viernes, 6 de abril de 2018

Oasis – Heathen Chemistry (2002)





Había que estar en la piel de los Oasis en los albores del nuevo milenio. No solo existía la realidad de un inevitable recambio generacional de la mano del rock retro-fachero y de la dulzura post-britpop de grupos como Coldplay, sino que, mirando hacia adentro, a nadie se le caía una idea ni de casualidad. La conquista mundial perpetrada a mediados de los noventa con el binomio imbatible conformado por Definitely Maybe (1994) y (What's the Story) Morning Glory? (1995) había dejado a los Gallagher tan millonarios como desorientados de cara al desafío de la supervivencia y la revalidación de los laureles. Así, entre excesos de todo tipo y la incertidumbre por lo que vendría, los mancunianos apostaron por la exageración, y en Be Here Now (1997) todo se hizo a lo grande, quizás para tapar una falta de rumbo que se volvió aún más evidente en Standing on the Shoulder of Giants (2000), cuya factura se cobró la deserción de dos miembros históricos, el guitarrista Bonehead (Paul Arthurs) y el bajista Guigsy (Paul McGuigan).

Ya metidos hasta el cuello en los treinta y pico, y mientras veían cómo incluso hasta sus rivales de Blur ignoraban hacia dónde disparar, Oasis vislumbró una salida al dilema con la despreocupada elevación de hombros del que cree no tener nada que explicar, ni siquiera la apertura del juego compositivo, por parte de Noel Gallagher, a su hermano Liam y a los recién llegados Gem Archer (guitarra) y Andy Bell (bajo, ex-Ride). ¿Por qué entonces quedarse en casa llorando y mirando VH1 si todavía se podía poner un Marshall en diez y salir a la cancha? 

La secuencia de apertura de Heathen Chemistry, pues, exhibe al grupo rockeando con todo, pared de sonido y actitud arrogante de por medio. “The Hindu Times” se acomoda en el canon de Oasis como un certero golpe a la mandíbula, a la manera de los grandes éxitos, y sus latigazos orientaloides (que a cualquier argentino recordarían a Skay Beillinson) abren el álbum con una plena celebración de la potencia redentora del rock, que continúa en la despechada “Force of Nature” –edificada sobre la base de “Nightclubbing” de Iggy Pop– y en “Hung In A Bad Place”, escrita por Archer.

Sin embargo, luego de este comienzo prometedor, a partir de la balada “Stop Your Crying Your Heart Out” las canciones parecen apegarse a un manual que hace escala por enésima vez en los Beatles y en la fórmula de estadios bien aprehendida por el Noel tras años de hacer cantar a las masas. Así, luego de la invitación al singalong multitudinario de “Little By Little”, y de la referencia a “Tomorrow Never Knows” que cita “(Probably) All in the Mind”, Liam Gallagher encuentra amplios espacios para desarrollar su obsesión por John Lennon, enfermiza en el caso de “Born In a Different Cloud” o teñida de una acústica ternura en “Songbird”. Esta última, en tándem con “She is Love” de Noel, capturan a ambos hermanos recomponiendo sus vidas personales luego de sendos divorcios y dotan al álbum de simpáticos pasajes de folk matutino que brillaban por su ausencia en trabajos previos, al punto que constituyen la única real novedad del álbum. 

Aún notablemente desparejo, Heathen Chemistry al menos salía mejor parado que su antecesor en cuanto presentaba a unos Oasis más fieles (quizás demasiado) a sus limitados estándares, armados con algunas buenas canciones atravesadas, empero, por la sensación de que ahí –a diferencia de la época de Be Here Now– no habría sobrado mucho material para elegir y laburar. La banda incluso  pareció admitir jocosamente la sequía al interponer TREINTA minutos de silencio entre “Better Man” y el hidden track “The Cage”, dejando a merced de la nada misma todo un caudal de espacio que unos años atrás había sido llenado con canciones que ahora, a la distancia, el grupo detestaba. 

Tengo 35 años ”, dijo Noel por ese entonces. “Puedo usar suéteres gruesos y tener unos putos golden retrievers, y no me pueden tocar porque soy oficialmente de mediana edad”. Dicho de otro modo, a los siempre bravucones hermanos Gallagher les había llegado la madurez, el momento de hacer lo que se les diera la gana sin grandes gestos explicativos. Lo que incluía un disco que, aún facturado a media máquina y en franca desventaja respecto de los días gloriosos, de buenas a primeras podía arrancarte un momento ameno. Después de todo, tal como había concluido la reseña original de la NME, “en tiempos sombríos, Oasis ha recordado cómo darnos una alegría. ¿Para qué más están, sino, los grupos pop?”.



Links:
Oasis – Don’t Believe the Truth (2005)
Liam Gallagher – As You Were (2017)
Beady Eye – Different Gear, Still Speeding (2011)




lunes, 26 de marzo de 2018

Depeche Mode – Estadio Único de La Plata, 24/03/2018



En el principio fue el cine; las personas tuvieron por fin la posibilidad de ver y narrar historias en movimiento gracias a la proyección de luz sobre una rápida sucesión de fotogramas, derivación lógica del arte de la fotografía. Luego irrumpió la televisión; hacia la década de 1960 ya gran parte de la población mundial contaba con un aparato receptor de imágenes y sonido que permitía vivenciar, en la comodidad del living de casa, noticias, películas y entretenimiento al tiempo que, se suponía, en el corto plazo contribuiría a la estupidización progresiva e irreversible de los pasivos y voraces televidentes. Posteriormente, el desarrollo y la evolución de la computadora personal y sus satélites (videojuegos) habilitaron el uso hogareño de una red de intercambio de datos que pronto se convertiría en el motor de la civilización. Tablets, laptops y teléfonos inteligentes serían, ya en el siglo XXI, meras extensiones de los propios cuerpos. Aparatos cuyo extravío, rotura o caducidad generan una sensación de malestar indescriptible.

Pero en vista de la enorme reserva de libros y estudios científicos y filosóficos de la más diversa índole que advierten sobre la excesiva dependencia de las pantallas en la vida (pos)moderna, nos conformaremos aquí con añadir que hoy, en los shows musicales de cualquier género, el despliegue audiovisual ha ocupado un lugar muy difícil de suplantar cuando no está. Dicho de otro modo, hay muchos artistas cuya propuesta puede ser sostenida solamente por el audio, siempre y cuando esté bien balanceado y ecualizado, y hay otros (la mayoría de la escala de estadio) cuyo complemento con las imágenes pasa a ser una parte central de la performance.

En el caso de Depeche Mode, hace ya muchos años –al menos desde la gira World Violation de 1990– que cada una de las canciones de sus conciertos cuentan con una intervención visual de su genial videasta Anton Corbijn, al punto de que gran parte de la imaginería del grupo de Basildon ha quedado atada a las extrañas, oscuras, incluso osadas ideas del artista neerlandés. Se advierte, en todo el acervo de DVDs, clips y grabaciones del público, que las mismas ocupan un papel central en el espectáculo del trío. ¿Pero qué pasaría si, de repente, de buenas a primeras eso desapareciera, se apagara? Pues en rigor no debería ocurrir nada; una banda con la trayectoria y la calidad de DM, que desde 1980 viene cosechando numerosos hitos discográficos de un techno-pop salpicado por un corazón blusero –cada vez más evidente desde el impar Music For The Masses (1987)– debería salir más que airoso de una situación escénica disruptiva, tan solo por el propio peso de las canciones y del carisma incomparable de su vocalista Dave Gahan.

Como ya se sabe (y como pueden leer en esta atinada reseña), el show del sábado pasado en el Estadio Único de La Plata, que recibió a lleno total a estos dioses del rock maquinal tras nueve años de espera, quedó empañado por severos problemas técnicos que obligaron tras el segundo tema (“It's No Good”) a cancelar la participación activa de las pantallas, dejando en el camino no solo las animaciones de Corbijn, sino también a la mayor parte de la concurrencia totalmente privada de la posibilidad de apreciar la fina gestualidad de un frontman catedrático como Gahan, o las pinceladas en primer plano del cerebro Martin Lee Gore. De manera que el espectáculo quedó a merced de un setlist que tenía todos los condimentos para redondear, pese a todo, una noche inolvidable, pero que, asimsimo, sufrió los pormenores de un sistema de sonido deficiente que lo privó del volumen y la ecualización pertinentes. Y he ahí el diagnóstico mayor: una falla visual catastrófica y un audio que dejaba bastante que desear.

Sin embargo, a pesar de todo ello, a fuerza de experiencia, canciones inoxidables y muy buenas versiones de viejos clásicos como “Everything Counts”, “Never Let Me Down Again” o “A Question of Time”, Depeche se cargó el asunto al hombro, ensayó su mejor cara y sacó a flote una situación muy difícil de remontar, habida cuenta de que gran parte de los espectadores había quedado limitado sólo a escucharlos, y mal. Gahan exhibió con creces su gran momento vocal y actoral, Gore interpretó sus segmentos propios (“Insight”, “Home”, “Strangelove”) con la pasión y el compromiso de siempre, y tanto el fundador Andy Fletcher como los ayudantes Peter Gordeno (teclados, bajo) y Christian Eigner (batería) cumplieron sus roles con aceitada dignidad, como si nada hubiese ocurrido.

Pero ocurrió, y las redes “estallaron” y la banda se vio obligada a emitir unas disculpas amén de tirarle un tremendo centro al área de la productora local DGEntertainment, que hoy, con el diario del lunes, asoma como la gran responsable por haber proporcionado equipamiento defectuoso a un conjunto de primer nivel. La fría noche platense, que prometía una verdadera fiesta, había terminado con el público resignado, esperando respuestas, y la retirada albergó la agria sensación de que aquella velada podría haber quedado en la memoria por mejores motivos que la caída del sistema. Simples pantallas. Artefactos que, por cierto, aunque en menor tamaño, todo el tiempo consumimos acríticamente en nuestras vidas cotidianas sin saber todavía cuáles serán las consecuencias reales y que de un momento a otro nos pueden cambiar el día. 



Setlist:
Going Backwards / It's No Good / Barrel of a Gun / A Pain That I'm Used To / Useless / Precious / World in My Eyes / Cover Me / Insight / Home / In Your Room / Where's the Revolution / Everything Counts / Stripped / Enjoy the Silence / Never Let Me Down Again. Encore: Strangelove / Walking in My Shoes / A Question of Time  / Personal Jesus.




martes, 20 de marzo de 2018

Luciana Tagliapietra - Kawaii (2017)



Lo que les falta a muchísimos grupos y artistas, cualquiera sea la dimensión en la que se muevan (mainstream, indie, o el mainstream del indie) es ponerse en el lugar del oyente. Así de simple. No para conformarlo, no para bombardearlo con el sonido de moda, no para adivinar su gusto, sino para tratarlo bien. Acariciarlo con un producto musical que, sin necesidad de aspirar a la perfección, al menos no lo subestime ni intente generar interés al grito de “mírenme, mírenme”.

En ese particular sentido, en su cuarto disco la artista tucumana Luciana Tagliapietra hizo todo bien. Se trata de siete canciones en las que la cantautora toma distancia del exquisito chamber-pop que cultivara en su álbum previo, La Luna (2013), para construir un sutil andamiaje de sintetizadores y ritmos programados en los que se cuela alguna guitarra que asoma prudente, respetuosa del aire taciturno que se extiende durante veintitrés minutos. Y he aquí la palabra clave: discreción. Porque todo es discreto en Kawaii, desde la compleja levedad del entramado de teclas, hasta las letras que hacen foco en observaciones mínimas de un torturado romanticismo cotidiano (“No te quiero ni en pantallas”, asegura en “Los Santos”), pasando por el propio registro de Tagliapietra, cuyo tono áspero y cautivador recuerda al de la mejor Rosario Bléfari

Asimismo, pese a que tracks como “El busca”, “Un monstruo” (que rememora al Virus de Superficies de Placer) o “Paisaje” inviten al movimiento corporal, la obra aparece debidamente preservada de sobresaltos innecesarios y los pasajes más plácidos se imponen con la misma proporción de autoridad. De esa manera, la cantante recorre los bordes más sofisticados de la new wave (“Canción Uno”) y el pop etéreo a lo Beach House (“Estoy pensando”) con la misma facilidad con la que cambia de baldosa al caminar por una ciudad que la ayuda a huir de sus demonios, y redondea un trabajo ideal para reproducir en bucle una y otra vez. Ningún arreglo, ninguna palabra queda fuera de lugar, y el encanto de Kawaii circula por el espacio sonoro como la nieve de esas esferas de vidrio que guardan postales en 3D.

Discos como este no salen todos los días y, por más que Tagliapietra suelte oraciones como “Canciones de amor / las hago pero no me importan, no me dan calor”, puede que para más de uno Kawaii se agrupe entre aquellas tantas gemas de esas que ayudan a hacer de la vida algo más llevadero. Que es, básicamente, la gran premisa que en esta época anémica debería tener el artista antes de ponerse a laburar, en vez de dilapidar tiempo y recursos para inflar el ego y actuar como monigote de feria en busca de más atención.


Links: 
Luciana Tagliapietra – “Escala” (single) (2017)
Beach House – Depression Cherry (2015) 
Coiffeur – Conquista de lo inútil (2014)

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Kawaii se puede escuchar aquí

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jueves, 8 de marzo de 2018

Édith Piaf – A L’Olympia 1961 (1961)



A más de un siglo de su nacimiento y más de medio de su muerte, Édith Piaf continúa provocando escalofríos en todo el globo, no solo por su vozarrón indescriptible, sino también por la asociación de sus dotes vocales con una dramática historia de vida que la llevara de la pobreza absoluta a un estrellato con toda la opulencia y los excesos que ello suele implicar, factores que hicieron mella en un cuerpo frágil por default.

Édith Giovanna Gassion, hija de una cancionista ambulante, nació en plena calle el 15 de diciembre de 1915, en Paris, y desde esa primera madrugada tuvo que enfrentar los aspectos más horribles de la vida carenciada, como el abandono, el nomadismo y la falta total de perspectivas. Sin embargo, aunque a los golpes, cada uno de esos capítulos fue apuntalando a la futura estrella al punto que es imposible hacerse un cuadro de su brillante carrera sin anclar en los recorridos errantes junto a su padre acróbata, en su estancia en el burdel que regenteaba su abuela materna –donde le enseñaron a cantar– o, ya jovencita, en sus actuaciones callejeras, que llamaron la atención de gente con poder en el mundo de la noche.

En unos pocos años, de la mano de su registro potente y calculado histrionismo, más un nutrido repertorio de chansons de pura tradición de cabaret, el ascenso de Piaf (así la había bautizado su descubridor, Louis Leplée) cosechó el reconocimiento de parte de grandes colegas como Marlene Dietrich, además de un resonante éxito en los Estados Unidos y el resto del mundo. Sin embargo, en el camino la pequeña Edith iba dejando pedazos de su salud, que se deterioraba cada vez más en función de sus hábitos y accidentes, al punto que, para fines de 1960 y con solo 45 años, nadie creía que cumpliría con el compromiso pautado en el teatro Olympia de Paris para después de la Navidad; de hecho, un público expectante colmó la sala bajo la creencia de que el Gorrión moriría ahí mismo en sus narices.

Naturalmente eso no ocurrió, e inclusive la función desplegó una belleza imbatible habida cuenta de su delicado estado psicofísico y del interrogante de si aquella presentación sería la última (no lo fue). Así, las canciones registradas que llegaron a este álbum en vivo aparecido al año siguiente, capturan a una audiencia extasiada ante una Piaf que ofrenda lo mejor de sí dentro de sus limitadas posibilidades, lo que convierte a esta obra en un documento de valor inapreciable. Allí la cantante resplandece tanto en melodías vivaces como “Les flonsflons du bal” y “Mon vieux Lucien” (con falso comienzo incluido) como en las melancólicas “Mon Dieu” y “La belle histoire d’amour”, mientras la orquesta de Jacques Lesage la sostiene como un preciso mecanismo de relojería. Sin embargo, es en el clásico absoluto “Non, je ne regrette rien” donde Piaf escupe sus principios como quien sabe que el tiempo se agota. “No, yo no lamento nada. Ni el bien que me hicieron, ni el mal: todo eso me da igual”, dice la artista en el single editado 1959, y de ahí a la eternidad había un solo paso.

Su vida finalmente se apagó en 1963, empero, seis décadas después, no solo sus canciones acumulan una cantidad abrumadora de reproducciones en Spotify, sino que varios de sus discos y compilaciones (incluso esta) fueron sumados al boom de reediciones y lanzados en vinilo de 180 gramos, lo que habla de una nueva demanda de un público joven ávido por revivir por unos instantes a las más grandes personalidades del problemático y febril siglo XX, como la Môme Piaf.

Links: 
Édith Piaf – A L’Olympia 1956 (1956) 
Barbara – Barbara a L’écluse (1959) 
Jacques Brel – J’arrive (vol. 12) (1968)