lunes, 2 de octubre de 2017

Café Tacuba - Revés/Yo Soy (1999)



No es ningún secreto que de grandes tormentas han surgido grandes obras. Ejemplos sobran, pero ya que estamos, afirmaremos que también ese fue el caso del cuarto disco de los mexicanos Café Tacuba, quienes para 1998 padecían la asfixia de una compañía que como requisito de renovación contractual exigía un desempeño similar al de Avalancha de Éxitos (1996), resonante disco de covers que le había dado al cuarteto “alterlatino” un alcance continental.

Era una época efervescente para el rock en español. Decenas de grupos con una fuerte vocación por la fusión entre sonido local y global competían por una mejor rotación o ubicación en festivales cada vez más multitudinarios. Al igual que tantos otros, los Cafeta habían irrumpido con mucho entusiasmo a comienzos de la década, solo que acusando una excentricidad que irían explotando sabiamente con el paso de los años y que los destacaría de los demás. A todo esto, la curiosa formación también cumplía su parte: un cantante hiperkinético (Rubén Albarrán) al frente de una banda sin batería, dependiente de las programaciones de un tecladista habilidoso (Emmanuel del Real) y del sentido melódico de un contrabajista y un guitarrista habituado a las cuerdas de nylon (los hermanos Quique y Joselo Rangel).

Sea como fuere, el grupo logró forjar un estilo reconocible y facturar unos cuantos hits como “Las flores”, del disco Re (1994), o la lectura de “Cómo te extraño” del argentino Leo Dan. Hasta ahí todo normal, giras, éxito, prensa, rumores de separación, desmentidas, etc. Lo que nadie imaginaba (menos aún la dirección ejecutiva de la Warner) era que el siguiente paso implicaría un paseo instrumental por las más diversas formas de mixturar la electrónica con el folklore, la danza contemporánea, la música de cámara y el pop; un gesto más cercano a esa osadía artística que tanto se añora que al suicidio comercial –aunque al final también resultara ser así. De modo que entre amenazas corporativas y conflictos grupales, inmediatamente después de la grabación del estrafalario Revés, la banda –respaldada por Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel– se vio obligada a sacar de la galera Yo Soy, un disco más convencional con canciones desempolvadas que, por obra y gracia de una ciencia que desconocemos, terminó siendo el complemento perfecto para las excentricidades de la idea inicial.

Ambos trabajos, con o sin palabras de por medio, parecen echar raíces sobre los mismos conceptos: la tierra, el universo infinito y la posición de cada simple ser humano en él. Con esas premisas, y más allá del afirmativo palíndromo (palabra “loop”) que lo titula, las canciones de Yo Soy trazan un recorrido filosófico que atraviesa la infancia (“Dos niños”), la madurez (“El hombre impasible”), el karma familiar (“El padre”), cuando no se pregunta directamente por los motores centrales (“La locomotora”) o la implacable rueda de la vida (“Bicicleta”).

Pese a las presiones a las que aludimos y a los condicionamientos musicales que por su propia naturaleza impuso Revés, la elegante factura de Yo Soy y la lúdica soltura de los tacubos desnudan un amplio margen de libertad aprovechado hasta el último segundo. Esto implicó arrebatos individuales, el uso de guitarras eléctricas por parte de Joselo, e inclusive un extraño juego con el formato mismo que dejó como resultado un CD con nada menos que 52 tracks, número al que se llega a partir de la imperceptible división de las últimas tres canciones.

Eso último no se replica en Revés, aunque tampoco era necesario en virtud de su carácter meramente exploratorio. Como ya adelantáramos, aquí el grupo se entrega por completo a la experimentación y despliega un conjunto de melodías circulares que ostentan un equilibrio delicadísimo del par modernidad/tradición. Entre ejecuciones exquisitas, rarezas minimalistas e invitados como el Kronos Quartet (que reversiona “La muerte chiquita”) y el zapateo de la Compañía de Danza Folclórica (con la perturbadora intervención de Meme Del Real), Cafeta se ríe de las convenciones pero se ocupa de que el producto quede bien lejos del onanismo intelectualoide.

A pesar de las críticas más que favorables, no hace falta una mente brillante para inferir que el álbum fue un rotundo fracaso comercial que determinó la inmediata eyección del cuarteto de las filas de Warner. Eso no impidió que Café Tacuba se regenerara y continuara entregando grandes discos, incluso con mucha repercusión como el sucesor Cuatro Caminos (2003), que de la mano del hit “Eres” abriría por fin la ruta del esquivo mercado argentino, ahora encantado con sus nuevos ídolos.


Links: 
Penguin Cafe Orchestra – Broadcasting From Home (1984) 
Brian Eno – Before And After Science (1978) 
Café Tacuba – El objeto antes llamado disco (2013)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Queen – News of the World (1977)



Además de la media docena de discos clásicos que la convirtiera en una de las bandas más grandes que haya dado el viejo y querido rock de estadios, Queen también detenta uno de los séquitos de fanáticos más talibanes sobre la faz de la Tierra. Gente convencida de que todo lo que hizo el cuarteto inglés en su larga historia entra directo en el ámbito de lo SAGRADO –así con mayúsculas– independientemente de los “pequeños traspiés” fácilmente justificables solamente por el hecho de haber sido facturados “por Queen”, lo que no ameritaría mayor debate. Por eso les aconsejo: nunca discutan con un fan de Queen; tarde o temprano la charla se tornará tensa y, posiblemente, a los dos o tres “peros” ya se habrán acreditado un nuevo enemigo. No digan que no les avisé.

Pero más allá de eso, cualquier oído transparente coincidirá conmigo en que hay un antes y un después de The Game, aquel entretenido álbum de 1980 que sellaba su alianza definitiva con sonoridades en boga del pop radial. El después abarca una seguidilla de discos irregulares, conflictos internos, giras arrasadoras y un desenlace que todos conocen; el antes, en cambio, comporta un firme camino al cénit y un descanso en la meseta, pero sin pasos en falso. Y eso que las cosas estuvieron complicadas en más de un momento: por ejemplo, la bancarrota que los acechaba al momento de facturar su obra maestra A Night at the Opera (1975), el desafío de perpetuar la grandeza con una secuela digna (A Day at the Races, 1976) y, para 1977, el vertiginoso riesgo que supuso el recambio generacional que vino por la vía de la explosión punk y el ocaso del rock progresivo.

De modo que lo que se venía ahora era una cuestión de mera supervivencia. Obviamente, no tenía lógica reinventarse como banda punk (todavía seguiríamos descostillándonos de la risa de haber sido así), de la misma manera que tampoco valía la pena seguir intentando ganar la simpatía de un sector de la prensa –como la NME– ya muy abocado a ridiculizar a los primeros dinosaurios de los setenta. Frente a este dilema, la solución implicó, en primer lugar, borrar del mapa todo vestigio del barroquismo que atravesaba sus trabajos previos y, en segunda instancia, cerrar filas con sus fans más fieles –que, por cierto, no eran precisamente tres gatos locos. Una salida inteligente y económica, en todo aspecto.

Los primeras señales que acusaba News of the World consistían, entonces, en declarar vencedor a Queen de toda batalla que se le hubiese presentado: épica en estado puro. Ya sobradamente saldado el derecho de piso (“I've paid my dues, time after time...”), Mercury, Deacon, May y Taylor abrieron su nuevo trabajo con dos solemnes cánticos dedicados a la hinchada, “We Will Rock You” y “We Are The Champions”, rápidamente adoptados en competencias deportivas de todo el globo. Pero el mensaje era más amplio, y “Sheer Heart Attack”, una cruda demostración de su poderío rockero, vaticinaba una existencia breve a esos forajidos de pelo parado que andaban haciendo desmadres por ahí. Desde ya, los hechos revestían otra complejidad, pero en términos de “grieta” eso tenía mucho sentido.

Todo cuadra perfectamente si se tiene en cuenta que durante esas sesiones los estudios Wessex  albergaron un curioso round entre Freddie y un Sid Vicious dispuesto a bardear a los pelmazos que pretendían “llevar el ballet a las masas”. ¡La anarquía versus la monarquía! Sin embargo, el altercado no pasó a mayores: el bajista de los Sex Pistols fue invitado a retirarse, y Queen prosiguió sacando el pecho a lo Maradona con la simplificación de su fórmula, que arrojaría algunos resultados notables y otros no tanto.

En tal sentido, “All Dead All Dead” y “Spread Your Wings”, escritas por Brian May y John Deacon respectivamente, verifican la destreza del grupo para facturar grandes melodías sin esfuerzos considerables y, de paso, narrar alguna buena historia, como la del infortunado camarero de vida gris que ilustra esta última. Tras ello, el hard-rock “Fight from the Inside” anticipa un lado 2 que arremete con todo de la mano de un osado experimento, “Get Down Make Love”, cuyo desarrollo insinuante y poderoso estribillo son atravesados por un candente intermedio a puro efecto de guitarra, reforzando la carga orgásmica que pretende instalar el track. De hecho, la insolente lírica expelida por Mercury le valdría la inclusión en la lista negra de la dictadura argentina, lo que no impidió que la banda lo ejecutara tranquilamente durante sus históricas presentaciones en el país en 1981.

Empero, hasta aquí parece llegar el encanto de la novedad, ya que el resto del álbum no se reserva mayores sorpresas. Salvo la excepcional “It’s Late” –acaso el único link con etapas previas de mayor sobrecarga musical–, “Sleeping in the Sidewalk”, “Who Needs You” y “My Melancholy Blues” difícilmente constituyan capítulos memorables del repertorio, aunque es cierto que tampoco hunden al álbum de manera insalvable.

En una época en la que predominaba un caudal de jóvenes pugnando por una renovación radical, News of the World asomó como un disco de transición, en contraste con los muy buenos momentos que atravesaban competidores como Cheap Trick o la Electric Light Orchestra, lo que sin embargo no implicó de ninguna manera ventas magras. Incluso, el buen desempeño de la placa en las tiendas de todo el mundo envalentonó al cuarteto real para regresar a estructuras un poco más complejas, como lo atestigua Jazz, de 1978, al igual que este, tibiamente reseñado por los especialistas. A los que no les faltaba algo de razón, por más que la barrabrava, biblia en mano (toda la discografía de Queen), dijera absolutamente lo contrario. 


Links:
Bad Company – Straight Shooter (1975)
Cheap Trick – In Color (1978)
Kiss – Love Gun (1977)





martes, 1 de agosto de 2017

Kate Bush – The Kick Inside (1978)




¿Quién pudo maniobrar una carrera prácticamente sin traspiés durante cuatro décadas, conocer lo más alto de los rankings aún apostando por los riesgos y al mismo tiempo preservar el tesoro de su intimidad? Kate Bush. Ahora bien, redoblemos la pregunta: ¿quién logró, en un mundo masculino, en los años 70, colocar en el N° 1 un álbum enteramente salido de un cerebro adolescente? Pues la misma: Kate Bush. Una artista fuera de serie, casi sin precedentes en el rock (habría que remontarse a Joni Mitchell para encontrar semejante actitud) y que poco antes de saltar a la fama había pasado una infancia tocando música y abrevando de los discos de rock que había en su casa rural de clase alta en Kent, Inglaterra.

De esta manera, la inquieta Catherine (nacida en 1958) no tardó mucho en ponerse a garabatear sus propias composiciones y, a los doce, ya contaba con un demo que hizo circular hasta que llegó, tiempo después, a manos de un David Gilmour hechizado por el estrafalario canto de esa chica provinciana, más propio de un ser mitológico que de una cantante pop. Cuenta la leyenda que, en 1975, el guitarrista de Pink Floyd le acercó la cinta a gente de la EMI diciendo “por favor, escuchen esto” y rogando que pusieran el plan en marcha. Todo ok, pero antes Bush debía superar ciertos obstáculos: vencer su terrible timidez (lo que logró tomando clases de danza y mimo) y curtirse actuando en pubs con la banda de su hermano Paddy, antes de proceder con un poco ortodoxo y ambicioso álbum debut, The Kick Inside.

Ya plenamente consciente de su potencial, la joven artista movió cielo y tierra para asegurarse el control total e inapelable del producto que se gestaba en los estudios Air: una música extraña, angelical, canalizada a través de un histrionismo vocal sobrehumano, un disfraz pop rock impregnado de imaginería erótica y un piano siempre cómplice de la aventura del descubrimiento. Como si de desactivar clichés se tratara, la mirada clínica (y cínica) de Bush –un ojo en la música radial y otro en las vanguardias rockeras– hizo que las canciones fueran y volviesen del exotismo a la manera de una bolsa arrastrada por el viento.

Así, “Moving” abre el disco con el sonido de una ballena y una melodía digna de un film samurai, y “The Saxophone Song” vincula a Roxy Music con King Crimson, sin embargo, la composición de Bush alcanza su primer pico con “Strange Phenomena”, una breve gema que relaciona la menstruación con insólitos fenómenos paranormales. Y si de intimismo se trata, luego del arrebato reggae de “Kite”, la balada “The Man With the Child in His Eyes” narra una fantasía sexual con un hombre que la visita cuando apaga la luz por las noches, en tanto que “Wuthering Heights”, un tortuoso drama basado en la novela homónima de Emily Brontë, avanza entre acrobacias vocales y uno de los estribillos más exhuberantes jamás facturados (“Heathcliff, it’s me, I’m Cathy, I’ve come home, I’m so cold...”) para redondear su primer gigantesco hit. Directo a la cima de los charts.

La segunda mitad continúa este híbrido de rock progresivo, AOR y folk anglosajón con algún que otro altibajo, como la rockera “James and the Cold Gun”, que le sentaría bien a The Alan Parsons Project (de hecho, varios de los sesionistas provenían de allí) y tal vez el jamaicano “Them Heavy People”. Empero, piezas descollantes como las explícitas “L’Amour Looks Something Like You” y “Feel It”, colmadas de una ardiente lascivia que contrasta con la inocencia de “Oh To Be in Love”, amén del escalofriante cierre con “The Kick Inside” –una nota suicida de una muchacha embarazada fruto de una relación incestuosa–, se encargan de poner las cosas en su lugar de excelencia. Así presentada y empaquetada, la misteriosa sensualidad que atraviesa el álbum desde la primera hasta la última nota provocaría la rendición incondicional de un público amplísimo en el que se encontraba gente tan dispar como John Lydon y Peter Gabriel y futuras estrellas del porte de Elizabeth Fraser, Tori Amos o Björk, por nombrar solo algunas. 

Posteriormente, tras la edición de la apurada secuela, Lionheart (también de 1978), Bush, quien en 1973 había visto en persona cómo David Bowie liquidaba a su personaje Ziggy Stardust, encara una serie de treinta shows plagados de elementos circenses, coreográficos y mucho color, cuando en realidad sus planes pasaban por otro lado. Tras la decisión de abandonar las giras para siempre, en el horizonte asomaba un conjunto de trabajos intrincados, de una complejidad avasallante pero siempre con un pie en el pop, algunas presentaciones en televisión y una inteligente adaptación a la era MTV que la mantendría bien posicionada en el panorama. Total, sus discos se encargarían solitos de ir educando a quien quisiera recoger el guante.


Links: 
France Gall - France Gall (1975)
Bat For Lashes – The Bride (2016)
Lorde – Melodrama (2017)




lunes, 24 de julio de 2017

Spacemen 3 – Sound of Confusion (1986)



A mediados de la década de 1980, al tiempo que Madonna, Michael, Sting y A-ha acaparaban los primeros puestos y sonaban hasta en la radio de la abuela, había gente encarando desde hacía rato tareas más interesantes, como la de desarrollar el ruido, la experimentación y la suciedad, prácticas bastante alejadas del chato convencionalismo dominante. No vamos a ahondar en la Norteamérica alternativa, que era un hervidero, pero sí vale recordar que en el Reino Unido, por ejemplo, ya estaba en bateas el Psychocandy de The Jesus and Mary Chain, se consolidaban los etéreos Cocteau Twins y se encaminaban My Bloody Valentine, The Telescopes y Loop, bandas que en virtud de su indiferente y estática postura escénica, serían definidos bajo el rótulo de shoegazers (“los que se miran los zapatos”). En general estas agrupaciones tenían en común, además de una afición por las vanguardias de todas las épocas, el buen pop y el garage rock, un coleccionismo que los conducía a verdaderas excursiones vinilo-arqueológicas con el fin de develar los secretos de oscuras bandas de los ’60 especialmente.  

En la ciudad inglesa de Rugby, los Spacemen 3 también sintonizaban esa frecuencia. Lo suyo no era una mera recreación de un sonido, sino más bien una especie de declaración de principios: si la década en curso exaltaba exaltaba el yo-consumidor-hedonista-exhibicionista, pues aquí las capas de ruido, los acoples y las estructuras reiterativas y monocordes eran practicadas en función de una anulación del ego, efecto similar al de ciertas drogas o estados místicos. Una (micro)política que discutía con un orden de cosas que, bajo otros disfraces o estrategias, sigue aún vigente.

La formación estaba integrada por J. Spaceman (Jason Pierce), en guitarra y voz, Sonic Boom (Peter Kember) en guitarra, Pete Bain en bajo y Natty Brooker en batería, jóvenes melómanos bien provistos de equipamiento vintage y con muchas ganas de apabullar al receptor. Más allá de lo desalentador del contexto de la música masiva, los astros estaban lo suficientemente bien alineados como para que el producto de esas mentes se convirtiera años después en objetos de reverencia, y el álbum debut no fue la excepción, ya que Sound of Confusion ofrece lo que todo buen amante de la psicodelia espera oír: canciones hipnóticas, de no más de dos o tres acordes, llenas de fuzz y feedback, que cabalgan sobre una sección rítmica minimalista y repetitiva creando, por decirlo de algún modo, una verdadera experiencia en la cabeza del oyente.  Breve, pero experiencia al fin.

El disco, relativamente corto, transcurre como un centrifugado. Composiciones propias como “Losing Touch With My Mind”, “Hey Man” y “2.35” se mezclan con covers de sus venerados 13th Floor Elevators (“Rollercoaster”), Juicy Lucy (“Mary Anne”) y The Stooges (“Little Doll”) sin sacrificar homogeneidad. Las voces llenas de cámara rebotan entre toneladas de distorsión, y la coda de “O.D. Catastrophe” parece no tener fin, de manera que cualquier intento de descripción o racionalización se vuelve inútil, pues la idea de Spacemen 3 parece ser la pura vivencia.

No hace falta un doctorado en astrofísica para deducir que un álbum de estas características no se vendió ni para cubrir los gastos de taxi para ir a buscar al dealer. Así y todo Sound Of Confusion fue un comienzo más que promisorio para esta agrupación de trayectoria breve pero sin puntos bajos y muy prolífica. Ya en las puertas de la nueva década y con un recambio generacional en ciernes, tras varios intentos discográficos tan o más desafiantes que este, las tensiones insalvables entre los líderes Pierce y Kember provocarán el desguace de la banda en 1991, opereta que dejará al cantante más que listo y curtido para su próxima aventura sideral, Spiritualized, con la que sí conocerá el éxito artístico y comercial.


Links:
Spacemen 3 – Playing With Fire (1989)
Mercury Rev – Yerself is Steam (1991)
Spiritualized – Lazer Guided Melodies (1991)






jueves, 6 de julio de 2017

Él Mató A Un Policía Motorizado – La Síntesis O’Konor (2017)




Era una cuestión de tiempo. Se veía venir el día que Él Mató a un Policía Motorizado sellara su inclusión en las grandes ligas con una obra bisagra, capaz de generar un impacto –hacia afuera y hacia adentro de la banda y aún persistiendo con la autogestión– comparable al que experimentara Babasónicos con Jessico (2001) o, más atrás y más lejos, sus amados Sonic Youth con Goo (1990). De hecho, así como van las cosas, la presentación del quinteto encabezado por Santiago Barrionuevo en un recinto adecuado para su creciente ejército de fanáticos es otra cuestión de tiempo, pero eso ya no nos concierne.

Lo cierto es que detrás del éxito que disfruta el combo platense, impunemente vilipendiado por la zona de confort del rockerismo local, hay una década y media de trabajo de hormiga. Él Mató fue testigo presencial y protagonista de la reestructuración del indie post-Cromagnón y, a fuerza de constantes actuaciones y de un corpus de canciones lo-fi que retrataban la miseria cotidiana con precisión de telegrama, logró ponerse a la cabeza de un panorama que pedía atención a gritos ante la perspectiva de un mainstream tan hermético como paupérrimo. Como resultado de este mix entre persistencia, amistad, toneladas de distorsión e historias derrotistas, su impacto como “portavoces de una generación” (aún con lo feo que suena este concepto) quedó impregnado en la piel de prácticamente cualquier banda alternativa que aparezca en la programación de Niceto o el Matienzo; gente con la convicción de que de la simpleza también es posible extraer buenas cosas.

Y es justamente esa economía de recursos la que es reexaminada en La Síntesis O’Konor, cuyo registro en un estudio de Texas (Sonic Ranch) habilitó que los motorizados se mostraran, al fin, prístinos; alta fidelidad le dicen, eso que en la cofradía se suele mirar con recelo, sobre todo cuando “un amigo” la pega. Empero, tal como se adelantaba en “El tesoro”, primer tema (lanzado como EP hace unos meses), aquí no hay ningún sell out, sino más bien un nuevo y atinado reparto de barajas: el tiempo y espacio que ceden las guitarras, mucho más contenidas y precisas que en trabajos anteriores, es ocupado ahora por una exquisita administración de matices y arreglos en la que se destacan los teclados de Chatrán y Niño Elefante, quienes surfean entre zumbidos analógicos, marimbas y hasta un coro de mellotron (“Las luces”).

Entre tanto afán contemplativo, y sin mediar grandes destellos de electricidad (salvo quizás “Ahora imagino cosas”), la habilidad de Barrionuevo para la poesía mínima se vuelca en los textos más introspectivos e incluso místicos que haya escrito jamás. En “La noche eterna”, por ejemplo, afirma “sé que el cosmos cuida a todos por igual” mientras sus compañeros evocan la parsimonia de los Jesus and Mary Chain de Stoned and Dethroned (1996). Esto también ocurre en la más desgarradora “Alguien que lo merece”, donde se retrata un proceso de crisis absoluta que continúa en la percusiva “Destrucción” (“Todo lo que digas me destruye / no me importa si está bien o está mal”), antecedida por el rapto motorik a lo Neu! del instrumental que le da nombre al disco.

A esa altura del trabajo –promediando el lado B– el grupo apenas necesita más elementos para conformar al oyente exigente, sin embargo, la recta final se reserva sendos temazos que se debaten entre lo acústico (“Excalibur”), una gema deudora de Weezer (“El mundo extraño”) tanto en lo melódico como en su letra perdedora –que reza “tus vecinos me miran mal”– y una triste excursión tecnoide (“Fuego”). Piezas de impecable factura que determinan que, efectivamente y en coincidencia con la mayoría de las reseñas, La Síntesis O’Konor cierra por todos lados.

De esto se puede deducir que Él Mató A Un Policía Motorizado ha aprobado con creces el gran examen de la autosuperación. No obstante, el interrogante de qué ocurrirá de ahora en más, o de si han alcanzado un techo, ni ellos lo deben saber responder. Por supuesto, queda la evidencia de un álbum sobresaliente con claros indicios de clásico, una agenda cargadísima y más fans a la espera de un nuevo golpe o, en su defecto, de alguien que ocupe ese lugar tan codiciado. Porque la competencia en el ambiente del indie millenial –lo testifica ese perverso documento que es Facebook– aunque parezca cordial y todo paz y amor, es feroz. Pero esa será otra cuestión de tiempo.



Links: 
Él Mató A Un Policía Motorizado – La Dinastía Scorpio (2012) 
Las Ligas Menores – Las Ligas Menores (2014) 
Los Espíritus – Agua Ardiente (2017)




lunes, 12 de junio de 2017

INXS – X (1990)





Una X puede significar muchas cosas: error, desaprobación, censura, el diez en números romanos. También es una parte del nombre de INXS, banda australiana que supo llegar a lo más alto y, a fines de los ochenta, pelearle mano a mano a U2 el podio del pop mundial sin contar jamás con la adulación del periodismo de rock, que veía en ellos poco más que una variante cool de A-ha. Pese a ello, la gran popularidad del sexteto, unida al estilo de vida de puro rockstar de su vocalista Michael Hutchence, llevó a que las redacciones siempre les tuvieran un lugar reservado; una especie de VIP que capitalizaron de manera fehaciente mientras el fotogénico frontman se metía hasta el agua de las alcantarillas y se paseaba con estrellas como Kylie Minogue

Como sea, es casi una obviedad señalar a Kick (1987) como el punto más alto, el meollo de la discografía del grupo formado en Sydney en 1977, aunque todo tuviera un costo, muchas veces no percibido por el gran público. La situación, en el ocaso de los idealizados ochenta, era la de una banda ya muy curtida pero agobiada por giras interminables y con la obligación de entregar un álbum tan bueno como aquél, en el que habían rockeado con una efectividad que los propios Rolling Stones quisieron secuestrar para Steel Wheels (1989). Anticipándose a una posible crisis creativa, el tecladista y cerebro Andrew Farris –por lejos, el más talentoso de los tres hermanos fundadores–, antes de salir de viaje ya había empaquetado nuevas melodías para trabajar a la vuelta, tal vez sin tener en cuenta, en medio de flashes, estadios llenos, prensa, hoteles, vicios y un año libre, cómo podría evolucionar el panorama treinta y seis meses después. 

De manera que, en el año de Violator de Depeche Mode, Ragged Glory de Neil Young, Bossanova de Pixies y Nowhere de Ride, y pese a la incursión de Hutchence en terrenos del nuevo dance con Max Q, el flamante trabajo pareció hacer caso omiso de los vientos de cambio y puso sus fuerzas en presentarse como un Kick envuelto en un traje de gamuza, una continuación estilizada. “Queríamos que sonara fresco, casi como una grabación en vivo, siguiendo adelante si se corta una cuerda o pasa algún imprevisto”, dijo el cantante por esos días. ¡Gracias por la onda, Mike, pero lo que se oye en X (1990) es justamente lo contrario! Esa podrá haber sido la idea inicial, sin embargo, en estas diez canciones, el costado negroide que el grupo enfatiza se pierde en mares de reverberancia y una mezcla que privilegia los teclados de Farris en detrimento de las guitarras cruzadas de su hermano Tim y de Kirk Pengilly

Aquello no hace más que empantanar las buenas intenciones bluseras de “Who Pays the Price” y de “On My Way”, además de restarle potencial al hit single que no fue, “Hear That Sound”, bien reivindicada posteriormente en Live Baby Live (1991). Asimismo, los ecos del pasado reciente aparecen aquí y allá y por momentos la cosa se asemeja al juego de las diferencias: “Lately” es una especie de hermana menor de “Devil Inside”; la muy linda balada “By My Side” parece compuesta quince minutos después de la última toma de “Never Tear Us Apart”; y “Bitter Tears” se presenta como una versión descremada de “What You Need” (1985). No obstante esto, la banda fue lo suficientemente astuta como para mantener viva a la gallina de los huevos de oro abriendo el disco con dos golpes cargados de soul: la vibrante “Suicide Blonde” y “Dissapear”, dos de los más grandes éxitos de su carrera. Eso sí, de actualización ni hablar: habrá que esperar a Welcome to Wherever You Are (1992) para vislumbrar a INXS contagiado por una modernidad a lo Achtung Baby (1991).

Aún con sus puntos discutibles a cuestas, en la arrasadora gira del 90-91 (que los trajo a la Argentina por segunda vez), X sería interpretado casi en su totalidad sin restar un pelo de calidad a sus demoledores shows. En ello cabía tanto un acto de fe en las canciones nuevas y su buena performance en los charts, como la seguridad y la ruta de una banda que, al amparo de una contagiosa capacidad para el groove y los movimientos de un frontman comparado con Jagger o Morrison, se creía prácticamente imbatible. Y así lo creyó hasta la desgracia del suicidio de Hutchence en 1997 (“La naturaleza de tu tragedia está amarrada a tu cuello”, decía “The Stairs”...), cimbronazo que abrió una búsqueda de reemplazantes cuyo saldo, hasta 2012, no fue más que una procesión de impresentables tratando de ganarse a una hinchada entrada en años y ocupada con otras cosas. 


Links: 
INXS – Elegantly Wasted (1997)
Midnight Oil – Blue Sky Mining (1990)
Duran Duran – Liberty (1990)



jueves, 1 de junio de 2017

Charly García – Random (2017)



En esta gran trituradora de ídolos que es la Argentina, parece muy difícil, si no imposible, esbozar unas líneas sobre cualquier obra de Charly García de los últimos treinta años sin recaer en sus desvaríos, romances, adicciones, recuperaciones, provocaciones, capitulaciones, accidentes y/o escándalos. Como también es complicado sustraerse a esos infames y maniqueos reportes de situación, tan previsibles, tan fríos: lo bien que está vs. lo mal que está; lo bien que está cantando vs. ya no puede cantar; el monigote del establishment vs. el vanguardista incomprendido; el autómata empastillado vs. el genio ilimitado.

Todo aquello cansa, y es tentador pasarlo por alto, no obstante, eso equivaldría a soslayar la (gran) (ir)responsabilidad de García en la sobreexposición de sus miserias y aciertos, agudizada de manera brutal tras la declaración de principios de Say No More (1996), con la que oficializara su propia vida como obra de arte total, un constant concept, un reality show de rock y excesos cuya entrada era gratis, pero la salida había que negociarla. A él, le costó años y años de total interferencia; a muchos de sus fanáticos, sus reservas de paciencia, mientras otros las hipotecaron a la espera del milagro.

No es tan desatinado, entonces, ver a Random como la luz al final del túnel que promete para ambas partes un modesto grado de satisfacción. Entre el limbo de la rehabilitación y el mutis, algo cambió en un Charly cuyas señales musicales de las dos últimas décadas, por fuera de algunos destellos (como Rock and Roll Yo, de 2003), no dejaban de remitirse al caos y al extravío. Debido a eso es que el transcurso de este breve álbum quizás represente un suspiro de alivio, una muestra de purificación deliberadamente distante de los desbordes insoportables de El Aguante (1998) o Kill Gil (2010).

De hecho, hay tanta pulcritud en Random que asusta. A cargo de casi todos los sonidos que salen de los parlantes, y ayudado por unos pocos amigos como Rosario Ortega, Fernando Samalea y Kiuge Hayashida, la estrella se muestra decidida por su faceta más amable en un claro gesto por evitar los elementos disruptivos y la sobreproducción, pese a la tentación insinuada en “Spector”. Todo aquí suena familiar: los rocks de “Ella es tan Kubrick”, “Otro” y “Believe” conectando de un plumazo con sus amados Stones, Lennon y Byrds; el corte “La máquina de hacer feliz” que remite a Serú Girán; la intro de “Rivalidad” que se parece a la de “Rap del exilio”...

Y, claro, esto no sería lo que es sin la presencia de una abrumadora autorreferencialidad y palazos al mundo lo que lo rodea –al menos el que se ve desde el living de su casa. Elija y gane: “Ahora que estoy rehabilitado / saldré de gira y otra vez / me encerrarán cuando se acabe / y roben lo que gané” (“Primavera”); “Es medianoche en la televisión / cuando uno quiere algo de diversión (…) / aparecen los amigos de Dios” (“Amigos de Dios”); “Los muertos están de moda” (“Mundo B”).

Con todo, sería absurdo medir a Random con la vara de Clics modernos (1983) o Piano Bar (1984) porque no tendría ningún sentido, aunque sí es importante subrayar que el disco tal vez represente lo mejor que puede entregar el Charly García de hoy: un tipo en estado de fragilidad permanente que se ha visto obligado a observar en silencio la prepotencia de las nuevas generaciones, muy rápidas para el manejo de la publicidad pero muy proclives a dejar de garpe al oyente en el plano artístico, lo que se aprecia bien sintonizando unos minutos cualquier radio mainstream.

Quién sabe, quizás hasta haga falta el paso de un par de decenios para un análisis cabal de su obra, de manera de omitir el moralismo y la eterna apelación a la decadencia. Por el momento, siempre consciente de lo que representa, sin perder la lucidez, el bicolor recurre a su arrogante sentido del humor para decirle a los pibes, a vos, a tu vieja y al conductor del noticiero, que “la máquina de hacer feliz la tiene el Papa. LA TENGO YO”. Alquilarla o no, dependerá de cada uno.

Links: 
Charly García – La Hija de la Lágrima (1994) 
Charly García – Kill Gil (2010) 
Fito Páez – Rock and Roll Revolution (2014)