miércoles, 16 de noviembre de 2016

Music Wins – Tecnópolis, 13/11/16



Si Guns N’ Roses en River representó la (auto)celebración de un pasado glorioso y la manera en que está calando a nivel mundial todo el asunto de la nostalgia, el Music Wins, con sus virtudes y limitaciones, se erigió como evento estandarte del “mirar para adelante”, al albergar tanto a artistas desconocidos para el gran público como a leyendas activas de trayectoria pero esquivos a la masividad. Así, a un mes del correcto Festival BUE, y en el marco de una oferta de espectáculos internacionales más que nutrida, el Wins era una cita necesaria para los amantes de esa categoría rara llamada “indie”, que viene a definir a aquellos productos que con mayor o menor éxito comercial, se mueven en los márgenes del mercado y constituyen un polo de atracción tanto para el melómano empedernido como para el snob, estereotipos que muchas veces conviven en la misma persona. Una curaduría exquisita, un espacio relativamente reducido, foodtrucks de comida cara, chicos y chicas con remeras de The Birthday Party, Television, Swans y Einstürzende Neubauten, le aportaron coherencia a un evento bien pensado para satisfacer los requerimientos de un público que viene agigantando la escena local en contraste –incluso resistencia, si se permite– con un panorama mainstream cada vez más patético. Ganó la música, podría repetirse por enésima vez. Aunque casi gana la tormenta, que obligó a retrasar todo una hora.

***

Una vez reorganizada la grilla, a poco de dar puertas, La Femme (16.15) y Mild High Club (16.50) abrieron los escenarios principales (“Music” y “Wins”), unidos por el mismo andamiaje, ante una muy reducida cantidad de gente que observaba aliviada cómo de a poco el cielo empezaba a despejarse. Sin mayores sorpresas tanto por parte de los franceses como de los californianos, serán Kurt Vile and The Violators (17.35) los que arrancarán la primera ovación de la tarde. A medio camino entre la canción americana más rutera y un bagaje noise, los potentes cuarenta minutos del ex The War on Drugs fueron el prólogo perfecto para la australiana Courtney Barnett (18.20), quien junto a su grupo de forajidos coronó a puro guitarrazo una de las actuaciones más esperadas y destacadas de esta edición. Una Barnett encendida y ayudada por un volumen altísimo recorrió su gran disco debut Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit y confirmó un enorme potencial que deja entrever influencias de Patti Smith, Chrissie Hynde, Nirvana y Sleater-Kinney, manejadas con total desparpajo y libertad.

Hasta aquí todo fue hacia arriba, sin embargo, Edward Sharpe and The Magnetic Zeros (19.05), una especie de caravana gitana pop, se encargó de amesetar una tarde avanzada con una propuesta variopinta que no le rehúye a los gestos “de estadio” con los que su líder Alex Ebert intenta exitosamente ganar la simpatía de propios y ajenos. Ebert charla con el público, camina sobre sus manos, se apropia de “Instant Karma” de Lennon y, tras una despedida sentimentaloide, cede la posta a la primera leyenda del cartel, The Brian Jonestown Massacre (20.10). Pese a tener que lidiar con algunos problemas de sonido, la banda comandada por el parco Anton Newcombe logró levantar una pared de rock psicodélico cimentada en tres guitarras altaneras, unos teclados ingrávidos y el aporte de un panderetista tan carismático como efectivo (Joel Gion). Para mayor justicia de cientos de fans que los esperaban desde hace añares, el sexteto tuvo su merecida revancha en Niceto el martes 15, donde tocó no una, ni dos, sino tres horas.

Acto seguido, era el turno de alguien fiel a sus propios términos y, en consecuencia, dispuesto a privar de solemnidad a todo evento rockero: Mac DeMarco (21.15). Mejor vestido para ir al supermercado que a un concierto propio, el canadiense alternó su lo-fi cristalino con espacios de humor en los que cobró protagonismo el guitarrista Andrew Charles White, aspecto que pudo haber atentado contra la magia del espectáculo si no fuera porque es precisamente eso lo que el músico nacido en 1990 parece querer burlar. Su repertorio transcurre entre gemas perfectas como “Ode To Viceroy” y “My Kind of Woman”, y jams, chistes e “invitados” como la propia novia de DeMarco, quien sobre el final se paseó a caballito de su compañero ante los ojos atónitos de sus numerosos seguidores, mayormente jóvenes que lo aman y le aceptan todo. Hasta las canciones, claro.

De regreso al escenario “Wins”, la noche recibió la cuarta presentación de Primal Scream (22.20) en esta ciudad, en la que se pudo ver, quizás por primera vez aquí, a un Bobby Gillespie contento y gozando de la respuesta de un público que por fin los percibía como debe ser: con buen sonido y buen volumen. Si bien los escoceses arribaron con un nuevo álbum bajo el brazo, Chaosmosis apenas asomó en el set, y la formación reducida (sin vientos, coros ni percusión) se limitó a repasar clásicos como “Higher Than The Sun”, “Loaded” y “Damaged” (junto a Kurt Vile) amén de recaer en la agresividad del eslogan “Shoot Speed/Kill Light” o el dance perverso de “Swastika Eyes”, todo adaptado a un formato rockerísimo en el que se destacó el guitarrista Andrew Innes y la precisa economía de la bajista Simone Butler. Aún careciendo de elementos de color que potenciaran la experiencia (las proyecciones brillaron por su ausencia), Primal Scream sacó chispas al nutrido árbol de influencias que los convirtiera ya hace décadas en una de las bandas más melómanas y revalidó su leyenda con la acostumbrada arrogancia, aunque bien hubieran venido al saldo general al menos veinte minutos más de show. Hay que ver cuánto costaba eso.

Sin pausas de por medio, el tablado “Music” se pobló de aparatos para el cierre de la mano de AIR (23.40), el dúo francés que junto a Daft Punk pusiera al país de Julio Verne a la cabeza del planisferio del pop a fines de los noventa. Los ya veteranos Jean-Benôit Dunkel (teclados) y Nicholas Godin (guitarra, bajo, teclados), auxiliados por dos músicos más, abrieron con la plácida “Venus”, del genial Talkie Walkie (2004) y desarrollaron su muestrario retrofuturista con paradas en su celebrado Moon Safari (1998) y, más sorpresivamente, en el infravalorado 10 000 Hz Legend (2001), haciendo gala, cuándo no, de la más absoluta corrección con cada nota. Sin embargo, así como la calidad indiscutible del dueto quedó ratificada en esta nueva visita, el evento dejó más pendiente que nunca la actuación de AIR en un recinto cerrado, en el que el espectador pueda derrumbarse para volar de la mano de esta gente que, de todos modos, bajo una luna gigante logró entregar un momento placentero a miles de personas que al día siguiente debían levantarse para ir a trabajar.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Festival BUE, día 1 – Tecnópolis, 14/10/16




¿Otro más? ¿Otro resumen del Festival BUE diciendo –matiz más, matiz menos– casi lo mismo? ¡Conmigo no, Barone! En estas épocas de tanta heterogeneidad homogénea –o al revés– se hace cada vez más difícil decir algo que no haya sido dicho, y el caso del celebrado evento organizado por Daniel Grinbank no es la excepción. Buena organización, horarios cumplidos, una relativamente escasa convocatoria y algunos números sobresalientes podría ser el saldo apurado de las jornadas del impecable Tecnópolis del fin de semana pasado. En lo que sigue nos permitiremos abordar someramente en los shows que Pop is Dead presenció en toda su extensión, empezando por el principio, el día 1.
 


THE LIBERTINES

Liberen a Pete (foto: Jimena Savelli)
Si yo soy así no es por culpa de la droga...”, decía Ricky Espinosa, y The Libertines es un grupo que a fuerza de escándalos mediáticos, una onda que le sobra y algunas buenas canciones en continuidad con una tradición inglesa (desde la british invasion hasta The Clash y The Jam), pretende ser tomado como lo que es: gente tan arrogante como querible. Surgidos en pleno revival guitarrístico del nuevo siglo y largo hiato mediante, los Libs eran tan esperados por estas tierras, que las expectativas de su acalorado público apagaron cualquier intento de reparar sobre ciertos defectos (una desprolijidad evidente) e invitaron a hallar lo positivo en la natural visceralidad que despliegan los traviesos Carl Barât y Pete Doherty, cuya especial relación es tema de documental. Sea castigando sus guitarras, prendiendo cigarrillos o cantando en el mismo micrófono en cercanía extrema, ellos dos serán el foco de atención durante el show de una hora, pese a la calidad y el carisma del baterista Gary Powell, quien desde atrás sostendrá a sus compañeros en un recorrido predominado por el gran Up The Bracket (2002). Tan contento quedó el cuarteto con este debut en suelo argentino, que mientras los plomos juntaban los cables continuaron jugando y despidiéndose de un público que había disfrutado como la primera vez que fue... o la última.


IGGY POP

Chiflado (foto: Santiago Ropero)
Con 69 años en sus espaldas, James Osterberg disimuló sus achaques, ninguneó su buen Post Pop Depression (solo representado por la impresionante “Gardenia”) y se asentó en la seguridad de sus mejores etapas creativas para el empacho de ensordecidos testigos que recién pudieron respirar en el décimo (!) tema, “Nightclubbing”, tras una impiadosa descarga eléctrica por parte de una veterana banda que emuló lo mejor que pudo la salvaje energía de los Stooges, evocados in extenso en la húmeda noche de Tecnópolis. Incluso podría hablarse de brutal cachetada a todo aquel que se jacte de hacer, ser o estar en el rock, si no fuera porque, como pocas veces, quedó tan en evidencia cierta “artificialidad” inherente a todo el circo rockero en la era del streaming: resultó curioso ver a un Iggy casi asustado, arrinconado en un extremo del escenario aullando “Search and Destroy” mientras la gente de seguridad bajaba a las trompadas a una horda que se tomó muy en serio la invitación de la estrella a bailar con él en la canción anterior. Pero más allá de esta anécdota de color, lo indiscutible es que, como dijera mejor que nadie la colega Giselle Hidalgo, de UltraBrit, la hiperkinética Iguana es de los últimos sobrevivientes de algo que a nosotros nos contaron; casi una ficción. Solo queda esperar que a partir de ahora mucha más gente de este lugar lejano, tan caro a los amantes de eso que llamamos “rock”, siga acrecentanto ese relato.



martes, 18 de octubre de 2016

Festival BUE, día 2 – Tecnópolis, 15/10/16





WILCO

“The” Band (foto: Wilco Argentina)
La tarde ya caía cuando en el escenario Heineken, puertas adentro, apareció la banda de Chicago comandada por un Jeff Tweedy sonriente y de sombrero blanco. En medio de una gran ovación, a la cuenta de cuatro, la reciente “Random Name Generator” abrió un show que rápidamente se iría transformando en una Caterpillar capaz de arrasar a una audiencia estupefacta, sumida en un estado constante entre la levitación y el escalofrío. El debut de Wilco en Buenos Aires, absolutamente triunfal, ofreció todo lo que se esperaba del sexteto y que ya había sido visto y revisto por Youtube: un curtido, potente, tan ordenado como desquiciado despliegue de melodías que oscilan y viran –incluso en un pestañeo– entre el tradicionalismo de The Band, la espalda de Neil Young & Crazy Horse y el ruidismo serial de Sonic Youth o Neu!. Si bien en la lista de temas casi todos los discos tuvieron sus embajadores (hasta el tempranero A.M., de 1995, se coló con “Box Full of Letters”), fue “Impossible Germany” y su coda imponente a lo Television la que marcó el meollo y el punto de no retorno para esos cientos de fans que aún se frotan los ojos y ya sueñan con el retorno del gigante.


THE FLAMING LIPS

Psycho-circus (foto: Jimena Savelli)
A las 21.15, mientras buena parte de los asistentes continuaba viajando con las últimas notas de Wilco, el cerebro Wayne Coyne payaseaba y colaboraba con los plomos en un escenario aún apagado, que un rato después explotará de colores para la larga intro de “Race for the Prize”. Sin embargo, aparentemente no todo estaba en su lugar: algo se perdió entre el volumen bajo, la garganta muy cascada de Coyne y los variados inconvenientes técnicos ligados a los efectos especiales, que crearon vacíos incómodos entre tema y tema y absorbieron demasiado caudal de los sesenta minutos pautados. Como rehenes de la batalla quedaron, intactas, nueve canciones lo suficientemente bellas y con vida propia como para permitirse omitir al menos parte de toda esa parafernalia, tan divertida como en alguna medida innecesaria; la gran versión casi a oscuras de “The Observer” así lo demuestra. De manera que, pese a que no faltaron los disfraces, los muñecos inflables, las explosiones de papelitos, los mensajes de amor y el homenaje a Bowie con “Space Oddity”, la escasa hora de los Lips reclama una revancha urgente: con más volumen, más voz, más tiempo y por consiguiente, más margen de maniobra. Un show propio, en definitiva.


PET SHOP BOYS 

Dance into the light (foto: Facebook PSB)
Uno de los puntos nodales del festival era la enésima presentación en estas tierras de Neil Tennant y Chris Lowe, quienes bien podrían haber apostado por una seguidilla de quince, veinte hits radiales que todos conocieran, un truco por aquí y otro por allá, una “coreo adecuada y listo: todos contentos a casa tarareando la melodía preferida. Pero no. Lo del celebrado dúo electro-pop fue sin duda, con sus aciertos y dubitaciones, una verdadera demostración de actualidad y vigencia, basada en un repertorio centrado en sus producciones de la última década y con unas pocas concesiones de playlist, para colmo reformadas y revisitadas en plan 2016 (“West End Girls”, “It's a Sin”, “Go West”, “Domino Dancing”). En su extenso show casi conceptual, y de la mano de un exquisito arsenal visual y lumínico, unos PSB ayudados por tres músicos reales no dejaron pie sin mover y de paso le explicaron a su gente –como bien ha expresado Sebastián Chaves en este artículo– no sólo cuánto han tenido que ver ellos con todo el pop de hoy, sino cuán interesante es comprobar que un artista consagrado es capaz de mirar para adelante y caer bien parado en el intento.




lunes, 12 de septiembre de 2016

Tracy Bonham – The Burdens of Being Upright (1996)




Los noventa dieron para todo, ante nuestra mirada recolectora desde este rincón del globo. La denominación “alternativo” se volvió tan gratuita, que MTV llegó a adjudicársela a Smash Mouth, Crash Test Dummies o Hootie & The Blowfish, gente tan desafiante al orden de cosas como la selección de Chipre al ranking de la FIFA. ¡Cómo se debe haber revolcado en su tumba el bueno de Kurt! No sólo se publicitaron toneladas de cosas espantosas bajo su sombra, sino que al pobre hasta le atribuyeron la muerte de una etiqueta de la cual nunca quiso saber nada, la del grunge. ¡De modo que si para algo sirvió el arribo de los 2000 era para que enhorabuena el tío descansara en paz!

Empero, lo cierto es que en ese decenio hubo de todo para todos; de lo bueno, de lo terrible y de lo que quedó en el limbo. Ubicable en este último grupo, Tracy Bonham fue una de las artistas que desfilara sin pena ni gloria por la grotesca procesión de ensayos y errores del mercado rockero; una suerte de selección natural que ella misma se encargó de subrayar en la agridulce presentación de su primer videoclip en diecinueve años: “¿Cómo es posible eso? Bueno, en los noventa la industria musical tenía guita para tirar para arriba. Después... ya conocen el resto”.

Sin parentesco alguno con el baterista de Led Zeppelin, Bonham nació en Oregon en 1969, y desde muy chica fue sometida al rigor de la formación en música clásica. Esto le habilitó una temprana destreza para la ejecución del violín y un pasaje para el estudio de canto en el Berklee College of Music, elementos que, ya más grande, abrazada al rock, le facilitarían algunos medios para asomar en la sobreabundante jungla “alterna” fomentada por festivales multitudinarios, cadenas de radio y televisión. Como insinuara la propia Tracy en la cita de arriba, las corporaciones aún seguían a pleno olfateando dólares ante cada guitarrazo que sonara por ahí, al punto tal que fue el propio Chris Blackwell, dueño de Island Records, quien personalmente la fichara tras verla en un pequeño club, evidenciando lo rentable que aún era la tendencia.

Tras poner el gancho, ni lerda ni perezosa, la Bonham se encerró a grabar junto a un puñado de sesionistas The Burdens of Being Upright, un debut que debía ratificar era hasta qué punto podía funcionar la enésima amalgama facturada en esos días entre la confesión de Liz Phair o Alanis Morissette y la rabia de Hole. ¿Funcionó? Pues ahí raspando, porque, en un somero balance, la cantante pudo gozar cierta rotación, nominaciones a premios, e incluso estuvo a un pelo de visitar nuestro país –donde el álbum llegó a editarse– para el legendario Festival Rock and Pop Alternativo, del que se bajó a último momento.

La cosa parecía ir tan en serio para Tracy que el principal single, “Mother Mother”, relataba los pormenores de su incipiente derrotero en el mundo del espectáculo, oscilando entre estrofas mesuradas y estribillos explosivos. Esta disposición melódica tan en boga se replicaría en “Navy Bean”, “Tell it to the Sky” y “The One”, sin embargo, en una movida inteligente, Bonham contrapesó ese lugar común con agrios lentos que compiten con los tracks estridentes. Así, su faceta más lúcida emerge “Kisses”, “The Real” o “30 Seconds” y alcanza su esplendor en “One Hit Wonder”, una especie de profecía autocumplida en la que vaticinaba que su único éxito se escucharía “una y otra vez hasta que se meta bien dentro de tu sucia cabeza”.

No obstante, quizás el peso del paradigma dominante haya sido lo suficientemente fuerte como para hacer del álbum en un ejemplo cabal del mismo, amén de convertir cualquier dubitación en un saco de plomo. Resulta curioso, de hecho, que en este marco más bien intimista Tracy tomara la decisión de, por ejemplo, dejar su violín en un discretísimo segundo plano, a merced de algún segmento perdido por ahí o de escuetas intervenciones deformadas con el célebre pedal “Big Muff”. En este sentido, puede arriesgarse que la estandarización forzosa pudo haber sido el gran enemigo del decente material concentrado en estos 35 minutos.

La intención era buena, pero había demasiada gente en los rankings haciendo más o menos lo mismo como para andar jugando a la mimetización, y la cantautora junto con su disco debut se hundieron como ancla de transatlántico, al igual que tantos otros artistas que acariciaron la cúpula con mayores o menores méritos a cuestas. Al mismo tiempo que grupos como Foo Fighters con poco más cimentaban una carrera entera, el balance de poder caía con todo sobre una Bonham que, luego de Down Here (2000) decidiera recluirse en su vida familiar y orientar su vida laboral a la docencia de música, aunque con reapariciones esporádicas en contadas bateas y escenarios hasta el día de hoy.


Links:
Liz Phair – Whip-Smart (1994)
Heather Nova – Oyster (1994)
Veruca Salt – American Thighs (1995)



martes, 16 de agosto de 2016

Television – Teatro Vorterix, 13/08/16



No está bueno el juego comparativo, pero el hecho de que dos bandas legendarias contemporáneas (Televison y Public Image Ltd.) hayan tocado en un mismo espacio y con sólo un par de días de diferencia, habilita a quien escribe estas líneas a intentar algo por el estilo, aún a riesgo de caer en conclusiones apresuradas. Veamos primero, entonces, unas pocas similitudes circunstanciales: 

  • Tanto Television como P.I.L. gozan de un estatus incuestionable en términos de legado e influencia, que sin embargo no se traduce en ventas descomunales ni seguimiento masivo; son, como suele decirse, “de culto”. Se las asocia inevitablemente con el factor punk, aunque a uno le sienta mejor los prefijos art, o proto-, y al otro, el after o post
  • Ambas tuvieron larguísimos períodos de inactividad que no hicieron mella en su consideración; por el contrario, como ocurre con los buenos vinos, el tiempo hizo de sus grandes producciones, piezas cada vez más valoradas del árbol rockero. 
  • En sus mejores momentos, las dos agrupaciones procedieron a su manera con el aprovechamiento máximo de la libertad creativa, del desafío a los límites, de la dilución de fronteras. 

Ahora bien, en los hechos puntuales las cosas se ponen un poco más ásperas:

  • El jueves 11, P.I.L. tomó el escenario del abarrotado Vorterix como una entidad viviente que contraataca desde las alcantarillas del sistema con discos feroces, bien sostenidos en sus presentaciones. Television, en cambio, quizás con el aval que le otorga el haber facturado uno de los mejores discos de la historia, parece reacio a sentar cabeza en la era Spotify. Una pieza inédita que por error quedara afuera del beatificado Marquee Moon (“I’m Gonna Find You”), un track desempolvado del disco homónimo de 1992 (“1880 or So") y una improvisación rescatada de la buhardilla (“Persia”) son los únicos gestos de actualidad que Tom Verlaine y los suyos tienen hoy para ofrecer en un recinto al que le sobraba lugar. El veterano guitarrista nacido en Nueva Jersey agradece las ovaciones con simpática timidez y unas palabras apenas audibles, lo que no es un factor menor: el volumen de su micrófono será demasiado bajo durante toda la noche, y el de la banda también; no obstante, algo jugará a favor y esa misma falta de decibeles permitirá al cuarteto demostrar su control sobre la intensidad, manejada con una soltura propia de viejos zorros. 
  • Recientemente, el mismo Verlaine aseguró que tomó nota de la disconformidad del público con las presentaciones de los comienzos de esta década, sin ir más lejos, la de 2013 en este mismo lugar. Por ello, en la noche del sábado 13 ofrece una versión correcta, de taquito, del 90% de su disco más celebrado: en vivo, en random y con bonus tracks. John Lydon, en cambio, ya hace rato que no se pelea con el público en pleno concierto y, alardeando de sus batallas ganadas –contra la industria, contra los moldes, contra él–, hace una curaduría de su propia obra y en esa misma movida obtura el capítulo más resonante de su biografía.
  • Son bandas muy diferentes, claro, que sin embargo han dejado su huella en otras que extrajeron algo en limpio de ambas a la vez. Provienen de ciudades centrales separadas por un océano, pero que se retroalimentan mutuamente aún hoy. Empero, mientras el afán por la improvisación de Television está más orientado al placer del jazz o del blues, el de P.I.L. busca, como siempre, molestar, o bien el placer por anulación, por repetición. En otros términos, si Television logra convertir al Vorterix en un barcito para disfrutar de una buena música, P.I.L. zamarrea hasta la última viga. Si en el primero se permite que el desconcentrado espectador hable del trabajo y de otras cosas de su vida cotidiana, en el segundo el asistente sólo tiene dos opciones: dejarse aplastar o salir corriendo. 

En resumen, fue indiscutiblemente digno lo de Television, perpetrado a su manera, a su ritmo y a su modo, como debe ser. Sonrientes, bien predispuestos, Verlaine, Rip, Ficca y Smith mantuvieron a su gente lejos del fraude, en base a una relajada ostentación de experiencia y dominio de la situación. No obstante, a la hora del balance lo que sí parece pesar –y mucho– es la terrible mala suerte que han tenido los norteamericanos de haber sido programados cuarenta y ocho horas después de un espectáculo que seguramente figurará alto entre los mejores del año, sobre el cual ya empieza a circular el eterno microtriunfalismo del “yo estuve ahí”. Aún con todo lo positivo que pueda arrojar el saldo de estas dos históricas visitas, no deja de llamar la atención la franqueza brutal con la que han quedado al desnudo dos modos distintos de cantar el presente, invocar el pasado y sacarle la lengua al futuro.


Setlist: Prove It - Elevation - Venus - Torn Curtain - 1880 or So - I'm Gonna Find You - Persia - Guiding Light - Marquee Moon - Friction.


viernes, 12 de agosto de 2016

Public Image Ltd. – Teatro Vorterix, 11/08/16



1) “No estoy escandalizado con lo que dije. No estoy comprometido. No estoy satisfecho” (“I'm Not Satisfied”, 2015). John Lydon aúlla mientras sus secuaces de Public Image Ltd. exhiben con altanería su lectura, recreación, manipulación, quizás parodia de las vanguardias, del punk, de la música disco, esa que hace cuatro décadas tuviera su auge mientras los Sex Pistols anunciaban su explosión e implosión casi simultánea. Francamente, no sé qué es lo que espera un pibe con una remera de Expulsados de un fanático de Captain Beefheart, Can o Peter Hammill, pero si lo que buscaba era “anarquía” de cotillón, se equivocó de góndola.

2) “Re-make/Re-model”, fue la semilla que plantó Roxy Music en su disco debut, en 1972. Rehacer. Derribar todo y empezar de nuevo, con los escombros, o sin ellos, no importa. P.I.L. supo recoger el guante con maestría y hacer escuela con ello, sin embargo, en este siglo XXI, la amnesia, la anemia, la nostalgia gana por goleada y con ese triunfo parcial (¡siempre!) prolifera la rebeldía empaquetada y la transgresión pelotuda. Empero, mientras afuera los corsés se siguen ajustando, los cimientos del Vorterix tratan de aguantar una estampida paquidérmica: los bajos de Scott Firth revientan el pecho y el baterista Bruce Smith (ex The Pop Group y The Slits) empuja con una perseverancia exasperante. A su derecha, el guitarrista Lu Edmonds (una especie de Hugo Varela dark) exprime posibilidades que los amantes de las etiquetas chotas jamás considerarán. Lydon estira las sílabas, las últimas las escupe. Gesticula, abre los brazos. Con su performance vocal, trae de regreso al indescriptible Damo Suzuki. No hay temas de los Pistols. No se necesitan. Nadie los pide.

3) El show apabullante, terriblemente parejo que ofrecen Lydon y cía. obliga una conclusión agridulce: que hay una avidez por cierta incomodidad, en virtud del hecho de que bandas como ésta, Wire o Swans siguen en la ruta y en gran forma, lo cual es genial. Sin embargo, es interesante reparar en las canas que peina esa gente, el lugar marginal que ocupa en el mercado y los tres gatos locos que han seguido el ejemplo. ¿Ya no hay valentía, ganas de discutir las formas, o al menos de reutilizarlas en vez de cumplir estándares? En 2016, a treinta y ocho años de su formación, P.I.L. está más activo que nunca, mira para adelante y –de la mano de una de sus mejores formaciones– persiste con su mentalidad deforme, anti-canción, la que antaño le costara el desdén y eyección de los grandes sellos discográficos. En ese sentido, más que una banda, P.I.L. parece, y de hecho es, ante todo un gesto irreverente. No hay remate.


Setlist: Albatross - Double Trouble - Know Now - This Is Not a Love Song - Deeper Water - Corporate - Death Disco - The One - The Body - Warrior - I’m Not Satisfied - Religion - Rise - Public Image - Open Up / Shoom.


martes, 5 de julio de 2016

Coldplay - X&Y (2005)



Coldplay es una de las bandas más vilipendiadas de las surgidas en el nuevo milenio, tanto por la intelligentzia como por el rockerismo ortodoxo, además de constituir uno de los pocos grupos jóvenes que sigue dándose el gusto de vender millones en tiempos de formatos invisibles. Las razones de tanto rechazo no están del todo claras y han sido material de numerosos artículos que intentaron desentrañar el misterio, cuya resolución termina derivando en los mismos clichés de siempre. Por ello, tal vez situarse en la mitad del recorrido ayude a echar un poco de luz. En otras palabras, se trata de poner el foco en X&Y (2005), tercer álbum de los londinenses, concebido a la hora de enfrentar el dilema de cómo seguir tras dos discos que los llevaran, todavía con restos de acné, a la cima del mainstream

Ciertamente, es difícil hacerse el tonto ante el discreto encanto de Parachutes (2000) y de A Rush of Blood to the Head (2002), el primero claramente inspirado en The House of Love o el Radiohead de The Bends (1995), influencias que el segundo ensancha con el condimento épico que patentara Echo & The Bunnymen en Ocean Rain (1984). Pero, como se sabe, el éxito a veces es más que un par de discos correctos; entre otras cosas, conlleva sobreexposición, rotación altísima, inclusión como soundtrack en telenovelas y publicidades, y un frontman que se casa con una estrella de Hollywood y dedica parte de su creciente fortuna a sonoros actos de caridad que harían sonrojar al propio Bono. 

Dicho rápidamente, lo relativo al mercado ganó espacio y pudo haber gravitado en la opción del cuarteto por admitirse como grupo apto para todo público, reforzar su imagen de buenos pibes y persistir con su vacilación entre el indie más amable y el AOR, con la correlativa abundancia de baladas melancólicas y clara vocación por lo emotivo. A esto se suma la tendencia de Chris Martin al abuso del falsetto a lo Jeff Buckley, reforzando la pesadumbre conmovedora, y un registro musical que evita o modera conscientemente los grandes sobresaltos, pese al golpe fuerte y al medio del baterista Will Champion

Por obra de estas ratificaciones, X&Y termina imponiéndose como el paso adelante que no fue, que en cambio sí llegaría, tarde, con la mesurada ambición de Viva La Vida (or Death and All His Friends) (2008), aparecido cuando buena parte de sus descubridores ya había huido con la certeza de que no había vuelta atrás: Coldplay estaba demasiado firme en el asunto de convertirse en los nuevos U2, con todo lo que eso implica. Por ejemplo, que el sobrio guitarrista Jon Buckland agregara a su set efectos que The Edge aprobaría, o que, en esta región, la banda sonara en los mismos segmentos que los más convocantes exponentes latino-románticos y el peor rock local jamás facturado en nuestras grandes ligas. 

Dubitativo, de transición, como quiera que se lo llame, el álbum no expone nada que no haya sido testeado en producciones previas, sobre todo A Rush…, como lo prueban “What If”, “White Shadows” o las baladas tribuneras “Swallowed in the Sea”, “Fix You” y “The Hardest Part”; incluso, el corte “Speed of Sound” recicla el piano de “Clocks” y le da una vuelta con fraseos de “Running Up That Hill” de Kate Bush, mientras que “Talk” hace lo propio con Kraftwerk para dibujar su melodía central. 

¿Qué más se puede agregar? Pues que “Low” y “Twisted Logic” sueltan un poco las riendas, y que “X&Y” aporta una cuota de misterio arábigo, tal como lo hacía “Daylight” en la placa anterior; de modo que, como se dijo, nada nuevo bajo el sol. Claro que hay maneras y maneras de mantenerse fiel, como lo demuestran los muy buenos pasajes acústicos de “A Message” y “’Til Kingdom Come”, esta última compuesta para, y en plan de homenaje al gran Johnny Cash. Pareciera que el viejo y lánguido Coldplay fuese más divertido que el forzosamente expansivo que quería ser, en virtud del intento a medias tintas por mostrarse más interesante que encarna este álbum. 

De cualquier modo, naturalmente los rankings estallaron y los estadios del mundo abrieron sus puertas para recibir a estos herederos de la parte más sensible del brit-pop, a la par que en las sociedades crecía de modo exponencial el “forobardo”, el insulto anónimo y la cohorte de haters, esa especial clase de gente concentrada en lo que detesta, que encontró en Coldplay un blanco obvio, demasiado fácil. Lo cual es más grave que el resultado bueno, malo, regular o genial de una banda que de tanto esforzarse por caer bien, muchas veces termina cayendo mal. 

Links: 
Keane – Under The Iron Sea (2006)
Richard Ashcroft – Human Conditions (2004)
Travis – Twelve Memories (2004)