martes, 16 de agosto de 2016

Television – Teatro Vorterix, 13/08/16



No está bueno el juego comparativo, pero el hecho de que dos bandas legendarias contemporáneas (Televison y Public Image Ltd.) hayan tocado en un mismo espacio y con sólo un par de días de diferencia, habilita a quien escribe estas líneas a intentar algo por el estilo, aún a riesgo de caer en conclusiones apresuradas. Veamos primero, entonces, unas pocas similitudes circunstanciales: 

  • Tanto Television como P.I.L. gozan de un estatus incuestionable en términos de legado e influencia, que sin embargo no se traduce en ventas descomunales ni seguimiento masivo; son, como suele decirse, “de culto”. Se las asocia inevitablemente con el factor punk, aunque a uno le sienta mejor los prefijos art, o proto-, y al otro, el after o post
  • Ambas tuvieron larguísimos períodos de inactividad que no hicieron mella en su consideración; por el contrario, como ocurre con los buenos vinos, el tiempo hizo de sus grandes producciones, piezas cada vez más valoradas de arte posmoderno. 
  • En sus mejores momentos, las dos agrupaciones procedieron a su manera con el aprovechamiento máximo de la libertad creativa, del desafío a los límites, de la dilución de fronteras. 

Ahora bien, en los hechos puntuales las cosas se ponen un poco más ásperas:

  • El jueves 11, P.I.L. tomó el escenario del abarrotado Vorterix como una entidad viviente que contraataca desde las alcantarillas del sistema con discos feroces, bien sostenidos en sus presentaciones. Television, en cambio, quizás con el aval que le otorga el haber facturado uno de los mejores discos de la historia, parece reacio a sentar cabeza en la era Spotify. Una pieza inédita que por error quedara afuera del beatificado Marquee Moon (“I’m Gonna Find You”), un track desempolvado del disco homónimo de 1992 (“1880 or So") y una improvisación rescatada de la buhardilla (“Persia”) son los únicos gestos de actualidad que Tom Verlaine y los suyos tienen hoy para ofrecer en un recinto al que le sobraba lugar. El veterano guitarrista nacido en Nueva Jersey agradece las ovaciones con simpática timidez y unas palabras apenas audibles, lo que no es un factor menor: el volumen de su micrófono será demasiado bajo durante toda la noche, y el de la banda también; no obstante, algo jugará a favor y esa misma falta de decibeles permitirá al cuarteto demostrar su control sobre la intensidad, manejada con una soltura propia de viejos zorros. 
  • Recientemente, el mismo Verlaine aseguró que tomó nota de la disconformidad del público con las presentaciones de los comienzos de esta década, sin ir más lejos, la de 2013 en este mismo lugar. Por ello, en la noche del sábado 13 ofrece una versión correcta, de taquito, del 90% de su disco más celebrado: en vivo, en random y con bonus tracks. John Lydon, en cambio, ya hace rato que no se pelea con el público en pleno concierto y, alardeando de sus batallas ganadas –contra la industria, contra los moldes, contra él–, hace una curaduría de su propia obra y en esa misma movida obtura el capítulo más resonante de su biografía.
  • Son bandas muy diferentes, claro, que sin embargo han dejado su huella en otras que extrajeron algo en limpio de ambas a la vez. Provienen de ciudades centrales separadas por un océano, pero que se retroalimentan mutuamente aún hoy. Empero, mientras el afán por la improvisación de Television está más orientado al placer del jazz o del blues, el de P.I.L. busca, como siempre, molestar, o bien el placer por anulación, por repetición. En otros términos, si Television logra convertir al Vorterix en un barcito para disfrutar de una buena música, P.I.L. zamarrea hasta la última viga. Si en el primero se permite que el desconcentrado espectador hable del trabajo y de otras cosas de su vida cotidiana, en el segundo el asistente sólo tiene dos opciones: dejarse aplastar o salir corriendo. 

En resumen, fue indiscutiblemente digno lo de Television, perpetrado a su manera, a su ritmo y a su modo, como debe ser. Sonrientes, bien predispuestos, Verlaine, Rip, Ficca y Smith mantuvieron a su gente lejos del fraude, en base a una relajada ostentación de experiencia y dominio de la situación. No obstante, a la hora del balance lo que sí parece pesar –y mucho– es la terrible mala suerte que han tenido los norteamericanos de haber sido programados cuarenta y ocho horas después de un espectáculo que seguramente figurará alto entre los mejores del año, sobre el cual ya empieza a circular el eterno microtriunfalismo del “yo estuve ahí”. Aún con todo lo positivo que pueda arrojar el saldo de estas dos históricas visitas, no deja de llamar la atención la franqueza brutal con la que han quedado al desnudo dos modos distintos de cantar el presente, invocar el pasado y sacarle la lengua al futuro.


Setlist: Prove It - Elevation - Venus - Torn Curtain - 1880 or So - I'm Gonna Find You - Persia - Guiding Light - Marquee Moon - Friction.


viernes, 12 de agosto de 2016

Public Image Ltd. – Teatro Vorterix, 11/08/16



1) “No estoy escandalizado con lo que dije. No estoy comprometido. No estoy satisfecho” (“I'm Not Satisfied”, 2015). John Lydon aúlla mientras sus secuaces de Public Image Ltd. exhiben con altanería su lectura, recreación, manipulación, quizás parodia de las vanguardias, del punk, de la música disco, esa que hace cuatro décadas tuviera su auge mientras los Sex Pistols anunciaban su explosión e implosión casi simultánea. Francamente, no sé qué es lo que espera un pibe con una remera de Expulsados de un fanático de Captain Beefheart, Can o Peter Hammill, pero si lo que buscaba era “anarquía” de cotillón, se equivocó de góndola.

2) “Re-make/Re-model”, fue la semilla que plantó Roxy Music en su disco debut, en 1972. Rehacer. Derribar todo y empezar de nuevo, con los escombros, o sin ellos, no importa. P.I.L. supo recoger el guante con maestría y hacer escuela con ello, sin embargo, en este siglo XXI, la amnesia, la anemia, la nostalgia gana por goleada y con ese triunfo parcial (¡siempre!) prolifera la rebeldía empaquetada y la transgresión pelotuda. Empero, mientras afuera los corsés se siguen ajustando, los cimientos del Vorterix tratan de aguantar una estampida paquidérmica: los bajos de Scott Firth revientan el pecho y el baterista Bruce Smith (ex The Pop Group y The Slits) empuja con una perseverancia exasperante. A su derecha, el guitarrista Lu Edmonds (una especie de Hugo Varela dark) exprime posibilidades que los amantes de las etiquetas chotas jamás considerarán. Lydon estira las sílabas, las últimas las escupe. Gesticula, abre los brazos. Con su performance vocal, trae de regreso al indescriptible Damo Suzuki. No hay temas de los Pistols. No se necesitan. Nadie los pide.

3) El show apabullante, terriblemente parejo que ofrecen Lydon y cía. obliga una conclusión agridulce: que hay una avidez por cierta incomodidad, en virtud del hecho de que bandas como ésta, Wire o Swans siguen en la ruta y en gran forma, lo cual es genial. Sin embargo, es interesante reparar en las canas que peina esa gente, el lugar marginal que ocupa en el mercado y los tres gatos locos que han seguido el ejemplo. ¿Ya no hay valentía, ganas de discutir las formas, o al menos de reutilizarlas en vez de cumplir estándares? En 2016, a treinta y ocho años de su formación, P.I.L. está más activo que nunca, mira para adelante y –de la mano de una de sus mejores formaciones– persiste con su mentalidad deforme, anti-canción, la que antaño le costara el desdén y eyección de los grandes sellos discográficos. En ese sentido, más que una banda, P.I.L. parece, y de hecho es, ante todo un gesto irreverente. No hay remate.


Setlist: Albatross - Double Trouble - Know Now - This Is Not a Love Song - Deeper Water - Corporate - Death Disco - The One - The Body - Warrior - I’m Not Satisfied - Religion - Rise - Public Image - Open Up / Shoom.


martes, 5 de julio de 2016

Coldplay - X&Y (2005)



Coldplay es una de las bandas más vilipendiadas de las surgidas en el nuevo milenio, tanto por la intelligentzia como por el rockerismo ortodoxo, además de constituir uno de los pocos grupos jóvenes que sigue dándose el gusto de vender millones en tiempos de formatos invisibles. Las razones de tanto rechazo no están del todo claras y han sido material de numerosos artículos que intentaron desentrañar el misterio, cuya resolución termina derivando en los mismos clichés de siempre. Por ello, tal vez situarse en la mitad del recorrido ayude a echar un poco de luz. En otras palabras, se trata de poner el foco en X&Y (2005), tercer álbum de los londinenses, concebido a la hora de enfrentar el dilema de cómo seguir tras dos discos que los llevaran, todavía con restos de acné, a la cima del mainstream

Ciertamente, es difícil hacerse el tonto ante el discreto encanto de Parachutes (2000) y de A Rush of Blood to the Head (2002), el primero claramente inspirado en The House of Love o el Radiohead de The Bends (1995), influencias que el segundo ensancha con el condimento épico que patentara Echo & The Bunnymen en Ocean Rain (1984). Pero, como se sabe, el éxito a veces es más que un par de discos correctos; entre otras cosas, conlleva sobreexposición, rotación altísima, inclusión como soundtrack en telenovelas y publicidades, y un frontman que se casa con una estrella de Hollywood y dedica parte de su creciente fortuna a sonoros actos de caridad que harían sonrojar al propio Bono. 

Dicho rápidamente, lo relativo al mercado ganó espacio y pudo haber gravitado en la opción del cuarteto por admitirse como grupo apto para todo público, reforzar su imagen de buenos pibes y persistir con su vacilación entre el indie más amable y el AOR, con la correlativa abundancia de baladas melancólicas y clara vocación por lo emotivo. A esto se suma la tendencia de Chris Martin al abuso del falsetto a lo Jeff Buckley, reforzando la pesadumbre conmovedora, y un registro musical que evita o modera conscientemente los grandes sobresaltos, pese al golpe fuerte y al medio del baterista Will Champion

Por obra de estas ratificaciones, X&Y termina imponiéndose como el paso adelante que no fue, que en cambio sí llegaría, tarde, con la mesurada ambición de Viva La Vida (or Death and All His Friends) (2008), aparecido cuando buena parte de sus descubridores ya había huido con la certeza de que no había vuelta atrás: Coldplay estaba demasiado firme en el asunto de convertirse en los nuevos U2, con todo lo que eso implica. Por ejemplo, que el sobrio guitarrista Jon Buckland agregara a su set efectos que The Edge aprobaría, o que, en esta región, la banda sonara en los mismos segmentos que los más convocantes exponentes latino-románticos y el peor rock local jamás facturado en nuestras grandes ligas. 

Dubitativo, de transición, como quiera que se lo llame, el álbum no expone nada que no haya sido testeado en producciones previas, sobre todo A Rush…, como lo prueban “What If”, “White Shadows” o las baladas tribuneras “Swallowed in the Sea”, “Fix You” y “The Hardest Part”; incluso, el corte “Speed of Sound” recicla el piano de “Clocks” y le da una vuelta con fraseos de “Running Up That Hill” de Kate Bush, mientras que “Talk” hace lo propio con Kraftwerk para dibujar su melodía central. 

¿Qué más se puede agregar? Pues que “Low” y “Twisted Logic” sueltan un poco las riendas, y que “X&Y” aporta una cuota de misterio arábigo, tal como lo hacía “Daylight” en la placa anterior; de modo que, como se dijo, nada nuevo bajo el sol. Claro que hay maneras y maneras de mantenerse fiel, como lo demuestran los muy buenos pasajes acústicos de “A Message” y “’Til Kingdom Come”, esta última compuesta para, y en plan de homenaje al gran Johnny Cash. Pareciera que el viejo y lánguido Coldplay fuese más divertido que el forzosamente expansivo que quería ser, en virtud del intento a medias tintas por mostrarse más interesante que encarna este álbum. 

De cualquier modo, naturalmente los rankings estallaron y los estadios del mundo abrieron sus puertas para recibir a estos herederos de la parte más sensible del brit-pop, a la par que en las sociedades crecía de modo exponencial el “forobardo”, el insulto anónimo y la cohorte de haters, esa especial clase de gente concentrada en lo que detesta, que encontró en Coldplay un blanco obvio, demasiado fácil. Lo cual es más grave que el resultado bueno, malo, regular o genial de una banda que de tanto esforzarse por caer bien, muchas veces termina cayendo mal. 

Links: 
Keane – Under The Iron Sea (2006)
Richard Ashcroft – Human Conditions (2004)
Travis – Twelve Memories (2004)




lunes, 27 de junio de 2016

St. Vincent - Actor (2009)



“La estructura le da seguridad a la gente, y el caos los hace sentir vivos”, le aseguró Annie Clark a una colega de UltraBrit (Morena Pardo) hace un tiempo. Con esa síntesis, la artista nacida en Oklahoma en 1982 brindaba el indicio fundamental para la comprensión de su universo, un espacio donde el orden exigido por la melodía estándar es desafiado y enfrentado con lo horrible. O lo horriblemente bello; da igual.

Como si se tratase de un film de Cronenberg, en la obra de Clark los elementos aparentan marchar por el carril de lo normal, de lo esperable, hasta que en un punto todo se desmadra, amenaza con desintegrarse pero no lo hace; simplemente muta, se desdobla, es pero no es. “Sí, es pop alien”, terminará afirmando Annie para graficar lo que viene haciendo desde que lograra abrirse camino con Marry Me (2007), primer álbum bajo su alias St. Vincent. Tan acertada es la definición, que difícilmente pueda ensayarse otra para detallar una sucesión de trabajos de evolución tan segura como impredecible, lo que le valiera justas comparaciones con Björk o PJ Harvey, es decir, gente cuyo objetivo nunca fue precisamente ganar amigos.

No es casual, por ende, que la enajenación a la que ella misma alude para describirse tuviera alguna vez su estricto correlato. En Actor (2009) la norteamericana saca a relucir no solo su gran talento para la composición, la vocalización y la ejecución de instrumentos –en especial la guitarra– sino también su capacidad para crear conceptos sólidos, en este caso, a través del juego con la idea de ser la intérprete otras vidas. Clark se valió de escenas de sus películas favoritas, sobre todo del Hollywood de los años cuarenta, para pensar las canciones en términos de soundtracks imaginarios, lo que explica la abundancia de cándidas orquestaciones con el sello de la Metro Goldwyn Mayer, diezmadas, claro está, por chispazos de su particular mixtura de tracción a sangre y electrónica.

Se puede arriesgar entonces que Actor ofrece una noción de lo que quedaría si se encerrara la banda sonora de El Mago de Oz en el teletransportador de La Mosca: una deformidad que se insinúa inocente hasta tanto St. Vincent demuestre lo contrario. En tal sentido, “The Strangers”, “The Neighbours”, “The Sequel” o “The Bed” son los capítulos que tal vez mejor representen el excéntrico modo cinematográfico que tiñe este álbum, amparado por un guión abundante en imágenes de existencias miserables camufladas de normalidad y un background tan colorido como perturbador.

También hay espacio para raptos del pop incómodo que la cantante irá perfeccionando con el correr de los años (“Actor Out of Work”, “Marrow”), pero los mismos no pueden escaparle al clima opresivo que rodea el álbum y se mimetizan con el resto. La narración se efectúa con una expresividad que hace de la protagonista bien un hada, bien una hechicera, bien las dos cosas juntas, como se encarga de evidenciar el vertiginoso dramatismo de “Black Rainbow”.

De manera sintética: todas las virtudes de Annie Clark quedan ahí a simple vista, aunque a la espera de su maduración; prueba de ello será el magistral Strange Mercy (2011) o el acertado viraje a formas un poco más gentiles impreso en St. Vincent (2014). A la luz de esto no debe sorprender entonces el interesante reconocimiento que recayera sobre esta joven, que le permitirá posicionarse cada vez mejor en los festivales, codearse con sus ídolos en variadas circunstancias (grabó un álbum con David Byrne) y hasta padecer un grado de farandulización de su vida personal. Sin embargo, por más que las reseñas la acaricien y el público responda, la masividad a lo Madonna no asoma por ahora en el horizonte, no al menos en tanto Clark siga tan aferrada a la sensualidad fría, a la estridencia, al caos ordenado. A ella, en definitiva.


Links:
Kate Bush – The Dreaming (1982)
Feist – Metals (2011)
Wire – The Ideal Copy (1987)





lunes, 16 de mayo de 2016

The Smashing Pumpkins - Adore (1998)



I. La noche del 21 de agosto de 1998, el gimnasio cubierto del Parque Sarmiento reventó de gente ávida por ver a uno de los grandes nombres de la década del noventa, de hecho, uno de los pocos de la generación “alternativa” que se arrimó en su momento de gloria, o por lo menos cerca del mismo. Lo que no esperaba la mayor parte de esas pobres almas era que, lejos de presenciar un desfile de hits de un glorioso pasado reciente, tendría frente a sus ojos a una banda vestida de negro, rodeada de sesionistas y empacada en su tenebroso material nuevo con una firmeza alarmante. Los minutos volaban y los éxitos para saltar y hacer pogo no aparecían, o lo hacían en versiones apenas reconocibles. Ocurre que para el líder de esa formación siempre es hoy, o mejor: ahora es nunca. 

II. Es verdad, eran tiempos en que internet aún era dominio de unos pocos curiosos conectados a la línea telefónica; sin embargo, si algo no faltaba en los medios tradicionales era información sobre lo que iba ocurriendo en el mundo de los Smashing Pumpkins, quienes advertían cómo su período más fructífero se clausuraba con una cadena de desastres: la sobredosis fatal del tecladista invitado Jonathan Melvoin, que casi se lleva de la mano al batería Jimmy Chamberlin, finalmente eyectado del equipo; el fallecimiento de la madre del jefazo Billy Corgan; su propio divorcio... En otras palabras, el colosal imperio que había instalado el doble spielbergiano Mellon Collie and The Infinite Sadness (1995) se derrumbaba como castillo de naipes. Volantazo a la vista.


III. De manera acertada, las reseñas le encajaron unánimemente a Adore un carácter rupturista. Aunque el trabajo anterior insinuara señales de posibles rumbos, bien obturadas por singles radiales y estallidos volcánicos –que brillan por su ausencia en este cuarto trabajo–, una vez descartado el paquete Chamberlin + distorsión rechinante + concesiones de estadios, Corgan prosiguió con el alivio de quien se saca tremendo peso de encima y escupe toda la podredumbre por la vía, justamente, de lo opuesto: caja de ritmos o bateristas de sesión, belleza electroacústica y canciones para disfrutar en la mayor intimidad posible. Gestado y nacido en un contexto en el que la vara del rock indie-con-llegada-masiva estaba alta (Supergrass, Portishead, Flaming Lips, Radiohead…), Adore se eleva, por lejos, como el disco más hermoso y sofisticado jamás facturado por los Pumpkins, lo que no necesariamente lo convierte en el mejor; para dictaminar eso están esas listas que tanto abundan por ahí, dominadas por pibes y pibas que crecieron con Nirvana y Alice in Chains. 

IV. En realidad es “A door” (una puerta), insistía Corgan, la entrada a un compartimiento diferente, donde la casi totalidad de los elementos que componían la materia prima del grupo queda guardada en un cajón hasta nuevo aviso. De hecho, una de las imágenes del librito monocromático muestra al trío caminando trabajosamente por la campiña, acaso huyendo de un funeral, o incluso de un asesinato. ¿El de los Pumpkins tal como se los conocía? “De algún modo hemos vuelto al principio del círculo”, contaba el pelado, remontándose a 1988, días en que detrás de él, de James Iha (guitarra) y de D’arcy Wretzky (bajo y coros) tan sólo había una drum-machine bien programada; y, en sus habitaciones, muchos discos de la menospreciada década que se iba. 

V. No es casual, desde esta óptica, que en las canciones de Adore salgan del closet ecos del post punk más melodioso, el dramatismo del rock gótico, y una poesía madura que oscila entre el amor devoto, la lujuria y la duda existencial. Corgan incluso se permite homenajear y citar a sus favoritos con absoluta libertad: “Perfect”, una carta en la que parece pedirle a su ex que sigan como amantes, suena como si “1979” hubiese caído en manos de Robert Smith; el single “Ava Adore” moderniza “Shoplifters Of The World Unite” de los Smiths; y “Crestfallen”, “Appels + Oranjes” y “Pug” se edifican sobre elementos anticipados por Cocteau Twins o el Depeche Mode de Black Celebration (1986).

El resto del álbum alterna entre brumosos pasajes dark de acordes menores (“Daphne Descends”, “Tear”, “Shame”, “Blank Page”, “Behold! The Nightmare”), canciones de cuna con aires folk (“To Sheila”, “Once Upon A Time”, “The Tale of Dusty and Pistol Pete”) y hasta una despedida a tono con lo que quedó del rock progresivo (“For Martha”), que cuenta con la colaboración del baterista Matt Cameron, de Pearl Jam/Soundgarden. Pum para abajo. 

VI. Era esperable que con un producto de estas características las ventas cayeran en picada. La banda perdía amigos, al tiempo que ganaba otros. Lo curioso es que las anticlimáticas presentaciones de la gira de Adore no escatimaron, empero, buenas dosis de electricidad, en virtud de unos Pumpkins decididos a agregar voltios donde no había. Pero hasta ahí llegó su único favor: pisar los pedales sólo función de su poder anulador. El fan de Joy Division, feliz; el que todavía insistía con eso del grunge, a casa a enchufar la Les Paul o a ponerse al día con Foo Fighters. Porque Machina/The Machines of God (2000), impenetrable y áspero como lija nueva, tampoco estaba precisamente pensado para él.


Links: 
Garbage - Version 2.0 (1997)
The Cure - Bloodflowers (1998)
R.E.M. - Up (1998)
 



martes, 3 de mayo de 2016

Gustavo Cerati - Ahí Vamos (2006)





Si Bocanada (1999) y Siempre es Hoy (2002), aun con sus diferencias solo lograron ahuyentar a un público masivo acorde a los mejores años de la estrella, pues Ahí Vamos y su empuje arengador le propinó al Cerati solista un reconocimiento que, por diversas razones, no aparecía. De hecho, utilizando términos pelotudos, se puede decir que esta producción de 2006 es “el disco de la gente”. Gracias a él, el ex Soda pudo por fin colocar un par de piezas de factura solitaria en el cancionero popular. La agresiva campaña de difusión, la renovada energía del material nuevo, la convocatoria de viejos amigos de su generación (Richard Coleman, Fernando Samalea), el acercamiento a un colega “antagónico” como Ricardo Mollo, entre otros factores, se erigen como claves de este proceso.

Cuánto hubo de premeditado en todo esto será tema de debate, pero sea como fuere, nada le quita a Ahí Vamos el mérito de haber devuelto al ídolo a un lugar por lo menos cercano al que solía ocupar. El Cerati cool y elitista que tanto rechazo supo provocar había quedado atrás. Una atractiva estética dark-friendly se apoderó de los rasgos visibles de esta nueva etapa, en tanto que en lo sonoro ganó espacio lo valvular, dejando a las máquinas silbando bajito en un rincón, pero sin retirarse. Dicho esto, las condiciones para un triunfo contundente estaban servidas.

El demoledor comienzo con “Al fin sucede”, La excepción” y “Uno entre 1000” certifica con un puñetazo la filosofía “palo y a la bolsa” que rodea al álbum, evidente sobre todo en el segundo track, un regreso a lo concreto a la manera de “De Música Ligera”. Caravana” persiste con el perfil power, aunque bajo un halo new wave que lo acerca a The Police.

Un primer respiro se registra recién con el hit “Adiós”, una sencilla canción sobre el desapego coescrita con Benito Cerati, cuyos acordes abiertos a lo R.E.M. se funden con frases para la antología. En tal sentido, “Poder decir adiós es crecer” tal vez sea la más resonante, no obstante cada oración parece estar cargada con una vida propia. Incluso, hoy en día, con el desenlace de la historia ya consumado, resulta difícil escuchar el tema sin encontrarle una lectura acorde a ello. Claro que bajo ese criterio uno podría asignarle al título siguiente una continuación (o contradicción) lógica, sin embargo, quizás lo más notable de Me quedo aquí” sea que antecede a la enorme Lago en el cielo”, sin duda el mejor tema del disco y uno de los picos de la carrera de Gustavo, cuya lírica invita a tomarse las cosas con calma, mientras los músicos se abren con elegancia al fantasma del primer Echo and The Bunnymen.

Empero, de aquí en más la cosa se torna algo irregular. “Dios nos libre” recicla el riff de “Texturas”, que a su vez rescataba un viejo tema que había quedado afuera del debut de Soda, “La calle enseña”. Lo acústico vuelve a presentarse en Otra piel”, y Medium” aporta la cuota esotérica. Luego, el pseudo-ska de “Bomba de tiempo” retrocede en todo a Siempre es Hoy, y tranquilamente se podría haber recortado o eliminado del todo, de hecho el propio Cerati reconoció que el tema estaba originado en una idea “de cuarta”; la cuestión es si realmente dejó de serlo.

De cualquier modo, el tramo final se reserva lo mejorcito del lado B, gracias a la efectiva belleza de la balada Crimen” y de Jugo de luna”. Estos tracks “de manual” clausuran el disco en un clima muy diferente al del comienzo, lo que puede haberlos dejado un poco a la deriva, aunque a esta altura se trataría de un dato menor, ya que la enorme aceptación del público sobre Ahí Vamos le permitió a Gustavo gozar de una segunda era dorada. Su gran momento pudo comprobarse en hitos como el show gratuito de Figueroa Alcorta y Pampa de marzo de 2007, en el que se congregaron unas 200 mil almas que, hay que decirlo, ni en sus más delirantes sueños imaginaban que unas semanas después se anunciaría la reunión del trío más celebrado de América Latina.

Cerati había superado la barrera que lo separaba del gran público; sus melodías habían vuelto a sonar en el taxi, en el supermercado, e incluso muchos detractores reconsiderarían su postura. Definitivamente el músico se había dado el gusto, al menos por un tiempo, de derribar su propia pared, la que él mismo construyó, acertadamente o no, en pos de separarse de un panorama chato en el que por naturaleza no lograba hallarse.



Links: 
Soda Stereo – Canción Animal (1990)
T Rex – Electric Warrior (1971)
David Bowie – Aladdin Sane (1973).




lunes, 25 de abril de 2016

Beck - Sea Change (2002)




Es raro lo que pasa con Beck: le gusta a mucha gente, qué duda cabe, pero parecen más visibles los que se inclinan por el “ni”, argumentado que este personaje nacido en 1970 no transmite absolutamente nada o que está sobrevalorado. Sin embargo para el caso lo más atinado tal vez sea interpretarlo como una especie de antena capaz de procesar, resignificar y recrear de un modo personal una determinada cantidad de información que descansa bien conservada en su discoteca, donde seguramente es posible encontrar cantidad de esos discos pedorros que nadie quiere, onda Fausto Papetti o Barry Manilow. El punto es qué pasa cuando esa bazofia convive en la repisa con psicodelia, country, punk, hip-hop, rap, electrónica, y se los mezcla en la coctelera... ahí los términos cambian.

Consumado un largo paseo por el under californiano, al promediar los noventa, y al igual que tantos otros, fue la cadena MTV la que le diera una mano importante al empujar ad infinitum su hit “Loser”, la estrella de Mellow Gold (1994). El boom fue instantáneo y, posteriormente, la alta rotación de los cortes de Odelay (1996) consagró a Beck como un maestro del collage donde tenían cabida todas sus pasiones y excentricidades desplegadas en una obra burlona y estridente, plagada de citas, préstamos y sampleos deliberados. Se descubrió además que el tipo, bajito, desgarbado, aniñado, volaba alto en el ranking de lo cool, así que ¡bingo!

Éxito mundial mediante, el joven norteamericano pudo darse el gusto de expandir sus límites y coquetear con climas más intimistas y la tropicalía en Mutations (1998) y el funk y el soul en el fiestero Midnite Vultures (1999), pero habría que esperar hasta la aparición de Sea Change (2002) para advertir que el cantante se enfrentaba a su primera madurez y, por fin, se despojaba de los artilugios sonoros y líricos que bañaban cada segundo de sus trabajos previos. Beck tuvo que pasar por un proceso personal bastante doloroso (la ruptura con Leigh Limon, su compañera de siempre) para poder mostrarse al mundo en un estado de vacío muy bien retratado en la portada, que lo exhibe mirando la mismísima nada, secundado por un fondo rosita que encaja a la perfección con el mood desgarrado, aunque romántico, de las doce nuevas canciones.

Así visto, Sea Change da pistas de lo que deben haber sido aquellos días feos, fotografiados en una sucesión de lentos sostenidos por el rasgueo de una guitarra acústica, una percusión elemental y, por supuesto, la voz taciturna del Beck más desconsolado. Empero, a esta fórmula ya conocida se le añade el as en la manga, el arquitecto Nigel Godrich, quien dosifica las dulces pinceladas de sintetizadores analógicos y administra en tiempo y forma los arreglos de cuerdas de David Campbell, padre de nuestro héroe, conocido y respetado por su colaboración con los más diversos artistas.

Es cierto que la referencia a Blood on the Tracks de Bob Dylan y al mejor Nick Drake es inevitable, pero la comparativa termina haciéndole un favor al autor de este trabajo, sencillamente porque a su modo también Sea Change es una obra maestra. A grandes rasgos, y como se insinuó más arriba, el álbum navega durante cincuenta minutos por una depresión contemplativa (“The Golden Age”, “Already Dead”, “Lonesome Tears”, “It’s All in Your Mind”) que apenas deja lugar, sobre el final, a algún destello de luz (“Sunday Sun”), bastante fugaz teniendo en cuenta el mar de incertidumbre que plantea “Little One”, último track, que condena a su protagonista a boyar sin rumbo (“Nothing is safe, strange waves push us every way...”).

Suponemos, no obstante, que luego de esto Beck debe haber recompuesto su vida, dado que Guero (2005) –facturado con sus eternos cómplices, los Dust Brothers– devolvería al artista algo del espíritu que sudaba antes del declive. Sin embargo, hubo que esperar añares para que cayera sobre este particular artista una nueva ola de reconocimiento, gracias al exquisito Morning Phase (2014), galardonado con premios de todos los tamaños, y acertadamente considerado como una continuación de los logros de Sea Change, disco impar que el tiempo se encarga de agigantar más y más.


Links:
Beck - Modern Guilt (2008)
Bon Iver - For Emma, Forever Ago (2008)
Elliott Smith - Elliott Smith (1995)



viernes, 15 de abril de 2016

Tom Petty and The Heartbreakers - Hypnotic Eye (2014)



(Reseña publicada en UltraBrit Mag Nº 10, marzo 2015)


En la contratapa de Hypnotic Eye, el más reciente disco de Tom Petty and The Heartbreakers, un bebé manipula un control remoto mientras su moderno plasma emite imágenes abrumadoras. Aunque ingenua, mejor parábola no se les pudo haber ocurrido: en un panorama plagado de artistas cuya mejor intención parece ser la de apabullar al consumidor con la mayor cantidad de estímulos posible, todos aquellos que se vieron obligados a ceder el paso han quedado a merced de su propia convicción y amor propio para salir bien parados ante el desafío que propone cada recambio generacional.

Sin embargo, a eso que en sí podría ser insuficiente, Petty le agrega buenas canciones, facturadas con la seguridad de quien ha visto demasiado, pero que comprueba cómo en pleno siglo XXI los mismos problemas de siempre siguen azotando a los seres traicionados por el Sueño Americano. Y justamente esta situación poco sorprendente es la que determina un nuevo desarrollo de lo mejor de los Heartbreakers, a saber, unas contagiosas ganas de rockear al amparo de un agreste despliegue de riffs, estribillos gancheros y líricas comprometidas.

Temas como “Red River”, el single “U Get Me High” y “All You Can Carry” responden a esta descripción, al tiempo que dilucidan una cuidadosa aplicación de la economía de recursos, patente en la escasez de sobregrabaciones y un amistoso clima de jam en pantuflas. También se verifica una fuerte presencia del blues, que agudiza la desolación y la bronca impresas en “Power Drunk” y “Burnt Out Town” y alcanza su punto máximo en el crudo retrato social de “Shadow People”, traducción de la impotencia que genera la paranoia reinante.

Ahora bien, más allá de las formas, lo que arroja este buen trabajo es hasta qué punto es factible demostrar vigencia y experiencia sin movidas rimbombantes de por medio, sino más bien simplemente “siendo”. Porque, al cabo, es probable que en los balances del año 2014 Hypnotic Eye tan solo termine calificando como mejor disco de los últimos cuarenta y cinco minutos. Por cierto, cuarenta y cinco minutos bien empleados. 

Links: 
Tom Petty and The Heartbreakers - Hard Promises (1981)
Tom Petty and The Heartbreakers - MOJO (2010)
Neil Young & Crazy Horse - Psychedelic Pill (2012)




martes, 22 de marzo de 2016

Youtube is Dead

No me gusta, nunca me gustó, y nunca me va a gustar Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pese a mis largos esfuerzos por dedicar una escucha atenta y consciente a casi todos sus discos.
 
Como resultado, el único que logró generarme algo parecido a una sensación placentera es ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989), y creo que eso se lo debo enteramente a la labor siempre exquisita de Skay Beilinson, un guitarrista dotado de una expresividad fuera de serie. Al vocalista, en cambio, nunca lo pude digerir.
 
Pero más allá de esta perorata, de lo que no cabe duda es que “Nuestro amo juega al esclavo” vomita en sus cuatro minutos una austera condensación de todas las inquietudes musicales y líricas de la mítica banda platense, y cierra con honores ese disco impar considerado, junto con su gran antecesor Un Baión Para el Ojo Idiota (1988), como obras quintaesenciales del sonido “redondo”.
 
 
 

viernes, 2 de octubre de 2015

Dedés - No sos el único así (2014)




En épocas en las que no se sabe bien qué inventar, hace unos años Dedés apareció en el panorama under con una idea que básicamente consiste en hacer rock omitiendo de la formación la presencia de un bajista. “Esto ya se ha visto”, podrá argumentar algún vivillo citando al George Harrison que desacreditaba al cuarteto vocal de Homero Simpson. Pero lejos de acobardarse por la poca novedad de aquel aspecto (pensemos en una “tradición” que va desde los Doors y The Cramps hasta White Stripes y The Black Keys), el alma, líder, mentor y guitarrista Matías Fernández (Concepción del Uruguay, 1980) decidió que se podía sacarle más jugo a esa variante y le dio vida y cuerpo a un dúo que en su corta existencia tuvo tantos bateristas como cambios de ropa interior.

Así y todo, Fernández siempre se las arregló –y sigue arreglándose– con lo que tuvo a mano, de modo que en 2014, para registrar el primer EP, contó con el aporte de Bruno Chattás, frontman de Ese Perro, que también posee conocimientos en batería. El resultado de esa colaboración, al amparo del colectivo productor Damasco, es No sos el único así, un álbum donde las posibles limitaciones autoimpuestas quedan sepultadas bajo un crudo manto de furia contenida.

En sus seis canciones, claro está, predomina el guitarreo austero, con escasas sobregrabaciones y efectos, pero también una base plomiza que actúa como cómplice del desahuciado nihilismo que la voz aguda de Fernández retrata con precisión. En tal sentido, las letras cínicas atravesadas por turbios sentimientos de soledad y alienación se acomodan muy bien en el marco despojado que sugieren todos los tracks, entre los que se destacan “A vos te dejaron”, “Vos no sos mi amigo” y “No”, primer tema, que vomita con bronca una verdadera declaración de principios: “Seguro que estabas esperando que hable de amor. No”.

A raíz de su brevedad, naturalmente el disco transcurre como tiro al aire, y es tentador imaginarse a los personajes que lo pueblan quedando a merced de la frase de consuelo que lo titula, buscando un ancla, a alguien que los mire, los escuche y entienda, pero de verdad. El punto es que, en realidad, es Dedés el que está en eso.

Links: 
Riel – EP de Zombies (2013) 
Yeah Yeah Yeahs – Show Your Bones (2006) 
Pete Doherty – Grace / Wastelands (2009)