viernes, 17 de febrero de 2017

Blur - Think Tank (2003)




Hay demasiada gente interesada en que las cosas se queden como están, o como alguna vez fueron; de modo que cualquier movida de mínima apertura suele ser mirada con desconfianza, recelo, al menos hasta que la banda en cuestión demuestre lo contrario. Y Blur siempre se las ha ingeniado para hacerle el corte de manga a los que esperaban una señal de repetición o decadencia: nunca dejó de redoblar la apuesta con cada álbum. De esta manera, y mientras la prensa la levantaba con pala azuzando una rivalidad con Oasis, al britpop más clasicista de Modern Life is Rubbish (1993) y Parklife (1994) el cuarteto le agregó aspereza en The Great Escape (1995) para luego, sin que nadie lo pidiese, ocurriera la más absoluta rendición al rock indie norteamericano de la mano de Blur (1997), a lo que 13 (1999) añadirá experimentación y gospel.

¿Faltaba más? Sobre el nuevo milenio, Damon Albarn, guía y cerebro, le daría curso a Gorillaz, proyecto orientado al mundo tecnológico con base en la electrónica, el rap y el hip-hop, con el que en 2001 facturó una primera masterpiece de pura exploración lúdica. De lo que se deduce que a comienzos de los 2.0, el cantante tenía tiempo, espacio y dinero como para poner a dormir a la banda que lo viera nacer, cosa que no hizo sin antes ostentar una vez más la elasticidad de la misma, llevándola hasta el límite de lo reconocible. A ello apuntó Think Tank.

El año 2003 fue, pues, clave en la historia de Blur, primero en virtud de la aparición de este álbum infravalorado, y segundo, en cuanto el agotamiento de más de una década en la ruta que terminó de demoler los ya frágiles vínculos entre Albarn, Graham Coxon (guitarra), Alex James (bajo) y Dave Rowntree (batería). El primero en caer en desgracia fue Coxon. Recién liberado del alcohol, el guitarrista se presentó en el estudio con más voluntad que capacidad de respuesta, motivo suficiente para que sus compañeros consensuaran su eyección. James y Rowntree, en tanto, conservaron sus puestos, pero bajo total entrega a un cansado Albarn, cada vez más cosmopolita y obsesionado con las máquinas, el recorte de fragmentos y las posibilidades de la consola, a punto tal que el baterista apenas golpearía tambores en toda la estadía de grabación en Marruecos.

Bajo estas premisas, era lógico que en Think Tank el Blur que todos conocían apareciera a cuentagotas. Allí algunas letras se vuelven a recostar en la revisión del ser inglés, en particular en lo relacionado con su vida nocturna, como las de “Brothers and Sisters”, “On The Way to The Club” o “Moroccan Peoples Revolutionary Bowls Club”, sin embargo, un marco musical disperso plagado de loops, huellas de dub y divagues varios, indica que más allá del evidente desgano, de lo testeado tanto en 13 como en Gorillaz (2001) no había vuelta atrás.

La temática fiestera se hace presente también en “Crazy Beat”, un restallante rock producido por Fatboy Slim que evoca a “Song 2”, pero este es el único de su clase en todo el disco, si se descuenta el inciso punkie de “We've Got A File On You”. El resto, de manera taciturna, hace hincapié en el amor en tiempos de tragedia, vivido como la previa a un colapso inminente (recordar que el chiflado de G. W. Bush y la guerra de Irak copaban los titulares). Así, mientras la inaugural “Ambulance” planta su eslogan valiéndose de un pulso perturbador y saxos barítonos (“No tengo nada de qué asustarme”), el single “Out Of Time” hace lo propio en compañía de una orquesta de cuerdas marroquí y acusa: “Estuviste tan ocupado últimamente que no hallaste tiempo / para abrir tu mente y observar al mundo girar / ligeramente fuera de tiempo”.

Las baladas, por su parte, merecen su propio párrafo. Tanto la bella “Good Song” como la subacuática “Sweet Song” conmueven con su sencilla e impecable factura, pero es “Battery In Your Leg”, que cierra el álbum, la que gana los laureles: como si fuese un premio a la perseverancia del desconcertado oyente, el final se lleva la única intervención válida de Coxon en estos surcos, cuyas notas caen en cascada y sostienen una estructura tan frágil que pareciera estar a punto de partirse en mil pedazos. Sí, como la banda misma.

A la hora de presentar el álbum, el trío contrató al ex-The Verve Simon Tong para ocupar el puesto de Coxon, sin embargo, la suerte estaba echada. Blur había sobrevivido al ocaso del britpop, a la fama mundial, a la autodestrucción y al cambio de siglo, al cual había enfrentado con una obra fácilmente asociable a Sandinista! (1980) de The Clash, a la luz de ese libertinaje creativo tan celebrado como discutido. Pero nada pudo hacer contra la saturación mutua, salvo regalarse un tiempo como para que cada uno hiciera lo que le plazca, tomar aire y volver.


Links: 
Gorillaz – Demon Days (2005)
The Good, the Bad & the Queen – Ídem (2007)
Graham Coxon – The Kiss of Morning (2002)




viernes, 3 de febrero de 2017

Weezer – Pinkerton (1996)



En los noventa, todo lo relacionado con los nerds no tenía la aceptación que tiene hoy, un multiverso donde el conocimiento garpa y los hipsters marcan tendencia. De hecho, si Weezer hubiese surgido ahora, su líder Rivers Cuomo (una mezcla entre Elvis Costello y Brian Wilson) sería rey, pero como eso no ocurrió, el muchacho tuvo que conformarse con mantener a su banda en un nivel modesto y proseguir sus estudios universitarios.

Gente fanática del arco trazado por bandas como Cheap Trick, The Posies, Pixies, Nirvana et al., Weezer la pegó en 1994 con su irresistible hit “Buddy Holly”, una gema power-pop que exhibía una nostalgia algo inocente por la estética de los años ’50 y le daba un plus radial a su gran álbum debut, producido por el excantante de The Cars, Ric Ocasek. El contexto no podía ser más propicio: con el post-grunge en ciernes, los sellos major todavía apostaban por las guitarras, con lo cual las grandes ligas quedaban al alcance de la mano. La premisa era la de siempre, tipo “Ud. hágase el loco, meta un hit, suene en todos lados y después vemos”; pero la información ya circulaba inusualmente rápido y por consiguiente los tiempos se habían acortado: el peligro de volver rápidamente a las sombras acechaba a cada segundo. A Weezer, en tanto, le sonreía el multiplatino y los premios, los grandes festivales y todo eso, sin embargo, el camino a Pinkerton fue, cuanto menos, tortuoso, y lo que le siguió también.

Entre el éxito repentino y una delicada operación para corregir una falla en una de sus piernas, que dejara como secuela un período de intensos dolores, algo cambió en el frágil y contemplativo Cuomo, quien decidió desbaratar los planes de una ópera rock basada en Madama Butterfly hasta reducirlos al mínimo y dejarlos en manos del antagonista de la obra de Puccini, un tal B. F. Pinkerton. El resultado de este giro se disparó en varias tangentes: producción propia, amplificadores con los volúmenes al máximo, y una cuota de calculada desprolijidad.

Pero había más: bien camuflados por un contagioso aunque sombrío ímpetu pop, los textos exponían una compleja relación con el sexo opuesto, saltando desde el desenfreno (“Tired of Sex”), la indiferencia del otro (“No Other One”) y el amor no correspondido (“Pink Triangle”) hasta un romance a la distancia con una joven fan japonesa (“Across The Sea”). Lejos de ser celebrada, la honestidad brutal de Cuomo no fue bien recibida, a la luz de las reseñas mixtas en las que hasta llegó a ser señalado como sexista. Asimismo, los fans, la propia banda y hasta sus familias odiaron el álbum, en virtud de su cruda urgencia y su falta de tapujos. Arrepentido por haber mostrado descaradamente su lado oscuro, el líder llegaría a confesar que se sintió como al día siguiente después de una fiesta descontrolada, en la que los flashes de mil pelotudeces perpetradas delante de todo el mundo la noche anterior le taladran una cabeza a punto de estallar.

La gira del 96-97 fue exitosa, pero las ventas y la moral de la banda estaban por el piso. En consecuencia, sobre el cierre de la década, Cuomo entró en un período de reclusión y nula creatividad, y el bajista Matt Sharp renunció para meterse de lleno en The Rentals, con quienes ya había facturado el hit “Friends of P”. Con el nuevo milenio Weezer parecía definitivamente condenado al “one hit wonder” cuando ocurrió la resurrección: el disco homónimo de 2001 conocido como The Green Album los devolvió a los charts y una nueva generación de indies, incluyendo al incipiente sector emo, los reivindicó como influencia mayor, lo que provocó que, ya de lleno en el siglo XXI, Pinkerton fuera colocado en la vitrina de las grandes obras del decenio, y rotulado como el retrato de un freaky, un inadaptado social en pleno derrumbe emocional y sincericidio. Lo cual en definitiva se acerca bastante a la verdad.


Links: 
Weezer – Everything Will Be Alright in the End (2014) 
That Dog – Totally Crashed Out (1995) 
The Rentals – Return of The Rentals (1995)




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Music Wins – Tecnópolis, 13/11/16



Si Guns N’ Roses en River representó la (auto)celebración de un pasado glorioso y la manera en que está calando a nivel mundial todo el asunto de la nostalgia, el Music Wins, con sus virtudes y limitaciones, se erigió como evento estandarte del “mirar para adelante”, al albergar tanto a artistas desconocidos para el gran público como a leyendas activas de trayectoria pero esquivos a la masividad. Así, a un mes del correcto Festival BUE, y en el marco de una oferta de espectáculos internacionales más que nutrida, el Wins era una cita necesaria para los amantes de esa categoría rara llamada “indie”, que viene a definir a aquellos productos que con mayor o menor éxito comercial, se mueven en los márgenes del mercado y constituyen un polo de atracción tanto para el melómano empedernido como para el snob, estereotipos que muchas veces conviven en la misma persona. Una curaduría exquisita, un espacio relativamente reducido, foodtrucks de comida cara, chicos y chicas con remeras de The Birthday Party, Television, Swans y Einstürzende Neubauten, le aportaron coherencia a un evento bien pensado para satisfacer los requerimientos de un público que viene agigantando la escena local en contraste –incluso resistencia, si se permite– con un panorama mainstream cada vez más patético. Ganó la música, podría repetirse por enésima vez. Aunque casi gana la tormenta, que obligó a retrasar todo una hora.

***

Una vez reorganizada la grilla, a poco de dar puertas, La Femme (16.15) y Mild High Club (16.50) abrieron los escenarios principales (“Music” y “Wins”), unidos por el mismo andamiaje, ante una muy reducida cantidad de gente que observaba aliviada cómo de a poco el cielo empezaba a despejarse. Sin mayores sorpresas tanto por parte de los franceses como de los californianos, serán Kurt Vile and The Violators (17.35) los que arrancarán la primera ovación de la tarde. A medio camino entre la canción americana más rutera y un bagaje noise, los potentes cuarenta minutos del ex The War on Drugs fueron el prólogo perfecto para la australiana Courtney Barnett (18.20), quien junto a su grupo de forajidos coronó a puro guitarrazo una de las actuaciones más esperadas y destacadas de esta edición. Una Barnett encendida y ayudada por un volumen altísimo recorrió su gran disco debut Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit y confirmó un enorme potencial que deja entrever influencias de Patti Smith, Chrissie Hynde, Nirvana y Sleater-Kinney, manejadas con total desparpajo y libertad.

Hasta aquí todo fue hacia arriba, sin embargo, Edward Sharpe and The Magnetic Zeros (19.05), una especie de caravana gitana pop, se encargó de amesetar una tarde avanzada con una propuesta variopinta que no le rehúye a los gestos “de estadio” con los que su líder Alex Ebert intenta exitosamente ganar la simpatía de propios y ajenos. Ebert charla con el público, camina sobre sus manos, se apropia de “Instant Karma” de Lennon y, tras una despedida sentimentaloide, cede la posta a la primera leyenda del cartel, The Brian Jonestown Massacre (20.10). Pese a tener que lidiar con algunos problemas de sonido, la banda comandada por el parco Anton Newcombe logró levantar una pared de rock psicodélico cimentada en tres guitarras altaneras, unos teclados ingrávidos y el aporte de un panderetista tan carismático como efectivo (Joel Gion). Para mayor justicia de cientos de fans que los esperaban desde hace añares, el sexteto tuvo su merecida revancha en Niceto el martes 15, donde tocó no una, ni dos, sino tres horas.

Acto seguido, era el turno de alguien fiel a sus propios términos y, en consecuencia, dispuesto a privar de solemnidad a todo evento rockero: Mac DeMarco (21.15). Mejor vestido para ir al supermercado que a un concierto propio, el canadiense alternó su lo-fi cristalino con espacios de humor en los que cobró protagonismo el guitarrista Andrew Charles White, aspecto que pudo haber atentado contra la magia del espectáculo si no fuera porque es precisamente eso lo que el músico nacido en 1990 parece querer burlar. Su repertorio transcurre entre gemas perfectas como “Ode To Viceroy” y “My Kind of Woman”, y jams, chistes e “invitados” como la propia novia de DeMarco, quien sobre el final se paseó a caballito de su compañero ante los ojos atónitos de sus numerosos seguidores, mayormente jóvenes que lo aman y le aceptan todo. Hasta las canciones, claro.

De regreso al escenario “Wins”, la noche recibió la cuarta presentación de Primal Scream (22.20) en esta ciudad, en la que se pudo ver, quizás por primera vez aquí, a un Bobby Gillespie contento y gozando de la respuesta de un público que por fin los percibía como debe ser: con buen sonido y buen volumen. Si bien los escoceses arribaron con un nuevo álbum bajo el brazo, Chaosmosis apenas asomó en el set, y la formación reducida (sin vientos, coros ni percusión) se limitó a repasar clásicos como “Higher Than The Sun”, “Loaded” y “Damaged” (junto a Kurt Vile) amén de recaer en la agresividad del eslogan “Shoot Speed/Kill Light” o el dance perverso de “Swastika Eyes”, todo adaptado a un formato rockerísimo en el que se destacó el guitarrista Andrew Innes y la precisa economía de la bajista Simone Butler. Aún careciendo de elementos de color que potenciaran la experiencia (las proyecciones brillaron por su ausencia), Primal Scream sacó chispas al nutrido árbol de influencias que los convirtiera ya hace décadas en una de las bandas más melómanas y revalidó su leyenda con la acostumbrada arrogancia, aunque bien hubieran venido al saldo general al menos veinte minutos más de show. Hay que ver cuánto costaba eso.

Sin pausas de por medio, el tablado “Music” se pobló de aparatos para el cierre de la mano de AIR (23.40), el dúo francés que junto a Daft Punk pusiera al país de Julio Verne a la cabeza del planisferio del pop a fines de los noventa. Los ya veteranos Jean-Benôit Dunkel (teclados) y Nicholas Godin (guitarra, bajo, teclados), auxiliados por dos músicos más, abrieron con la plácida “Venus”, del genial Talkie Walkie (2004) y desarrollaron su muestrario retrofuturista con paradas en su celebrado Moon Safari (1998) y, más sorpresivamente, en el infravalorado 10 000 Hz Legend (2001), haciendo gala, cuándo no, de la más absoluta corrección con cada nota. Sin embargo, así como la calidad indiscutible del dueto quedó ratificada en esta nueva visita, el evento dejó más pendiente que nunca la actuación de AIR en un recinto cerrado, en el que el espectador pueda derrumbarse para volar de la mano de esta gente que, de todos modos, bajo una luna gigante logró entregar un momento placentero a miles de personas que al día siguiente debían levantarse para ir a trabajar.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Festival BUE, día 1 – Tecnópolis, 14/10/16




¿Otro más? ¿Otro resumen del Festival BUE diciendo –matiz más, matiz menos– casi lo mismo? ¡Conmigo no, Barone! En estas épocas de tanta heterogeneidad homogénea –o al revés– se hace cada vez más difícil decir algo que no haya sido dicho, y el caso del celebrado evento organizado por Daniel Grinbank no es la excepción. Buena organización, horarios cumplidos, una relativamente escasa convocatoria y algunos números sobresalientes podría ser el saldo apurado de las jornadas del impecable Tecnópolis del fin de semana pasado. En lo que sigue nos permitiremos abordar someramente en los shows que Pop is Dead presenció en toda su extensión, empezando por el principio, el día 1.
 


THE LIBERTINES

Liberen a Pete (foto: Jimena Savelli)
Si yo soy así no es por culpa de la droga...”, decía Ricky Espinosa, y The Libertines es un grupo que a fuerza de escándalos mediáticos, una onda que le sobra y algunas buenas canciones en continuidad con una tradición inglesa (desde la british invasion hasta The Clash y The Jam), pretende ser tomado como lo que es: gente tan arrogante como querible. Surgidos en pleno revival guitarrístico del nuevo siglo y largo hiato mediante, los Libs eran tan esperados por estas tierras, que las expectativas de su acalorado público apagaron cualquier intento de reparar sobre ciertos defectos (una desprolijidad evidente) e invitaron a hallar lo positivo en la natural visceralidad que despliegan los traviesos Carl Barât y Pete Doherty, cuya especial relación es tema de documental. Sea castigando sus guitarras, prendiendo cigarrillos o cantando en el mismo micrófono en cercanía extrema, ellos dos serán el foco de atención durante el show de una hora, pese a la calidad y el carisma del baterista Gary Powell, quien desde atrás sostendrá a sus compañeros en un recorrido predominado por el gran Up The Bracket (2002). Tan contento quedó el cuarteto con este debut en suelo argentino, que mientras los plomos juntaban los cables continuaron jugando y despidiéndose de un público que había disfrutado como la primera vez que fue... o la última.


IGGY POP

Chiflado (foto: Santiago Ropero)
Con 69 años en sus espaldas, James Osterberg disimuló sus achaques, ninguneó su buen Post Pop Depression (solo representado por la impresionante “Gardenia”) y se asentó en la seguridad de sus mejores etapas creativas para el empacho de ensordecidos testigos que recién pudieron respirar en el décimo (!) tema, “Nightclubbing”, tras una impiadosa descarga eléctrica por parte de una veterana banda que emuló lo mejor que pudo la salvaje energía de los Stooges, evocados in extenso en la húmeda noche de Tecnópolis. Incluso podría hablarse de brutal cachetada a todo aquel que se jacte de hacer, ser o estar en el rock, si no fuera porque, como pocas veces, quedó tan en evidencia cierta “artificialidad” inherente a todo el circo rockero en la era del streaming: resultó curioso ver a un Iggy casi asustado, arrinconado en un extremo del escenario aullando “Search and Destroy” mientras la gente de seguridad bajaba a las trompadas a una horda que se tomó muy en serio la invitación de la estrella a bailar con él en la canción anterior. Pero más allá de esta anécdota de color, lo indiscutible es que, como dijera mejor que nadie la colega Giselle Hidalgo, de UltraBrit, la hiperkinética Iguana es de los últimos sobrevivientes de algo que a nosotros nos contaron; casi una ficción. Solo queda esperar que a partir de ahora mucha más gente de este lugar lejano, tan caro a los amantes de eso que llamamos “rock”, siga acrecentanto ese relato.



martes, 18 de octubre de 2016

Festival BUE, día 2 – Tecnópolis, 15/10/16





WILCO

“The” Band (foto: Wilco Argentina)
La tarde ya caía cuando en el escenario Heineken, puertas adentro, apareció la banda de Chicago comandada por un Jeff Tweedy sonriente y de sombrero blanco. En medio de una gran ovación, a la cuenta de cuatro, la reciente “Random Name Generator” abrió un show que rápidamente se iría transformando en una Caterpillar capaz de arrasar a una audiencia estupefacta, sumida en un estado constante entre la levitación y el escalofrío. El debut de Wilco en Buenos Aires, absolutamente triunfal, ofreció todo lo que se esperaba del sexteto y que ya había sido visto y revisto por Youtube: un curtido, potente, tan ordenado como desquiciado despliegue de melodías que oscilan y viran –incluso en un pestañeo– entre el tradicionalismo de The Band, la espalda de Neil Young & Crazy Horse y el ruidismo serial de Sonic Youth o Neu!. Si bien en la lista de temas casi todos los discos tuvieron sus embajadores (hasta el tempranero A.M., de 1995, se coló con “Box Full of Letters”), fue “Impossible Germany” y su coda imponente a lo Television la que marcó el meollo y el punto de no retorno para esos cientos de fans que aún se frotan los ojos y ya sueñan con el retorno del gigante.


THE FLAMING LIPS

Psycho-circus (foto: Jimena Savelli)
A las 21.15, mientras buena parte de los asistentes continuaba viajando con las últimas notas de Wilco, el cerebro Wayne Coyne payaseaba y colaboraba con los plomos en un escenario aún apagado, que un rato después explotará de colores para la larga intro de “Race for the Prize”. Sin embargo, aparentemente no todo estaba en su lugar: algo se perdió entre el volumen bajo, la garganta muy cascada de Coyne y los variados inconvenientes técnicos ligados a los efectos especiales, que crearon vacíos incómodos entre tema y tema y absorbieron demasiado caudal de los sesenta minutos pautados. Como rehenes de la batalla quedaron, intactas, nueve canciones lo suficientemente bellas y con vida propia como para permitirse omitir al menos parte de toda esa parafernalia, tan divertida como en alguna medida innecesaria; la gran versión casi a oscuras de “The Observer” así lo demuestra. De manera que, pese a que no faltaron los disfraces, los muñecos inflables, las explosiones de papelitos, los mensajes de amor y el homenaje a Bowie con “Space Oddity”, la escasa hora de los Lips reclama una revancha urgente: con más volumen, más voz, más tiempo y por consiguiente, más margen de maniobra. Un show propio, en definitiva.


PET SHOP BOYS 

Dance into the light (foto: Facebook PSB)
Uno de los puntos nodales del festival era la enésima presentación en estas tierras de Neil Tennant y Chris Lowe, quienes bien podrían haber apostado por una seguidilla de quince, veinte hits radiales que todos conocieran, un truco por aquí y otro por allá, una “coreo adecuada y listo: todos contentos a casa tarareando la melodía preferida. Pero no. Lo del celebrado dúo electro-pop fue sin duda, con sus aciertos y dubitaciones, una verdadera demostración de actualidad y vigencia, basada en un repertorio centrado en sus producciones de la última década y con unas pocas concesiones de playlist, para colmo reformadas y revisitadas en plan 2016 (“West End Girls”, “It's a Sin”, “Go West”, “Domino Dancing”). En su extenso show casi conceptual, y de la mano de un exquisito arsenal visual y lumínico, unos PSB ayudados por tres músicos reales no dejaron pie sin mover y de paso le explicaron a su gente –como bien ha expresado Sebastián Chaves en este artículo– no sólo cuánto han tenido que ver ellos con todo el pop de hoy, sino cuán interesante es comprobar que un artista consagrado es capaz de mirar para adelante y caer bien parado en el intento.