lunes, 3 de noviembre de 2008

R.E.M. - Club Ciudad de Buenos Aires, 01/11/08


Qué va. Es verdad que la banda de Athens hace rato no ofrece una sorpresa discográfica, pero tienen un no-se-qué capaz de desafiar cualquier juicio racional o analítico. Sus componentes trasmiten tanta pasión por lo que hacen que los lugares comunes por los que últimamente transitan quedan en un segundo o tercer plano ante la sencilla belleza de sus melodías. Queda claro: sin ellos, esta fecha del Personal Fest se hubiese caído a pedazos. La inocuidad de Bloc Party y Kaiser Chiefs los hacía pedir a gritos.

Plantándose como una verdadera institución, Michael Stipe, Peter Buck y Mike Mills volvieron a emocionar al público porteño con un setlist más extenso que el de 2001 en el Campo de Polo y coherente con el empujón de energía que les facilitó el reciente Accelerate, un disco más directo y rockero que mejora con las sucesivas escuchas.

Desde el comienzo con el flamante “Living Well is the Best Revenge” más dos perlas del infravalorado Monster (1994), “I Took Your Name” y “What's the Frequency, Kenneth?” el devenido trío a fines de los noventa se dedicó a sacudir sin piedad las almas de las 30.000 personas que festejaron con ordenada alegría cada página del banquete que se ofrecía en escena. 

Si ya con “Drive”, “Electrolite”, “Ignoreland” y el siempre emocionante “Everybody Hurts” parecía suficiente, pues habría lugar para más: “The One I Love”, “Orange Crush”, “Losing My Religion” y “Man On The Moon” se sucedieron en versiones fieles coronadas por un sonido clarísimo y el gran carisma de un Stipe encendido, contento, secundado por un equipo de correctos ejecutantes que hicieron lo suyo con la tranquilidad que puede ofrecer más de tres décadas de experiencia. 

No queda mucho que agregar en cuanto a este hermoso broche de oro para un festival que suele dejar saldos positivos, pero al que a veces pareciera faltarle algún tipo de asesoramiento. Es la única manera de explicar por qué se relegó a una banda de la talla de The Mars Volta a un escenario secundario y cuando todavía pegaba el sol. Un verdadero shock eléctrico de solo 45 minutos.


Fotos: nuevamente, cortesía de anónimos.

jueves, 30 de octubre de 2008

Spiritualized - La Trastienda, 29/10/08



(Hola, soy Rozzendi, el alter ego de Perry, y me doy cita aquí para transmitirles un mensaje del autor de este blog: dice que está muy podrido de la intelectualización de todo, de la reflexión racional en general, por tanto, harto de discursos tales como las reseñas.

Mastrángelo me contaba hace unos días que últimamente su relación con la música volcóse definitivamente por el disfrute antes que por el entendimiento, el cual gracias a este blog de mierda fue ganando espacio de manera inusitada; y que tenía la intención de delegarme temporariamente este espacio.

Pues aquí estamos. De pura casualidad estuve ayer con él, un rato antes de un evento muy importante para su vida musical. Se lo veía contento, apurando un chopp, antes de entrar a La Trastienda para ver a Spiritualized.

“Cada día detesto más jugar al crítico. Detesto las críticas. Pero al mismo tiempo me gustan. A los escribas les digo: ‘Cuélguense una guitarra, putos’”, gritó.

Antes de que se meta en el local alcancé a preguntarle qué corno es Spiritualized. Me dijo: “Una banda, o más que nada, un proyecto personal de Jason Pierce, un inglés loco al que le gusta mucho ‘flotar en el espacio’. No es muy conocido, y acá directamente no lo conoce ni el loro. Y el viernes están en el Personal Fest, pero no voy a ir. Estoy seguro de que esto será mucho mejor”.

Fruncí el entrecejo y me alejé caminando por Balcarce. Una interesante cantidad de gente iba entrando con calma al hermoso local porteño. Me tomé un taxi y me fui.

A la 1.03 le mandé un sms preguntándole qué le había parecido el show. Su respuesta fue la siguiente:

“Imaginate meter la cabeza en un lavarropas mientras centrifuga, después ir a un templo evangélico, y luego meter la cabeza en el lavarropas otra vez, hasta el final del lavado. Fue uno de los mejores shows que he visto jamás. Gracias a Dios por Spiritualized”
).




Fotos: cortesía de espectadores anónimos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Juegos de mierda II

Aquí van unos comentarios pendientes para cerrar esta pequeña serie referente a algunos grandes juegos que han marcado a toda una generación (?).

Out Run

Yo oigo, o pienso en la palabra “Out Run” y dijo “jaaah...”. Esta apasionante carrera sentaba al player en un autazo rojo (una Ferrari) junto a una rubia a la que se volaban los cabellos conforme el carro ganaba velocidad. Y los escenarios, exceptuando el del primer nivel (una autopista que bordea a una playa miamiesca), realmente lograban hipnotizar al corredor mediante la exhibición de unos paisajes con unos colores tan variados como irreales, lo que hacía de la carrera una experiencia bastante psicodélica. A tal punto que semejante colorido lo atribuyo a una intención de los creadores de desviar la atención de los jugadores induciendo a la contemplación gozosa de unos cuadros que, según el nivel y el ramal elegido (antes de pasar a otro nivel el camino se bifurca) podían ser desérticos, boscosos o bien bucólicos, pero siempre dotados de un colorido por momentos destellantes, cambiantes, ligeramente sospechosos.

Los niveles, por supuesto, presentaban una dificultad escalonada pero, a mi entender, de una manera un tanto desproporcionada. Y los caminos, promediando el cuarto nivel (mi máximo alcanzado; en total son cinco), obligaban a bajar deliberadamente la velocidad con el fin de evitar una dolorosa colisión contra el obstáculo de turno, lo que restaba posibilidades de llegar con tiempo aunque sea a la bifurcación de los caminos, que indicaba la inminencia de la meta (¿a quién no se le quedó el auto justo agarrando la ruta elegida?).

El transcurso del juego era acompañado con una melodía insulsa pero bastante pegadiza, llamada “Passing Breeze”, una especie de calypso que uno terminaba silbando al consumirse la última ficha.

En fin, nuevamente el glorioso MAME es el artífice de que muchos de los outrunianos hayamos vuelto a pegarnos unos tremendos palos con esa menemista Ferrari colorada que levantaba a 293 km/h y cuyo peor enemigo no sólo eran las tramposas curvas y contracurvas, sino los malditos camiones con trailer que inundaban la ruta en los momentos más difíciles.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Juegos de mierda I

Nunca tuve gran pasión por los videojuegos, ni por “la tecnología” en general. Pero en un arranque de nostalgia he decidido revisar unos pocos videojuegos a los que me he atrevido a desafiar seriamente más allá de la tremenda torpeza, pereza y aversión que siempre exhibí a la hora de enfrentarme a ellos. 

Los dos de esta primera parte corresponden a sendos “fichines” de fines de los ’80 y albores de los ’90 respectivamente, hoy disponibles en cualquier hogar con PC gracias al emulador MAME.

Tehkan World Cup

Creo que este mundialito en el que uno obligatoriamente representaba a Holanda es el mejor videojuego de fútbol de la historia, pero tal vez diga esto porque es el único exponente del entretenimiento digital que gané hasta el mismísimo día de hoy.
Es que el Tehkan World Cup, visto desde la perspectiva actual, es el colmo de lo rudimentario. Es decir, no sólo consistía –a nivel imagen– en una gigantesca toma aérea de la parte del campo en la que se desarrollaba el juego, sino que sus posibilidades eran muy limitadas (más bien eran restricciones): las jugadas no eran más que monólogos messinianos consistentes en gambetear rivales hasta definir en la puerta del área a través del único recurso posible, el derechazo cruzado. Y las contadas variantes (el centro a la olla y cabezazo, o marear al arquero y meterse con pelota y todo) suplantaban precariamente la imposibilidad de dar pases cortos a compañeros, cosa que sí podía hacer el equipo contrario con total holgura.

En cuanto a los niveles, se llegaba a la final luego de atravesar siete instancias eliminatorias, obviamente escalonadas en su nivel de dificultad, aunque seleccionadas con un criterio bastante dudoso, ya que Brasil (tercer cotejo) era un rival sencillo y Uruguay (semifinal) hacía casi imposible la llegada a la final; a disputar, eso sí, contra Alemania, partido en el que el ritmo desenfrenado que por default presentaba el juego convertía a este encuentro en algo nocivo para la salud cardíaca.

Fueron dos o tres las veces en las que levanté la copa, y calculo que eso debe haber ocurrido en Villa Gesell, hace al menos 20 años. 

Hoy en día, cada tanto lo vuelvo a desafiar a través del MAME, aunque con resultados pobres.





Hat Trick Hero

Otra historia es el HTH, unos escalones más arriba que el Tehkan en cuanto a gráficos, sonido y potencial agilidad del player. También me parece que conllevaba una mayor dificultad a la hora de eliminar rivales, algo totalmente discutible si tomo en cuenta la cantidad de veces que he visto a otros levantar el trofeo.
No obstante, los mejores recuerdos sobre este videogame tienen que ver con el espéndido sentido del humor que emplearon los creadores a la hora de diseñarlo, ya que, al comenzar los partidos, el árbitro gritaba “KICK OOOOFFF” de una manera bastante agresiva y graciosa, y por si fuera poco incluía la curiosa posibilidad de golpear, patear, o darle rodillazos al hombre del silbato sin riesgo de ganarse la roja.

El Hat Trick Hero era menos acelerado que el Tehkan, más realista si se quiere, y además añadió a los manipuladores de joysicks la posibilidad de lucirse con una chilena fenomenal o palomitas ingrávidas. También innovó al incluir la sanción de fouls con sus tiros libres y penales correspondientes, y la amonestación o expulsión de players excedidos.

En pocas palabras, un juego limitado, pero ligeramente adictivo. Nunca pasé del tercer partido.


domingo, 27 de julio de 2008

Más estadísticas



Y ya que estamos absortos en la admiración, contemplación y regocijo con los números, voy a presentar los resultados de las últimas encuestas de Pop is Dead, las cuales arrojan resultados verdaderamente sorprendentes.

Por ejemplo, es de destacar que ante la pregunta “¿Te bancás a Pity Álvarez?”, un 50% de los popisdedeanos hayan respondido tajantemente: “No”. Pero, por otro lado, resulta significativo el porcentaje de lectores que eligieron como respuesta un relativo “Pséee…”: 42%.

En línea con lo relacionado a las figuras del rock argentino actual, un 62% de visitantes afirma no bancarse “para nada” al Pelado Cordera, vocalista de Bersuit Vergarabat. Párrafo aparte merece un comentario aportado por un anónimo en algún posteo, opinando que el calvo cantante es “la persona más asquerosa del mundo”.

Por último, resulta ilustrativo que un 50% de amigos de este sitio considere a la explosión blogger de los últimos años como “una implosión”.

En el próximo posteo seguiremos rindiéndole culto a esa ciencia cuasi religiosa que se ha dado en llamar Estadística, disciplina considerada por la gente como portadora de “verdades indiscutibles”.

sábado, 19 de julio de 2008

Estadísticas

Los números y la gente

Psicopatológicamente hablando, en el común de “la gente” existe un criterio que adjudica a lo cuantitativo un criterio de VERDAD incuestionable, irrefutable, inexpugnable e inextrincable. Luego de pasar un día entero encuestando a individuos con cara de ojete, el encargado de este blog llegó a la conclusión lapidaria de que “LA GENTE” CREE MUCHO EN LAS ESTADÍSTICAS DE MIERDA.

Dada esta suposición, el presente espacio tiene el honor de introducir un pequeño estudio sobre la calidad de los contenidos vertidos en los blogs, con la seguridad de que, al mismo tiempo, se estará comprobando que todo lo que se dijera de ahora en más, en tanto esté avalado por gráficos y porcentajes, acarrearía una fuerte carga de VERDAD.

El estudio

En base a una observación de 2.012 blogs, desde mediados de 2006 hasta junio del corriente, y según apreciaciones propias, Pop is Dead llegó a una triste conclusión en lo que a la evolución de contenidos se refiere. El siguiente gráfico retrata el patético ascenso en la cantidad de basura registrada en sus respectivos espacios por los bloggers, que, para colmo, registra una tendencia a la suba descontrolada:



Pero la tarea de este medio no terminó allí: nos hemos encargado también de llevar a cabo otro curioso relevamiento cuyo objetivo fue indagar acerca de cuál es, para "la gente", el calificativo adecuado para definir a los bloggers. El resultado es sorprendente:




Es bastante loco que el calificativo más elegido por la gente sea “pelotudos al pedo”. ¿Así ven a los que pasan horas y horas de su tiempo elaborando una variedad y cantidad de discursos inusitada en décadas pasadas? ¿Escribir en un blog es filosofía barata?

Estos interrogantes y muchos más quedarán para futuros estudios sobre la realidad de nuestra tarea. Por el momento, los que hacemos Pop is Dead tomamos a estos números como de quien viene y nos pasamos por el orto todo esto, pero no sin invitar a un necesario debate acerca de qué pretendemos al redactar textos en ese chusmerío llamado “blogalaxia”.

En definitiva, es una responsabilidad exclusivamente nuestra que los textos que escribimos no sean una mierda, ya que, de lo contrario, nos estaremos exponiendo al odio generalizado de la opinión pública: un enemigo peligroso (y de mierda).

viernes, 4 de julio de 2008

Conciertos del pasado, cap. II: Page & Plant, 26/1/96, Estadio Ferrocarril Oeste




La primera y –hasta ahora– última vez que gané algo, no fue sino la entrada para ver a Page & Plant en el estadio de Ferro, y creo que tal premio tuvo que ver con la tremenda cantidad de tiempo que me sobraba en aquel momento (tenía 17 años), lo que había permitido constituirme en un fiel oyente del programa nocturno Tiempos Violentos, conducido por Alejandro Nagy, y emitido por Rock & Pop.

En fin, sólo tuve que llamar y contestar a la pregunta “¿Cuál es el nombre completo de Jimmy Page?”, respuesta que le debo a mi amigo Ralph Halfville, una biblia zeppeliniana en tiempos de no-internet. Festejé la afortunada adquisición del ticket, si bien hubiese pagado la entrada de buena gana; pero luego me desilusionó un poco el hecho de que en los días subsiguientes, ya cercanos al show, el reparto de entradas gratuitas se disparara de manera inédita, llegando incluso al vil canje de 10 tapitas de gaseosa por un pase al espectáculo.

De cualquier modo, aquella calurosa noche de enero presentó a la mitad de Led Zeppelin revolviendo el pasado mediante una recreación potente, prolija, de una veintena de perlas del glorioso cuarteto inglés; algunas de las cuales incluso habían sido revestidas de nuevos arreglos, estrenados un tiempo antes en el unplugged para MTV y plasmados en el disco No Quarter (1994): es el caso de “Kashmir” (con una orquesta de músicos egipcios), “No Quarter” (acústica), “Gallows Pole” y "Since I've been Loving You", que contó con el aporte de miembros de la Filarmónica porteña.

El resto de las interpretaciones resultó bastante fiel respecto de los arreglos originales, calcados por una muy precisa base de sesionistas, por supuesto relegada por el toque de distinción de un Jimmy Page siempre brillante, mágico, explosivo; y un Robert Plant cuyo garguero pedía socorro desde temprano, pero con mucha entrega y presencia.

Así, el dúo realmente logró conmover los cimientos del estadio de Caballito disparando potentísimas versiones de “The Wanton Song”, “Bring it on Home”, “Heartbreaker” (primeros tres temas), “Babe I’m Gonna Leave You”, “Whole lotta Love”, mientras el público deliraba y, cada tanto, deslizaba un “olé olé olé Bonzo, Bonzo” in memoriam del ausente verdugo de los parches.

“Black Dog” y “Rock and Roll” pusieron el broche de oro a una noche inolvidable para tres generaciones de rockeros que habían podido oir esas canciones de la mano de lo más parecido a Zeppelin que se podía pedir hasta ese momento. Una velada bien inaugurada por Peligrosos Gorriones y The Black Crowes, que dejó a esos jóvenes de ayer y de hoy soñando con la reunión (léase, la inclusión del gran John Paul Jones en el equipo)… que se concretaría recién once años después, pero ¡opss!, sin gira.

jueves, 15 de mayo de 2008

La experiencia literaria del Beto Badía: "El día que John Lennon visitó la Argentina" (1990)


Así escribe
“…Lamento desilusionar al lector que, desprevenido, ha pensado que el libro que tiene en sus manos relata la sorpresiva visita a nuestro país del legendario ex-beatle. De cualquier modo, ya verá, mi estimado amigo literato, que la historia que me propongo contar presenta algún nexo con el músico asesinado en 1980, así que a no desesperar. Nada de salir corriendo a devolver este ejemplar.

Por lo pronto, mi propósito no es otro que construir ficcionalmente, ladrillo por ladrillo, una brutal, gigantesca, desproporcionada semblanza de Tito Matosas, aquel celebérrimo centrofóvar de Deportivo Cambaceres que hizo temblar las redes del ascenso en las temporadas 62/63 y 65/66. En aquellos viejos buenos tiempos, el primer equipo se alineaba con…”
(Extracto del Prólogo a la primera edición)

Reseña de P. Maelström (publicada en el National Enquirer, Nº 54, Agosto de 1990) (fragmento):

“Nunca he creído eso de que cuando uno se sienta con un nuevo libro, su olor, la tersura del papel, el color de la portada, informa –si bien de manera superficial– algo de su contenido. Pues bien, desgraciadamente, en el caso del debut literario del locutor argentino Juan Carlos Badía, dicha máxima se cumple con exactitud. 

Es que no sólo su presentación elemental es paupérrima, sino que, ya hablando del contenido de esta novela pseudobiográfica, hay que ser muy osado para declararse influenciado por los escritores de la llamada generación beat y no morir en el intento: los sórdidos pasajes a lo Burroughs se pierden en onanismos reiterativos y circulares; los poemas apócrifos de Tito Matosas, el centre-forward protagonista (nunca supe si tal personaje existió o no), emulan del peor modo al Ginsberg más drogado; el relato del homérico viaje en el que el delantero se cruza con Lennon no resulta más que una patética fotoduplicación de la contratapa de “En el camino”. En pocas palabras, la prosa del animador argentino tiene poco que envidiarle al más vil ejemplar de Corín Tellado”.


viernes, 25 de abril de 2008

Conciertos del pasado, cap. I: Phil Collins, 22/04/95, Estadio River Plate



Aclaración inicial:

Lo que pretendo con esta sección es hacer breves revisiones de algunos de los incontables recitales que he presenciado hasta hoy; aunque, valga la aclaración, no me abocaré solamente a los más sobresalientes o los que más impacto hayan causado en mí, así como tampoco emplearé un orden cronológico para tal fin. Simplemente pretendo registrar por escrito unas breves impresiones acerca de los eventos en cuestión, para lo que seré ayudado no sólo por mi memoria, sino por un interesante archivo de recortes de diarios, revistas, suplementos y, desde ya, la valiosa data disponible en la red.

Revisión propiamente dicha

Digan lo que quieran, pero estuve en uno de los dos conciertos que el cantante y baterista de Genesis –banda que adoro– brindó allá por abril de 1995, en el marco de un inédito (y variopinto) aluvión de visitas internacionales.

Si bien mis padres –con quienes he asistido a ese show– me han torturado desde la panza con la voz aguda del calvo, para aquel momento, con mis 16 años a cuestas, ya contaba desde hacía mucho tiempo con un gusto propio bastante bien definido, lo cual no me impide hoy día reconocer, admitir, confesar –si se quiere–, que:

a) El disco en vivo de Collins (Serious Hits Live, 1991) me resulta irresistible.
b) But Seriously… (1989) me parece bueno.
c) Una de mis últimas adquisiciones en vinilo fue No Jacket Required (1985), otra comercial, aparatosa, bailable y melosa muestra de lo que fue la música complaciente de los '80.

De modo que asistir a ese interesante concierto no fue ningún oprobio; por el contrario, he disfrutado bastante de la interpretación en directo de esas canciones escuchadas hasta el hartazgo en las FM y en el viejo tocadiscos heredado de los ‘70. Sólo por mencionar algunas, el impecable pero previsible setlist incluyó perlas de la música adulta como “Don’t Lose my Number”, “One More Night”, “In the Air Tonight”, “Another Day in Paradise”, “Sussudio”…; todos hitazos ejecutados de manera correcta por una numerosa y aceitada banda que contaba entre sus filas al bajista Nathan East y al guitarrista de apoyo de Genesis, Daryl Stuermer.

Desde ya que un show de estas características no tenía reservada absolutamente ninguna sorpresa; pero vaya si valió la pena haber ido a ver a un sobrio (cuándo no) Phil Collins desplegar su potencial como solista ante un público mayormente maduro, contemplativo, aburrido, mocasinero, que colmó por dos noches el Estadio River Plate, al que ví por vez primera partido a la mitad a raíz de la presencia de un mal llamado sector “VIP”.

lunes, 31 de marzo de 2008

Ozzy Osbourne, Korn y Rata Blanca - Quilmes Rock, 30/03/08 (featuring: Carca)





Ozzy Osbourne




Así como se lo imaginan: aparatoso, viejo, limado, loco, es Ozzy Osbourne sobre el escenario. Pero los desopilantes sketches proyectados en la previa, sus movimientos torpes y las demagógicas arengas que el cantante disparó a lo largo de su show de noventa minutos (incluso antes del mismo, con el mic abierto en camarines) quedarán como simples anécdotas del buen concierto que el ex líder de Black Sabbath le regaló a su pesado público en su segunda visita a esta ciudad. Tal es así que, aún con su limadura a cuestas, el ex protagonista del ridículo reality show de MTV se las ingenió para transmitir toda esa magia que lo ha hecho una verdadera leyenda del rock, a través de un diabólico set que abarcó perlas tanto de su interesante carrera solista (“Mr. Crowley”, “Crazy Train”, “Mama I’m Coming Home”, “I Don’t Know”) como del imprescindible segundo disco de Sabbath, Paranoid, de 1970 (“Iron Man”, “War Pigs”, “Paranoid”); piezas que han tenido que ser bajadas de tono para adecuarlas al registro siempre chillón, aunque más limitado que antaño, de Osbourne.

Más allá de la ruidosa alegría que recorría el ambiente, los descomunales pogos que acabaron con un reclamo general de analgésicos, y la entrega y buen humor de la estrella de la noche, el sonido sobresaturado y atronador hasta la exageración, sumado al innecesariamente extenso solo del habilidoso guitarrista Zakk Wylde (un mero ejercicio de guitarra atiborrado de armónicos y juegos de palanca, justificable únicamente como descanso para el viejo Ozz) le restaron algunos puntos a un show no obstante memorable, divertido, que dejó a la concurrencia extasiada de tanto metal, y de tanto agitar la extremidad superior haciendo los cuernitos.

Personal: Ozzy Osbourne (voz), Mike Bordin (batería, ex Faith No More), Zakk Wylde (guitarra, líder de Black Label Society, banda que tocó antes de Rata Blanca), Alan Wakeman (teclados, hijo de Rick Wakeman), Rob Nicholson (bajo).
Setlist: I Don’t Want To Stop / Bark At The Moon / Suicide Solution / Mr. Crowley / I’m Not Going Away / War Pigs / Crazy Train / Iron Man / Road to Nowhere / I Don’t Know / Here for You / Change The World / Mama I’m Coming Home / Paranoid.





Korn




Lo de Korn sí que fue una verdadera sorpresa, sobre todo porque arrastraba una serie de prejuicios que tenían que ver tanto con la gente que viste su logo, como con la inclusión de esta banda californiana dentro de lo que, promediando los '90, se conoció como nü metal: una “elite” de jóvenes heavies llamados a “renovar el metal”, en la que se encontraban, por ejemplo, los impresentables Limp Bizkit.

Pero la cuestión es que el conjunto del carismático Jonathan Davies salió a matar; y lo hizo exhibiendo un cojudo repertorio compuesto por canciones afectadas, podriditas, violentas, siniestras, deudoras tanto de Nirvana como de Ministry Nine Inch Nails, debidamente auxiliadas por un sonido clarísimo (algo ausente en Ozzy) y disparadas sin misericordia al amparo de una base enjundiosa que aflojaba los dientes.

Además Korn es una banda que se preocupa por los detalles: tanto en lo referente a la presencia escénica como por los interesantes interludios electrónicos que demostraron la amplitud musical de este grupo al que, parafraseando a un colega, alguna vez he llegado a despreciar.

El final de este show excelente no podría haber sido otro: un pogo gigantesco acompañando al impresionante “Blind”, de su disco homónimo de 1994.

Personal: Jonathan Davis (voz, gaita), James "Munky" Shaffer (guitarra),
Reginald "Fieldy" Arvizu (bajo), Ray Luzier (batería), Kalen Chase (coros y percusión), Zac Baird (teclados).
Setlist: Right Now / A.D.I.D.A.S. / Hold On / Starting Over / Falling Away From Me / Coming Undone / Here To Stay / Shoots and Ladders Intro / Helmet in the Bush / Faget / Freak On A Leash / Evolution / Somebody / Got The Life / Blind.





Carca



El músico argentino, llamado a “homenajear al rock nacional” entre los shows de Rata Blanca y Korn, debe estar en estos momentos embarcado en un juicio contra su manager. ¿Qué criterio aplicó la organización al convocarlo? ¿Un criterio Personal Fest? ¿En qué estado estaba Carca cuando aceptó tocar ahí, en el medio de la pasarela central, acompañado por su trío “alterno”, en una velada metalera? Es cierto que el público fue intolerante con el esquelético solista local, pero imagínense lo que ocurriría si Marcela Morello talonease a Horcas. “Cada cosa en su lugar”, dice la frase; pero el tema es que Carca todavía debe estar luchando con los gargajos incrustados en su voluminosa pelambre.



Rata Blanca



Al menos ayer, esta banda de heavy clásico no le movió un pelo a nadie. Su show, impecable desde el punto de vista sonoro, pero extenso y soso en su resultado global, sólo volvió a dejar en claro el gran nivel de Walter Giardino (más allá de sus obvias influencias) y el gran trabajo que Hair Recovery ha realizado en la cabeza del petiso Barilari.


domingo, 16 de marzo de 2008

Bob Dylan - Estadio Vélez Sarsfield, sábado 15 de marzo de 2008





Al final, fue a ver a Bob Dylan mucha más gente de la que se pensaba, aunque se dice que una buena parte de la concurrencia (unas 25.000 personas) habría contado con entradas de favor, o con el interesante descuento que suponía el 2x1 ofrecido por una empresa de telefonía celular. No obstante, el panorama eminentemente familiar que exhibía la tarde-noche del Amalfitani, sumado al cansino show acústico de León Gieco, le otorgó a la velada una pachorra digna de pic-nic en el parque, sólo que sin el mate, los bizcochitos y la lona.

El lindo cierre del cantautor santafesino con la compañía de Charly García y Gustavo Santaolalla haciendo “El Fantasma de Canterville” dejó el terreno preparado para la aparición estelar de esa figura fundamental del arte del siglo XX que, puntualísima, hipnotizó a su público durante dos horas secundada por banda impresionante, capaz de adaptarse a tantos colores como los de una tabla degradé de pinturería, y una puesta en escena de lo más austera que hemos visto desde el show de David Byrne en el Luna Park, en 2004. Aunque no hacía falta más.

En contra de lo que podría pensarse, el registro gutural de Dylan (fruto del paso de los años y más), en lugar de desvirtuar o simplemente arruinar sus legendarias composiciones, les dio un matiz diferente, incluso juguetón, de modo que viejos clásicos como “Rainy Day Women #12 & 35” (del básico Blonde on Blonde, 1966) –que ofició de apertura–, “Lay Lady Lay” (de Nashville Skyline, 1969) y “Just Like a Woman” (también de Blonde…) adquirieron una sonoridad sencillamente encantadora.

Luego de repasar algunos pasajes de su reciente Modern Times (2006) y “Love and Theft” (2001), más los inefables “Highway 61 Revisited” y "Like a Rolling Stone", para los bises Bob noqueó a la concurrencia con versiones soberbias de “Stuck Inside of Mobile with the Memphis Blues Again”, “All Along the Watchtower” (versionada hasta el hartazgo, entre otros, por Hendrix y U2) y “Blowin’ in the Wind”; coronando así una noche inolvidable para esos miles de personas que disfrutaron reverencialmente de la tercera visita del genial poeta, tal vez la última.