sábado, 4 de diciembre de 2010

Victoria Mil - Armas (2000)




Victoria Mil es una banda tan inclasificable como interesante. Sus discos, vistos en conjunto, conforman un todo ondulante y misterioso, donde el formato canción, cuando aparece, lo hace de una manera especial, un modus operandi que los aleja, para bien o para mal, de la escucha masiva.

Esta agrupación argentina viene paseando su eclecticismo desde 1996, época en la que sus contemporáneos anglo-franceses de Stereolab –acaso la banda que viene a la mente a la hora de hallar un paralelo– se encaminaba hacia un incuestionable pico creativo y se consolidaba como uno de los punteros del llamado post-rock.

Asimismo, en tanto Julián Della Paolera (guitarra y voz), Leonardo Santos (batería), Miguel Castro (voz, teclados) y Sebastián Velázquez (bajo) sorprendían con sus primeras excursiones kraut, el mainstream argentino entraba en una crisis terminal. Luego llega la carta documento de la actriz española que inspirara el nombre original de la banda (Victoria Abril), y con esta, el cambio a la denominación actual, que vino junto con la obra cumbre del cuarteto.

Producido por el hombre-máquina Daniel Melero, Armas cautiva al oyente desde su envolvente psicodelia matizada por paisajes que remiten a varios momentos de la historia del rock, que el grupo porteño logra citar con maestría y hasta con humor.

Tal vez esta sea la manera de entender la presencia de elucubraciones dub como “Lo escuché en Portobello”, doble homenaje a la capital inglesa y a uno de sus habitantes más revulsivos, los Clash dispersos de Sandinista! (1980). Lo mismo en cuanto al breve track homónimo, cuyo presunto aire jamaiquino se extravía en su denso desarrollo y sugestiva lírica.

Ya que no parece caber duda de que Armas es uno de los más interesantes discos de factura local de la última década, habría que preguntarse qué clase de patología infecta al mercado para que una obra de este calibre se encuentre fuera de catálogo. Como no es el lugar ni el momento adecuado para tal análisis, por el momento no quedará otra que aferrarse a la vigencia y la actividad incesante de este combo que grandes favores le sigue haciendo al buen gusto.

Sello: Índice Virgen.

Track-list: Si ibas lejos. Acá está todo mal. Armas. Ah. Flash. Lo escuché en Portobello. No nos. La historia del vuelo. Dónde vamos.

Links: 
Stereolab - Transient Random Noise Bursts With Announcements (1993).
Wilco - Yankee Hotel Foxtrot (1998)
Go-Neko - Una especie de mutante (2008)


jueves, 28 de octubre de 2010

Gemas de los '80 (singles)

“Domino Dancing”, Pet Shop Boys (1988)

Desde su debut en 1985, los PSB lograrían poner distancia respecto de rivales directos como Erasure gracias a una propuesta musical más ambiciosa e interesante que incluiría, en las presentaciones en directo, efectivos elementos teatrales. Asimismo, el hecho de que Neil Tennant y Chris Lowe hayan sido y sigan siendo muy solicitados por renombrados artistas en su rol de productores / arregladores / colaboradores habla bien de la permanencia del dueto por fuera del consumo nostálgico.

“Domino Dancing”, segundo corte de Introspective, el disco más vendido del dúo techno-pop, muestra a los británicos sacando lustre a las máquinas y promoviendo un uso sutil e inteligente de instrumentos acústicos en función de reforzar el cálido sabor latino que impregna los más de siete minutos de este estupendo single más conocido, como es habitual, por su versión “edit”.

El videoclip que acompañó al sencillo, rodado en Puerto Rico, ponía en escena a un triángulo amoroso compuesto por dos muchachos en batalla por el amor de una escultural y seductora morocha latina (estereotipistas absenerse) que “cuando camina hace que todos se den vuelta” y hace caer a sus espectadores cual efecto dominó.

Curiosamente, no obstante su gran calidad en cuanto amplitud de recursos y melodía ganchera, el sencillo obtendría en su momento una recepción moderada que sin embargo no le impediría con el correr del tiempo convertirse en una de las joyas de la extensa colección de éxitos de los Pet Shop, la cual, aunque con menos repercusión, continúa expandiéndose.

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viernes, 8 de octubre de 2010

Pixies - Luna Park, 06/10/2010





¿Que no les interesa editar material nuevo? No importa, son los Pixies. ¿Que no se despegan de las versiones de estudio, de la recreación fiel? Qué va, enfrente están los Pixies. En el imaginario melómano, los Pixies son algo así como sagrados, tal vez por obra de esa discografía breve e inmaculada que el cuarteto de Boston dejó para la posteridad antes de su extenso hiato. La ausencia de discos flojos, de traspiés, en suma, de signos de decadencia, les concede, diecisiete años después, una frescura y credibilidad prístinas. Y en el medio todo está Doolittle, esa obra cumbre que vuela sesos, la que reivindican, desde 2004, aquí y en todas partes de principio a fin, o casi.

A las 20.45 puntual, "Bone Machine" permitió a los 7 mil espectadores saldar cuentas de tiempos largos, y el Luna Park se convirtió en lo más parecido al centro de una licuadora. El gordo Black Francis, Kim Deal, David Lovering y Joey Santiago, con su desaliño espontáneo a cuestas, desataron su torbellino ante un incrédulo ejército de pixianos que se frotaba los ojos al tiempo que gozaba extasiado.

Las cartas estaban echadas: de un lado, los Pixies, ofrendando con carismática parquedad sus primeros espasmos loud-quiet-loud en Argentina; del otro, una concurrencia enloquecida que ovacionaba cada paso de estos maestros en el arte hacer mucho con poco, aspecto que abarca no solo la precisa economía del guitarrista Joey Santiago y la bajista Kim Deal, sino también la sencilla pero interesante puesta y la escasa comunicación con el público.

Se suceden “Something Against You”, “Holiday Song” y “Nimrod's Son”, estridentes pero poco ayudadas por la horrible acústica del recinto. Los pogos son descomunales y los aullidos de Francis ponen los pelos de punta.

Sin embargo, el ojo del huracán llegaría con los primeros acordes de “Debaser” y se consolidaría con la letal seguidilla de “Tame”, “Wave Of Mutilation”, “I Bleed” y “Here Comes Your Man”. Para el momento del esperado mantra de “Monkey Gone to Heaven” la victoria era total. El clímax de Doolittle, “No. 13 Baby”, “Hey” y “Gouge Away” le cedió el paso a un segmento demoledor que incluyó el cover de Neil Young “Winterlong” y dos gemas de dudoso español provenientes del EP Come on Pilgrim (1987), “Isla De Encanta” y “Vamos”.

“Where is my mind?”, primero de cuatro bises, anunciaría el comienzo del fin del esperado debut del cuarteto de Boston en suelo argentino, desarrollado en un lapso decididamente ramonero en proporción a lo nutrido del set (veintiocho temas en hora y media).

Al encenderse las luces la concurrencia parecía empachada. Sonrisas, caras felices. Una desconcentración rápida y alegre. No sabemos si fue el mejor show de la historia, o de nuestra historia, ni nos interesa; tampoco nos vamos a poner a discutir la noción de “reunión fraudulenta”, total, en este momento, ¿a quién le importa? Habían tocado los Pixies, verdaderos pilares de la música alternativa norteamericana de fines de los ochenta y primeros noventa, de enorme legado e influencia. ¿Quién les quita lo bailado?

Setlist: Bone Machine - Broken Face - Something Against You - Holiday Song - Nimrod's Son - Debaser - Tame - Wave Of Mutilation - I Bleed - Here Comes Your Man - Monkey Gone To Heaven - Mr. Grieves - Crackity Jones - La La Love You - No. 13 Baby - Hey - Gouge Away - Velouria - Dig for Fire- Winterlong (cover de Neil Young) - Caribou - U-Mass - Isla De Encanta -Vamos.
Encore: Where Is My Mind? - Gigantic. Encore 2: Wave of Mutilation (UK Surf) - Planet Of Sound.

martes, 14 de septiembre de 2010

Gemas de los '80 (cap. VII)

ULTRAVOX – Vienna (1980)




El cambio de década y de cantante (Midge Ure por John Foxx) vino acompañado por el primer éxito comercial para esta banda inglesa que había debutado en 1977 coqueteando con el glam rock y el punk pero que explotaría finalmente como uno de los punteros del synth-pop, de la new-wave… e incluso del new-romantic, tal como algunos escribas afirman.

Como sea, en Vienna, al igual que en otros discos rivales contemporáneos (p.e. Gary Numan, The Pleasure Principle), el pulso rockero todavía es palpable, aunque ya opacado por capas y arreglos de teclados analógicos que avanzan cual nube tóxica.

Desde el poderoso arranque con el largo instrumental “Astradyne” y “New Europeans” hasta el techno-desenlace de “Mr. X”, “Vienna” y “All Stood Still”, este Lp recorre un camino cuyos cruces se multiplican y delinean supuestas disparidades: nuevas y viejas tecnologías de grabación; guitarras distorsionadas y programaciones; baterías reales y virtuales; arreglos sublimes y minimalismo; Kraftwerk y power-pop. Gran disco.

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PUBLIC IMAGE LTD. – The Flowers of Romance (1981)



PiL surge de la necesidad innata de John Lydon (ex Johnny Rotten) de provocar algún tipo de molestia o de sembrar terror en el amplio ámbito de lo convencional.

Su primera obra post-Pistols, First Issue (1978), lo muestra disparando con aún más furia sobre sus blancos preferidos (como por ejemplo, el clero). Lo secunda un muro musical anárquico, corrosivo, exasperante y mastodóntico. PiL es el verdugo del punk. Y es el límite del after-punk. Es la pesadilla de los fans. Es el no-ranking. Es la no-canción. Es el NO.

Y sin embargo es arte. Y se hará todavía más exasperante y oscuro en Metal Box (1979). Pero entrará en un violento proceso de descomposición en Flowers of Romance, donde la música aparece extraviada en una orgía sonora que ningunea la ejecución “tradicional” de los instrumentos y redondea uno de los discos de rock menos comerciales de la historia del género.

Por fuera de la insanía vocal de Lydon, lo que queda es una retumbante procesión de ritmos, a cargo de Martin Atkins (cuyo sonido inspiraría a Phil Collins para sus discos solistas), en la que el influyente guitarrista Keith Levene, de enorme y personalísima labor en los álbumes anteriores, descansa parcialmente de las seis cuerdas y aparece concentrado en otras tareas, como la ejecución demencial de cellos y sintes. El tema homónimo y “Banging The Door” –en el que un paranoico Lydon clama por que lo dejen en paz, no solo a los fans que llegan a su puerta sino a… los reptilianos (?)– constituyen lo más parecido a una canción en todo el disco. Y con muchas dudas.

Flowers of Romance desconcierta. No emociona. Molesta. Es horrible. Pone en aprietos al oyente. Lo desafía. Lo repele. Lo insulta. Pero puede llegar a sorprenderlo. Puede ponerlo de frente a todo su bagaje rockero, y marcar –u orinar– su extremo. O su sótano. Es la world-music de las cloacas. Por eso es una de las Gemas de los ’80.

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martes, 17 de agosto de 2010

Gemas de los '80 (cap. VI)

SIOUXSIE AND THE BANSHEES – Juju (1981)




Parece que tempranamente varios caza-talentos corporativos han dado batalla por hacer firmar a Susan Ballion (Siouxsie Sioux) y sus pintarrajeados forajidos, cuyas primeras andanzas no pasaban, sin embargo, de caóticos jams pletóricos de aullidos, distorsión, cuero negro y tachas. Nuevamente, la maquiavélica capacidad ejecutiva de ver oro en la convulsionada juventud inglesa de mediados de los setenta permitía el desarrollo artístico de uno de los más interesantes subproductos del punk, Siouxsie and The Banshees, cultores privilegiados del dark/gothic.

Al igual que Kaleidoscope (1980), su rutilante antecesor, el cuarto trabajo de los Banshees se encomendó a la doble tarea de consolidación y máximo aprovechamiento de unos beneficiosos cambios en la alineación.

Como resultado, el brillo de Juju se desparrama por todos lados. Claro que su cohesiva materia sonora mucho le debe al espléndido trabajo guitarrístico del ex Magazine John McGeoch (muy admirado por guitarristas creativos como Johnny Marr), que llena de flanger y punzantes fraseos las dramáticas elegías escupidas por la más lóbrega Siouxsie, y al interesante juego percusivo del baterista Budgie, en el que predomina el uso de los toms graves en detrimento de los platos. Pero lo que se destaca globalmente es un impecable trabajo melódico, operado a través de estructuras densas, electrificadas, cautivadoras, amén del embrujo vocal de una de las grandes damas del rock.

La nula distancia entre los estupendos singles “Spellbound” y “Arabian Knights”, de acechantes melodías y sombría imaginería lírica, y otras piezas como “Into the Light” y la apabullante “Voodoo Dolly” (con reminiscencias de los Doors y Velvet Underground), colocaría a Juju a la cabeza de la era dorada de la agrupación, verdadero faro para varios contemporáneos pero sobre todo para futuros colegas como Garbage o Placebo.




THE CURE – Disintegration (1989)




El combo gótico liderado por Robert Smith despide la década con un disco soberbio que apenas editado se convertiría en un imprescindible, privilegio que pasará a compartir con no menos de tres, cuatro, cinco discos anteriores de factura propia, lo que sin duda dificulta cualquier elección ilustrativa de solo uno de ellos.

Ecualizado para favorecer la escucha a volumen alto, Disintegration propone, en sus 72 minutos, un homogéneo mar de claustrofóbica congoja, plasmado con una expresividad que lleva a planos magistrales la máxima dark de tornar sublime un sencillo juramento de amor verdadero, como el del hit “Lovesong”, o bello y revelador un canto de desesperación como el de “Closedown”.

Smith construye el imponente muro de sus lamentos con la seguridad de quien goza días de plena inspiración, apoyado en el contundente respaldo que le otorga una de sus mejores formaciones –si no la mejor–, que incluye a Simon Gallup, Porl Thompson, Roger O’Donnell y Boris Williams en bajo, guitarra, teclados y batería respectivamente.

“Pictures of You”, “Lullaby”, “The Same Deep Water As You” y “Untitled” son algunos de los grandes momentos de un álbum sin desperdicio, cuyos tracks presentan una duración promedio poco recomendable para el oído habituado a la inmediatez. Para el resto, bon apetit

martes, 27 de julio de 2010

Gemas de los '80 (cap. V)

INXS – Kick (1987)

El año 1987 encontraría al sexteto australiano nuevamente invadiendo las radios, pero esta vez con un disco bajo el brazo que captará bastante de la frescura que ofrecía el grupo en vivo (acaso de lo poco elogiado por la crítica), y que, para colmo, arrojará para la posteridad una interesante cantidad de éxitos.

En este álbum el cantante Michael Hutchence vuelve a derrochar sensualidad y saca todo el jugo posible a su poderosa vocalización, bastante cercana a la de Mick Jagger (aunque su imagen sea más próxima a la de un Jim Morrison metrosexual), en tanto que la banda, cuándo no, transita certera por su acostumbrada y aceitada elegancia. Nada muy novedoso, en realidad, solo que a grandes rasgos el producto destaca una redondez que sus obras pedían a gritos (y seguirán pidiendo hasta el final…), y que hace convivir de manera explosiva los funky de alto voltaje de “New Sensation”, “Need You Tonight” y “Calling All Nations” con la resonante balada “Never Tear Us Apart” y el stoniano “Tiny Daggers”.

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COCTEAU TWINS – Victorialand (1986)
Tal vez no sea el mejor disco del trío escocés –devenido aquí en dúo–, pero lo cierto es que Victorialand parece una especie de no-va-más, un extremo en la búsqueda atmosférica de este grupo, que aquí se despoja aún más de los convencionalismos para dejar sus canciones totalmente al desnudo y a merced de los gorjeos incomprensibles de la gran Elizabeth Fraser y los colchones de guitarras de Robin Guthrie, apoyados por una percusión mínima o bien nula.

“Lazy Calm” y su placidez inconmensurable constituye la carta de presentación perfecta para este breve ejercicio ambiental inspirado en paisajes polares, cuyos escasos treinta minutos se extravían en arpegios inundados de chorus y el canto suprahumano de la vocalista. Sin duda ha sido este modus operandi y su interesante resultado el que hizo de este disco glacial un verdadero hito en la carrera de los Twins, y también en el pop de la época, lo que a su vez contribuyó a revalidar, muy a pesar del grupo, la etiqueta de la que siempre renegó: la del dream-pop.

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jueves, 17 de junio de 2010

Gemas de los '80 (cap. IV)

THE SMITHS – The Queen is Dead (1986)



Promediando los ’80, no conformes con sus dos sobresalientes elepés y la marea de singles resultante de cada destello de inspiración de la dupla compositiva Morrissey/Marr, los Smiths despachan en las bateas esta obra maestra del pop rock que funciona como un breve e implacable muestrario de la enorme capacidad de esta agrupación para articular piezas de gran belleza y fina construcción melódica y lírica.

En este magistral álbum, la ponzoñosa poesía de un inspiradísimo Morrissey (“Bigmouth Strikes Again”, “The Queen Is Dead”) se concede paseos por el romanticismo más dramático (“There’s A Light That Never Goes Out”, “I Know It’s Over”) cuando se aparta del sarcasmo habitual a la hora de hablar de sexo (“Never Had No-one”, “Some Girls Are Bigger Than Others”) y de las apologías del perdedor, así como también en el plano estrictamente musical la lucidez de la banda saca chispas a las capas de guitarras superpuestas de Johnny Marr y a los cimientos apuntalados por Andy Rourke y Mike Joyce.

Aun sin constituir la culminación de la capacidad creativa de los mancunienses (prueba de ello será el sucesor Strangeways, Here We Come), The Queen Is Dead marca un punto de no retorno que permitirá que los años corran y la prensa inglesa persista en su afán de descubrir a la nueva “mejor banda desde The Smiths”.

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JOY DIVISION – Closer (1980)



“Estoy avergonzado de la persona que soy”, dice Ian Curtis en “Isolation”, pero esa confesión es un poroto al lado de la sumatoria de tristeza, muerte y putrefacción que exuda Closer, disco-epitafio en el que puede apreciarse al célebre conjunto de Manchester estirando su música y dotándola de una dureza aún mayor que la que pregonaba el promisorio Unknown Pleassures (1979); el cual acompañado por febriles actuaciones, tempranamente colocaría a Joy Division a la cabeza del proceso conocido como post-punk.

Podría decirse que el álbum póstumo de este grupo harto influyente, as de espadas del sello Factory (cf. el filme 24 Hour Party People, 2002), simplemente añade aspereza maquinal al bonito contrapunto entre las estridencias dibujadas por los futuros New Order y la voz grave y tenebrosa de Curtis, esa que, contagiada de reverberancia, entre tanto canto fúnebre y miseria humana sin embargo parece navegar en pos de algo superior y trascendente.

Pero, en una mirada más amplia, además de cerrar (trágicamente) un capítulo fundamental del rock contemporáneo, Closer deja estampado un real manual de estilo, ora para multitud de agrupaciones que venían rondando por ahí, ora para las que más tarde o más temprano quedarán embelesadas con el sonido envolvente y siniestro de esta banda única.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Gemas de los '80 (cap. III)

ECHO AND THE BUNNYMEN - Heaven Up Here (1981)




Crocodiles (1980), el auspicioso debut de estos oriundos de Liverpool, había preparado el terreno de manera adecuada para un real salto de calidad, que Heaven Up Here trae consigo gracias a su más acicalada producción y mayor énfasis en las texturas, lo que posibilitó un desarrollo verdaderamente magistral de la angustia, euforia y desesperación que revelan la música y las letras del grupo encabezado por Ian McCulloch y Will Sergeant.

Guitarras que se entretejen, se repelen y vuelven a encontrarse, bajos reforzados con modulaciones, baterías efectivas, y pinceladas de teclados y drum-machines primitivas, delinean gélidos paisajes sonoros con un halo de grandilocuencia, ideales para poner en escena las oscuras situaciones y cuestionamientos articulados por un joven McCulloch, mil veces más versátil que hoy.

Canciones como “Over The Wall”, “No Dark Things” y “Heaven Up Here”, densas, nerviosas, ejemplifican la capacidad de la agrupación para complementar las altas frigorías de su fórmula de aquel entonces con los ecos de The Doors.

Con este áspero LP los Bunnymen lograrían sin embargo un éxito comercial interesante en su país, aunque nada contradictorio con su temprano status de banda de culto, del cual nunca se despegarán pese a los subsiguientes intentos por moderar la dureza de su arte.



THE TEARDROP EXPLODES – Kilimanjaro (1980)




A diferencia de sus vecinos de los Bunnymen, tanto la breve discografía de The Teardrop Explodes como la posterior e interesantísima carrera solista de su excéntrico vocalista, bajista y compositor Julian Cope, son candidatas eternas a figurar en el Top Ten de las mayores injusticias en torno a la falta de reconocimiento a gran escala.

Hoy de colección, el debut de esta banda co-protagonista de la explosión neopsicodélica de fines de la década de 1970 profesa cualidades hipnóticas que circulan en torno a la acumulación de estructuras económicas, ágiles e intensas que parecen navegar entre las relaciones obsesivas, la paranoia y hasta los problemas familiares en lugar de hundirse en metáforas espaciales o experiencias místicas.

El colorido pop del exquisito single “Treason” y maravillosas melodías como “Sleeping Gas” y “When I Dream” ("I go bababababbabababababa ooooh...”) se destacan en este trabajo mítico que adolece de una producción algo plana y que será sucedido por el más oscuro Wilder (1981) y la posterior disolución del grupo.


jueves, 20 de mayo de 2010

Gemas de los '80 (cap. II)

TALKING HEADS – Remain In Light (1980)



Al día de hoy, los Talking Heads son una de esas bandas que no se han dejado seducir por ningún cheque en blanco, y tal vez sea mejor así. Sería una verdadera pena y un total desatino que la carrera de una de las bandas norteamericanas más creativas e interesantes quede salpicada por una intentona de reunión fraudulenta, de las cuales hay varios desgraciados ejemplos.

Es que por fuera de estas suposiciones, lo que permanece son los discos, esos que tan poca atención reciben hoy en día gracias a las “libertades” que ofrecen los ya no tan nuevos formatos digitales, amén de la tan mentada falta de tiempo, ocupado en cosas útiles como chusmear a precio módico en Facebook o jugar a la Play Station.

Como sea, el espesor de Remain in Light, obra cumbre de los cabezas parlantes, resultará poco recomendable para los que creen que la carrera de los Heads empieza en “Psycho Killer” y termina, sin mediación alguna, en “And She Was” (ojo: ambos temazos).

“Permanece iluminado”, “permanece en luz”, o como se quiera traducir, abriga, paradójicamente, ocho canciones extensas, oscuras, aunque no exentas de frenetismo e instigación al baile y al movimiento, en lo que sería un punto muy alto mas no la culminación de la búsqueda polirrítmica y multiétnica de los neoyorkinos, y que posteriormente desarrollará David Byrne en solitario.

Mucho tuvo que ver en la arquitectura de este verdadero enjambre ultrapercusivo, de graves pronunciados y abundantes chispazos de sintetizadores y programaciones, la decisión de Byrne de delegar buena parte del trabajo material e intelectual tanto en el productor Brian Eno como en el guitarrista Adrian Belew (quien luego trabajará con King Crimson), responsable de austeras intervenciones en las seis cuerdas (todo lo cual sería disparador de no pocas tensiones con los miembros históricos Chris Frantz, Tina Weymouth y Jerry Harrison) que matizan varios pasajes de este disco complejo y cautivador.

Remain In Light, en definitiva, además de ahorrarnos el trabajo de atender a varios grupejos actuales que se autoproclaman originales (Vampire Weekend, por ejemplo), también, y por si fuera poco, entrega unas observaciones imperecederas tanto acerca del vacío de los estilos de vida deseables y los modelos de éxito (“Once In a Lifetime”) como de las apariencias plásticas (“Seen And Not Seen”), algo con lo cual más de uno debiera sentirse aludido. Imprescindible por donde se lo mire.



THE CLASH – Sandinista! (1980)



¡Renuncie, montonero Strummer! Si London Calling (1979) era ya una soberbia muestra de eclecticismo musical y discurso combativo, pues Sandinista! lleva la idea hasta la exageración.

En esta enciclopedia del año 1980, el radicalismo político de este grupo genial sobrevuela la totalidad del producto: desde el título que denota empatía con el proceso revolucionario nicaragüense, la hoja-panfleto de las letras (“The Armagideon Times, nº 3”), la predominancia de tonos rojizos en el packaging, hasta los varios textos que dan cuenta de un sistema colapsado y de pueblos en pie de guerra. Y además, el gesto: editar un LP triple por el precio de uno (doble en el formato CD) conteniendo un material que vuelve a desmentir la pretendida tosquedad punk y exhibe, en cambio, prolijas ejecuciones y un gusto refinado y abierto, que oscila sin orden coherente, a lo largo de sus treinta y seis tracks, entre restallantes rocks, pasajes jazzísicos, excursiones dub, rap y elucubraciones varias. Para degustar con un whisky y luego levantarse en armas. O no.

viernes, 7 de mayo de 2010

Gemas de los '80 (cap. I)


Intro

Muchos consideran a la década de 1980 como un período crítico para el rock y el pop, cuando no una especie de “década perdida” signada por un proceso de berretización, banalización, etc. de la música popular; argumento que, más allá de tener algo de cierto, me atrevo a afirmar: hace agua por todos lados. Lo que no quiere decir, empero, que nosotros adhiramos a esa absurda ola de nostalgia ochentosa –de la cual me ocuparé en otro momento– impulsada cual manotazo de ahogado por la agonizante industria musical y sus aparatos (VH1, por ejemplo), y que flaco favor le hace a las grandes obras y grandes conjuntos que vieron la luz o explotaron durante ese decenio.

Lo cierto es que en este periodo el pop anglosajón-occidental sufre un proceso de transformación que incluye: la desintegración, reformulación o simplemente decadencia de los grandes dinosaurios; los ecos y huellas ya indelebles del punk; la aparición de MTV y el endiosamiento de la promoción audiovisual; la apuesta de las cadenas masivas por el pop bailable; y, rodeando todo esto: un contexto de desindustrialización, de naturalización de la tríada consumismo-hedonismo-conformismo, vertiginosos cambios geopolíticos, transformaciones exponenciales en materia de comunicaciones y triunfo del capitalismo financiero, todo con el aval de teóricos que, desde sus confortables think tanks, pregonaban ficciones estúpidas como la del “fin de la historia”.

Como sea, está en nosotros, y ése es el objetivo de esta serie de entradas, la decisión de meterse en el barro y sacar de allí, simplemente: cosas que valgan la pena. No desechar ni reivindicar. Encontrarán, entonces, en este y en los capítulos que siguen, tanto muestras del rock/pop más sofisticado, como saludables arrebatos independientes y, claro está, obras que incluyen esas canciones con las que los asistentes a fiestas “de buena música” enloquecen.

Desde ya que aceptamos sugerencias, divergencias, aportes, insultos y cartas bomba, pero siempre recordando: ESTO NO ES UN RANKING DE “MEJORES”. Pop is Dead se opone, y siempre se opondrá, a ese tipo de clasificaciones. Se trata meramente de un capricho ilustrativo. ¡Salud!


XTC – Skylarking (1986)



XTC en su momento debe haber sido uno de los grupos británicos más prolíficos jamás surgidos, aunque su incansable producción de LP’s, singles, lados B, bootlegs y lanzamientos bajo seudónimos tal vez responda a su temprano retiro de las giras –y su consecuente despliegue de tiempo y energía– hace ya casi treinta años, debido al incurable pánico escénico del vocalista, guitarrista y creador Andy Partridge; algo que su coequiper y no menos creador Colin Moulding debió aceptar sin chistar.

En esta producción de 1986, el grupo desarrolla un arsenal de melodías de impecable factura, talladas con una minuciosidad de orfebre y dotadas de una envidiable imprevisibilidad, lo que sin embargo no se traduce en derrape. El carácter atemporal de las composiciones ubica a esta genialidad dentro de una línea de pop británico que va desde los Kinks, los Small Faces y los Beatles psicodélicos, hasta la new wave más inspirada, lo cual es reforzado por textos plenos de una muy inglesa carga de melancolía, referencias meteorológicas (“1000 Umbrellas”, “Ballet For a Rainy Day”) y campestres incluidas (“Summer’s Cauldron”, “Grass”), más un quilombito político-religioso (“Dear God). Una joya.



PREFAB SPROUT – Steve McQueen (1985)



Liderada por Paddy McAlloon, esta banda formada en el ocaso de la década del ’70 desplegó su originalidad de manera intermitente a raíz de los constantes problemas de salud de su jefe.

La segunda placa de estos ingleses, cuyo título homenajea sin vueltas al célebre hombre duro del Hollywood de antaño, se destaca por su pulcritud no exenta de misterio, así como también por una ejecución notable a la que se le ha adjuntado una justa dosis de experimentación. Pero tanta asepsia de laboratorio, coronada por límpidos colchones de teclados y la dulce voz de McAlloon –secundada por los coros casi subrepticios de la teclista Wendy Smith–, más la cuidada producción del genio loco Thomas Dolby, no alcanzó para hacer de Steve McQueen una pieza estrictamente radiofónica, lo que depositó a esta obra maestra dentro del recinto de lo sagrado.

“When Love Breaks Down”, “Appetite”, “Horsin’ Around”... quedarse con un título sería un tremendo acto de injusticia respecto de este gran disco que, seguramente, y más allá de su sonido algo frío y distante (espíritu de época, le dicen), colmará las almas de los que estén en búsqueda de un mix entre sofisticación y riesgo calculado.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Guns N' Roses - Estadio Vélez Sarsfield, 22/03/10






Por Perry Mastrángelo, con la colaboración de Ralph Halfville.


I. Directo al grano: no queda claro si lo que se vio en Vélez es digno de una banda que tuvo al mundo del rock en sus manos, lo que habilita una primera y tajante hipótesis: esto no es Guns N´ Roses. Y no sólo en lo que refiere a cantidad de miembros históricos presentes (vamos, ¡no podemos considerar al tecladista Dizzy Reed como tal!), sino también en cuanto al planteo del show. Decimos esto porque habría una diferencia entre lo que sería una nueva versión del proyecto, con nuevos planes y nuevos objetivos, y la mera recreación de viejos clásicos haciendo de cuenta que aquí no ha pasado nada. En el caso que nos ocupa, la diferencia entre unos “nuevos Guns” y una simple banda tributo se estrecha y se diluye. Casi no existe. 

II. Un pálido homenaje a tiempos mejores, en todo sentido. Es un poco extraño escuchar una gloriosa “Rocket Queen” ejecutada por siete monigotes fingiendo hacer rock, blandiendo sus cabezas de aquí para allá, recorriendo las pasarelas con el aire triunfante de estrellas reconocidas y establecidas. Para la mayoría de los presentes hubiese resultado osado, pero convengamos en que si esto es algo diferente, si hay una refundación de lo que antes se llamó Guns N’ Roses, ¿porqué no basar el show en el disco nuevo y despachar un puñado de versiones respetuosas de viejas gemas? Ver a uno, dos, tres violeros afanarse por recrear los solos de Slash, el sonido de Slash, y hasta la pose de Slash roza lo patético. Para eso nos quedamos en casa escuchando los discos.

III. Ahora bien, otra hipótesis atraviesa no solo lo estrictamente artístico, sino también lo organizativo: es una apabullante falta de respeto que el show de una banda de primera línea quede totalmente arruinado por un pésimo sistema de sonido seguramente rentado en esta misma ciudad. Si la materia sonora hubiese sido coherente, tal vez la hipótesis anterior habría quedado menguada, o al menos nos hubiéramos contentado con los alaridos rasposos de un Axl Rose en buena forma. Pero no fue así. La voz, esa irremplazable voz que marcara a fuego los albores de la década del noventa, quedó sepultada por un vendaval de fallas técnicas que la dejaron prácticamente inaudible durante buena parte del concierto. Recién promediando éste, una atinada subida de volumen hizo que la banda realizara su simulacro a un nivel un poco más normal que aquél que llegó a despertar la furia del público.

Ante tamaño atropello, los pedazos de alfombra de plástico que caían sobre el escenario se combinaron con una densa capa de chiflidos y cánticos de desaprobación por parte de un sector grande de la concurrencia, y la reacción del líder no tardaría en llegar. No fue sino después de tres intervenciones con traductor y todo que los protagonistas parecieron percibir que la cosa era sencilla: no se escuchaba absolutamente nada. Para el momento de la corrección parcial de los niveles, la velada se había transformado en una guerra de nervios en la cual se respiraba una cancelación y posterior hecatombe.

La tensión que sobrevolaba el ambiente al momento de la bella “November Rain” no tenía nada que envidiarle a la de un penal en el minuto 89. Cualquier miga de pan que tocase el piano de Rose hubiese significado el inmediato regreso a casa. Como milagrosamente eso no ocurrió, el concierto pudo continuar su curso y completar sus interminables dos horas y cuarenta minutos.

El último cuarto del show, acaso lo mejor del mismo, que incluyó cuatro potentes bises –entre ellos, el buen cover de AC/DC “Whole Lotta Rosie” y una siempre descomunal “Paradise City” con su correlativo pogo– no alcanzó para compensar el desastre anterior. Tampoco la garra y las ganas de un Axl Rose que se corrió el escenario de punta a punta, tal vez sin percatarse del gigantesco karaoke a volumen de living que protagonizó durante casi toda la noche.

Por si fuera poco, el hecho de que remozadas e interesantes versiones de “Knocking on Heaven’s Door” y “Don’t Cry” hayan signado la nota distintiva del espectáculo corrobora nuestra hipótesis de que el polémico capitán debiera replantearse cómo encarar futuras acciones: si desde el lugar fingido de una banda en la que “no pasó nada y todo sigue igual” o si desde una perspectiva renovada y en vistas a lo que vendrá.

IV. Coda. A la salida, las caras del público eran elocuentes. Sin muestras de conformidad, de alegría, la desconcentración se desarrolló en medio de un silencio de partido perdido. Con un poquitín de criterio se podía inferir que se acababa de presenciar un show flojo, pero flojo de verdad, de esos que no dan ganas de recordar, menos de repetir.


Set-list: Chinese Democracy - Welcome To The Jungle - It's So Easy - Mr. Brownstone – Sorry- Better - Live And Let Die - If the World - Rocket Queen - Street Of Dreams - You Could Be Mine - Sweet Child O' Mine - November Rain - Don't Cry - Out Ta Get Me - Knockin' On Heaven's Door - Nightrain. Encore: Madagascar - Whole Lotta Rosie - Patience - Paradise City.

sábado, 23 de enero de 2010

Metallica - Estadio River Plate, 22/01/10





Así como en 2003 me quedé mirando como un idiota mi inservible entrada al enterarme de la cancelación, ayer contemplé la revancha (palabra que figura en todas las crónicas…) estupidizado ante la estupenda performance de estos cuatro tipos totalmente carentes de piedad a la hora de partir cabezas y destrozar tímpanos.

Cualquier juicio negativo que se haya levantado hacia la banda californiana a raíz del fallido concierto de la gira presentación del insoportable St. Anger (2003) ha perdido ya su sentido. Y todo fan o admirador que ose haberse ausentado de las veladas del jueves y viernes amparado en un caprichoso rencor sin final, merece ser considerado sin más como un “pelotudo”. Me consta que los hay. ¡Si yo mismo decía que para esta fecha iba a tener cansancio físico y mental!

Qué va. Decenas de riffs disparados como ametralladoras, tempos imposibles, ejecuciones perfectas y prolijas, pirotecnia sonora y pirotecnia de verdad, gran sentido del espectáculo, set-list inmejorable, más algunas graciosas muestras de demagogia conformaron un show que debe haber colmado hasta al más escéptico de los concurrentes, exceptuando a los oyentes que se irritan con los clisés del rock de estadio.

Por supuesto que Metallica respeta (y explota) a rajatabla esta idea del show de rock como entretenimiento (y la empresa patrocinadora también: Time for Fun…), y yo soy de los que creen que nada tienen de malo los grandes shows cuidadosamente cronomentrados, cuya teatralidad los obliga a dotarse de cierta previsibilidad.

Además este cuarteto tiene unas armas secretas que no lo son tanto, pero que a la hora de enfrentar a su audiencia hace como si lo fuera: un rico repertorio que permite interesantes variantes en cada show, números fijos inefables (“Enter Sandman”, “Master of Puppets”, “Sad But True”), grandes momentos (“Ride the Lightning”, “Fight Fire With Fire”, “One”, “Battery”), una polenta envidiable y una entrega total.

Y así, luego de dos horas y pico, todos contentos nos vamos a casa sabiendo consciente o inconscientemente que tantos años en el mercado les ha permitido a Hetfield, Ulrich y Hammett (miembros históricos del grupo) tenernos bien agarrados de las pelotas. Qué importa, total…

Set-list: Creeping Death - Ride The Lightning – Fuel - The Four Horsemen - Fade To Black - That Was Just Your Life - The End Of The Line - Sad But True - Broken, Beat & Scarred - The Judas Kiss – One - Master Of Puppets – Battery - Nothing Else Matters - Enter Sandman. Stone Cold Crazy - Fight Fire With Fire - Seek and Destroy.