lunes, 7 de noviembre de 2011

Personal Fest, día 2, 05/11/11: Sonic Youth e INXS






INXS



La historia del rock no abunda en ejemplos de grupos hayan sobrevivido con altura a la partida física de su cara visible. Algunos, los que apostaron por la dignidad, optaron, o bien por la disolución y dedicación a proyectos propios, o bien por el reagrupamiento y el sostén de propuestas novedosas, diferentes, como el caso de Joy Division devenido en New Order tras el suicidio de Curtis.

Pero hay otra facción, más sospechosa, que revuelve legados, arruina discografías, ensaya material nuevo –por lo general de calidad baja– como mera excusa (casi un pedido de permiso), y testea reemplazos con una tenacidad asombrosa, inclusive incurriendo en la vieja y perversa fórmula de “el fin justifica los medios”. La buena salud que goza el conformismo del hit pretérito parece legitimar este fenómeno auto-tributario. Este INXS, pues, saldrá al escenario a cumplir las modestas expectativas de sus fans argentinos y juntos, durante hora y veinte, intentarán justificar el slogan de esta edición del Personal Fest.

La exhumación permanente de los hermanos Farriss esta vez contó con los servicios del bueno de Ciaran Gribbin, un joven irlandés con un registro muy similar al de Bono, quien en su segundo show con la banda se cansa de entregar gastados clichés de estadio, y también de repartir, entre tema y tema, elogios a sus jefes australianos (de precisión y oficio indiscutibles) y a su malogrado antecesor. Los éxitos de antaño (“By My Side”, “Suicide Blonde”, “Devil Inside”, etc.) se suceden en versiones fieles, y algunos hasta presentan modificaciones, poco afortunadas en el caso de “Original Sin”. También ve la luz una pieza nueva, “Tiny Summer”, posiblemente condenada a la intrascendencia.

Por su parte, la interpretación de Gribbin no otorga a las canciones nada diferente a lo que podría haber ofrecido cualquiera de sus compañeros de audición. Su performance no imita a la de Hutchence, lo cual es un acierto, pero su futuro está sin dudas atado al balance de los veteranos fundadores, quienes tarde o temprano decidirán si el chico se queda o si tiene que pasar a buscar el cheque por la oficina.



SONIC YOUTH



Lo de los neoyorkinos sí que es difícil de describir. Tomaron el escenario con retraso, gracias a la perorata que el grupo de moda (Calle 13) desparramó en el escenario contiguo, y arrancaron su segundo show en esta ciudad a la manera de una banda mítica, acorde con su leyenda, su historia y su legado, a esta altura, una especie de secreto para unos pocos. La huida de gran parte de la concurrencia al finalizar el set de los puertorriqueños así lo demuestra.

Si el comunicado de la separación del matrimonio vertebral de la bajista y cantante Kim Gordon y el guitarrista y cantante Thurston Moore no se hubiese hecho público, la previa hubiese sido un poco más feliz, despojada de la tristeza que provoca la posibilidad de una ruptura grupal. Ahora bien, en los papeles, el devenido quinteto ejecutó su tormenta eléctrica con una desfachatez bastante lejana a la de una despedida.

Inaugurado con “Sacred Trickster”, el show, que careció de fisuras en su recorrido inductor del trance, permitió al par de miles de participantes de esa experiencia contemplar boquiabierto y en silencio un espectáculo más sensorial que musical. Expliquemos: la propuesta de Sonic Youth consiste, desde hace tres décadas, en explorar a su modo el límite de la canción, lo que se tradujo en una extensa discografía donde la estructura es desafiada y el estribillo es insultado, y se privilegia el acople, la ejecución a través de elementos poco ortodoxos, las afinaciones extrañas (herencia de Glenn Branca), los climas y clímax y una poesía marginal, cuestionadora de los sueños de la vida moderna.

La ruta elegida para la noche del sábado no se ahorró puntos altos de la obra sónica: “White Cross”, “Cotton Crown” (del elemental Sister, de 1987), “Tom Violence” (EVOL, 1986), “Cross the Breeze”, la esperada intervención de Lee Ranaldo en “Hey Joni”, por mencionar algunos, conformaron un set que pudo haber sido simplemente magistral si la producción no hubiera apurado el final del ritual prendiendo las luces en el momento cúlmine de “Sugar Kane” y cortando el sonido luego de la última nota, lo que derrumbó la posibilidad del bis pautado, nada menos que “Teen Age Riot”, ausente en su visita anterior.

Empero, esta barrabasada organizativa, que se suma a otras cuantas que sería extenso desarrollar, no alcanzó para borrarle la sonrisa al apabullado espectador, que se retiró del predio soñando con que no, con que esto no se termine.