jueves, 13 de diciembre de 2012

The Chemical Brothers - Dig Your Own Hole (1997)



Para entender la propuesta de los Chemical Brothers es necesario remontarse a fines de los ochenta y primeros noventa en Inglaterra, donde, grosso modo, la cultura rock y la cultura dance bailaron bajo el mismo techo. Gentuza como los Happy Mondays, Primal Scream, Stone Roses, The KLF, 808 State y algunas derivas del shoegaze se erigieron como actores principales de los “nuevos” sonidos, los que dividían lo que es moderno de lo que no. Se veneraba a Public Enemy, a Afrika Bambaataa, a Run DMC y al dub tanto como al rock más volado. Los beats de hip-hop, los samples de viejos discos funk o arengas de MC's callejeros ahora servían de materia prima también para los jóvenes blancos europeos.

El ojo del huracán parecía ser Manchester, donde una nueva generación de DJs y colectivos se pone a la cabeza de alocadas fiestas en las que se rendía culto al baile frenético avalado por ríos de alcohol y toneladas de éxtasis y LSD, lo que llevó a que algún entusiasmado analista hablara, por ejemplo, del verano de 1989 como un nuevo Verano del Amor; pero sin demandas políticas y con un carácter marcadamente hedonista, más ligado a la cultura del consumo y de la comunicación globalizada, ora en proceso de imparable expansión. En ese contexto surge y crece, y de él abreva, el dúo formado por Tom Rowlands y Ed Simons, pinchadiscos que con el correr de la década devendrían en ases de escena tecno mundial.
 
Si bien Exit Planet Dust (1995), su primer trabajo como los Chemical Brothers, sale a la carga con su ortodoxia a cuestas, la foto de portada denotaba el proceso de apertura: una pareja de hippies, guitarra al hombro, caminando por la banquina, probablemente rumbo a algún festival a cielo abierto. Había una conexión, un puente, pues el álbum también se podía escuchar en la comodidad del living, como cualquier disco pop.
 
En ese sentido, Dig Your Own Hole redobla la apuesta y hasta parece un disco de rock. Hábiles para el impacto, Rowlands y Simons abren fuego con una seguidilla letal: «Block Rockin' Beats», «Dig Your Own Hole» y «Elektrobank», canciones extensas, estridentes, de elegante construcción y prominentes líneas de bajo, cuyos ritmos violentos y entrecortados (break-beat) también se entregan a la pausa y la explosión, fijas del dance.
 
Recién en «Setting Sun», quinto tema, aparece una voz humana en tiempo real. Noel Gallagher, amigo de la casa, farfulla sus líneas tapado por samples de sitar y un pattern que se remonta a «Tomorrow Never Knows». Esta muestra de psicodelia maquinal no será la última colaboración del ex Oasis con el dueto químico, ya que un par de años después facturarán juntos el exitoso single «Let Forever Be».
 
La segunda parte del álbum es puro frenesí. «It Doesn't Matter» y «Don't Stop the Rock» traen algo de bombo en negra, en tanto que «Get Up on It Like This» y «Lost in the K-Hole» le deben la vida al funk, aunque este último parece adelantarse a la fórmula electro-pop retro que tan buenos resultados le dará luego a AIR.
 
Sobre el final, la cantante Beth Orton se encarga de ponerle voz a la resaca del día después ilustrada en «Where Do I Begin», en tanto que la zapadita de diez minutos «The Private Psychedelic Reel» retoma el sonido metálico del sitar y pone punto final a este disco excesivo, agresivo, repleto de sonidos procesados que vienen y van, no se sabe bien a dónde. Consumado el álbum, se puede decir incluso que el verdadero peligro que comporta la escucha del mismo es la fatiga. Demasiados estímulos. Demasiado volumen. Todo too much.
 
La pregunta, entonces, es: ¿realmente nos pertenece esto? El más complaciente Surrender (“ríndete”), de 1999, será la respuesta. Pronto el mainstream se llenaría de colegas de propuestas similares y también diferentes, pero todos ayudados por una aceptación ya masiva del género que, quizás, no hubiese ocurrido del mismo modo sin el soporte de una ambiciosa campaña audiovisual patente en hermosos videoclips.  

Así, Daft Punk, The Crystal Method, Propellerheads, Fatboy Slim, The Prodigy y otros se elevarán como compañeros de una suerte de escena que por esos años vivía su época de oro: una electrónica moderna capaz de figurar en los libros de historia del rock.


Links: 
Death In Vegas – Dead Elvis (1997)
Freestylers – We Rock Hard (1998)
LCD Soundsystem – Sound of Silver (2007)





jueves, 22 de noviembre de 2012

Pulp - Luna Park, 21/11/2012





El paralelismo de este evento con el de los Pixies, hace dos años y en este mismo recinto, se cae de maduro: banda legendaria reunida después de una larga pausa supuestamente definitiva que encara gira mundial sin novedad discográfica a la vista. Una autocelebración evidentemente envuelta en las nuevas estrategias de supervivencia del negocio musical, que ha encontrado una interesante fuente de ingresos en el mercado de la nostalgia y la reedición. 

Para los que no creemos en el reduccionista y descalificador “ataque ochentoso” o “noventoso” (no falta mucho para el “dosmiloso”) son temas ásperos. Claro, queda lo artístico, por llamarlo de algún modo, porque se trata en definitiva de agrupaciones que han llevado su carrera con una dignidad envidiable y que hoy día hasta se dan el lujo de evitar papelones discográficos de apuro. Nadie quiere eso.

Mas quienes no tuvimos la suerte de nacer o vivir o estar en el ojo del huracán en el momento apropiado, tenemos una buena oportunidad de ver frente a frente a aquellos tipos que han movido fibras sensibles y continúan haciéndolo gracias a los discos, esos gloriosos registros que están ahí disponibles para el goce de lo que se sabe sin tiempo. ¿Para qué rechazar entonces la posibilidad de regalarse un buen show? 

Lo cierto es que Pulp fue uno de los punteros del llamado brit-pop, o la vuelta a las guitarras según los ingleses, en los primeros ‘90. No vamos a ahondar en ello, pero sí repetiremos como loros que, sin duda, la de esta banda fue una de las propuestas más elegantes del proceso, tanto en lo musical como lo estético… un pop brilloso y nocturno comandado por un vocalista, Jarvis Cocker, cuyo carisma escupe reflexiones trasnochadas bajo un traje de crooner a la vieja usanza... a tal punto que aún utiliza micrófono con cable. 

Atrás queda una discografía relativamente breve pero de alto nivel, el cambio de siglo y la separación. Y resulta que ahora ahí están. Con el nombre del grupo brillando en grandes letras de neón de fondo, el sexteto se planta en el escenario en penumbras y el público delira con las primeras notas de “Do You Remember The First Time”, un guiño que parece unir pasado y presente. 

Cocker corre, frena, salta, pega patadas al aire, arenga y tiembla como epiléptico. Es el hijo que podría haber criado un triángulo bizarro formado por Scott Walker, Mick Jagger y Elvis Costello. El cantante nacido en Sheffield será, como siempre, el centro de las miradas, la chispa, el monólogo breve y gracioso (de verdad) entre tema y tema. Simula sexo. Hace gritar a las chicas. Provoca risas y distensión. 

En cambio, la banda, prácticamente estable desde los años 90, ejecuta su labor con rutinaria precisión. La música de Pulp se entrega más a la pared de sonido que a los lucimientos ocasionales, aunque los arreglos están dotados de un criterio exquisito; se destaca, en ese sentido, la labor de la tecladista Candida Doyle.

A riesgo de repetir lo que dirán cientos de reseñas, sólo diremos que el resto del setlist se dedicó a repasar buena parte del clásico Different Class (1995), reflotó grandes gemas de His 'N' Hers (1994) como el desfachatado post-punk de «Babies» y provocó escalofríos masivos con «This is Hardcore» (del genial homónimo de 1998), del que también se rescató «A Little Soul» y, sobre el clímax, «Help The Aged» y «Party Hard».

Tras el enésimo bis, un Luna Park atestado y sofocado saluda a la banda que ha entregado todo en su primera visita como grupo a estas tierras. Las más de dos horas de este show equilibrado, de algún modo conceptual (el mismo Jarvis Cocker se encargó de recordarlo) sepultan cualquier prejuicio. Sólo queda esperar que haya Pulp para rato.


Setlist: Do You Remember the First Time? - Pink Glove - Razzmatazz - Something Changed - Disco 2000 - Sorted for E's & Wizz - F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E. - Acrylic Afternoons - Like a Friend - Babies - Underwear - This Is Hardcore - Sunrise - Bar Italia - Common People. 
Encore: Mile End - A Little Soul  - Help the Aged - Mis-Shapes. Encore 2: Live Bed Show - Party Hard.


jueves, 11 de octubre de 2012

The Raveonettes - Observator (2012)




En su primer década de vida, el dúo danés The Raveonettes se las arregló para exhibir un gusto musical que se debate en el pop de la factoría Phil Spector, el primitivo rock de los ’50 y primeros ’60, el crudo rock de garage norteamericano y los más inspirados exponentes de la movida shoegaze


Desde su debut en 2003, la pareja formada por el compositor, guitarrista y cantante Sune Rose Wagner y la cantante y bajista Sharin Foo viene ofreciendo una interesante paleta de matices reforzada por el complemento entre voz femenina y masculina. Su flamante Observator no implica ningún shock en la carrera del grupo, mas sí se acopla a la veta grisácea de Raven in the Grave, editado hace apenas un año. 

El álbum navega por terrenos conocidos, lo que es un logro en cuanto al reconocimiento de un estilo propio, aunque cierto énfasis en los climas y las texturas lo balancea para el lado del dream pop. La electricidad está, pero agazapada. El dúo aparece reflexivo e intimista. Pianos y guitarras acústicas refuerzan la desnudez que sugiere la obra. 

Algunas melodías de este trabajo registrado en los míticos estudios Sunset Sound (Los Angeles) e inspirado por la nocturnidad hollywoodense pueden parecer algo lineales, aunque cuenta con varios momentos sobresalientes: el encanto las voces superpuestas se luce en «Curse The Night» y Sharin Foo lo hace en «The Enemy». Los restantes tracks no alteran el promedio, aunque la corta duración del disco (31 minutos) lo resguarda de un posible cul-de-sac. Acertada decisión.

En síntesis, los “Raves” aparecen decididos a explotar lo que saben hacer, y por el momento la cosa está revestida de dignidad, lo que a esta altura del partido no es poco. Observator es la prueba de que entregarles un poco de atención sigue valiendo la pena.



Sello: Vice Records.


Links: ZZ Top – Eliminator (1983). Depeche Mode – Violator (1990). Primal Scream – XTRMNTR (2000).

lunes, 1 de octubre de 2012

Fleet Foxes - Ídem (2008)


Todo aquel que busque nueva música (rock) de calidad sin dudas la encontrará, porque la hay, y la seguirá habiendo. Aunque es muy cierto que se viven tiempos confusos, de microtendencias y saturación de datos, donde faltan fenómenos aglutinantes, que gocen de cierta unanimidad, y donde los efectos de la inédita circulación de información aún están por verse.
El quinteto norteamericano Fleet Foxes, de corte folk rock pastoril, parece ser un honroso ejemplo de juventud hambrienta. No solo despliega una musicalidad exquisita, que atiende a rasgos que han caído casi en desuso como el canto a coro, sino que extrae el jugo de varias influencias reconocibles sin caer en el refrito, la recreación o la nostalgia: atemporalidad le dicen, ese escaso capital.
Su disco debut homónimo de 2008 es un canto a la belleza. En él abunda la instrumentación acústica, acariciada por alguna guitarra eléctrica, unas vocalizaciones grupales dignas de Crosby, Stills & Nash que erizan la piel, un trabajo percusivo minimalista y una imaginería bucólica y tristona.
Temas como “White Winter Hymnal” y “Quiet Houses”, de estructuras sencillas y llevaderas, recogen lo mejor de Simon & Garfunkel, Cat Stevens y acaso de cierto rock adulto como el de America o Fleetwood Mac. En “Your Protector”, el grupo alcanza lo sublime sin buscar el gigantismo, lo que habla de un uso discrecional de los recursos. “He Doesn't Know Why”, por su parte, directamente parece rescatado de alguna joya oculta de los ’60. 
En Fleet Foxes no sobra ni falta nada, algo propio de los clásicos. Su aparente pachorra esconde grandeza. Sin embargo, la escucha de este hermoso álbum, de duración ideal, implica un interrogante amargo: ¿tendrá la banda de Seattle más tela para cortar? Si bien el sucesor Helplessness Blues (2011) no defrauda, nadie sabe lo que les deparará de aquí en más; lo que no les quita el mérito de haber facturado una obra imperecedera, de esas que hacen falta en momentos de abundantes mensajes y poco contenido.

Sello: Bella Union / Sub-Pop
Links: Fleetwood Mac - Tusk (1979); Cat Stevens - Teaser and the Firecat (1971); Kings of Convenience - Riot on an Empty Steet (2004).


sábado, 25 de agosto de 2012

The Raincoats - Ídem (1979)




"Si todos lo hacen, ¿por qué no nosotras?", dijeron a coro unas jovencitas en la Londres de los '70 avanzados. Estas chicas en principio espectadoras del punk deciden encarar su propio camino artístico en un contexto aún favorable para el amateurismo. Pero pese a las notables limitaciones interpretativas (apenas sabían tocar sus instrumentos), el conjunto liderado por la portuguesa Ana Da Silva (voz, guitarra) y Gina Birch (voz, bajo), tal vez sin quererlo, despacha en 1979 un excéntrico primer álbum dotado de una ambigüedad que oscila entre lo naif y lo siniestro.

Inestable y catártico, el debut de las Raincoats ensaya una decena de canciones en las que toman parte la atonalidad, los chillidos de un violín al borde del descontrol y unos textos que parecen provenir del diario de alguien que acaba de salir a un mundo que se le presenta extraño y hostil, aún en las cosas más cotidianas. Las melodías denotan que el cuarteto se ha matado escuchando a Velvet Underground, a Patti Smith y también a los primeros Talking Heads, en tanto que un descontracturado cover de "Lola" de los Kinks parte por la mitad este disco que podría haber sido grabado en el dormitorio de cualquiera de las protagonistas.

Aunque al oyente promedio le pueda parecer raro, es posible hallar belleza aquí. La detectó un deteriorado Kurt Cobain, tal como reza la misiva tipeada por él mismo incluida en el librito, y la detectará cualquier amante del buen pop que relativice las habilidades técnicas como criterio valorativo. Desde ese punto se facilita el comprender por qué The Raincoats, que facturarán un par de álbumes más, no caerán en el olvido así como así: podrán escucharse ecos de su obra en gentecita como Sonic Youth, The Breeders, PJ Harvey, Hole y Stereolab y, ya en el nuevo siglo, serán lujosamente reeditadas.


Sello: Rough Trade, reed. por We Three.


Links: 
The Slits - Cut (1979)
The Heart Throbs - Cleopatra Grip (1990)
The Breeders - Last Splash (1990)

viernes, 20 de julio de 2012

Gemas de los '80 (cap. IX)


Para los que recién se suman este canal de mierda, recordamos que la idea rectora de esta serie de Gemas de los '80 es ofrecer, desde nuestro limitado conocimiento, una selección de discos alumbrados en ese decenio bajo la premisa de eludir y desmitificar la ola de nostalgia que recubre al período bajo el adjetivo aglutinador "ochentoso". Reduccionismo que flaco favor le hace al análisis de maravillosos, ricos e interesantes procesos y tendencias trascienden el consumo basado en el recuerdo. 


Pues bien, a mediados de la década, al tiempo que Madonna, Michael, Sting y A-ha acaparaban los primeros puestos y sonaban hasta en la radio de la abuela, había gente encarando desde hacía rato tareas más interesantes, como la de desarrollar el ruido, la experimentación y la suciedad, prácticas bastante alejadas del chato convencionalismo dominante.   

No vamos a ahondar en la Norteamérica alternativa, que era un hervidero, al igual que el Reino Unido, donde, por ejemplo, ya estaba en bateas el Psychocandy de The Jesus and Mary Chain, se consolidaban los etéreos Cocteau Twins y se encaminaban My Bloody Valentine, The Telescopes y Loop, bandas que en virtud de su indiferente y estática postura escénica, serían definidos bajo el rótulo de shoegazers ("los que se miran los zapatos").

En general estas agrupaciones tenían en común, además de una afición por las vanguardias  de todas las épocas, el buen pop y el garage rock, un coleccionismo que los conducía a verdaderas excursiones vinilo-arqueológicas (le debo este concepto a Marcelo Montolivo) con el fin de develar los secretos de oscuras bandas de los '60 especialmente. 

En la ciudad inglesa de Rugby, los Spacemen 3 también sintonizaban esa frecuencia. Lo suyo no era una mera recreación de un sonido, sino más bien una especie de declaración de principios: si la década en curso exaltaba exaltaba el yo-consumidor-hedonista-exhibicionista, las capas de ruido, los acoples, las estructuras reiterativas y monocordes eran practicadas en función de una anulación del ego, efecto similar al de ciertas drogas o estados místicos. Una (micro)política que discutía con un orden de cosas que, bajo otros disfraces o estrategias, sigue aún vigente.

En 1986 la formación estaba integrada por J. Spaceman (Jason Pierce), en guitarra y voz, Peter Kember en guitarra, Pete Bain en bajo y Natty Brooker en batería, jóvenes melómanos bien provistos de equipamiento vintage y ganas de apabullar al receptor. Los astros estaban lo suficientemente bien alineados como para que el producto de esas mentes se convirtiera años después en objetos de reverencia. El álbum debut no fue la excepción.

En lo estrictamente musical y visto en perspectiva, Sound of Confusion ofrece lo que todo buen amante de la psicodelia espera oír: canciones hipnóticas, de no más de dos o tres acordes, llenas de fuzz y feedback, que cabalgan sobre una sección rítmica minimalista y repetitiva creando, por decirlo de algún modo, una verdadera experiencia en la cabeza del oyente. 

El disco, relativamente corto, conciso, transcurre como un centrifugado. Canciones propias como "Losing Touch With My Mind", "Hey Man" y "2.35" se mezclan con covers de sus venerados 13th Floor Elevators ("Rollercoaster"), Juicy Lucy ("Mary Anne") y The Stooges ("Little Doll") sin perder homogeneidad. Las voces llenas de cámara reverberan entre toneladas de distorsión, y la coda de "O.D. Catastrophe" parece no tener fin. Cualquier intento de descripción o racionalización, a esta altura, se vuelve inútil, pues la idea de Spacemen 3 parece ser la pura vivencia.

Sound Of Confusion es un debut más que promisorio para esta agrupación de trayectoria breve pero sin puntos bajos y muy prolífica. Las tensiones entre los líderes J. Spaceman y Kember desarmarán la banda en 1991, mas dejarán al cantante listo para su próxima aventura sideral: Spiritualized.


Sello: Glass. Reed.: Taang! y Fire. 


viernes, 8 de junio de 2012

Gemas de los ’80 (cap. VIII)



Si The Police alguna vez se vinculó de algún modo con el punk rock tal vez sea por obra y gracia del contexto. Este trío de instrumentistas de amplio background en otros terrenos, como el jazz o el avant garde, se reúne en Inglaterra en plena explosión peliaguda y acusando un repertorio de canciones ágiles en las que se colaban aires jamaiquinos, lo que los emparentaba musicalmente con gente como The Clash. Pero pronto el disfraz dejó de ser plausible, y tras cuatro discos, éxito comercial mundial, interminables giras y egos inflados hasta el límite de lo soportable, Sting, Andy Summers y Stewart Copeland terminarán, para 1983, más cerca de la new wave complaciente que del post punk más inspirado. 

Lo curioso es que una vez que las relaciones se tornaron definitivamente insostenibles, el trío nunca levantó un certificado de defunción. Sin comunicado de prensa ni declaración alguna, el álbum Synchronicity y su gira correspondiente dejan a las masas huérfanas de un fenómeno que combine rock/pop comercial con calidad, lugar que luego acabará por ocupar U2 o, de manera más modesta, Simple Minds

The Police se despide de las bateas con un disco que consta de varios arrasadores hits radiales, espacios para la exploración personal y una estilización que anticipa el rumbo elegido por Sting para su carrera en solitario. Las líricas siguen girando en torno a la soledad y la desesperanza, temas constantes en la carrera del grupo, aunque enmarcados aquí en la obsesión del cantante y bajista por las teorías de Carl Jung

Éstas son las que inspiran a la dinámica apertura «Synchronicity I», basada en un nervioso arpegio de sintetizador y enjambres de coros que desdoblan las estrofas. También el atmosférico «Walking In Your Footsteps» se vale de la tecnología, en tanto que «O my God» deja entrever una veta jazzística enrarecida por los prodigiosos climas que ofrece Summers. Justamente es el guitarrista el que le pone firma y voz a «Mother», un capítulo esquizofrénico que relata entre alaridos las desventuras de una víctima del trastorno posesivo. Luego, la más sencilla «Miss Gradenko», escrita por Copeland, cierra el lado A anticipando un reverso a puro hit. 

«Synchronicity II» y la archidifundida «Every Breath You Take» –una precisa descripción de la paranoia extrema, leída erróneamente por la mayor parte del público como canción de amor– abren la cara B demostrando un costado más pop que contrasta con la fría aspereza del primer lado. Los singles «King of Pain» y «Wrapped Around Your Finger» continúan destilando buen gusto en cuanto a arreglos y estructura, para cerrar bajando otro cambio con «Tea in the Sahara» y el bonus track «Murder By Numbers» –que solo aparece en la edición en CD–, en el que se insiste con el jazz. 

Naturalmente el disco se vendió como pan caliente, y la Argentina no fue ajena al arrollador suceso del trío, aunque puede arriesgarse que, por diversas razones, entre ellas, las limitaciones del mercado y del público, el grupo gozó de una rotación exagerada, amén de la temprana visita (1980) que acrecentara el mito. El status y el arraigo en el público local que cosechará The Police lo convertirá en una de las mayores influencias para prácticamente toda una generación de artistas argentinos, cosa que no ocurrirá de la misma manera en los centros de producción rockera, donde es más complicado rastrear reivindicaciones entusiastas. 

Como si hubiese sido calculado, la separación le allana definitivamente el camino al líder para su aventura solista, en tanto que la anodina versión de «Don't Stand So Close to Me» incluida en el recopilatorio Every Breath You Take - The Singles (1986) se convertirá en el último gesto de trabajo grupal hasta la gira reunión de 2007, perpetrada en pleno auge de la nostalgia, el regreso y el (auto)tributo.


Sello: A&M.

Links:
Men At Work - Cargo (1983)
Sting - The Dream of the Blue Turtles (1985)
Peter Gabriel - So (1986)



viernes, 13 de abril de 2012

Mini reviews 8




SPIRITUALIZED - Let It Come Down (2001)



Tal como bien dice el sitio español Muzikalia, el álbum más accesible de Spiritualized, lo que sin embargo no lo hace más “comercial”. Jason Pierce, o J. Spaceman, as de la psicodelia inglesa contemporánea, pone toda su pasión por el gospel en primer plano y, wall of sound mediante, cumple con creces la difícil tarea de suceder a su obra maestra, Ladies and Gentlemen we are floating in space (1997), gracias a este hermoso LP que no descuida la raíz garagera (“On Fire”, “The Twelve Steps”) pero en el que sobresale el formato canción temáticamente centrado en el AMOR –así en mayúsculas– y en la divinidad. Este elevado compendio –en el cual han colaborado más de cien músicos– cuenta con puntos muy altos como la plácida “Anything More”, en la que Pierce se exhibe abatido, y un final que recicla una vieja gema de Spacemen 3, el cántico/plegaria, “Lord Can You Hear Me”, cuyo desgarrador clímax puede convencer de que el Creador existe.

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PHIL COLLINS - Both Sides (1993)



En 1993 el ex baterista de Genesis, tal vez aún mareado (?) con el éxito de But Seriously (1989), decide emprender un camino más intimista y ofrece un disco completamente ejecutado por él, al cual inclusive presenta, con su modestia habitual, como “el material más disfrutable que hice jamás”. Pero como todo relato tiene múltiples caras, tal como sostiene el “concepto” de este LP, para nosotros lo que Collins amasó en su estudio casero no es sino uno de los discos más aburridos de la historia, atiborrado de los elementos que tanto odio (a veces exagerado e irracional) generaron en su multitud de detractores. 

Gastada sensiblería, lentos que marchan a velocidad de molusco, colchones de teclados invariables, la omnipresente y ya quemada drum machine TR-808, dibujan un mar de cemento que solo se altera con el percusivo “Both Sides of the Story” y “We Wait and We Wonder”, donde Phil hasta se anima a pulsar una guitarra con resultados que preferimos omitir. El fiasco se redondea con un arte de tapa que devela por enésima vez un egocentrismo y falta de originalidad ya patológicos, que de cualquier modo nunca afectaron la integridad de su tanque de libras esterlinas.

miércoles, 4 de abril de 2012

Mini reviews 7



MAGAZINE - Real life (1978)



En pleno torbellino punk, tempranamente cansado de las estructuras de tres acordes, Howard Devoto abandona a los Buzzcocks y coloca avisos en revistas. Pide mentes abiertas, gustos refinados; obliga a los candidatos a escuchar Low de Bowie y The Idiot, de Iggy Pop. Responde, para esta primera formación de Magazine, un guitarrista de hábil mano derecha que luego hará historia con Siouxsie and The Banshees, un tal John McGeoch. En el acto, el vertiginoso single “Shot By Both Sides” preanuncia un exquisito álbum debut (producido por John Leckie) que capta el espíritu de época, pero lo combina con el art-rock de Roxy Music: teclados cuasi progresivos, guitarras que sacan chispas, más un Devoto filoso y alienado. Elevado hoy a la categoría “clásico de culto”, Real Life puede definirse como un elegante ataque de nervios, o algo así.

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KRAFTWERK – Autobahn (1974)



Tercer trabajo de la banda alemana fundamental de la música electrónica moderna, pergeñado por el dúo fundador Ralf Hütter y Florian Schneider en su intento por dotar a su arte, a la sazón muy abstracto, de un tinte más amigable. En Autobahn aparece un concepto, la idea del movimiento, del traslado, del transporte, nociones que más adelante los teutones sostendrán magistralmente en Trans Europa Express (1977), una de sus obras cumbres. La suite homónima, placentera, ambiental, compuesta por cuatro o cinco movimientos recurrentes, constituye sin dudas la gran joya de este álbum, aunque no se queda atrás el pop instrumental de “Kometenmelodie 2” y el oscuro minimalismo de “Morgenspaziergang”. Tal vez este no sea el mejor disco de Kraftwerk, pero le sobran méritos en cuanto a su robótica exquisitez y, más que nada, en tanto prólogo de algo grande por venir.

viernes, 9 de marzo de 2012

Roger Waters, The Wall Live - Estadio River Plate, 7/3/2012





A esta altura, la temática del paquete The Wall es prácticamente de dominio público. Ir al detalle implicaría repetir lo plasmado en miles de notas periodísticas de los últimos días, lo cual nos lleva directo al grano. También se ha hablado, con o sin razón, del enorme e inexplicable éxito local de esta serie de conciertos, así como de las contradicciones que se generan en el corazón de la obra en tanto espectáculo multitudinario y en tanto el propio Roger Waters como una millonaria estrella de rock. Sin embargo, no entraremos en esos puntos, al menos por ahora.

Desde nuestra humilde postura, pues, y yendo a las estrictas dos horas veinte de show (contando el intermedio) solo queda aseverar que realmente el espectáculo es avasallante. Incluso se puede decir que el asistente es tomado por sorpresa desde su ingreso mismo al estadio, en tanto la radiante presencia del gigantesco muro que une las dos tribunas enfrentadas constituye un primer factor de asombro. Las dimensiones de la estructura son colosales, y el andamiaje del escenario, amenazante.

La actual puesta del trabajo alumbrado por Pink Floyd en 1979 resalta el aspecto teatral y lleva al límite, gracias a la tecnología, la idea original. El espectador será entonces, a partir de las primeras notas de “In The Flesh?”, bombardeado con estímulos provenientes de los cuatro puntos cardinales. El sonido es clarísimo, alto, y todo intento espontáneo de generar karaoke es neutralizado en el acto. Hasta el más futbolero de los asistentes se verá obligado a callarse la boca y entregarse al tifón de sonido, imágenes, luces y estruendos que sacuden el estadio en el transcurso del concierto. Momentos como la clastrofóbica “Don't Leave Me Now” o “Goodbye Cruel World”, cierre del primer acto (y del muro), son presenciados con un silencio reverencial. Los aplausos cerrados se combinan con reiteradas sensaciones de piel de gallina. Para alivio de los sentidos, el intervalo se convierte en la ocasión propicia para procesar al menos una parte de lo recibido.

Tal como la isla de la serie Lost, el muro, que oficia de pantalla, alimentado por decenas de proyectores, se revela como el verdadero protagonista de la velada. Su rol, que podría parecer a priori pasivo para el espectador inocente o desconocedor, crece y se resignifica con cada pasaje; actúa como depositario del arsenal de consignas políticas universales y, asimismo, encarna las ideas centrales de la narración como por ejemplo, después del intermedio, cuando “Hey You” –un grito de soledad– sea interpretada por la banda completamente oculta tras él; y luego, dejando a Waters empequeñecido mientras éste interpreta con energía los alocados actos del Pink fascista y la dramática –y grotesca– secuencia del juicio (“The Trial”).

Como era de esperarse, el derrumbamiento del muro y “Outside The Wall” clausuran un espectáculo impecable que borra las fronteras entre el rock, el teatro y la ópera, donde todo está en su lugar y tiene un por qué y un cómo. El público se retira lentamente, apabullado. Algún improvisado pide bises. Y mientras la pared se prepara para la próxima velada, sobrevuela el interrogante de si las grandes lecciones de la historia de The Wall, su profundo antibelicismo y espíritu libertario crearán una mella en, al menos, una parte de las miles de mentes que se concentraron allí; sería penoso que todos se retiraran como si se tratase de alguna rimbombante película de Steven Spielberg.

jueves, 16 de febrero de 2012

Mini Reviews 6






KING CRIMSON - Larks' Tongues in Aspic (1973)


Genial obra perpetrada por el Crimson más cáustico, con Robert Fripp, John Wetton (ex Family) y Bill Bruford (ex Yes) a la cabeza de una venenosa formación capaz de destripar al que se interponga. Métricas imposibles, momentos de reposo, delirantes improvisaciones, vanguardia, academia, y un gran caudal de tensión, en cuyo entramado adquiere grandeza la labor de los músicos ocasionales Jamie Muir (percusión) y David Cross (violín, mellotron), colocan a Larks' Tongues in Aspic en el cielo de las obras maestras del rock progresivo, marcando un nuevo hito en la cambiante carrera del Rey Carmesí. Este disco imprescindible es capaz de dejar al oyente atontado, como un insecto pisoteado y moribundo.


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BARRY MANILOW – Barry Manilow II (1974)



Es difícil encontrar calificativos para describir esto. El diccionario ofrece términos como “flatulento”, “repulsivo”, “insultante”, pero tal vez sea mejor guardar esas palabras para lo más perverso de la industria cultural lobotomista. 

Barry Manilow es un cantante y compositor norteamericano nacido en 1943, que conoció el éxito mundial de la mano del gracioso hit “Mandy”, presente en este álbum de 1974 y acaso la única pieza rescatable del mismo solo por el hecho de haber resistido más de tres décadas en la memoria popular, amén de su sonoro estribillo, ideal para aullar en una noche de alcohol con amigos. 

El resto del disco, puro terrorismo auditivo, aparece tan indigno como el peor instrumento de tortura de campo de detención; un material que, no obstante, debe de haber servido de inspiración para discípulos de la talla de Air Supply o Peter Cetera, quienes por obra de una ciencia que desconocemos siguen llenando teatros en todo el globo. Del mismo modo, Manilow continúa su carrera, biaba y cirugía mediante, mientras sus discos se apilan polvorientos en cuanta batea de usados aparezca ante nuestros ojos.

sábado, 28 de enero de 2012

Enriquezca su lunfardo

INSÁI. (Del ing. inside) En fútbol, mediocampista. Sinón.: Insider, volante, ochoa, escoba.

ORTIBA. (Revés de batidor) Delator, soplón. Sinón.: buchón, alcahuete. Apl. tamb. a la persona seria, malhumorada o poco dispuesta a la diversión.

TACHO. Taxi. (Tachero: taxista).