jueves, 13 de diciembre de 2012

The Chemical Brothers - Dig Your Own Hole (1997)



Para entender la propuesta de los Chemical Brothers es necesario remontarse a fines de los ochenta y primeros noventa en Inglaterra, donde, grosso modo, la cultura rock y la cultura dance bailaron bajo el mismo techo. Gentuza como los Happy Mondays, Primal Scream, Stone Roses, The KLF, 808 State y algunas derivas del shoegaze se erigieron como actores principales de los “nuevos” sonidos, los que dividían lo que es moderno de lo que no. Se veneraba a Public Enemy, a Afrika Bambaataa, a Run DMC y al dub tanto como al rock más volado. Los beats de hip-hop, los samples de viejos discos funk o arengas de MC's callejeros ahora servían de materia prima también para los jóvenes blancos europeos.

El ojo del huracán parecía ser Manchester, donde una nueva generación de DJs y colectivos se pone a la cabeza de alocadas fiestas en las que se rendía culto al baile frenético avalado por ríos de alcohol y toneladas de éxtasis y LSD, lo que llevó a que algún entusiasmado analista hablara, por ejemplo, del verano de 1989 como un nuevo Verano del Amor; pero sin demandas políticas y con un carácter marcadamente hedonista, más ligado a la cultura del consumo y de la comunicación globalizada, ora en proceso de imparable expansión. En ese contexto surge y crece, y de él abreva, el dúo formado por Tom Rowlands y Ed Simons, pinchadiscos que con el correr de la década devendrían en ases de escena tecno mundial.
 
Si bien Exit Planet Dust (1995), su primer trabajo como los Chemical Brothers, sale a la carga con su ortodoxia a cuestas, la foto de portada denotaba el proceso de apertura: una pareja de hippies, guitarra al hombro, caminando por la banquina, probablemente rumbo a algún festival a cielo abierto. Había una conexión, un puente, pues el álbum también se podía escuchar en la comodidad del living, como cualquier disco pop.
 
En ese sentido, Dig Your Own Hole redobla la apuesta y hasta parece un disco de rock. Hábiles para el impacto, Rowlands y Simons abren fuego con una seguidilla letal: «Block Rockin' Beats», «Dig Your Own Hole» y «Elektrobank», canciones extensas, estridentes, de elegante construcción y prominentes líneas de bajo, cuyos ritmos violentos y entrecortados (break-beat) también se entregan a la pausa y la explosión, fijas del dance.
 
Recién en «Setting Sun», quinto tema, aparece una voz humana en tiempo real. Noel Gallagher, amigo de la casa, farfulla sus líneas tapado por samples de sitar y un pattern que se remonta a «Tomorrow Never Knows». Esta muestra de psicodelia maquinal no será la última colaboración del ex Oasis con el dueto químico, ya que un par de años después facturarán juntos el exitoso single «Let Forever Be».
 
La segunda parte del álbum es puro frenesí. «It Doesn't Matter» y «Don't Stop the Rock» traen algo de bombo en negra, en tanto que «Get Up on It Like This» y «Lost in the K-Hole» le deben la vida al funk, aunque este último parece adelantarse a la fórmula electro-pop retro que tan buenos resultados le dará luego a AIR.
 
Sobre el final, la cantante Beth Orton se encarga de ponerle voz a la resaca del día después ilustrada en «Where Do I Begin», en tanto que la zapadita de diez minutos «The Private Psychedelic Reel» retoma el sonido metálico del sitar y pone punto final a este disco excesivo, agresivo, repleto de sonidos procesados que vienen y van, no se sabe bien a dónde. Consumado el álbum, se puede decir incluso que el verdadero peligro que comporta la escucha del mismo es la fatiga. Demasiados estímulos. Demasiado volumen. Todo too much.
 
La pregunta, entonces, es: ¿realmente nos pertenece esto? El más complaciente Surrender (“ríndete”), de 1999, será la respuesta. Pronto el mainstream se llenaría de colegas de propuestas similares y también diferentes, pero todos ayudados por una aceptación ya masiva del género que, quizás, no hubiese ocurrido del mismo modo sin el soporte de una ambiciosa campaña audiovisual patente en hermosos videoclips.  

Así, Daft Punk, The Crystal Method, Propellerheads, Fatboy Slim, The Prodigy y otros se elevarán como compañeros de una suerte de escena que por esos años vivía su época de oro: una electrónica moderna capaz de figurar en los libros de historia del rock.


Links: 
Death In Vegas – Dead Elvis (1997)
Freestylers – We Rock Hard (1998)
LCD Soundsystem – Sound of Silver (2007)