martes, 30 de diciembre de 2014

Everything Everything - Arc (2013)


(Reseña publicada en UltraBrit Nº 3, marzo/abril de 2013).


Everything Everything es un conjunto nacido en Manchester en 2007 que rápidamente se vio envuelto en el panorama de las promesas del mundo independiente de la mano de Man Alive (2010), su disco debut. En él se hacía gala de un buen uso de la tecnología a la hora de crear ambientes electrónicos en combinación con una sólida base de rock capaz de operar finas texturas melódicas. A esto se añade la presencia del verborrágico cantante Jonathan Higgs, poseedor de un registro que le permite un falsetto cuyo abuso termina por imprimirle un sello característico al grupo.

Arc, su segundo trabajo, no presenta grandes variaciones en cuanto a estas ideas germinales. La banda (que se completa con Jeremy Pritchard en bajo y teclados, Alex Robertshaw en guitarras y teclasdos, y Michael Spearman en batería) aparece concentrada en aceitar su maquinaria indietronica y, como resultado, ofrece trece canciones plagadas de delicadas capas y florituras de teclados y programaciones, guitarras discretas pero criteriosas y una rítmica bastante compleja con ecos del Radiohead post-Kid A.

El vocalista, aunque versátil, vomita algunas frases con un atropello de rap y sus agudos, por momentos (como en el single “Cough Cough” y “Kemosabe”), redireccionan la brújula peligrosamente hacia el lado de la cursilería. Cuando eso no ocurre, como en el plácido “Choice Mountain” o “The Peaks”, parece poseído por Jónsi de Sigur Rós y eleva el nivel de los logrados paisajes musicales. Asimismo, en canciones como “Armourland” o “The House is Dust”, la calculada frialdad del cuarteto recuerda al Steve McQueen de Prefab Sprout, disco que los muchachos deben haber estudiado de punta a punta. Las letras, por otro lado, parecen discutir con estos tiempos apocalípticos, creando una atmósfera coherente con el despliegue tecnológico.

En resumen, el buen gusto musical de Everything Everything queda fuera de discusión, y su carrera es una puerta abierta. Este álbum de algún modo materializa esa posibilidad, pero, mientras tanto, habrá que ir viendo cómo sortear el distractivo esfuerzo por soportar a Jonathan Higgs.


Links:
Hot Chip - In Our Heads (2012)
!!! - Thr!!!er (2013)
Phoenix - Bankrupt! (2013)





jueves, 20 de noviembre de 2014

Slowdive - Just For A Day (1991)



Para 1989, en el Reino Unido, bandas como AR Kane, Loop, The Telescopes y My Bloody Valentine, al margen del gran mercado, ya habían ensayado con éxito una suerte de redescubrimiento del poder anulador de la electricidad, llevado plano melódico con la  meta de ampliar posibilidades y convertir limitaciones en virtudes. Shoegaze terminaría llamando el periodismo de rock al conjunto de bandas preocupadas únicamente por aplastar al oyente con melodías escondidas tras capas de ruidos ondulantes y deformaciones varias, en detrimento de la imagen, reducida a una postura escénica descuidada y apática y una mirada fija en nutridas pedaleras… o, mejor, en el calzado de ocasión. Empero, el legado temprano de los primeros exponentes de la movida no sería tan unánimemente aclamado.

De hecho Slowdive, oriundos de Reading, no fue ajeno a este ninguneo, aunque sus primeros gestos cosecharan buenas reseñas; además, el quinteto pronto demostraría con hechos que lo suyo albergaba verdaderas pretensiones de trascendencia. Así, los refinados gustos del jovencísimo grupo inclinaron la balanza para el lado del dream pop, y su búsqueda sónica incorporó sucesivamente los paisajes supraterrenales de Cocteau Twins y el constante acecho de la canción perfecta de Ultra Vivid Scene o The House of Love, cuyo primer álbum de 1988 había sido editado por Creation, el sello que ahora también aceptaba a estos recién llegados.

Como para que no quedaran dudas, la formación que registra el EP Slowdive de 1990 presenta al frente no una, ni dos, sino tres guitarras en función de un complejo andamiaje sonoro, a cargo de los líderes Neil Halstead y Rachel Goswell (que compartían las voces y mantenían una relación sentimental) y Christian Savill, quienes superponen sus intervenciones al amparo de la base certera de Nick Chaplin (bajo) y Simon Scott (batería).

El primer larga duración aparece para ratificar lo sugerido en la tríada inicial de EPs: una música densa, etérea, donde las melodías yacen tras un manto de sonidos finamente saturados, llenos de reverb, que esconden las cándidas vocalizaciones hasta tornar casi indescifrables las palabras. Con estos elementos ya masticados, Just For A Day (1991) expone “de taquito” un placentero trip que arranca apenas insinuante con «Spanish Air», una extensa evocación del calor mediterráneo, para luego arremeter con todo de la mano de «Celia's Dream», un tema sobre el amor fugaz que remonta a «Pictures of You» de The Cure.

En la misma línea, el single «Catch The Breeze» y «Ballad of Sister Sue» hacen gala de las lánguidas armonías de Halstead y Goswell, rodeadas de bellas guitarras estiradas con delays largos, y desembocan en la intrauterina «Erik's Song», un pasaje de calma abisal que divide el disco y prepara el terreno para el lado B. Allí el material persiste en su homogeneidad («Waves», «Brighter»), de modo que la nota distintiva la provee «The Sadman», en cuyo desarrollo parece no ocurrir nada, hasta que un torrente de enceguecedora luz se abre, aflora, se desvanece y deja las cosas en su punto de partida.

La dramática «Primal» cierra este álbum sobresaliente que, no obstante, al poco tiempo recibiría un cimbronazo, una cachetada extensible a toda la movida shoegaze: nada menos que el golpe maestro de Kevin Shields y compañía, Loveless (noviembre de 1991), que dejará en offside a toda su descendencia, blanco asimismo de una creciente desconsideración por parte de la prensa, ya muy atenta al grunge y a un rock alternativo a punto de convertirse en norma.

Cada vez más hundidos en las sombras (sus miembros incluso han tenido que reinsertarse en el mercado laboral formal), tras un par de discos más –entre los que se incluye el rutilante Souvlaki, de 1994– la trayectoria de Slowdive, atravesada por el fracaso comercial, desembocará en una previsible separación. Rápidos de reflejos, mientras corría agua bajo el puente, Halstead y Goswell formaron Mojave 3, una vuelta de página orientada al country con la que recibieron al nuevo milenio, que los sorprenderá con una revalorización de esas que abren puertas para las giras de reunión.


Links: 
Slowdive – Pygmalion (1995) 
Catherine Wheel – Ferment (1992) 
Asalto Al Parque Zoológico – APZOO EP (2011)


miércoles, 15 de octubre de 2014

Santos Inocentes - Emporio Bizarro (1998)




Descontando la indiferencia o el franco rechazo que recibieron por parte de miles de personas que esperaban el grito final de Soda Stereo en 1997, al menos dos de los teloneros elegidos por el trío para su primera despedida en River cosecharon su modesto caudal de éxito: Avant Press y Santos Inocentes.

Seguramente haya ayudado, en el caso de estos últimos, el hecho de contar entre sus filas con Andrés Alberti (guitarra, teclados, programaciones), hermano menor de Charly y a la sazón asistente del grupo más celebrado de Latinoamérica. Pero ni valdría la pena evocarlos si no fuera porque los chicos exhibían un potencial bastante interesante que los posicionaba bien en el circuito alternativo, que resistía estoicamente la hegemonía del rockerismo más conservador.

Santos Inocentes se forma a principios de los 90, pero recién en 1998 verá la luz su disco debut, Emporio Bizarro (hoy prácticamente inhallable), álbum que reflejara cierta mutación de una generación “alterna” amenazada por disoluciones, desdoblamientos o coqueteos con lo masivo; en tal sentido, tanto el aval de Warner Music como la alta fidelidad proporcionada por los estudios Circo Beat no son datos menores. Pero sea como fuere, ahí había material interesante y los Santos parecían querer llevarse todo por delante.

“Microman”, “Acople” y el hit “Desaparecedor” (guiño a Sonic Youth) abren el trabajo con apabullantes dosis de un techno-rock cimentado en paredes de guitarras, samplers, estribillos gancheros y la furia controlada del vocalista Mr. Pop (Raúl Cariola), bien administrada a la hora de bajar unos cambios (“Ella no tiene magia”, “Anticuerpos”).

Cierta cosa apocalíptica de fin del milenio, drogas químicas y tecnologías de fines oscuros (“Microfilmo tu espesor”; “Mi visión: mujeres robot”), se apodera de unas letras directas que ponen en escena situaciones confusas e incómodas, cuyo marco musical puede acercarse tanto a Nine Inch Nails (“Paranoia Kamikaze”, “Medicamentos”) como al más liso y llano punk rock (“Mal día”). Para agregar color, también aparece diseminada por ahí alguna que otra pista oculta a modo de enlace o introducción.

Pero a grandes rasgos lo importante es que Emporio Bizarro está dotado de una coherencia y una solidez digna de mencionarse, lo que no impide señalar, sin embargo, algunas inteferencias. En primer lugar, la revisión de “Eight Days a Week” de los Beatles, que clausura el álbum y, aunque simpática y potente, bien podría haber sido posicionada como bonus track, o de alguna manera que la separe aún más del resto del disco. También aparece la tendencia, frecuente en bandas jóvenes argentinas, a “poner toda la carne al asador”, que los lleva a desnudar todos sus recursos en el mismo tiempo y lugar, y pone límites al factor sorpresa –sobre todo de cara al futuro–, amén de generar un agotamiento en la escucha.

De cualquier modo, Santos Inocentes disfrutará de un buen margen de difusión, sobre todo de la mano de una MTV ya apenas soportable. Todavía faltaba el sucesor Megatón (2000), más duro y orientado a la electrónica, que tendrá un buen recibimiento, y el fichaje del sello Maverick, propiedad de Madonna. Empero, algo debe haber salido mal en el camino, ya que poco se supo del quinteto hasta la irrupción de las divisiones Bonsur, Mole y 202, que no lograron acariciar la gloria como pareció hacerlo este prometedor conjunto porteño.

Links: 
New Order – Technique (1989) 
El Otro Yo – Los Hijos de Alien (1996) 
Spleen – Travesía ideal (1998)


viernes, 1 de agosto de 2014

Wire - Chairs Missing (1978)





Wire es una banda incómoda, dueña de una propuesta densa, compleja, que nunca pudo ni quiso encajar en los parámetros del mainstream, que jamás tuvo un hit y que de haberlo tenido, lo hubiese ocultado bajo la alfombra. Fundada a mediados de los setenta, la banda era en principio una más del agitado panorama londinense, bastante tosca por cierto, pero con varios de sus integrantes formados en escuelas de arte, lo que ayudó a delinear pronto un perfil diseñado especialmente por el cantante y guitarrista Colin Newman, y el bajista y letrista Graham Lewis. La pared se completaba con Bruce Gilbert en guitarra y Robert Gotobed en batería.

El celebrado debut Pink Flag (1977) se edita cuando la efervescencia punk ya mermaba y viraba a rumbos desconocidos. De hecho, a la luz de sus veintiún canciones, Wire efectivamente parecía un grupo punk, dotado de una musicalidad económica, vehemente, casi mecánica, perpetrada en ráfagas de menos de un minuto o poco más. Pero sus tendencias intelectualoides pudieron más que los impulsos de época, y mientras toda una cultura subterránea vislumbró un rumbo posible a partir de la radicalidad de esta banda, sobre todo en Norteamérica, el sucesor traía bajo el brazo otra cosa. Algo que ponía un ojo y medio en los terrenos más osados de Brian Eno, Neu! y Faust.

Chairs Missing aparece en noviembre de 1978 y, así como presenta signos de continuidad con la placa anterior, denota una violenta, increíble evolución, amén de un marcado carácter anticipatorio. El minimalismo sigue siendo respetado a rajatabla, pero esta vez en función de dar paso a elegantes capas de sintetizadores, sonidos procesados que entran y salen, guitarras y bajos con efectos en su ratio máximo, y ritmos precisos que desmienten el amateurismo que hiciera del disco anterior un tortuoso proceso de selección de las mejores tomas.

Las delicadezas se suceden una tras otra y, como ocurría en Pink Flag, también aquí varias de ellas son interrumpidas sin aviso. Canciones como “Practice Makes Perfect”, “French Film Blurred”, “Being Sucked In Again” y “I Am The Fly” marcan el pico del ambiente pesadillesco  que el cuarteto imprime a base de climas opresivos y líricas retorcidas, en tanto que “Heartbeat” y “Outdoor Miner” dejan entrever apenas un costado pop. Este último incluso sería estirado para las radios en un intento –fallido– por alentar una escucha masiva. A esta altura, se hace posible dilucidar no solo a una generación futura prestando oídos atentos, desde Fugazi y los Pixies hasta Radiohead, sino que contemporáneos como The Cure o The Fall parecen haberse sentado más de una vez a deconstruir este álbum.

Por su parte, temas como “Men 2nd”, “Sand In My Joints” y “Too Late” establecen un nexo evidente con el vértigo de los primeros pasos, lo que no impidió que a poco de su aparición Chairs Missing dejara a Wire cómodo en el cielo de lo mejor del art rock, compartiendo el podio con los Talking Heads, Gang of Four o XTC, por mencionar algunos. Pese a ello, el aval de la EMI era cada vez más precario debido a las módicas ventas y ya nadie ahí creía que pudieran trascender su estatus de grupo de culto. De hecho, tal vez a modo de respuesta, 154 (1979) representó una especie de no-va-más, una nueva apertura, desafiante y para muchos superadora de todo lo anterior. Pero ese va para la próxima.

Eyectado de la compañía, en los primeros 80 el grupo se tomará un descanso para luego volver bajo el amparo de un nuevo sello (Mute Records) y una marcada tecnificación de su música, que en principio arrojará muy buenos resultados. Y, tras un silencio casi total durante los 90, el nuevo siglo los atrapa en fructífera relación con el presente. Aún conscientes de su gran legado, reconocido en la obra o en la palabra de decenas de artistas de los más diversos estilos, la agrupación apuesta por seguir produciendo obras que en general la muestran en buena forma, incómoda, densa, cáustica como siempre.


Links:
Wire – Snakedrill (1986)
D.A.F. – Die Kleinen und die Bösen (1980)
Josef K – The Only Fun in Town (1981)



jueves, 8 de mayo de 2014

R.E.M. - Reveal (2001)



Que R.E.M. era una gran banda no cabe duda. Que editaran discos decepcionantes tampoco debe sorprender; al fin y al cabo, es lo lógico de una banda cuya trayectoria abarca tres décadas y que está compuesta por seres humanos. Con los hechos ya consumados (el grupo se disolvió en 2011) es incluso más fácil ver las cosas en perspectiva, lo que deja remarcadas tres claras etapas en esta historia: los años “independientes”, desde la formación en 1980 hasta Document (1987), el salto al mainstream con el éxito consecutivo de Green (1989), Out of Time (1990) y Automatic For The People (1992) y todo lo posterior a la partida del baterista Bill Berry en 1997 por razones de salud. 

Esta última fase pues no ha suscitado precisamente cataratas de elogios, a veces con cierta razón, otras con un halo de injusticia. Reveal, en tal sentido, queda en el medio de una balacera entre la electrónica forzada (por las circunstancias) de Up (1998) y un renacimiento algo dubitativo, que parecerá completarse recién en 2008 con el macizo Accelerate.

Años de rechazo, diría Morrissey, al menos en cuanto a los trabajos de estudio, ya que cada show de la banda siguió representando un verdadero acontecimiento. Pero el paso de los años podría llegar a hacer justicia con Reveal, que digan lo que digan, al menos representa un digno esfuerzo con la mira fija en canciones de tiempos medios, sin estridencias y con mucha luz. Observen si no la frase inaugural de la radiante “The Lifting” (“Good morning / 6 a.m / The weather is fine”) o sin ir más lejos, el arte plagado de colores vivos con tomas de paisajes soleados.

Como era de esperarse, aquí vuelven a aparecer las referencias a los Beach Boys (“Beat a Drum”, “Beachball”, “Summer Turns to High”) y el pulso preciso de Peter Buck habilita pasajes loables como el hit “All The Way To Reno (You’re gonna be a star)”, con toda esa herencia de Roger McGuinn que el guitarrista ha logrado apropiar con maestría. También el single “Imitation of Life” se conecta con el esplendor de los primeros noventa en su elegante desarrollo y bonito estribillo de estadio. Asimismo, la lírica siempre inteligente de Michael Stipe evita comentarios políticos y se concentra en observaciones místicas, o bien estetiza situaciones cotidianas que bajo otra pluma caerían en la banalidad. 

En definitiva, puede que la mayoría, tal vez en atención a la mitad vacía del vaso, argumente que Reveal es un paso más en la decadencia de una de las más grandes bandas del rock norteamericano, facturado “con los ojos cerrados” o en piloto automático. Aquí, en cambio, preferimos creer que el álbum captura a un R.E.M. con todo su oficio tratando de levantar cabeza y que, aún completamente entregado al sonido radio friendly, se las arregla para mantenerse fiel a sus formas sin dilapidar el buen gusto. Sólo es cuestión de salirse del juicio consensuado para comprobar que el trío siempre tuvo un as en la manga.


Links: 
R.E.M. – Around The Sun (2004)
The House of Love – She Paints Words in Red (2013)
Echo & The Bunnymen – Flowers (2001)


jueves, 10 de abril de 2014

Lollapalooza 2014, Día 2 - 02/04/2014




Casi cualquiera que haya estado en el Hipódromo de San Isidro el 1 y/o el 2 de abril pasado, coincidirá conmigo en que la primera experiencia del festival itinerante Lollapalooza, fundado por Perry Farrell en los albores de los años 90, fue cuanto menos, buena. Y no me refiero a los términos económicos, cuyas cifras son difíciles de imaginar (mucha publicidad, mucho merchandising, más de 100 mil entradas vendidas), sino a lo puramente musical: una oferta que, más allá de los gustos, nadie podrá afirmar que no fue variada y abarcativa, con posibilidad de optar entre cuatro escenarios bastante alejados entre sí, lo que empero no salvó a las veladas de molestas superposiciones sonoras.

Al igual que el día anterior, el movimiento sobre las tablas arrancó desde muy temprano y ya con bastante gente recorriendo las instalaciones. Así, mientras La Armada Cósmica del primogénito de Juanse abría el escenario “Alternative”, los ya-no-tan-juveniles Airbag hacían lo propio en el Main Stage 1, empalagando a los que se arrimaron a éste con un sobreactuado despliegue de demostración técnica (sobre todo por parte del guitarrista-cantante Patricio Sardelli), chispazos de demagogia laxa y una pose hard rock peligrosamente anacrónica. En contraposición, su esfuerzo por despegarse de la imagen de banda teen es notable y hasta exagerado. Si es una verdad que de ciertas cosas no se vuelve, pues ellos parecen dispuestos a discutirla a como dé lugar. 

A las dos de la tarde, de vuelta en el tablado alternativo, las londinenses Savages propinaron la primera sorpresa de la jornada de la mano de su audaz lectura del post punk atravesada por una faceta noise encarnada en la guitarrista Gemma Thompson, que construye inquietantes paisajes sobre los que descansa la desesperada aunque contenida vocalización de Jehnny Beth, una suerte de Siouxsie del siglo XXI. Este joven cuarteto carga con altura el mote de “promesa” y ojalá pronto deje de serlo para convertirse en una realidad.

Por su parte, a las 15.45 clavadas la figura de Johnny Marr trepó al Main Stage 2 y habilitó la primera gran ovación de la tarde. Como era de esperar, el ex-Smiths dividió su repertorio entre su disco The Messenger y una selección que incluyó la versión de “I Fought The Law” que popularizaran los Clash, “Getting Away With It” de su proyecto Electonic y, naturalmente, varias gemas del cuarteto mancuniano evocadas en versiones fieles que, en el caso de “There is a Light That Never Goes Out”, piantó lagrimones entre los fans. La solidez de la banda, su inconfundible estilo y elegancia y su sorprendente soltura, impiden pensar en un proyecto en maduración: las cartas están echadas. De aquí en más todo dependerá de él y de la respuesta del público ante sus próximos pasos.

Marr, su Fender Jaguar y sus gestos...

En el mismo sitio, cayendo la tarde, y ante la mirada atenta de Skay Beillinson en el sector de prensa, Vampire Weekend desplegó lo suyo mientras la cantidad de gente dando vueltas por ahí crecía de manera abrumadora. El grupo norteamericano, aún acompañado por un buen sonido y habiendo logrado contagiar con su incitación al baile, no parece cumplir con la jerarquía que le otorgó la grilla. Cualquier persona de background más o menos amplio bien podría dudar ante la languidez de su indie rock tribal. Las nuevas generaciones de amantes del rock, que hoy son mayoría en el festival, quizás tengan una visión más positiva al respecto, lo que no quita la recomendación urgente, válida para todos, de recurrir al Talking Heads circa 1979-1983, cosa que no le debe convenir en absoluto al cuarteto neoyorkino.

Acto seguido, y en una actitud inusualmente rockera para estos tiempos de apuestas seguras, los Pixies en su segunda visita ofrecieron una verdadera foto en negativo a la luz de su repertorio marcadamente anti-hit, una suerte de reverso del recorrido que hicieran en el Luna Park hace cuatro años. “Bone Machine”, “Planet of Sound”, “Caribou”, “Tame”, “Ana”, un puñado de temas nuevos y covers, delinearon una lista prácticamente solo para fanáticos dejando bien colgados a los habitués del playlist, o a los que esperaban la recreación completa de Doolittle, aún siendo que interpretaron casi la mitad del mismo. De más está decir que Black Francis y compañia cumplieron “de taquito” con la cita, manteniéndose fieles a su tradicional parquedad y economía de recursos. Sin la renunciante Kim Deal, la argentina Paz Lenchantin ocupó con sonriente dignidad el rol fundamental de la bajista y el resultado de todo fue un gol facturado con el olfato de un sagaz centrofóvar.

Charles Thompson IV. La cara de orto de los grandes

Ya de noche, y continuando con los vestigios de los años noventa –esos años donde lo alternativo se convirtió en norma y hubo que agregarle comillas al concepto– Soundgarden tomó el escenario 2 y, hay que decirlo, ametralló sin piedad a una audiencia ávida (fue el debut local de la banda) y extasiada ante la catarata de riffs cercanos al más liso y llano heavy metal. Un Chris Cornell en buena forma no paró de devolver gentilezas, y cada ovación fue compensada por más números de ayer y de hoy azuzados por una banda paquidérmica que dio su primer paso en estas tierras bajo un volumen brutal.

Como todo el mundo sabe, los encargados de cerrar la noche y ejes indiscutibles de la convocatoria de la jornada, fueron unos Red Hot Chili Peppers fieles a cierto rasgo anticlimático que tiñe sus shows, donde hay bastante lugar para la zapada y lo lúdico. Un sonido con vaivenes le restó algo a un set que la banda ejecutó, cuándo no, de manera impecable en el caso de la base Flea / Chad Smith y desganada en el de Anthony Kiedis, lo que de ningún modo altera el saldo final de satisfacción general.

Pisando las 12 de la noche, y al igual que en el final del Día 1, hay fuegos artificiales, cuyas explosiones se pierden en la calma suburbana. El Hipódromo es un lugar enorme, y la salida tarda en aparecer ante los ojos. La vuelta a casa desde un lugar lejano, a merced de algún 60 o 168 que se digne a pasar por ahí, pasa a ser la primera y principal preocupación.


NOTA: Mi especial agradecimiento a la revista UltraBrit por haberme acreditado para la cobertura de la segunda jornada de este festival. Esta entrada no reproduce lo reseñado para el artículo conjunto que aparece en el sitio de dicha publicación.




jueves, 27 de febrero de 2014

Francisco Bochatón - Píntame los labios (2000)



Pequeña gran obra maestra de este cantautor platense que comenzara su carrera solista en 1999 con el disco Cazuela, su primera producción tras el quiebre de Peligrosos Gorriones, uno de los pilares de la escena alternativa local de comienzos de los noventa.

Tan solo catorce minutos ocupa este acto de belleza aparecido en el año 2000 y en el que participara un numeroso elenco que contradice su pequeñez temporal. Gustavo Cerati, María Gabriela Epumer, Flopa Lestani, Marianela Pelzmajer, cada uno en su turno, aporta su pincelada mimetizándose con el particular mundo de Bochatón, donde reside una poesía con ecos de Spinetta, Syd Barrett, Federico Moura y los poetas malditos, y una musicalidad que respeta la tradición indie en cuanto a crudezas disonantes y baladas con tintes folk.

Píntame los labios añade además un notable romanticismo, como lo prueban su arte de tapa rosáceo y tracks como “El beso de tus ojos” y “22:33”, en los que la libre asociación de ideas cede el paso a elementos más “concretos”. El autor hasta desliza una tímida alegría en “Pinamar”, que abre el EP con una cadencia cercana al dream pop de Mazzy Star. Allí el ex líder de Soda Stereo aparece acoplándose en tono grave a la vocalización despojada de Francisco, a veces cercana a la desafinación.

Para el final, bien a lo alto, como la estrella del arbolito de Navidad, y a dúo con Epumer (fallecida en 2003), “Puerto Amar” clausura a pura criolla y piel de gallina esta gema injustamente descatalogada y desconocida por el gran público, que consolidaría la trayectoria de este particular personaje que sigue produciendo a buen ritmo y forma para el deleite de sus fervorosos fanáticos.


Sello: Índice Virgen.

Links: 
Peligrosos Gorriones – Antiflash (1997).
Francisco Bochatón – Mundo de Acción (2002).
Leo García – Vital (1999).


lunes, 3 de febrero de 2014

Juana La Loca - Revolución (1995)



Salvo la banda que nos ocupa y los hoy masivos y complacientes Babasónicos, quedó muy poco en pie del “Nuevo Rock Argentino” que, a principios de los noventa, venía a “barrer” con los ya dinosaurios de los ochenta.

El mundo había cambiado, la información empezaba a llegar más rápido, y el gran desafío era subirse a la ola o quedar boyando lejos. En ese contexto, la banda más convocante del momento, Soda Stereo, en una hábil jugada, decide pegar el volantazo y atender a las nuevas tendencias que llegaban desde las islas británicas, por lo que para la presentación en Obras de Dynamo (1992) contrata los servicios de un puñado de bandas alternativas emergentes. Por el contrario, para coronar el contraste, a unas pocas cuadras el peor Serú Girán concretaba una de las mayores muestras de patetismo que se recuerde en el espectáculo argentino.

Además de integrar la elite de los llamados a telonear al trío en Núñez, Juana La Loca resultó ser, sin duda, una de las bandas más vapuleadas de los últimos tiempos. Su líder, el verborrágico Rodrigo Martin, ha sido acusado de todo: ladrón, creído, loco, puto, tiramierda y otros epítetos hirientes, pintan un perfil cuanto menos polémico, adjetivo que al final es el que mejor lo define.

Lo cierto es que no son tantos los que repararon en su obra, o parte de ella, y no sería exagerado si dijera que la de Juana La Loca fue una de las interpretaciones locales del brit pop más convincentes, y perpetrada en tiempo real, lo que no es poco; Martin manejaba muy buena data y una melomanía que, hay que decirlo, lo ha hecho caer en la tentación más de una vez.

Formada a fines de los ochenta en la zona sur del Conurbano, para 1995 Juana ya contaba con su propio background en Die Schule y Cemento, un disco debut orientado al shoegaze (Electronauta, 1994), había taloneado a Depeche Mode en Vélez, disfrutaba algo de difusión y el padrinazgo de Daniel Melero, y también había tenido cambios en la formación, que a posteriori serían constantes, cimentando una existencia accidentada.

Revolución supone un cambio notable respecto de su antecesor, en tanto muestra a la banda más estilizada y enfocada en canciones gancheras con elementos sónicos. Capas y capas de guitarras, disparos de samplers y una base precisa alimentan sus once canciones, dotadas de una lírica sensual, algo ingenua y voladora que cae de la boca de Martin sin estridencias, en una deliberada toma de distancia con el realismo gritón que ganaba espacio en las radios.

Capítulos como “Dame eso”, “Agujeros negros”, “Hombre espacial suicida” y “Boomerang” denotan melodías sencillas y oídos muy atentos a las propuestas de bandas en boga como Pulp, Blur y Oasis y al power pop de Teenage Fanclub. También la influencia de la escena indie americana asoma en “Planeta infierno”, hermosa balada que recuerda un poco a “Nowhere Near” de Yo La Tengo.

Como contrapartida, el conjunto parece dilapidar oportunidades de convertir las limitaciones en virtudes y algunos arreglos, sobre todo de guitarra, adolecen de la ciencia necesaria para eyectarlos del campo de lo berreta. Cuánto tuvo que ver Joaquín Levinton en ello nunca se sabrá, pero lo cierto es que, tras su pronta partida, al guitarrista lo esperaba el éxito de la mano de Turf. Asimismo, el look y los mohines del grupo se asemejaban demasiado a los de la banda de Jarvis Cocker, algo que acertadamente irá siendo subsanado.

El disco fue editado por BMG (¿recuerdan cuando los sellos apostaban por bandas nuevas?) y acompañado por un más que decente margen de rotación en radio y TV. A la vuelta de la esquina había giras nacionales y limítrofes, más cambios de elenco, el disco Vida Modelo, una colaboración con Billy Preston, el soporte a Oasis en el Luna Park en 1998, un Teatro Astros y más escándalos. En las entrevistas Rodrigo Martin persistía con una arrogancia a veces defensiva, digna de los hermanos Gallagher. Y allá afuera, en la calle, el rock viejita ya era una cruda realidad.


Links:
Juana La Loca - Autoejecución (Cassette) (1991).
The Charlatans - Between 10th and 11th (1992).
Martes Menta - 17 Caramelos (1992).


viernes, 24 de enero de 2014

David Guetta y su pen drive

Guetta complicado. ¿Hang the DJ?

Hace unos días, en Brasil, al DJ David Guetta (París, 1967) le habría ocurrido lo peor de la discjockería moderna: en pleno set se le rompió el pen drive en el que guardaba toda su música. Ello le costó una larga pausa en la que el galo y sus colaboradores deben haber sudado la gota gorda, tratando de remontar una situación especialmente grave. Pero lo que más me interesa es el reavivamiento de la polémica DJs vs música “real” tocada por un “músico”, que nos lleva inevitablemente al episodio/polémica desatada entre Pappo y Ezequiel Deró, de la que no hace falta dar más detalles.

Con todo el respeto que le tengo a Pappo, por su invaluable aporte, y al mismo tiempo, sin defender bajo ningún aspecto a Guetta, del cual tengo poca información (que no me agrada), no puedo dejar de ver, en la constante reaparición del imperativo del malogrado guitarrista, un dejo retrógrado. Una reacción. ¿Pero reacción a qué? ¿A una escena que en poco tiempo captó más adeptos que todo el rock en la última década y media? ¿A la visibilización definitiva de la capacidad de movilizar de los pinchadiscos? Son demasiados los factores como para exponerlos en unas pocas líneas. Lo que a esta altura del partido debiera estar más claro es que si bien los DJs no tocan en el sentido tradicional de ejecutar un instrumento, los hay cuya actividad no deja de comportar un tipo de performance, en tanto hay una manipulación en tiempo real de ritmos y sonidos y una presencia física que genera esas variables. Hay gente muy talentosa en ese terreno, y muy ladrona, y muy berreta, como en todos los otros.

Dije “no tocan”. Pero hay que ver qué pasa si nos hacemos la siguiente pregunta: las bandejas y mezcladoras, ¿son simples medios o, según el uso, podrían considerarse instrumentos-otros? ¿Se puede aceptar de una buena vez al equipamiento del disc jockey como artefacto de producción de música? Hay DJs que, desde fines de los 90, movilizan, construyen sentido (?), imponen tendencias, como lo hacía la estrella “real” de rock, esa que ya no existe como la conocíamos. Pero más allá de eso de tocar o no tocar, lo que creo que hay es una discusión de un fenómeno que, guste o no, cada tanto se ve en una lucha por la legitimidad. Lucha cuyos resultados parciales, sinceramente y en última instancia, me importan un pito.

A lo que quiero ir es al hecho de que, como “gente del rock” que somos, tratemos de fijarnos bien a quién defenestramos, sobre quién tiramos los dardos, porque en nuestro territorio de tracción a sangre, legítimo, verdadero, humano, hay circulando libremente, sueltos, verdaderos asesinos de la cultura rock (o la poca que queda) y del legado que los grandes, conocidos y desconocidos, nos dejaron para el deleite. Basta ver el line-up del festival de las sierras próximo a realizarse. Estamos durmiendo con el enemigo, lo cual el oyente de Pergolini, La Mega, o de Rock & Pop no ve, o no quiere ver. Ah, y lo que le pasó a Guetta en Brasil le puede pasar a cualquiera.