viernes, 24 de enero de 2014

David Guetta y su pen drive

Guetta complicado. ¿Hang the DJ?

Hace unos días, en Brasil, al DJ David Guetta (París, 1967) le habría ocurrido lo peor de la discjockería moderna: en pleno set se le rompió el pen drive en el que guardaba toda su música. Ello le costó una larga pausa en la que el galo y sus colaboradores deben haber sudado la gota gorda, tratando de remontar una situación especialmente grave. Pero lo que más me interesa es el reavivamiento de la polémica DJs vs música “real” tocada por un “músico”, que nos lleva inevitablemente al episodio/polémica desatada entre Pappo y Ezequiel Deró, de la que no hace falta dar más detalles.

Con todo el respeto que le tengo a Pappo, por su invaluable aporte, y al mismo tiempo, sin defender bajo ningún aspecto a Guetta, del cual tengo poca información (que no me agrada), no puedo dejar de ver, en la constante reaparición del imperativo del malogrado guitarrista, un dejo retrógrado. Una reacción. ¿Pero reacción a qué? ¿A una escena que en poco tiempo captó más adeptos que todo el rock en la última década y media? ¿A la visibilización definitiva de la capacidad de movilizar de los pinchadiscos? Son demasiados los factores como para exponerlos en unas pocas líneas. Lo que a esta altura del partido debiera estar más claro es que si bien los DJs no tocan en el sentido tradicional de ejecutar un instrumento, los hay cuya actividad no deja de comportar un tipo de performance, en tanto hay una manipulación en tiempo real de ritmos y sonidos y una presencia física que genera esas variables. Hay gente muy talentosa en ese terreno, y muy ladrona, y muy berreta, como en todos los otros.

Dije “no tocan”. Pero hay que ver qué pasa si nos hacemos la siguiente pregunta: las bandejas y mezcladoras, ¿son simples medios o, según el uso, podrían considerarse instrumentos-otros? ¿Se puede aceptar de una buena vez al equipamiento del disc jockey como artefacto de producción de música? Hay DJs que, desde fines de los 90, movilizan, construyen sentido (?), imponen tendencias, como lo hacía la estrella “real” de rock, esa que ya no existe como la conocíamos. Pero más allá de eso de tocar o no tocar, lo que creo que hay es una discusión de un fenómeno que, guste o no, cada tanto se ve en una lucha por la legitimidad. Lucha cuyos resultados parciales, sinceramente y en última instancia, me importan un pito.

A lo que quiero ir es al hecho de que, como “gente del rock” que somos, tratemos de fijarnos bien a quién defenestramos, sobre quién tiramos los dardos, porque en nuestro territorio de tracción a sangre, legítimo, verdadero, humano, hay circulando libremente, sueltos, verdaderos asesinos de la cultura rock (o la poca que queda) y del legado que los grandes, conocidos y desconocidos, nos dejaron para el deleite. Basta ver el line-up del festival de las sierras próximo a realizarse. Estamos durmiendo con el enemigo, lo cual el oyente de Pergolini, La Mega, o de Rock & Pop no ve, o no quiere ver. Ah, y lo que le pasó a Guetta en Brasil le puede pasar a cualquiera.