jueves, 10 de abril de 2014

Lollapalooza 2014, Día 2 - 02/04/2014




Casi cualquiera que haya estado en el Hipódromo de San Isidro el 1 y/o el 2 de abril pasado, coincidirá conmigo en que la primera experiencia del festival itinerante Lollapalooza, fundado por Perry Farrell en los albores de los años 90, fue cuanto menos, buena. Y no me refiero a los términos económicos, cuyas cifras son difíciles de imaginar (mucha publicidad, mucho merchandising, más de 100 mil entradas vendidas), sino a lo puramente musical: una oferta que, más allá de los gustos, nadie podrá afirmar que no fue variada y abarcativa, con posibilidad de optar entre cuatro escenarios bastante alejados entre sí, lo que empero no salvó a las veladas de molestas superposiciones sonoras.

Al igual que el día anterior, el movimiento sobre las tablas arrancó desde muy temprano y ya con bastante gente recorriendo las instalaciones. Así, mientras La Armada Cósmica del primogénito de Juanse abría el escenario “Alternative”, los ya-no-tan-juveniles Airbag hacían lo propio en el Main Stage 1, empalagando a los que se arrimaron a éste con un sobreactuado despliegue de demostración técnica (sobre todo por parte del guitarrista-cantante Patricio Sardelli), chispazos de demagogia laxa y una pose hard rock peligrosamente anacrónica. En contraposición, su esfuerzo por despegarse de la imagen de banda teen es notable y hasta exagerado. Si es una verdad que de ciertas cosas no se vuelve, pues ellos parecen dispuestos a discutirla a como dé lugar. 

A las dos de la tarde, de vuelta en el tablado alternativo, las londinenses Savages propinaron la primera sorpresa de la jornada de la mano de su audaz lectura del post punk atravesada por una faceta noise encarnada en la guitarrista Gemma Thompson, que construye inquietantes paisajes sobre los que descansa la desesperada aunque contenida vocalización de Jehnny Beth, una suerte de Siouxsie del siglo XXI. Este joven cuarteto carga con altura el mote de “promesa” y ojalá pronto deje de serlo para convertirse en una realidad.

Por su parte, a las 15.45 clavadas la figura de Johnny Marr trepó al Main Stage 2 y habilitó la primera gran ovación de la tarde. Como era de esperar, el ex-Smiths dividió su repertorio entre su disco The Messenger y una selección que incluyó la versión de “I Fought The Law” que popularizaran los Clash, “Getting Away With It” de su proyecto Electonic y, naturalmente, varias gemas del cuarteto mancuniano evocadas en versiones fieles que, en el caso de “There is a Light That Never Goes Out”, piantó lagrimones entre los fans. La solidez de la banda, su inconfundible estilo y elegancia y su sorprendente soltura, impiden pensar en un proyecto en maduración: las cartas están echadas. De aquí en más todo dependerá de él y de la respuesta del público ante sus próximos pasos.

Marr, su Fender Jaguar y sus gestos...

En el mismo sitio, cayendo la tarde, y ante la mirada atenta de Skay Beillinson en el sector de prensa, Vampire Weekend desplegó lo suyo mientras la cantidad de gente dando vueltas por ahí crecía de manera abrumadora. El grupo norteamericano, aún acompañado por un buen sonido y habiendo logrado contagiar con su incitación al baile, no parece cumplir con la jerarquía que le otorgó la grilla. Cualquier persona de background más o menos amplio bien podría dudar ante la languidez de su indie rock tribal. Las nuevas generaciones de amantes del rock, que hoy son mayoría en el festival, quizás tengan una visión más positiva al respecto, lo que no quita la recomendación urgente, válida para todos, de recurrir al Talking Heads circa 1979-1983, cosa que no le debe convenir en absoluto al cuarteto neoyorkino.

Acto seguido, y en una actitud inusualmente rockera para estos tiempos de apuestas seguras, los Pixies en su segunda visita ofrecieron una verdadera foto en negativo a la luz de su repertorio marcadamente anti-hit, una suerte de reverso del recorrido que hicieran en el Luna Park hace cuatro años. “Bone Machine”, “Planet of Sound”, “Caribou”, “Tame”, “Ana”, un puñado de temas nuevos y covers, delinearon una lista prácticamente solo para fanáticos dejando bien colgados a los habitués del playlist, o a los que esperaban la recreación completa de Doolittle, aún siendo que interpretaron casi la mitad del mismo. De más está decir que Black Francis y compañia cumplieron “de taquito” con la cita, manteniéndose fieles a su tradicional parquedad y economía de recursos. Sin la renunciante Kim Deal, la argentina Paz Lenchantin ocupó con sonriente dignidad el rol fundamental de la bajista y el resultado de todo fue un gol facturado con el olfato de un sagaz centrofóvar.

Charles Thompson IV. La cara de orto de los grandes

Ya de noche, y continuando con los vestigios de los años noventa –esos años donde lo alternativo se convirtió en norma y hubo que agregarle comillas al concepto– Soundgarden tomó el escenario 2 y, hay que decirlo, ametralló sin piedad a una audiencia ávida (fue el debut local de la banda) y extasiada ante la catarata de riffs cercanos al más liso y llano heavy metal. Un Chris Cornell en buena forma no paró de devolver gentilezas, y cada ovación fue compensada por más números de ayer y de hoy azuzados por una banda paquidérmica que dio su primer paso en estas tierras bajo un volumen brutal.

Como todo el mundo sabe, los encargados de cerrar la noche y ejes indiscutibles de la convocatoria de la jornada, fueron unos Red Hot Chili Peppers fieles a cierto rasgo anticlimático que tiñe sus shows, donde hay bastante lugar para la zapada y lo lúdico. Un sonido con vaivenes le restó algo a un set que la banda ejecutó, cuándo no, de manera impecable en el caso de la base Flea / Chad Smith y desganada en el de Anthony Kiedis, lo que de ningún modo altera el saldo final de satisfacción general.

Pisando las 12 de la noche, y al igual que en el final del Día 1, hay fuegos artificiales, cuyas explosiones se pierden en la calma suburbana. El Hipódromo es un lugar enorme, y la salida tarda en aparecer ante los ojos. La vuelta a casa desde un lugar lejano, a merced de algún 60 o 168 que se digne a pasar por ahí, pasa a ser la primera y principal preocupación.


NOTA: Mi especial agradecimiento a la revista UltraBrit por haberme acreditado para la cobertura de la segunda jornada de este festival. Esta entrada no reproduce lo reseñado para el artículo conjunto que aparece en el sitio de dicha publicación.