viernes, 2 de octubre de 2015

Dedés - No sos el único así (2014)




En épocas en las que no se sabe bien qué inventar, hace unos años Dedés apareció en el panorama under con una idea que básicamente consiste en hacer rock omitiendo de la formación la presencia de un bajista. “Esto ya se ha visto”, podrá argumentar algún vivillo citando al George Harrison que desacreditaba al cuarteto vocal de Homero Simpson. Pero lejos de acobardarse por la poca novedad de aquel aspecto (pensemos en una “tradición” que va desde los Doors y The Cramps hasta White Stripes y The Black Keys), el alma, líder, mentor y guitarrista Matías Fernández (Concepción del Uruguay, 1980) decidió que se podía sacarle más jugo a esa variante y le dio vida y cuerpo a un dúo que en su corta existencia tuvo tantos bateristas como cambios de ropa interior.

Así y todo, Fernández siempre se las arregló –y sigue arreglándose– con lo que tuvo a mano, de modo que en 2014, para registrar el primer EP, contó con el aporte de Bruno Chattás, frontman de Ese Perro, que también posee conocimientos en batería. El resultado de esa colaboración, al amparo del colectivo productor Damasco, es No sos el único así, un álbum donde las posibles limitaciones autoimpuestas quedan sepultadas bajo un crudo manto de furia contenida.

En sus seis canciones, claro está, predomina el guitarreo austero, con escasas sobregrabaciones y efectos, pero también una base plomiza que actúa como cómplice del desahuciado nihilismo que la voz aguda de Fernández retrata con precisión. En tal sentido, las letras cínicas atravesadas por turbios sentimientos de soledad y alienación se acomodan muy bien en el marco despojado que sugieren todos los tracks, entre los que se destacan “A vos te dejaron”, “Vos no sos mi amigo” y “No”, primer tema, que vomita con bronca una verdadera declaración de principios: “Seguro que estabas esperando que hable de amor. No”.

A raíz de su brevedad, naturalmente el disco transcurre como tiro al aire, y es tentador imaginarse a los personajes que lo pueblan quedando a merced de la frase de consuelo que lo titula, buscando un ancla, a alguien que los mire, los escuche y entienda, pero de verdad. El punto es que, en realidad, es Dedés el que está en eso.

Links: 
Riel – EP de Zombies (2013) 
Yeah Yeah Yeahs – Show Your Bones (2006) 
Pete Doherty – Grace / Wastelands (2009)

jueves, 1 de octubre de 2015

Queen + Adam Lambert - GEBA, 25/09/2015




(Texto publicado originalmente en UltraBrit).


Lo bien que hizo Queen, desde el fallecimiento de su líder en 1991, en colocar “por fuera” del grupo el nombre de los oportunamente llamados a ocupar el lugar del vocalista –y dejar así a los afortunados al modesto amparo de un signo +, amén de cerrar la posibilidad de constituir un reemplazo efectivo– ha sido desde siempre un acierto de Brian May y Roger Taylor. Es que por su historia, su rol, su carisma y sus tremendas capacidades artísticas, Freddie Mercury fue, es, y será irreemplazable, y sus compañeros fueron los primeros en comprenderlo en esos dolorosos tempranos noventa.

De modo que, en general, salvo la experiencia junto a Paul Rodgers (2004-2009), que incluyó el disco The Cosmos Rocks (2008), el derrotero de los últimos veintipico de años implicó la entrada y salida de intérpretes convocados más en plan de homenaje a un pasado glorioso que de proyecto a mediano plazo. Una suerte de audición constante. Sin embargo, a su favor puede decirse que si bien  las acciones de May y Taylor (John Deacon se bajó rápidamente del tren) no redundaron en un éxito absoluto (¿cómo superar semejante estatus?) sí al menos evitaron la desesperación que, por ejemplo, mantuviera ocupado a INXS relevando cómo los fans intentaban tragar al inepto de turno, hasta hace muy poco tiempo. El mercado de la nostalgia parece fácil pero no lo debe ser tanto, y Queen fue dándole vueltas al asunto con bastante discreción hasta dar en el clavo un buen día: recién ahora.

Es por esa sencilla razón que la fría noche que cayó el viernes pasado sobre el GEBA Jorge Newbery vio cualquier cosa menos un fraude. Con la ansiedad de volver a ver al 50% de una de las bandas más celebradas de todos los tiempos, un público familiar que colmó poco a poco el recinto palermitano iba siendo recibido por un andamiaje dominado por una gran Q que oficiaría de pasarela y pantalla, y luego por un imponente telón con el escudo real que aumentó el misterio. La larga introducción de “One Vision” y su riff explosivo dejaron al descubierto a los jugadores en medio de un exquisito set de luces y un sonido que paulatinamente fue ganando sus niveles correctos.

No hizo falta esperar el baile de “Another One Bites the Dust” –segundo tema– o el rockazo “Fat Bottomed Girls” para que el gran enigma, el factor desencadenante en el buen desarrollo de las cosas, quedara resuelto y sellado: Adam Lambert, 33 años, estadounidense, salido de la cantera de American Idol, se apropió de aquellas viejas canciones –mayormente editadas cuando él aún no había nacido– con una naturalidad que no se aprende en la academia. Dotado de una gran técnica vocal y posturas escénicas deudoras de George Michael y Robbie Williams (ambos admiradores de Mercury), el nuevo invitado no dudó en declararse “un hombre afortunado” por estar parado ahí, en medio de una audiencia nostálgica que, empero, pareció aceptarlo sin mucha discusión. Incluso, en “Killer Queen” su desfachatez le permitió completar gestos teatrales que el propio Freddie no pudo hacer por estar obligado al piano; recostado sobre un sillón antiguo en el medio del puente al escenario adjunto, Lambert interpretó esa bellísima página de 1974 abanicándose, tomando champagne y exagerando el histrionismo que se destacaba en la pista original.

Mientras los trenes todavía surcaban el predio saludando a bocinazos, el imbatible “Crazy Little Thing Called Love” y el gospel de “Somebody To Love” dieron paso a uno de los momentos más emotivos de la noche. En el medio del campo VIP, guitarra de doce cuerdas en mano, Brian May agradeció y regaló a sus fans un “Love of My Life” que incluyó la proyección de Freddie vocalizando los últimos versos. Ocasión más propicia para el lagrimón, imposible. Sin moverse de su ubicación, y para continuar con el romance, May se tomó una selfie con la multitud de fondo y desempolvó “Las Palabras de Amor”, guiño a los latinos que no interpretaba desde su última visita a la región. Luego, Roger Taylor se apropió del micrófono para cantar su “A Kind of Magic” y dejó los tambores a cargo del joven hijo Rufus Tiger, quien durante todo el show auxilió al padre con percusión o directamente tocando a dos baterías. Y, como no hay rock de estadios sin grandes solos, ambos se batieron a duelo antes de proceder con “Under Preassure”, ya de vuelta con Lambert, cuyo single solista “Ghost Town” fue precedido por una festejada versión en otra tonalidad de “I Want To Break Free”.

 Lo solemne se hizo presente una vez más con “Who Wants to Live Forever”, bien ambientada con un juego de lásers que, al momento del largo solo de May, le añadió a la velada un tinte floydiano volado en pedazos por “Tie Your Mother Down”, anticipación de una seguidilla de clásicos tribuneros. En esa tónica, se sucedieron el siempre efectivo “Don’t Stop Me Now”, “Radio Ga Ga” y “I Want It All”, antes del final a puro himno. Así, “Bohemian Rhapsody” (nuevamente con proyecciones en las últimas estrofas), “We Will Rock You” y su inseparable hermana “We Are The Champions” pusieron punto final a una velada que dejó conforme a una concurrencia a priori condescendiente y bien predispuesta, pero con el poder de bajar el pulgar a sus ídolos si hubiesen errado el tiro con la elección del frontman.

Como eso no ocurrió, es poco probable que Lambert reciba el telegrama a la brevedad, y, en consecuencia, es muy posible que Queen persista en la explotación de su porción de lo que queda del rock clásico de los setenta (la autocelebración), tarea que llevan a cabo con total dignidad y corrección artística. Por su parte, la hinchada agradecida se retiró ensayando balances genuinamente positivos, mientras a la salida, sobre Dorrego, los carteles le ofrecen una cita próxima con una de las bandas tributo más importantes en un importante teatro porteño. Un evento que debiera ser aún más relativo en tanto el remanente de Queen tenga más cartuchos por quemar.

lunes, 3 de agosto de 2015

Café Tacuba - Revés/Yo Soy (1999)



No es ningún secreto que de grandes tormentas han surgido grandes obras. Ejemplos sobran, de modo que por ahora nos contentaremos con afirmar que ese fue el caso del cuarto disco de los mexicanos Café Tacuba, quienes para 1998 padecían la asfixia de una compañía que como requisito de renovación contractual exigía un desempeño similar al de Avalancha de Éxitos (1996), resonante disco de covers que le había dado al cuarteto “alterlatino” un alcance continental, MTV mediante.

Era una época efervescente para el rock en español. Decenas de grupos con una fuerte vocación por la fusión entre sonido local y global competían por una mejor rotación o ubicación en festivales cada vez más multitudinarios. Al igual que tantos otros, los Cafeta habían irrumpido con mucho entusiasmo a comienzos de la década, solo que acusando una excentricidad que irían explotando sabiamente con el paso de los años y que los destacaría de los demás. A todo esto, la curiosa formación también cumplía su parte: un cantante hiperkinético (Rubén Albarrán) al frente de una banda sin batería, dependiente de las programaciones de un tecladista habilidoso (Emmanuel del Real) y del sentido melódico de un contrabajista y un guitarrista habituado a las cuerdas de nylon (los hermanos Quique y Joselo Rangel).

Sea como fuere, el grupo logró forjar un estilo reconocible y facturar unos cuantos hits como “La ingrata” y “Las flores”, del disco Re (1994), o la lectura de “Cómo te extraño” del argentino Leo Dan. Hasta ahí todo normal, giras, éxito, prensa, rumores de separación, desmentidas, etc. Lo que nadie imaginaba (menos aún la dirección ejecutiva de Warner) era que el siguiente paso implicaría un paseo instrumental por las más diversas formas de mixturar la electrónica con el folklore, la danza contemporánea, la música de cámara y el pop; un gesto más cercano a esa osadía artística que tanto se añora que al suicidio comercial –aunque al final también resultara ser así. De modo que entre conflictos grupales y amenazas corporativas, inmediatamente después de la grabación del estrafalario Revés, la banda –secundada por Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel– tuvo que sacar de la galera Yo Soy, un disco con canciones desempolvadas que, por obra y gracia de una ciencia que desconocemos, terminó siendo el complemento perfecto para las excentricidades de la idea inicial.

Ambos trabajos, con o sin palabras de por medio, parecen echar raíces sobre los mismos conceptos: la tierra, el universo infinito y la posición de cada simple ser humano en él. Con esas premisas, y más allá del afirmativo palíndromo (palabra “loop”) que lo titula, las canciones de Yo Soy trazan un recorrido filosófico que atraviesa la infancia (“Dos niños”), la madurez (“El hombre impasible”), el karma familiar (“El padre”), cuando no se pregunta directamente por los motores centrales (“La locomotora”) o la implacable rueda de la vida (“Bicicleta”).

Pese a las presiones a las que aludimos y a los condicionamientos musicales que por su propia naturaleza impuso Revés, la elegante factura de Yo Soy y la lúdica soltura de los tacubos desnudan un amplio margen de libertad aprovechado hasta el último segundo. Esto implicó arrebatos individuales, el uso de guitarras eléctricas por parte de Joselo, e inclusive un extraño juego con el formato mismo que dejó como resultado un CD con nada menos que 52 tracks, número al que se llega a partir de la imperceptible división de las últimas tres canciones.

Eso último no se replica en Revés, aunque tampoco era necesario en virtud de su carácter meramente exploratorio. Como ya adelantáramos, aquí el grupo se entrega por completo a la experimentación y despliega un conjunto de melodías circulares que ostentan un equilibrio delicadísimo del par modernidad/tradición. Entre ejecuciones exquisitas, rarezas minimalistas e invitados como el Kronos Quartet (que reversiona “La muerte chiquita”) y el zapateo de la Compañía de Danza Folclórica (con la perturbadora intervención de Meme Del Real), Cafeta se ríe de las convenciones pero se ocupa de que el producto quede bien lejos del onanismo haragán intelectualoide.

A pesar de las críticas más que favorables, no hace falta una mente brillante para inferir que el álbum fue un rotundo fracaso comercial que determinó la inmediata eyección del cuarteto de las filas de Warner. Eso no impidió que Café Tacuba se regenerara y continuara entregando grandes discos, incluso con mucha repercusión como el sucesor Cuatro Caminos (2003), que de la mano del hit “Eres” abriría por fin la ruta del esquivo mercado argentino, ahora encantado con sus nuevos ídolos.


Links: 
Penguin Cafe Orchestra – Broadcasting From Home (1984) 
Brian Eno – Before And After Science (1978) 
Café Tacuba – El objeto antes llamado disco (2013)

jueves, 2 de julio de 2015

Leonard Cohen - Popular Problems (2014)




Con 80 años y una biografía digna de ríos de tinta, el cantautor, poeta y escritor canadiense Leonard Cohen goza de un presente que lo tiene ahí bien activo y con tela para cortar. Ya las giras mundiales del último lustro y el disco Old Ideas (2012) lo habían mostrado en buena forma y entregado de manera absoluta a una audiencia extasiada con cada sílaba del artista, en virtud de la suposición de que se tratarían de sus últimos gestos de actividad. Gran error: lejos de exhibir algún tipo de resignación ante la evidencia del paso inexorable del tiempo, el crooner se las arregló para salir bien parado del desafío con su magnetismo intacto, amén del poder de su lírica siempre sombría y sincera.

Popular Problems es su decimotercer disco de estudio y el segundo desde el regreso al ruedo tras una millonaria estafa que lo obligó a salir del semi-retiro a mediados de la década pasada. Como era de esperarse, el álbum, bien producido por el prestigioso Patrick Leonard, captura la voz susurrante y rasposa de Cohen dentro de un marco musical sutil, carente de sobresaltos, que deja a su poesía brotar sin interferencias. Una matriz melódica netamente sureña se impone en las nueve canciones que oscilan entre reflexiones de un hombre que hace las cosas a su ritmo (“Slow”), que se coloca en el lugar de los derrotados de la Historia, sea desde la persecución y matanza (“Almost like the Blues”) o bien desde la desgracia como castigo divino (“Samson in New Orleans”), y que ensaya conclusiones sobre el horror de la guerra sin éxito aparente (“Nevermind”).

La brevedad del trabajo (36 minutos) y la ligera sencillez respecto de su antecesor le aporta, paradójicamente, un aire de grandeza que pudo haberse diluido si el producto fuese más estirado. Así, el último tema llega en un abrir y cerrar de ojos pero con la sorpresa de una pista probable acerca de los planes del artista. En tal sentido, “You Got Me Singing” parece decirle a todo el mundo que esto seguirá, sea donde sea (“Me hiciste pensar y me devolviste las ganas de continuar”), tal vez jugando con el lugar que –sabe perfectamente– tiene reservado en la eternidad.


Links:
Leonard Cohen - Dear Heather (2004)
Leonard Cohen - Live in London (2009)
Bob Dylan - Tempest (2012)




lunes, 15 de junio de 2015

Virus - Superficies de Placer (1987)



Alguien definió a Virus como una banda que, básicamente, cometió el pecado de actuar a destiempo. Primero, mientras los militares aún gobernaban los destinos del país, cacheteando con una propuesta fresca a una escena rockera que olía a naftalina. Luego, en abierto desafío a estructuras y prejuicios, dotando a su arte de una carga sexual inédita, estimulada por la ambigüedad cada vez menos solapada del líder Federico Moura.

Pero pese a la resistencia de colegas y parte de la prensa, el grupo platense se las arregló para terminar en las paredes de miles de jóvenes de toda Latinoamérica, de la mano de una impecable new wave alimentada por líricas pasadas de ironía y dobles sentidos, amén de una presencia escénica cuidada de manera obsesiva. Era un período dorado para las nuevas olas, que ganaban cada vez más adeptos, al tiempo que mantenían una competencia feroz con su correspondiente afán de autosuperación; basta con observar la predominancia de discos de esta época en esos rankings de mejores que tanto le gustan a la gente.

Sea como fuere, tras el atropello del festival Rock In Bali –donde fueron cruelmente insultados por renombrados músicos más ligados “a la calle”–, el año ’87 encuentra al grupo pensando en una continuación del arrasador Locura (1985), y para ello se embarca a Río de Janeiro con sus familias, en plan de pasar un buen rato mientras se desarrolla la producción; pero esa buena idea pronto queda opacada por un grave cuadro pulmonar que deja en cama a Federico por semanas, situación que deriva en el descubrimiento de su enfermedad.

Como correlato, toda esta paradoja de una estadía paradisíaca, el disfrute de las cosas buenas de la vida, y la tristeza y el estrés de una noticia horrible, es lo que parece quedar en los surcos de Superficies de Placer, un álbum en el que el sexteto procede a su derroche de sutileza como quien apuntala lo mejor de sí antes de despedirse, al menos de la forma en que se lo conocía.

A lo largo de sus once tracks, la banda se luce desparramando pinceladas y ostenta una actualización en torno al pop más sofisticado del momento, aspecto que se aprecia en una construcción general digna de Prefab Sprout o bien, hilando fino, en el tema “Rumbos secretos”, notablemente influenciado por Cocteau Twins. Por su parte, la vocalización ya casi aristocrática de Moura no demuestra signos de deterioro; por el contrario, en su excesiva corrección parece increíble que el cantante fallecido en diciembre de 1988 haya redondeado sus pistas a duras penas, según se cuenta.

En el plano letrístico nuevamente el artista Roberto Jacoby proporciona la ayuda necesaria para administrar unas alusiones al paisaje marino amalgamadas con experiencias románticas (“Encuentro en el Río musical”, “Superficies de placer”), cuando no impera la incertidumbre (“Epocalipsis”, “Danza narcótica”) o la sexualidad juguetona, como en los hits “Mirada speed” y “Polvos de una relación”. Asimismo, el sugerente culito azul que se impone en la portada también puede leerse en esta clave de arrogante insolencia que el grupo supo ejecutar con maestría.

Tras la edición a fines del ’87, Virus giró como pudo por unos meses, hasta que una noche del mayo siguiente, en Flores, Federico anticipó una pausa larga, indefinida. Estaba todo mal. Luego de su partida física el grupo decidió continuar, y de hecho la versión actual (comandada por los hermanos Marcelo y Julio Moura, y Daniel Sbarra), que se acredita un par de LPs de menor repercusión, suele recrear el repertorio en vivo con indiscutible dignidad. Empero, para muchos fans es Superficies de Placer el que deja las cosas en un lugar seguro, de excelencia, sin relleno o temas flojos, a salvo de la nostalgia y cómodo entre lo mejor de la historia del rock argentino. 

Links:
Roxy Music - Avalon (1982)
Pet Shop Boys - Please (1986)
Leo García - Mar (2000)




miércoles, 27 de mayo de 2015

Soda Stereo - Ruido Blanco (1987)



Hace unas décadas, las cosas eran tan diferentes que, para 1987, a solo tres años de su debut discográfico, Soda Stereo “ya era” Soda Stereo, es decir, la banda más convocante y vendedora de Latinoamérica, poseedora asimismo de una tríada de álbumes de indubitable calidad ascendente. La cima (o mejor dicho, la cúpula) era una realidad para Cerati, Bosio y Alberti, y aquel año los capturó en tal vorágine de shows a lo largo y a lo ancho del continente, que se vieron obligados a orientar sus planes en torno al menor esfuerzo de estudio, pero con la mira puesta en no ceder un milímetro en un panorama terriblemente competitivo como era todavía el del rock argentino.

Eran épocas de vacas gordas, y el trío y su producción pudieron pilotear la pésima calidad de las grabaciones de consola originales con su tratamiento en los estudios Blue Wave de la paradisíaca isla Barbados, donde lejos de parar la pelota y echarse al sol, añadieron sobregrabaciones e incluso el tecladista Daniel Sais tuvo que regrabar todas sus partes.

Tras una correcta masterización en Los Angeles, el resultado develó un directo de sonido pulcro que testimonia la sodamanía vivida en diferentes lugares de la región. Aún en su carácter anecdótico, el disco plasma la natural inquietud del grupo en virtud los varios tracks que se presentan en versiones muy diferentes a las de los LPs, que en algunos casos incluyen vientos y los coros de The Supremes. Dentro de esta lógica, tanto “Juegos de seducción” como “Persiana americana” quedan mejor paradas que la extendida y recargada “Sobredosis de TV”, y fuera de ella, las más fieles “Signos” y “Final caja negra” certifican la exitosa fuerza de su material más reciente.

Por su parte, la siempre efectiva “Cuando pase el temblor” y el enganche “Vita-Set” (“Vitaminas” + "Jet Set”) aportan la cuota festiva, en tanto que una tibia interpretación de “Prófugos” se encarga de cerrar este trabajo evidentemente orientado a un mercado que consumía con voracidad todo lo que salía de estas tierras, a la par que empezaba a gestar sus propias movidas.

Ya sellada la primavera alfonsinista, a Soda todavía le faltaba más, mucho más, en tanto que al rock local lo esperaban, a la vuelta de la esquina, bajas notables que vestirán de luto el fin de una etapa que hoy se revisita con una mezcla de nostalgia y resignación.

Links:
Soda Stereo – El Último Concierto A y B (1997)
Miguel Mateos/Zas – Rockas Vivas (1985)
Virus – Vivo 1 (1986)



viernes, 8 de mayo de 2015

Deerhunter - Halcyon Digest (2010)




Dos de los grandes discos del año 2010, y posiblemente de la década en curso, pertenecen a la órbita del sello 4AD. Uno es High Violet, de The National. El otro es Halcyon Digest de Deerhunter, una banda alternativa formada en los albores del milenio en Atlanta (Georgia), como se sabe, la misma tierra de R.E.M. y B-52’s.

Sin embargo, en plena época de revivalismo, Deerhunter se presentó como una solución de continuidad de cierta tradición low-fi psicodélica en lugar de un refrito agradable a los oídos de la prensa “pro”. En otras palabras, era poco atinado parangonar al joven cuarteto con la mentada camada de bandas “The” que irrumpió en 2001-2002. Ubicarlos, en cambio, al lado de Animal Collective parecía más sensato.

Como ocurre en toda banda interesante, aquí también hay un componente destacable: el cantante, guitarrista y principal compositor Bradford Cox, un personaje, un melómano tenaz e inadaptado social a la luz de un extraño síndrome que hace de su cuerpo una entidad desproporcionada y esquelética. Bajo su comando, el grupo cargaba hacia el final de la década pasada con un par de EP’s y una serie de álbumes plagados de una psicodelia oscura y cautivante entre los que se destaca Microcastle (2008), probablemente su obra maestra.

Sin embargo, Halcyon Digest, con sus contrastes, acaso plantee una salida ante los desvaríos asfixiantes del trabajo anterior, en primer lugar de la mano de varios paseos por un pop evocador de sus amados años 60’s. En esta tónica, “Don’t Cry”, “Memory Boy” y “Fountain Stairs” habilitan senderos luminosos de la mano de ritmos saltarines, si bien paradójicamente los textos –presentados en el sobre interno bajo la forma de un panfleto– acusan una profunda melancolía y dolor. La balada “Basement Scene”, en tal sentido, va un poco más allá (abajo) y se remonta a unos hipotéticos Everly Brothers con problemas de drogas duras y en compañia de The Velvet Underground.

Este espíritu sombrío se expande en “Desire Lines”, interpretada por el guitarrista Lockett Pundt, cuya larga coda recuerda a la de “No. 13 Baby” de los Pixies, y se profundiza aún más con el dream-pop de “Helicopter”, que exhibe un uso monstruoso de efectos de modulación y reverbs mientras retrata una vida que se desintegra sin vuelta atrás. La inaugural “Earthquakes”, en tanto, toca fondo de entrada con su ritmo cansino y background perturbador.

En este vaivén de claroscuros, el álbum ostenta una exquisita arquitectura sonora que se aprecia mejor con las sucesivas escuchas y contribuye a agigantarlo. No es casual entonces que la crítica cayera rendida ante esta obra y hayan tenido lugar gestos como el del sitio Consequence of Sound, que la ubicó entre lo más alto de la historia del sello fundado por Ivo Watts-Russell en 1980, por encima de Bauhaus, Red House Painters y This Mortal Coil. Exageración o no, esto da cuenta de que lo de Deerhunter va en serio y, afortunadamente, en pleno desarrollo.

Links: 
Atlas Sound – Parallax (2011)
Lotus Plaza – Spooky Action at a Distance (2012)
Atrás Hay Truenos – Encanto (2013)



viernes, 24 de abril de 2015

Hippidons - From Outer Space (2013)





Una parte de la generación post Cromagnón ha entendido bien las cosas, y las consecuencias, que a principios de esta década ya se vislumbraban, empiezan a ser evidentes. Se trata de chicos que han crecido más o menos libres de prejuicios a la hora de seleccionar sus influencias (tal vez gracias a la circulación masiva de mp3) y que se han enfrentado a la “gran tradición” tanto desde la desazón de contar con pocos referentes claros, como desde la soledad de una escena que padeció un doloroso proceso de recambio y reconstrucción.

Hippidons, pues, pertenece a este grupo de gente que trata de hacer bien las cosas, y su primer EP, aparecido en 2013, se ofrece como una muestra apenas inicial de su mundo de posibilidades. En ese sentido, en From Outer Space, el quinteto porteño formado a finales de 2012 desarrolla un techno pop de correcta factura, con ecos de la ola new romantic y del Depeche Mode de mediados de los 80, pero pasados por el filtro de horas y horas dedicadas a las más celebradas bandas de guitarras de los últimos años. 

A vuelo de pájaro puede decirse que sus seis canciones están basadas en pinceladas de sintetizador que entran y salen como estrellas fugaces, y cimentan un marco sonoro aterciopelado de insinuante incitación al baile (“Are You Coming”, “Guinea Pig” o “Love”), lo que no les impide bajar un cambio justo antes del empacho (“Safe Spot”). Asimismo, la obra explota de manera eficaz la contradicción entre una música ágil y ganchera –coronada por un arte de tapa color chicle– y unas líricas atravesadas por una profunda tristeza, bien vocalizadas en inglés por el cantante Eugene.

Dicho esto, sin dudas la gran virtud de From Outer Space reside en que es más lo que sugiere que lo que muestra: el potencial de un grupo de indiscutible buen gusto con toda una carrera por delante.


Links:
Arctic Monkeys - AM (2013)
Barco - Antes Del Desmayo (2013)
Avant Press - Avant Press (1996)

Podés escuchar From Outer Space en Bandcamp.


lunes, 6 de abril de 2015

Bort Sinapellido – El Yelagol (2013)



Entre los Simpsons, el absurdo, el espíritu veinteañero y un rock crudo y moderno se mueve, al parecer cómodamente, Bort Sinapellido, banda salteña formada en 2009 que en estos tiempos está dando sus primeros pasos en Capital, que como todos saben, es el centro absoluto del sistema solar, la galaxia y todo el universo. 

El Yelagol es el primer álbum grande del grupo y completa, por ahora, una obra que consta de un EP grabado en forma casera y una propuesta audiovisual de bajo costo, graciosa, ocurrente y –a su modo– ambiciosa, disponible en Youtube. Esos videos incluso ayudan a comprender el desparpajo con que se mueve el cuarteto, confeso admirador de bandas como The Strokes o Arctic Monkeys, aunque en los papeles la cosa es más seria de lo que aparenta. De hecho, el disco abunda en furia contenida, disimulada con toques de humor y frescura, justamente lo que le falta a los infelices que insisten con un solemne y anacrónico hard-rock en pos de figurar en festivales de cabotaje.

Porque si bien Bort se apoya en una estructura maciza de base y dos guitarras, despojadas de grandes artificios, lo hace en función de melodías juguetonas aunque potentes, como las que exhiben algunos momentos muy logrados como “Navegando”, “Super besón” y “Asqueroso nerd”, una hilarante viñeta que, junto con “Yela”, dejan bien clara la habilidad de los norteños para arrimarse al power pop. En contraste, “Armando Álvarez”, cuyas puntas coquetean con “Civil War” de Guns N’ Roses, abre el trabajo con una muestra de agresividad impiadosa (“Voy a tratar de no romperte la cara en dos”), redondeando una especie de concepto, un ying/yang de bipolaridad, violencia de Netflix y numerosas referencias a la cultura popular.

En síntesis, la propuesta parece firme y habrá que ver qué depara la promesa de mayor visceralidad y cerebro que estos jóvenes elevaron en una entrevista reciente. Por lo pronto, el norte está.


Links: 
Los Reyes del Falsete – La fiesta de la forma (2014) 
Los Brujos – San Cipriano (1995) 
Vampire Weekend – Ídem (2008)

Podés escuchar El Yelagol en Bandcamp


miércoles, 25 de marzo de 2015

Lollapalooza 2015, Día 1, 21/03/2015



Pasó el festival más manijeado, más publicitado y también más vapuleado a diestra y siniestra, y ha llegado la hora de los balances y las carreras por instalar al número favorito como el mejor de las jornadas sanisidrenses. Empero, por fuera de los sponsors, la gilada, la gastronomía a precio astronómico, el ecologismo chic y la poco disimulada invasión electro/rapper, lo más claro que parece haber dejado el día 1 del Lollapalooza Argentina es la diferencia entre los ARTISTAS así en mayúsculas, y aquellos con buenas intenciones pero pocas razones para figurar tan alto en la grilla.

En este sentido, las soberbias presentaciones de Robert Plant y Jack White comportaron no sólo sendas lecciones de rock (and roll), sino un despliegue coherente de amor, carisma, experiencia, trascendencia, altura, buenas canciones y sobre todo: MAGIA. Que es lo que le falta a algunos de los que tomaron los Main Stages promediando la jornada, mientras el sol se hundía cada vez más en el horizonte suburbano.


Viejo zorro. Plant y su carisma intacto

Empero, a esta altura, sobre los puntos más altos del día –y tal vez del festival–, ya se ha dicho casi todo. Pasadas las 20, los Sensational Space Shifters de Plant se anticiparon al jefe e introdujeron un espectáculo que combinará de manera magistral el blues más primitivo, los aires celtas y el puro rock and roll, a lo que se añade un sobrio uso de la tecnología. Desde luego, no sorprende que Plant se maneje en el escenario con una soltura que no se aprende en la academia o en tutoriales de Youtube. Pero la forma en que el ex Zeppelin supera el examen por mantenerse actualizado y en vigencia no deja de ser asombrosa. El cantante y su banda surfearon a su antojo entre climas intimistas, pasajes folklóricos y destellos de poder, y también atendieron las demandas de un pasado glorioso (“Black Dog”, “Going To California”, “Whole Lotta Love”) a través de una reescritura respetuosa. Roberto sonríe, juega y certifica su gran presente con la sabiduría de un viejo zorro; y, como si faltaran gestos de grandeza, le cede la posta a su gran admirador, Jack White.

All together now. Dos generaciones compartiendo escena

El norteamericano salió a matar amparado por una banda enjundiosa vestida de época y un volumen altísimo en función de un crudo despliegue de poder abundante en distorsiones y disonancias, adecuadas a sus búsquedas de clave pre-rockera. De la mano de una base indescriptible a cargo del baterista Daru Jones y los colores posibles de la mandolina, fiddle, pedal steel, piano y otras yerbas, White dibujó un recorrido dinámico que revisitó tanto sus dos discos solistas como a sus anteriores bandas White Stripes y The Racounters. Y por si fuera poco, los bises le regalaron al público una participación antológica del “Golden God” (“The Lemon Song”) y una versión furibunda de “Seven Nation Army” que, en lo que a rock refiere, dio por concluida la noche, dado que luego por un buen rato el DJ Calvin Harris bombardeó de beats la prístina calma de zona norte.

Una robótica St. Vincent. Foto: Christian Roccella

Antes de todo esto, el resto del programa vespertino de los escenarios principales se había debatido entre la sorpresa, lo anodino y la decepción. En primer lugar, bajo un sol enceguecedor, tan solo una hora le alcanzó y sobró a St. Vincent para ubicarse entre los artistas con posibilidades serias de proyección. Con 32 años, Annie Clark acaricia la consagración y disfruta de un reconocimiento cuya escala puede encontrar su límite en lo que justamente son sus virtudes: la tendencia a lo estridente y cierta cosa incómoda que atraviesa su arte. Aunque su muy buena voz la evoque, Clark no es Madonna; aporrea su guitarra con soltura y técnica; ensaya coreografías adecuadas, no espectaculares; es sensual al tiempo que fría, enigmática. En definitiva, tiene un gran futuro si continúa en esa línea Kate Bush / Björk / PJ Harvey que parece ir trazando con personalidad.

Acto seguido, era esperable, no obstante, que tanto los británicos The Kooks (17.45) como los angelinos Foster The People (19.00) gozaran del acompañamiento de una multitud en virtud de los numerosos hits radiales que cada uno cuenta en su vitrina. Ambas bandas desfilaron sonrientes y bien predispuestas a ofrecer sus estribillos gancheros y arengas festivaleras, aunque su evidente carencia de ambición artística hace difícil pensar en si serán recordadas o reivindicadas en el mediano plazo.

Interpol, o el meo antes de tocar. La próxima vez será.

Por su parte, lo de Interpol (16.45), punteros del post-punk revival, pareció más un extraño caso de mala suerte que un bodrio. La banda neoyorquina quiso combinar toda su elegancia con un primer golpe certero (“Say Hello To The Angels”), pero la traición de un volumen demasiado bajo, junto a la arbitrariedad de hacerlos tocar de día, condenó su performance al mero cumplimiento rutinario. Ya era demasiado tarde cuando los niveles volvieron a la normalidad y, sobre el final, “NYC” y “All The Rage Back Home” emparcharon el bote ahí con lo justo.

En síntesis, se puede concluir que la apuesta de la organización por una diversificación cada vez mayor de públicos ha dado frutos si se tiene en cuenta la apabullante masa que ha ido más a ratificar su rancho que a vivenciar una variedad que, sin embargo, desnudó cierta falta de peso en el line-up, en comparación con otras ediciones del mismo evento, sin ir más lejos, la anterior en este mismo sitio. Pero lo cierto es que el Lollapalooza se las arregla para tener siempre algo interesante que ofrecer; solo hace falta una luca y pico y muchas ganas de mezclarse con parvas de gente a la que parece darle lo mismo todo.



jueves, 12 de marzo de 2015

Audioperú - Please Delete (2000)



En pleno auge de la electrónica local, la prensa se mataba tratando de buscar una etiqueta eficaz en la que encajara Audioperú, el proyecto de la leyenda platense Rudie Martínez. Sin embargo, él mismo supo definir su trabajo mejor que nadie: tan sólo es música artificial.

Así que olvidémonos del trip-house, trance-hop, electro-dance y la mar en coche, porque el objetivo de Audioperú parecía ser la simple invitación al baile mediante una música que parecía tan cerebral como improvisada, de hecho, es difícil advertir qué porcentaje habría de cada modus operandi.

Lo cierto es que Martínez ya era para fin de siglo una referencia ineludible de la electrónica moderna, que se codeaba tanto con lo mejor del under como con gente consagrada, y acaso uno de los últimos números subterráneos fichados por una multinacional (BMG), a través del sello URL Records de Charly Alberti.

Please Delete es el tercer álbum de Audioperú, y vio la luz en el año 2000, para darse una idea, el mismo año de aquella célebre diatriba face-to-face de Pappo a DJ Deró, lo que da cuenta de, entre otras cosas, la enorme desconfianza (cuanto menos) que aún generaba todo lo que tuviera que ver con el uso de máquinas.

Pero, lejos de constituir un set continuado de bombo en negra, Please Delete entrega un conjunto de canciones con vida propia y bien diferentes entre sí, incluso tal vez sea esta su mayor virtud. Martínez se apoya en variados dispositivos para delinear paisajes dinámicos de corte minimalista, sobre los que desfilan colaboradores como Tweety González (producción), el ex Brujos Fabio “Rey” Pastrello en guitarra, Daniel Melero en “operación de disco rígido” (sic), y el mismo Alberti, que toca la batería en dos temas. También participa Adrián Nievas (Ciudadano Toto) otorgando identidad a la irónica declaración de principios “Born to be Glam”, antes de sumergirse con Rudie en la productiva carrera de Adicta, que durará más de una década.

Como suele ocurrir, sobre todo en territorios hostiles para el artista emergente, el álbum cosechó buenas críticas pero unas ventas que apenas deben haber alcanzado para pagar un mes de alquiler. No obstante, al igual que el resto de los discos de Audioperú, hoy Please Delete es un objeto de colección que cada tanto aparece a precio elevado en sitios de venta y subasta online, y que agranda el extenso árbol de discos que merecen ser reeditados.

Links: 
Poncho – Ponchototal (2009) 
San Martín Vampire – Debut y despedida (1999) 
Estupendo – Bistró Málaga (1994)


Please Delete en Grooveshark (sin títulos)


miércoles, 25 de febrero de 2015

Pink Floyd - The Division Bell (1994)



Divididos por la infelicidad

Quizás hoy parezca raro, pero a comienzos de la década del noventa, nombrar a Pink Floyd equivalía a evocar a un dinosaurio anquilosado. Todavía faltaba mucho para el boom revisionista, y toda la cosa alternativa había dado un nuevo aire al panorama que obligó a los históricos a adaptarse (caso de U2, por ejemplo) o sálvese quien pueda.

Es cierto que algunos hitos como el multitudinario show de la nueva formación floydiana en Venecia (julio de 1989) o el montaje de The Wall en Berlín llevado a cabo por Roger Waters (julio de 1990) habían logrado dotar de cierta actualidad al asunto, pero las cosas alrededor cambiaban demasiado rápido y era frecuente escuchar descripciones del estilo de “música vieja para gente vieja”, lenta, jurásica.

Sin embargo, si de algo se podía jactar Pink Floyd en aquel momento es que cierto halo de misterio que siempre sobrevoló sobre ellos se mantuvo impermeable a las nuevas tendencias. De hecho, la propiedad de esta mitología pareció ser uno de los pilares del pleito judicial y mediático entre Waters y David Gilmour + Nick Mason (Rick Wright había sido eyectado de la sociedad en 1979) y que acabará habilitando a estos últimos, promediando los ’80, a utilizar a piacere la codiciada marca.

Pero no vale la pena entrar en detalles legales o morales; solo basta decir que el disco A Momentary Lapse of Reason (1987) y su consecuente gira no hubiesen sido lo exitosos que fueron en términos de ventas (ya que la crítica los destrozó) si no fuese porque como intérpretes figuraban (casi) los mismos que habían hecho flashear a generaciones enteras con la más elegante música para volar. Empero, muchos no dudaron en calificar la movida como un gran fiasco o, en palabras del propio Waters, una falsificación.

Con todo, la exitosa maquinaria rosa le propinó al nuevo jefe, Gilmour, la paradoja de ver incrementada aún más su fortuna ya astronómica, al tiempo que su vida personal se hacía añicos. Divorciado y entregado a las adicciones tras la gira mundial de Momentary, los primeros años de la nueva década significaron para el guitarrista la posibilidad de un nuevo amanecer, que comenzó a vislumbrar contrayendo matrimonio con la periodista Polly Samson, quien lo auxiliará con las letras del trabajo que empezaba a dibujarse en el estudio flotante amarrado en el Támesis, el Astoria.



Volviendo a la vida

De esa manera, perpetrado con la ayuda de Bob Ezrin y dotado de un sonido más orgánico que su antecesor, The Division Bell representa, a la distancia, al menos un cierre digno. Tanto es así que en el álbum reaparece, además de un Gilmour en buena forma, un Rick Wright plenamente reincorporado, participando en la composición y embelleciendo con su particular estilo todo lo que tocan sus teclados.

Incluso hasta hay un concepto, ausente en el trabajo anterior, el del complejo mundo de las comunicaciones humanas y el conflicto, una fuerte presencia en el período reciente del grupo. Estas ideas, además de atravesar todas las líricas y el título (que alude a la campana que anuncia un voto en el parlamento británico), están representadas en la portada -a cargo de Storm Thorgerson- por dos grandes figuras enfrentadas que se reinterpretan en el sobre interno de las más diversas formas, haciendo juego con imponentes tomas de paisajes rurales de tinte aristocrático. Todo muy coherente.

Pero claro, hay puntos discutibles. El disco, naturalmente, reserva abundante espacio para el lucimiento del guitarrista, quien si bien saca máximo provecho de los plácidos instrumentales «Cluster One» y «Marooned», cae en la tentación típica de la era del CD y se atribuye largas codas que engrosan de manera indiscriminada la duración promedio de los tracks. También Gilmour cede importantes roles a los jóvenes sesionistas que apoyaran a los Floyd en directo (Guy Pratt, Jon Carin, Durga McBroom, etc.), es decir, a gente de muy corta historia para semejante nombre. Asimismo, no parece haber en el álbum rastros de la psicodelia que embebiera sus días dorados, así como tampoco se verifica alguna noción de riesgo, sino que más bien todo huele a apuesta segura.

Sin embargo, su desarrollo deja en evidencia un intento por tender puentes con anteriores etapas del grupo, desperdigado en temáticas, palabras sueltas y sonoridades: la idea del muro separador que reaparece en «A Great Day For Freedom»; la participación del saxofonista Dick Parry en «Wearing The Inside Out»; cierta reformulación melódica de «Run Like Hell» en la ecologista «Take It Back»

También se pueden hallar algunas curiosidades, como la voz robótica de Stephen Hawking introduciendo «Keep Talking», la emotiva simpleza de «Coming Back To Life», y algunos posibles mensajes al ex líder, como en el caso de «Lost For Words», cuya letra aparece impresa al lado de unos gastados guantes de box y afirma: “Así que abrí la puerta a mis enemigos / y les pregunté si podríamos hacer borrón y cuenta nueva / pero ellos me dijeron, por favor, vete al carajo / sabes que no puedes ganar”.

Tarda en llegar, pero al final hay recompensa, y en The Division Bell toma la forma del que sin duda constituye no solo el mejor tema del disco, sino de toda la última etapa de Floyd, «High Hopes», que redondea el concepto matriz entre campanadas, tristes notas de piano, orquestaciones, recuerdos de la infancia, un intermedio imponente y un apabullante solo final de pedal steel.

El álbum fue lanzado en abril de 1994 y, hay que decirlo, la prensa fue muy lapidaria con él, con los Floyd y con lo que quedaba del rock progresivo. Esto no impidió la cosecha de ventas siderales y, por ende, certificaciones con discos de los más variados colores. También The Division Bell sería el motor de una nueva y monstruosa gira, la última por cierto, que batiría records de asistencia y en cuyos últimos shows tendrá lugar la interpretación completa de Dark Side of The Moon, esa obra ya lejana que aparecerá en el doble en vivo P.U.L.S.E. (1995), superador por goleada de su aburrido hermano de 1988, Delicate Sound of Thunder.

Ya todos más o menos conocen lo que siguió a esto: el armisticio entre Waters y Gilmour, la reunión del cuarteto para el Live 8 de 2005, el fallecimiento de Syd Barrett en 2006 y el de Rick Wright en 2008, y más gestos de distensión entre los miembros remanentes que se remontan hasta la actualidad. Nada hace pensar, sin embargo, en la posibilidad de un verdadero nuevo trabajo de estudio que desacredite de manera definitiva al reciente rejunte de descartes; con lo cual The Division Bell queda ubicado en un lugar que puede apreciarse mejor con el paso del tiempo: el decente gesto final de una historia de llena de elegancia y buena música.


Links: 
Coldplay - Parachutes (2000) 
David Gilmour - On An Island (2006) 
Pink Floyd - The Endless River (2014)