miércoles, 25 de marzo de 2015

Lollapalooza 2015, Día 1, 21/03/2015



Pasó el festival más manijeado, más publicitado y también más vapuleado a diestra y siniestra, y ha llegado la hora de los balances y las carreras por instalar al número favorito como el mejor de las jornadas sanisidrenses. Empero, por fuera de los sponsors, la gilada, la gastronomía a precio astronómico, el ecologismo chic y la poco disimulada invasión electro/rapper, lo más claro que parece haber dejado el día 1 del Lollapalooza Argentina es la diferencia entre los ARTISTAS así en mayúsculas, y aquellos con buenas intenciones pero pocas razones para figurar tan alto en la grilla.

En este sentido, las soberbias presentaciones de Robert Plant y Jack White comportaron no sólo sendas lecciones de rock (and roll), sino un despliegue coherente de amor, carisma, experiencia, trascendencia, altura, buenas canciones y sobre todo: MAGIA. Que es lo que le falta a algunos de los que tomaron los Main Stages promediando la jornada, mientras el sol se hundía cada vez más en el horizonte suburbano.


Viejo zorro. Plant y su carisma intacto

Empero, a esta altura, sobre los puntos más altos del día –y tal vez del festival–, ya se ha dicho casi todo. Pasadas las 20, los Sensational Space Shifters de Plant se anticiparon al jefe e introdujeron un espectáculo que combinará de manera magistral el blues más primitivo, los aires celtas y el puro rock and roll, a lo que se añade un sobrio uso de la tecnología. Desde luego, no sorprende que Plant se maneje en el escenario con una soltura que no se aprende en la academia o en tutoriales de Youtube. Pero la forma en que el ex Zeppelin supera el examen por mantenerse actualizado y en vigencia no deja de ser asombrosa. El cantante y su banda surfearon a su antojo entre climas intimistas, pasajes folklóricos y destellos de poder, y también atendieron las demandas de un pasado glorioso (“Black Dog”, “Going To California”, “Whole Lotta Love”) a través de una reescritura respetuosa. Roberto sonríe, juega y certifica su gran presente con la sabiduría de un viejo zorro; y, como si faltaran gestos de grandeza, le cede la posta a su gran admirador, Jack White.

All together now. Dos generaciones compartiendo escena

El norteamericano salió a matar amparado por una banda enjundiosa vestida de época y un volumen altísimo en función de un crudo despliegue de poder abundante en distorsiones y disonancias, adecuadas a sus búsquedas de clave pre-rockera. De la mano de una base indescriptible a cargo del baterista Daru Jones y los colores posibles de la mandolina, fiddle, pedal steel, piano y otras yerbas, White dibujó un recorrido dinámico que revisitó tanto sus dos discos solistas como a sus anteriores bandas White Stripes y The Racounters. Y por si fuera poco, los bises le regalaron al público una participación antológica del “Golden God” (“The Lemon Song”) y una versión furibunda de “Seven Nation Army” que, en lo que a rock refiere, dio por concluida la noche, dado que luego por un buen rato el DJ Calvin Harris bombardeó de beats la prístina calma de zona norte.

Una robótica St. Vincent. Foto: Christian Roccella

Antes de todo esto, el resto del programa vespertino de los escenarios principales se había debatido entre la sorpresa, lo anodino y la decepción. En primer lugar, bajo un sol enceguecedor, tan solo una hora le alcanzó y sobró a St. Vincent para ubicarse entre los artistas con posibilidades serias de proyección. Con 32 años, Annie Clark acaricia la consagración y disfruta de un reconocimiento cuya escala puede encontrar su límite en lo que justamente son sus virtudes: la tendencia a lo estridente y cierta cosa incómoda que atraviesa su arte. Aunque su muy buena voz la evoque, Clark no es Madonna; aporrea su guitarra con soltura y técnica; ensaya coreografías adecuadas, no espectaculares; es sensual al tiempo que fría, enigmática. En definitiva, tiene un gran futuro si continúa en esa línea Kate Bush / Björk / PJ Harvey que parece ir trazando con personalidad.

Acto seguido, era esperable, no obstante, que tanto los británicos The Kooks (17.45) como los angelinos Foster The People (19.00) gozaran del acompañamiento de una multitud en virtud de los numerosos hits radiales que cada uno cuenta en su vitrina. Ambas bandas desfilaron sonrientes y bien predispuestas a ofrecer sus estribillos gancheros y arengas festivaleras, aunque su evidente carencia de ambición artística hace difícil pensar en si serán recordadas o reivindicadas en el mediano plazo.

Interpol, o el meo antes de tocar. La próxima vez será.

Por su parte, lo de Interpol (16.45), punteros del post-punk revival, pareció más un extraño caso de mala suerte que un bodrio. La banda neoyorquina quiso combinar toda su elegancia con un primer golpe certero (“Say Hello To The Angels”), pero la traición de un volumen demasiado bajo, junto a la arbitrariedad de hacerlos tocar de día, condenó su performance al mero cumplimiento rutinario. Ya era demasiado tarde cuando los niveles volvieron a la normalidad y, sobre el final, “NYC” y “All The Rage Back Home” emparcharon el bote ahí con lo justo.

En síntesis, se puede concluir que la apuesta de la organización por una diversificación cada vez mayor de públicos ha dado frutos si se tiene en cuenta la apabullante masa que ha ido más a ratificar su rancho que a vivenciar una variedad que, sin embargo, desnudó cierta falta de peso en el line-up, en comparación con otras ediciones del mismo evento, sin ir más lejos, la anterior en este mismo sitio. Pero lo cierto es que el Lollapalooza se las arregla para tener siempre algo interesante que ofrecer; solo hace falta una luca y pico y muchas ganas de mezclarse con parvas de gente a la que parece darle lo mismo todo.



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