jueves, 1 de octubre de 2015

Queen + Adam Lambert - GEBA, 25/09/2015




(Texto publicado originalmente en UltraBrit).


Lo bien que hizo Queen, desde el fallecimiento de su líder en 1991, en colocar “por fuera” del grupo el nombre de los oportunamente llamados a ocupar el lugar del vocalista –y dejar así a los afortunados al modesto amparo de un signo +, amén de cerrar la posibilidad de constituir un reemplazo efectivo– ha sido desde siempre un acierto de Brian May y Roger Taylor. Es que por su historia, su rol, su carisma y sus tremendas capacidades artísticas, Freddie Mercury fue, es, y será irreemplazable, y sus compañeros fueron los primeros en comprenderlo en esos dolorosos tempranos noventa.

De modo que, en general, salvo la experiencia junto a Paul Rodgers (2004-2009), que incluyó el disco The Cosmos Rocks (2008), el derrotero de los últimos veintipico de años implicó la entrada y salida de intérpretes convocados más en plan de homenaje a un pasado glorioso que de proyecto a mediano plazo. Una suerte de audición constante. Sin embargo, a su favor puede decirse que si bien  las acciones de May y Taylor (John Deacon se bajó rápidamente del tren) no redundaron en un éxito absoluto (¿cómo superar semejante estatus?) sí al menos evitaron la desesperación que, por ejemplo, mantuviera ocupado a INXS relevando cómo los fans intentaban tragar al inepto de turno, hasta hace muy poco tiempo. El mercado de la nostalgia parece fácil pero no lo debe ser tanto, y Queen fue dándole vueltas al asunto con bastante discreción hasta dar en el clavo un buen día: recién ahora.

Es por esa sencilla razón que la fría noche que cayó el viernes pasado sobre el GEBA Jorge Newbery vio cualquier cosa menos un fraude. Con la ansiedad de volver a ver al 50% de una de las bandas más celebradas de todos los tiempos, un público familiar que colmó poco a poco el recinto palermitano iba siendo recibido por un andamiaje dominado por una gran Q que oficiaría de pasarela y pantalla, y luego por un imponente telón con el escudo real que aumentó el misterio. La larga introducción de “One Vision” y su riff explosivo dejaron al descubierto a los jugadores en medio de un exquisito set de luces y un sonido que paulatinamente fue ganando sus niveles correctos.

No hizo falta esperar el baile de “Another One Bites the Dust” –segundo tema– o el rockazo “Fat Bottomed Girls” para que el gran enigma, el factor desencadenante en el buen desarrollo de las cosas, quedara resuelto y sellado: Adam Lambert, 33 años, estadounidense, salido de la cantera de American Idol, se apropió de aquellas viejas canciones –mayormente editadas cuando él aún no había nacido– con una naturalidad que no se aprende en la academia. Dotado de una gran técnica vocal y posturas escénicas deudoras de George Michael y Robbie Williams (ambos admiradores de Mercury), el nuevo invitado no dudó en declararse “un hombre afortunado” por estar parado ahí, en medio de una audiencia nostálgica que, empero, pareció aceptarlo sin mucha discusión. Incluso, en “Killer Queen” su desfachatez le permitió completar gestos teatrales que el propio Freddie no pudo hacer por estar obligado al piano; recostado sobre un sillón antiguo en el medio del puente al escenario adjunto, Lambert interpretó esa bellísima página de 1974 abanicándose, tomando champagne y exagerando el histrionismo que se destacaba en la pista original.

Mientras los trenes todavía surcaban el predio saludando a bocinazos, el imbatible “Crazy Little Thing Called Love” y el gospel de “Somebody To Love” dieron paso a uno de los momentos más emotivos de la noche. En el medio del campo VIP, guitarra de doce cuerdas en mano, Brian May agradeció y regaló a sus fans un “Love of My Life” que incluyó la proyección de Freddie vocalizando los últimos versos. Ocasión más propicia para el lagrimón, imposible. Sin moverse de su ubicación, y para continuar con el romance, May se tomó una selfie con la multitud de fondo y desempolvó “Las Palabras de Amor”, guiño a los latinos que no interpretaba desde su última visita a la región. Luego, Roger Taylor se apropió del micrófono para cantar su “A Kind of Magic” y dejó los tambores a cargo del joven hijo Rufus Tiger, quien durante todo el show auxilió al padre con percusión o directamente tocando a dos baterías. Y, como no hay rock de estadios sin grandes solos, ambos se batieron a duelo antes de proceder con “Under Preassure”, ya de vuelta con Lambert, cuyo single solista “Ghost Town” fue precedido por una festejada versión en otra tonalidad de “I Want To Break Free”.

 Lo solemne se hizo presente una vez más con “Who Wants to Live Forever”, bien ambientada con un juego de lásers que, al momento del largo solo de May, le añadió a la velada un tinte floydiano volado en pedazos por “Tie Your Mother Down”, anticipación de una seguidilla de clásicos tribuneros. En esa tónica, se sucedieron el siempre efectivo “Don’t Stop Me Now”, “Radio Ga Ga” y “I Want It All”, antes del final a puro himno. Así, “Bohemian Rhapsody” (nuevamente con proyecciones en las últimas estrofas), “We Will Rock You” y su inseparable hermana “We Are The Champions” pusieron punto final a una velada que dejó conforme a una concurrencia a priori condescendiente y bien predispuesta, pero con el poder de bajar el pulgar a sus ídolos si hubiesen errado el tiro con la elección del frontman.

Como eso no ocurrió, es poco probable que Lambert reciba el telegrama a la brevedad, y, en consecuencia, es muy posible que Queen persista en la explotación de su porción de lo que queda del rock clásico de los setenta (la autocelebración), tarea que llevan a cabo con total dignidad y corrección artística. Por su parte, la hinchada agradecida se retiró ensayando balances genuinamente positivos, mientras a la salida, sobre Dorrego, los carteles le ofrecen una cita próxima con una de las bandas tributo más importantes en un importante teatro porteño. Un evento que debiera ser aún más relativo en tanto el remanente de Queen tenga más cartuchos por quemar.

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