miércoles, 16 de noviembre de 2016

Music Wins – Tecnópolis, 13/11/16



Si Guns N’ Roses en River representó la (auto)celebración de un pasado glorioso y la manera en que está calando a nivel mundial todo el asunto de la nostalgia, el Music Wins, con sus virtudes y limitaciones, se erigió como evento estandarte del “mirar para adelante”, al albergar tanto a artistas desconocidos para el gran público como a leyendas activas de trayectoria pero esquivos a la masividad. Así, a un mes del correcto Festival BUE, y en el marco de una oferta de espectáculos internacionales más que nutrida, el Wins era una cita necesaria para los amantes de esa categoría rara llamada “indie”, que viene a definir a aquellos productos que con mayor o menor éxito comercial, se mueven en los márgenes del mercado y constituyen un polo de atracción tanto para el melómano empedernido como para el snob, estereotipos que muchas veces conviven en la misma persona. Una curaduría exquisita, un espacio relativamente reducido, foodtrucks de comida cara, chicos y chicas con remeras de The Birthday Party, Television, Swans y Einstürzende Neubauten, le aportaron coherencia a un evento bien pensado para satisfacer los requerimientos de un público que viene agigantando la escena local en contraste –incluso resistencia, si se permite– con un panorama mainstream cada vez más patético. Ganó la música, podría repetirse por enésima vez. Aunque casi gana la tormenta, que obligó a retrasar todo una hora.

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Una vez reorganizada la grilla, a poco de dar puertas, La Femme (16.15) y Mild High Club (16.50) abrieron los escenarios principales (“Music” y “Wins”), unidos por el mismo andamiaje, ante una muy reducida cantidad de gente que observaba aliviada cómo de a poco el cielo empezaba a despejarse. Sin mayores sorpresas tanto por parte de los franceses como de los californianos, serán Kurt Vile and The Violators (17.35) los que arrancarán la primera ovación de la tarde. A medio camino entre la canción americana más rutera y un bagaje noise, los potentes cuarenta minutos del ex The War on Drugs fueron el prólogo perfecto para la australiana Courtney Barnett (18.20), quien junto a su grupo de forajidos coronó a puro guitarrazo una de las actuaciones más esperadas y destacadas de esta edición. Una Barnett encendida y ayudada por un volumen altísimo recorrió su gran disco debut Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit y confirmó un enorme potencial que deja entrever influencias de Patti Smith, Chrissie Hynde, Nirvana y Sleater-Kinney, manejadas con total desparpajo y libertad.

Hasta aquí todo fue hacia arriba, sin embargo, Edward Sharpe and The Magnetic Zeros (19.05), una especie de caravana gitana pop, se encargó de amesetar una tarde avanzada con una propuesta variopinta que no le rehúye a los gestos “de estadio” con los que su líder Alex Ebert intenta exitosamente ganar la simpatía de propios y ajenos. Ebert charla con el público, camina sobre sus manos, se apropia de “Instant Karma” de Lennon y, tras una despedida sentimentaloide, cede la posta a la primera leyenda del cartel, The Brian Jonestown Massacre (20.10). Pese a tener que lidiar con algunos problemas de sonido, la banda comandada por el parco Anton Newcombe logró levantar una pared de rock psicodélico cimentada en tres guitarras altaneras, unos teclados ingrávidos y el aporte de un panderetista tan carismático como efectivo (Joel Gion). Para mayor justicia de cientos de fans que los esperaban desde hace añares, el sexteto tuvo su merecida revancha en Niceto el martes 15, donde tocó no una, ni dos, sino tres horas.

Acto seguido, era el turno de alguien fiel a sus propios términos y, en consecuencia, dispuesto a privar de solemnidad a todo evento rockero: Mac DeMarco (21.15). Mejor vestido para ir al supermercado que a un concierto propio, el canadiense alternó su lo-fi cristalino con espacios de humor en los que cobró protagonismo el guitarrista Andrew Charles White, aspecto que pudo haber atentado contra la magia del espectáculo si no fuera porque es precisamente eso lo que el músico nacido en 1990 parece querer burlar. Su repertorio transcurre entre gemas perfectas como “Ode To Viceroy” y “My Kind of Woman”, y jams, chistes e “invitados” como la propia novia de DeMarco, quien sobre el final se paseó a caballito de su compañero ante los ojos atónitos de sus numerosos seguidores, mayormente jóvenes que lo aman y le aceptan todo. Hasta las canciones, claro.

De regreso al escenario “Wins”, la noche recibió la cuarta presentación de Primal Scream (22.20) en esta ciudad, en la que se pudo ver, quizás por primera vez aquí, a un Bobby Gillespie contento y gozando de la respuesta de un público que por fin los percibía como debe ser: con buen sonido y buen volumen. Si bien los escoceses arribaron con un nuevo álbum bajo el brazo, Chaosmosis apenas asomó en el set, y la formación reducida (sin vientos, coros ni percusión) se limitó a repasar clásicos como “Higher Than The Sun”, “Loaded” y “Damaged” (junto a Kurt Vile) amén de recaer en la agresividad del eslogan “Shoot Speed/Kill Light” o el dance perverso de “Swastika Eyes”, todo adaptado a un formato rockerísimo en el que se destacó el guitarrista Andrew Innes y la precisa economía de la bajista Simone Butler. Aún careciendo de elementos de color que potenciaran la experiencia (las proyecciones brillaron por su ausencia), Primal Scream sacó chispas al nutrido árbol de influencias que los convirtiera ya hace décadas en una de las bandas más melómanas y revalidó su leyenda con la acostumbrada arrogancia, aunque bien hubieran venido al saldo general al menos veinte minutos más de show. Hay que ver cuánto costaba eso.

Sin pausas de por medio, el tablado “Music” se pobló de aparatos para el cierre de la mano de AIR (23.40), el dúo francés que junto a Daft Punk pusiera al país de Julio Verne a la cabeza del planisferio del pop a fines de los noventa. Los ya veteranos Jean-Benôit Dunkel (teclados) y Nicholas Godin (guitarra, bajo, teclados), auxiliados por dos músicos más, abrieron con la plácida “Venus”, del genial Talkie Walkie (2004) y desarrollaron su muestrario retrofuturista con paradas en su celebrado Moon Safari (1998) y, más sorpresivamente, en el infravalorado 10 000 Hz Legend (2001), haciendo gala, cuándo no, de la más absoluta corrección con cada nota. Sin embargo, así como la calidad indiscutible del dueto quedó ratificada en esta nueva visita, el evento dejó más pendiente que nunca la actuación de AIR en un recinto cerrado, en el que el espectador pueda derrumbarse para volar de la mano de esta gente que, de todos modos, bajo una luna gigante logró entregar un momento placentero a miles de personas que al día siguiente debían levantarse para ir a trabajar.


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