lunes, 25 de abril de 2016

Beck - Sea Change (2002)




Es raro lo que pasa con Beck: le gusta a mucha gente, qué duda cabe, pero parecen más visibles los que se inclinan por el “ni”, argumentado que este personaje nacido en 1970 no transmite absolutamente nada o que está sobrevalorado. Sin embargo para el caso lo más atinado tal vez sea interpretarlo como una especie de antena capaz de procesar, resignificar y recrear de un modo personal una determinada cantidad de información que descansa bien conservada en su discoteca, donde seguramente es posible encontrar cantidad de esos discos pedorros que nadie quiere, onda Fausto Papetti o Barry Manilow. El punto es qué pasa cuando esa bazofia convive en la repisa con psicodelia, country, punk, hip-hop, rap, electrónica, y se los mezcla en la coctelera... ahí los términos cambian.

Consumado un largo paseo por el under californiano, al promediar los noventa, y al igual que tantos otros, fue la cadena MTV la que le diera una mano importante al empujar ad infinitum su hit “Loser”, la estrella de Mellow Gold (1994). El boom fue instantáneo y, posteriormente, la alta rotación de los cortes de Odelay (1996) consagró a Beck como un maestro del collage donde tenían cabida todas sus pasiones y excentricidades desplegadas en una obra burlona y estridente, plagada de citas, préstamos y sampleos deliberados. Se descubrió además que el tipo, bajito, desgarbado, aniñado, volaba alto en el ranking de lo cool, así que ¡bingo!

Éxito mundial mediante, el joven norteamericano pudo darse el gusto de expandir sus límites y coquetear con climas más intimistas y la tropicalía en Mutations (1998) y el funk y el soul en el fiestero Midnite Vultures (1999), pero habría que esperar hasta la aparición de Sea Change (2002) para advertir que el cantante se enfrentaba a su primera madurez y, por fin, se despojaba de los artilugios sonoros y líricos que bañaban cada segundo de sus trabajos previos. Beck tuvo que pasar por un proceso personal bastante doloroso (la ruptura con Leigh Limon, su compañera de siempre) para poder mostrarse al mundo en un estado de vacío muy bien retratado en la portada, que lo exhibe mirando la mismísima nada, secundado por un fondo rosita que encaja a la perfección con el mood desgarrado, aunque romántico, de las doce nuevas canciones.

Así visto, Sea Change da pistas de lo que deben haber sido aquellos días feos, fotografiados en una sucesión de lentos sostenidos por el rasgueo de una guitarra acústica, una percusión elemental y, por supuesto, la voz taciturna del Beck más desconsolado. Empero, a esta fórmula ya conocida se le añade el as en la manga, el arquitecto Nigel Godrich, quien dosifica las dulces pinceladas de sintetizadores analógicos y administra en tiempo y forma los arreglos de cuerdas de David Campbell, padre de nuestro héroe, conocido y respetado por su colaboración con los más diversos artistas.

Es cierto que la referencia a Blood on the Tracks de Bob Dylan y al mejor Nick Drake es inevitable, pero la comparativa termina haciéndole un favor al autor de este trabajo, sencillamente porque a su modo también Sea Change es una obra maestra. A grandes rasgos, y como se insinuó más arriba, el álbum navega durante cincuenta minutos por una depresión contemplativa (“The Golden Age”, “Already Dead”, “Lonesome Tears”, “It’s All in Your Mind”) que apenas deja lugar, sobre el final, a algún destello de luz (“Sunday Sun”), bastante fugaz teniendo en cuenta el mar de incertidumbre que plantea “Little One”, último track, que condena a su protagonista a boyar sin rumbo (“Nothing is safe, strange waves push us every way...”).

Suponemos, no obstante, que luego de esto Beck debe haber recompuesto su vida, dado que Guero (2005) –facturado con sus eternos cómplices, los Dust Brothers– devolvería al artista algo del espíritu que sudaba antes del declive. Sin embargo, hubo que esperar añares para que cayera sobre este particular artista una nueva ola de reconocimiento, gracias al exquisito Morning Phase (2014), galardonado con premios de todos los tamaños, y acertadamente considerado como una continuación de los logros de Sea Change, disco impar que el tiempo se encarga de agigantar más y más.


Links:
Beck - Modern Guilt (2008)
Bon Iver - For Emma, Forever Ago (2008)
Elliott Smith - Elliott Smith (1995)



viernes, 15 de abril de 2016

Tom Petty and The Heartbreakers - Hypnotic Eye (2014)



(Reseña publicada en UltraBrit Mag Nº 10, marzo 2015)


En la contratapa de Hypnotic Eye, el más reciente disco de Tom Petty and The Heartbreakers, un bebé manipula un control remoto mientras su moderno plasma emite imágenes abrumadoras. Aunque ingenua, mejor parábola no se les pudo haber ocurrido: en un panorama plagado de artistas cuya mejor intención parece ser la de apabullar al consumidor con la mayor cantidad de estímulos posible, todos aquellos que se vieron obligados a ceder el paso han quedado a merced de su propia convicción y amor propio para salir bien parados ante el desafío que propone cada recambio generacional.

Sin embargo, a eso que en sí podría ser insuficiente, Petty le agrega buenas canciones, facturadas con la seguridad de quien ha visto demasiado, pero que comprueba cómo en pleno siglo XXI los mismos problemas de siempre siguen azotando a los seres traicionados por el Sueño Americano. Y justamente esta situación poco sorprendente es la que determina un nuevo desarrollo de lo mejor de los Heartbreakers, a saber, unas contagiosas ganas de rockear al amparo de un agreste despliegue de riffs, estribillos gancheros y líricas comprometidas.

Temas como “Red River”, el single “U Get Me High” y “All You Can Carry” responden a esta descripción, al tiempo que dilucidan una cuidadosa aplicación de la economía de recursos, patente en la escasez de sobregrabaciones y un amistoso clima de jam en pantuflas. También se verifica una fuerte presencia del blues, que agudiza la desolación y la bronca impresas en “Power Drunk” y “Burnt Out Town” y alcanza su punto máximo en el crudo retrato social de “Shadow People”, traducción de la impotencia que genera la paranoia reinante.

Ahora bien, más allá de las formas, lo que arroja este buen trabajo es hasta qué punto es factible demostrar vigencia y experiencia sin movidas rimbombantes de por medio, sino más bien simplemente “siendo”. Porque, al cabo, es probable que en los balances del año 2014 Hypnotic Eye tan solo termine calificando como mejor disco de los últimos cuarenta y cinco minutos. Por cierto, cuarenta y cinco minutos bien empleados. 

Links: 
Tom Petty and The Heartbreakers - Hard Promises (1981)
Tom Petty and The Heartbreakers - MOJO (2010)
Neil Young & Crazy Horse - Psychedelic Pill (2012)