lunes, 16 de mayo de 2016

The Smashing Pumpkins - Adore (1998)




I. La noche del 21 de agosto de 1998, el gimnasio cubierto del Parque Sarmiento reventó de gente ávida por ver a uno de los grandes nombres de la década del noventa, de hecho, uno de los pocos de la generación “alternativa” que se arrimó en su momento de gloria, o por lo menos cerca del mismo. Lo que no esperaba la mayor parte de esas pobres almas era que, lejos de presenciar un desfile de hits de un glorioso pasado reciente, tendría frente a sus ojos a una banda vestida de negro, rodeada de sesionistas y empacada en su tenebroso material nuevo con una firmeza alarmante. Los minutos volaban y los éxitos para saltar y hacer pogo no aparecían, o lo hacían en versiones apenas reconocibles. Ocurre que para el líder de esa formación siempre es hoy, o mejor: ahora es nunca. 

II. Es verdad, eran tiempos en que internet aún era dominio de unos pocos curiosos conectados a la línea telefónica; sin embargo, si algo no faltaba en los medios tradicionales era información sobre lo que iba ocurriendo en el mundo de los Smashing Pumpkins, quienes advertían cómo su período más fructífero se clausuraba con una cadena de desastres: la sobredosis fatal del tecladista invitado Jonathan Melvoin, que casi se lleva de la mano al batería Jimmy Chamberlin, finalmente eyectado del equipo; el fallecimiento de la madre del jefazo Billy Corgan; su propio divorcio... En otras palabras, el colosal imperio que había instalado el doble spielbergiano Mellon Collie and The Infinite Sadness (1995) se derrumbaba como castillo de naipes. Volantazo a la vista.

III. De manera acertada, las reseñas le encajaron unánimemente a Adore un carácter rupturista. Aunque el trabajo anterior insinuara señales de posibles rumbos, bien obturadas por singles radiales y estallidos volcánicos –que brillan por su ausencia en este cuarto trabajo–, una vez descartado el paquete Chamberlin + distorsión rechinante + concesiones de estadios, Corgan prosiguió con el alivio de quien se saca tremendo peso de encima y escupe toda la podredumbre por la vía, justamente, de lo opuesto: caja de ritmos o bateristas de sesión, belleza electroacústica y canciones para disfrutar en la mayor intimidad posible. Gestado y nacido en un contexto en el que la vara del rock indie-con-llegada-masiva estaba alta (Supergrass, Portishead, Flaming Lips, Radiohead…), Adore se eleva, por lejos, como el disco más hermoso y sofisticado jamás facturado por los Pumpkins, lo que no necesariamente lo convierte en el mejor; para dictaminar eso están esas listas que tanto abundan por ahí, dominadas por pibes y pibas que crecieron con Nirvana y Alice in Chains

IV. En realidad es “A door” (una puerta), insistía Corgan, la entrada a un compartimiento diferente, donde la casi totalidad de los elementos que componían la materia prima del grupo queda guardada en un cajón hasta nuevo aviso. De hecho, una de las imágenes del librito monocromático muestra al trío caminando trabajosamente por la campiña, acaso huyendo de un funeral, o incluso de un asesinato. ¿El de los Pumpkins tal como se los conocía? “De algún modo hemos vuelto al principio del círculo”, contaba el pelado, remontándose a 1988, días en que detrás de él, de James Iha (guitarra) y de D’arcy Wretzky (bajo y coros) tan sólo había una drum-machine bien programada; y, en sus habitaciones, muchos discos de la menospreciada década que se iba. 

V. No es casual, desde esta óptica, que en las canciones de Adore salgan del closet ecos del post punk más melodioso, el dramatismo del rock gótico, y una poesía madura que oscila entre el amor devoto, la lujuria y la duda existencial. Corgan incluso se permite homenajear y citar a sus favoritos con absoluta libertad: “Perfect”, una carta en la que parece pedirle a su ex que sigan como amantes, suena como si “1979” hubiese caído en manos de Robert Smith; el single “Ava Adore” moderniza “Shoplifters Of The World Unite” de los Smiths; y “Crestfallen”, “Appels + Oranjes” y “Pug” se edifican sobre elementos anticipados por Cocteau Twins o el Depeche Mode de Black Celebration (1986).

El resto del álbum alterna entre brumosos pasajes dark de acordes menores (“Daphne Descends”, “Tear”, “Shame”, “Blank Page”, “Behold! The Nightmare”), canciones de cuna con aires folk (“To Sheila”, “Once Upon A Time”, “The Tale of Dusty and Pistol Pete”) y hasta una despedida a tono con lo que quedó del rock progresivo (“For Martha”), que cuenta con la colaboración del baterista Matt Cameron, de Pearl Jam/Soundgarden. Pum para abajo. 

VI. Era esperable que con un producto de estas características las ventas cayeran en picada. Lo curioso es que las anticlimáticas presentaciones de la gira de Adore no escatimaron, empero, buenas dosis de electricidad, en virtud de unos Pumpkins decididos a agregar voltios donde no había. Pero hasta ahí llegó su único favor: pisar los pedales sólo función de su poder anulador. El fan de Joy Division, feliz; el que todavía insistía con eso del grunge, a casa a enchufar la Les Paul o a ponerse al día con Foo Fighters. Porque Machina/The Machines of God (2000), impenetrable y áspero como lija nueva, tampoco estaba precisamente pensado para él.

Links:
Garbage - Version 2.0 (1997)
The Cure - Bloodflowers (1998)
R.E.M. - Up (1998)
  



martes, 3 de mayo de 2016

Gustavo Cerati - Ahí Vamos (2006)





Si Bocanada (1999) y Siempre es Hoy (2002), aun con sus diferencias solo lograron ahuyentar a un público masivo acorde a los mejores años de la estrella, pues Ahí Vamos y su empuje arengador le propinó al Cerati solista un reconocimiento que, por diversas razones, no aparecía. De hecho, utilizando términos pelotudos, se puede decir que esta producción de 2006 es “el disco de la gente”. Gracias a él, el ex Soda pudo por fin colocar un par de piezas de factura solitaria en el cancionero popular. La agresiva campaña de difusión, la renovada energía del material nuevo, la convocatoria de viejos amigos de su generación (Richard Coleman, Fernando Samalea), el acercamiento a un colega “antagónico” como Ricardo Mollo, entre otros factores, se erigen como claves de este proceso.

Cuánto hubo de premeditado en todo esto será tema de debate, pero sea como fuere, nada le quita a Ahí Vamos el mérito de haber devuelto al ídolo a un lugar por lo menos cercano al que solía ocupar. El Cerati cool y elitista que tanto rechazo supo provocar había quedado atrás. Una atractiva estética dark-friendly se apoderó de los rasgos visibles de esta nueva etapa, en tanto que en lo sonoro ganó espacio lo valvular, dejando a las máquinas silbando bajito en un rincón, pero sin retirarse. Dicho esto, las condiciones para un triunfo contundente estaban servidas.

El demoledor comienzo con “Al fin sucede”, La excepción” y “Uno entre 1000” certifica con un puñetazo la filosofía “palo y a la bolsa” que rodea al álbum, evidente sobre todo en el segundo track, un regreso a lo concreto a la manera de “De Música Ligera”. Caravana” persiste con el perfil power, aunque bajo un halo new wave que lo acerca a The Police.

Un primer respiro se registra recién con el hit “Adiós”, una sencilla canción sobre el desapego coescrita con Benito Cerati, cuyos acordes abiertos a lo R.E.M. se funden con frases para la antología. En tal sentido, “Poder decir adiós es crecer” tal vez sea la más resonante, no obstante cada oración parece estar cargada con una vida propia. Incluso, hoy en día, con el desenlace de la historia ya consumado, resulta difícil escuchar el tema sin encontrarle una lectura acorde a ello. Claro que bajo ese criterio uno podría asignarle al título siguiente una continuación (o contradicción) lógica, sin embargo, quizás lo más notable de Me quedo aquí” sea que antecede a la enorme Lago en el cielo”, sin duda el mejor tema del disco y uno de los picos de la carrera de Gustavo, cuya lírica invita a tomarse las cosas con calma, mientras los músicos se abren con elegancia al fantasma del primer Echo and The Bunnymen.

Empero, de aquí en más la cosa se torna algo irregular. “Dios nos libre” recicla el riff de “Texturas”, que a su vez rescataba un viejo tema que había quedado afuera del debut de Soda, “La calle enseña”. Lo acústico vuelve a presentarse en Otra piel”, y Medium” aporta la cuota esotérica. Luego, el pseudo-ska de “Bomba de tiempo” retrocede en todo a Siempre es Hoy, y tranquilamente se podría haber recortado o eliminado del todo, de hecho el propio Cerati reconoció que el tema estaba originado en una idea “de cuarta”; la cuestión es si realmente dejó de serlo.

De cualquier modo, el tramo final se reserva lo mejorcito del lado B, gracias a la efectiva belleza de la balada Crimen” y de Jugo de luna”. Estos tracks “de manual” clausuran el disco en un clima muy diferente al del comienzo, lo que puede haberlos dejado un poco a la deriva, aunque a esta altura se trataría de un dato menor, ya que la enorme aceptación del público sobre Ahí Vamos le permitió a Gustavo gozar de una segunda era dorada. Su gran momento pudo comprobarse en hitos como el show gratuito de Figueroa Alcorta y Pampa de marzo de 2007, en el que se congregaron unas 200 mil almas que, hay que decirlo, ni en sus más delirantes sueños imaginaban que unas semanas después se anunciaría la reunión del trío más celebrado de América Latina.

Cerati había superado la barrera que lo separaba del gran público; sus melodías habían vuelto a sonar en el taxi, en el supermercado, e incluso muchos detractores reconsiderarían su postura. Definitivamente el músico se había dado el gusto, al menos por un tiempo, de derribar su propia pared, la que él mismo construyó, acertadamente o no, en pos de separarse de un panorama chato en el que por naturaleza no lograba hallarse.



Links: 
Soda Stereo – Canción Animal (1990)
T Rex – Electric Warrior (1971)
David Bowie – Aladdin Sane (1973).