lunes, 27 de junio de 2016

St. Vincent - Actor (2009)



“La estructura le da seguridad a la gente, y el caos los hace sentir vivos”, le aseguró Annie Clark a una colega de UltraBrit (Morena Pardo) hace un tiempo. Con esa síntesis, la artista nacida en Oklahoma en 1982 brindaba el indicio fundamental para la comprensión de su universo, un espacio donde el orden exigido por la melodía estándar es desafiado y enfrentado con lo horrible. O lo horriblemente bello; da igual.

Como si se tratase de un film de Cronenberg, en la obra de Clark los elementos aparentan marchar por el carril de lo normal, de lo esperable, hasta que en un punto todo se desmadra, amenaza con desintegrarse pero no lo hace; simplemente muta, se desdobla, es pero no es. “Sí, es pop alien”, terminará afirmando Annie para graficar lo que viene haciendo desde que lograra abrirse camino con Marry Me (2007), primer álbum bajo su alias St. Vincent. Tan acertada es la definición, que difícilmente pueda ensayarse otra para detallar una sucesión de trabajos de evolución tan segura como impredecible, lo que le valiera justas comparaciones con Björk o PJ Harvey, es decir, gente cuyo objetivo nunca fue precisamente ganar amigos.

No es casual, por ende, que la enajenación a la que ella misma alude para describirse tuviera alguna vez su estricto correlato. En Actor (2009) la norteamericana saca a relucir no solo su gran talento para la composición, la vocalización y la ejecución de instrumentos –en especial la guitarra– sino también su capacidad para crear conceptos sólidos, en este caso, a través del juego con la idea de ser la intérprete otras vidas. Clark se valió de escenas de sus películas favoritas, sobre todo del Hollywood de los años cuarenta, para pensar las canciones en términos de soundtracks imaginarios, lo que explica la abundancia de cándidas orquestaciones con el sello de la Metro Goldwyn Mayer, diezmadas, claro está, por chispazos de su particular mixtura de tracción a sangre y electrónica.

Se puede arriesgar entonces que Actor ofrece una noción de lo que quedaría si se encerrara la banda sonora de El Mago de Oz en el teletransportador de La Mosca: una deformidad que se insinúa inocente hasta tanto St. Vincent demuestre lo contrario. En tal sentido, “The Strangers”, “The Neighbours”, “The Sequel” o “The Bed” son los capítulos que tal vez mejor representen el excéntrico modo cinematográfico que tiñe este álbum, amparado por un guión abundante en imágenes de existencias miserables camufladas de normalidad y un background tan colorido como perturbador.

También hay espacio para raptos del pop incómodo que la cantante irá perfeccionando con el correr de los años (“Actor Out of Work”, “Marrow”), pero los mismos no pueden escaparle al clima opresivo que rodea el álbum y se mimetizan con el resto. La narración se efectúa con una expresividad que hace de la protagonista bien un hada, bien una hechicera, bien las dos cosas juntas, como se encarga de evidenciar el vertiginoso dramatismo de “Black Rainbow”.

De manera sintética: todas las virtudes de Annie Clark quedan ahí a simple vista, aunque a la espera de su maduración; prueba de ello será el magistral Strange Mercy (2011) o el acertado viraje a formas un poco más gentiles impreso en St. Vincent (2014). A la luz de esto no debe sorprender entonces el interesante reconocimiento que recayera sobre esta joven, que le permitirá posicionarse cada vez mejor en los festivales, codearse con sus ídolos en variadas circunstancias (grabó un álbum con David Byrne) y hasta padecer un grado de farandulización de su vida personal. Sin embargo, por más que las reseñas la acaricien y el público responda, la masividad a lo Madonna no asoma por ahora en el horizonte, no al menos en tanto Clark siga tan aferrada a la sensualidad fría, a la estridencia, al caos ordenado. A ella, en definitiva.


Links:
Kate Bush – The Dreaming (1982)
Feist – Metals (2011)
Wire – The Ideal Copy (1987)