lunes, 12 de septiembre de 2016

Tracy Bonham – The Burdens of Being Upright (1996)




Los noventa dieron para todo, ante nuestra mirada recolectora desde este rincón del globo. La denominación “alternativo” se volvió tan gratuita, que MTV llegó a adjudicársela a Smash Mouth, Crash Test Dummies o Hootie & The Blowfish, gente tan desafiante al orden de cosas como la selección de Chipre al ranking de la FIFA. ¡Cómo se debe haber revolcado en su tumba el bueno de Kurt! No sólo se publicitaron toneladas de cosas espantosas bajo su sombra, sino que al pobre hasta le atribuyeron la muerte de una etiqueta de la cual nunca quiso saber nada, la del grunge. ¡De modo que si para algo sirvió el arribo de los 2000 era para que enhorabuena el tío descansara en paz!

Empero, lo cierto es que en ese decenio hubo de todo para todos; de lo bueno, de lo terrible y de lo que quedó en el limbo. Ubicable en este último grupo, Tracy Bonham fue una de las artistas que desfilara sin pena ni gloria por la grotesca procesión de ensayos y errores del mercado rockero; una suerte de selección natural que ella misma se encargó de subrayar en la agridulce presentación de su primer videoclip en diecinueve años: “¿Cómo es posible eso? Bueno, en los noventa la industria musical tenía guita para tirar para arriba. Después... ya conocen el resto”.

Sin parentesco alguno con el baterista de Led Zeppelin, Bonham nació en Oregon en 1969, y desde muy chica fue sometida al rigor de la formación en música clásica. Esto le habilitó una temprana destreza para la ejecución del violín y un pasaje para el estudio de canto en el Berklee College of Music, elementos que, ya más grande, abrazada al rock, le facilitarían algunos medios para asomar en la sobreabundante jungla “alterna” fomentada por festivales multitudinarios, cadenas de radio y televisión. Como insinuara la propia Tracy en la cita de arriba, las corporaciones aún seguían a pleno olfateando dólares ante cada guitarrazo que sonara por ahí, al punto tal que fue el propio Chris Blackwell, dueño de Island Records, quien personalmente la fichara tras verla en un pequeño club, evidenciando lo rentable que aún era la tendencia.

Tras poner el gancho, ni lerda ni perezosa, la Bonham se encerró a grabar junto a un puñado de sesionistas The Burdens of Being Upright, un debut que debía ratificar era hasta qué punto podía funcionar la enésima amalgama facturada en esos días entre la confesión de Liz Phair o Alanis Morissette y la rabia de Hole. ¿Funcionó? Pues ahí raspando, porque, en un somero balance, la cantante pudo gozar cierta rotación, nominaciones a premios, e incluso estuvo a un pelo de visitar nuestro país –donde el álbum llegó a editarse– para el legendario Festival Rock and Pop Alternativo, del que se bajó a último momento.

La cosa parecía ir tan en serio para Tracy que el principal single, “Mother Mother”, relataba los pormenores de su incipiente derrotero en el mundo del espectáculo, oscilando entre estrofas mesuradas y estribillos explosivos. Esta disposición melódica tan en boga se replicaría en “Navy Bean”, “Tell it to the Sky” y “The One”, sin embargo, en una movida inteligente, Bonham contrapesó ese lugar común con agrios lentos que compiten con los tracks estridentes. Así, su faceta más lúcida emerge “Kisses”, “The Real” o “30 Seconds” y alcanza su esplendor en “One Hit Wonder”, una especie de profecía autocumplida en la que vaticinaba que su único éxito se escucharía “una y otra vez hasta que se meta bien dentro de tu sucia cabeza”.

No obstante, quizás el peso del paradigma dominante haya sido lo suficientemente fuerte como para hacer del álbum en un ejemplo cabal del mismo, amén de convertir cualquier dubitación en un saco de plomo. Resulta curioso, de hecho, que en este marco más bien intimista Tracy tomara la decisión de, por ejemplo, dejar su violín en un discretísimo segundo plano, a merced de algún segmento perdido por ahí o de escuetas intervenciones deformadas con el célebre pedal “Big Muff”. En este sentido, puede arriesgarse que la estandarización forzosa pudo haber sido el gran enemigo del decente material concentrado en estos 35 minutos.

La intención era buena, pero había demasiada gente en los rankings haciendo más o menos lo mismo como para andar jugando a la mimetización, y la cantautora junto con su disco debut se hundieron como ancla de transatlántico, al igual que tantos otros artistas que acariciaron la cúpula con mayores o menores méritos a cuestas. Al mismo tiempo que grupos como Foo Fighters con poco más cimentaban una carrera entera, el balance de poder caía con todo sobre una Bonham que, luego de Down Here (2000) decidiera recluirse en su vida familiar y orientar su vida laboral a la docencia de música, aunque con reapariciones esporádicas en contadas bateas y escenarios hasta el día de hoy.


Links:
Liz Phair – Whip-Smart (1994)
Heather Nova – Oyster (1994)
Veruca Salt – American Thighs (1995)