miércoles, 19 de octubre de 2016

Festival BUE, día 1 – Tecnópolis, 14/10/16




¿Otro más? ¿Otro resumen del Festival BUE diciendo –matiz más, matiz menos– casi lo mismo? ¡Conmigo no, Barone! En estas épocas de tanta heterogeneidad homogénea –o al revés– se hace cada vez más difícil decir algo que no haya sido dicho, y el caso del celebrado evento organizado por Daniel Grinbank no es la excepción. Buena organización, horarios cumplidos, una relativamente escasa convocatoria y algunos números sobresalientes podría ser el saldo apurado de las jornadas del impecable Tecnópolis del fin de semana pasado. En lo que sigue nos permitiremos abordar someramente en los shows que Pop is Dead presenció en toda su extensión, empezando por el principio, el día 1.
 


THE LIBERTINES

Liberen a Pete (foto: Jimena Savelli)
Si yo soy así no es por culpa de la droga...”, decía Ricky Espinosa, y The Libertines es un grupo que a fuerza de escándalos mediáticos, una onda que le sobra y algunas buenas canciones en continuidad con una tradición inglesa (desde la british invasion hasta The Clash y The Jam), pretende ser tomado como lo que es: gente tan arrogante como querible. Surgidos en pleno revival guitarrístico del nuevo siglo y largo hiato mediante, los Libs eran tan esperados por estas tierras, que las expectativas de su acalorado público apagaron cualquier intento de reparar sobre ciertos defectos (una desprolijidad evidente) e invitaron a hallar lo positivo en la natural visceralidad que despliegan los traviesos Carl Barât y Pete Doherty, cuya especial relación es tema de documental. Sea castigando sus guitarras, prendiendo cigarrillos o cantando en el mismo micrófono en cercanía extrema, ellos dos serán el foco de atención durante el show de una hora, pese a la calidad y el carisma del baterista Gary Powell, quien desde atrás sostendrá a sus compañeros en un recorrido predominado por el gran Up The Bracket (2002). Tan contento quedó el cuarteto con este debut en suelo argentino, que mientras los plomos juntaban los cables continuaron jugando y despidiéndose de un público que había disfrutado como la primera vez que fue... o la última.


IGGY POP

Chiflado (foto: Santiago Ropero)
Con 69 años en sus espaldas, James Osterberg disimuló sus achaques, ninguneó su buen Post Pop Depression (solo representado por la impresionante “Gardenia”) y se asentó en la seguridad de sus mejores etapas creativas para el empacho de ensordecidos testigos que recién pudieron respirar en el décimo (!) tema, “Nightclubbing”, tras una impiadosa descarga eléctrica por parte de una veterana banda que emuló lo mejor que pudo la salvaje energía de los Stooges, evocados in extenso en la húmeda noche de Tecnópolis. Incluso podría hablarse de brutal cachetada a todo aquel que se jacte de hacer, ser o estar en el rock, si no fuera porque, como pocas veces, quedó tan en evidencia cierta “artificialidad” inherente a todo el circo rockero en la era del streaming: resultó curioso ver a un Iggy casi asustado, arrinconado en un extremo del escenario aullando “Search and Destroy” mientras la gente de seguridad bajaba a las trompadas a una horda que se tomó muy en serio la invitación de la estrella a bailar con él en la canción anterior. Pero más allá de esta anécdota de color, lo indiscutible es que, como dijera mejor que nadie la colega Giselle Hidalgo, de UltraBrit, la hiperkinética Iguana es de los últimos sobrevivientes de algo que a nosotros nos contaron; casi una ficción. Solo queda esperar que a partir de ahora mucha más gente de este lugar lejano, tan caro a los amantes de eso que llamamos “rock”, siga acrecentanto ese relato.



martes, 18 de octubre de 2016

Festival BUE, día 2 – Tecnópolis, 15/10/16





WILCO

“The” Band (foto: Wilco Argentina)
La tarde ya caía cuando en el escenario Heineken, puertas adentro, apareció la banda de Chicago comandada por un Jeff Tweedy sonriente y de sombrero blanco. En medio de una gran ovación, a la cuenta de cuatro, la reciente “Random Name Generator” abrió un show que rápidamente se iría transformando en una Caterpillar capaz de arrasar a una audiencia estupefacta, sumida en un estado constante entre la levitación y el escalofrío. El debut de Wilco en Buenos Aires, absolutamente triunfal, ofreció todo lo que se esperaba del sexteto y que ya había sido visto y revisto por Youtube: un curtido, potente, tan ordenado como desquiciado despliegue de melodías que oscilan y viran –incluso en un pestañeo– entre el tradicionalismo de The Band, la espalda de Neil Young & Crazy Horse y el ruidismo serial de Sonic Youth o Neu!. Si bien en la lista de temas casi todos los discos tuvieron sus embajadores (hasta el tempranero A.M., de 1995, se coló con “Box Full of Letters”), fue “Impossible Germany” y su coda imponente a lo Television la que marcó el meollo y el punto de no retorno para esos cientos de fans que aún se frotan los ojos y ya sueñan con el retorno del gigante.


THE FLAMING LIPS

Psycho-circus (foto: Jimena Savelli)
A las 21.15, mientras buena parte de los asistentes continuaba viajando con las últimas notas de Wilco, el cerebro Wayne Coyne payaseaba y colaboraba con los plomos en un escenario aún apagado, que un rato después explotará de colores para la larga intro de “Race for the Prize”. Sin embargo, aparentemente no todo estaba en su lugar: algo se perdió entre el volumen bajo, la garganta muy cascada de Coyne y los variados inconvenientes técnicos ligados a los efectos especiales, que crearon vacíos incómodos entre tema y tema y absorbieron demasiado caudal de los sesenta minutos pautados. Como rehenes de la batalla quedaron, intactas, nueve canciones lo suficientemente bellas y con vida propia como para permitirse omitir al menos parte de toda esa parafernalia, tan divertida como en alguna medida innecesaria; la gran versión casi a oscuras de “The Observer” así lo demuestra. De manera que, pese a que no faltaron los disfraces, los muñecos inflables, las explosiones de papelitos, los mensajes de amor y el homenaje a Bowie con “Space Oddity”, la escasa hora de los Lips reclama una revancha urgente: con más volumen, más voz, más tiempo y por consiguiente, más margen de maniobra. Un show propio, en definitiva.


PET SHOP BOYS 

Dance into the light (foto: Facebook PSB)
Uno de los puntos nodales del festival era la enésima presentación en estas tierras de Neil Tennant y Chris Lowe, quienes bien podrían haber apostado por una seguidilla de quince, veinte hits radiales que todos conocieran, un truco por aquí y otro por allá, una “coreo adecuada y listo: todos contentos a casa tarareando la melodía preferida. Pero no. Lo del celebrado dúo electro-pop fue sin duda, con sus aciertos y dubitaciones, una verdadera demostración de actualidad y vigencia, basada en un repertorio centrado en sus producciones de la última década y con unas pocas concesiones de playlist, para colmo reformadas y revisitadas en plan 2016 (“West End Girls”, “It's a Sin”, “Go West”, “Domino Dancing”). En su extenso show casi conceptual, y de la mano de un exquisito arsenal visual y lumínico, unos PSB ayudados por tres músicos reales no dejaron pie sin mover y de paso le explicaron a su gente –como bien ha expresado Sebastián Chaves en este artículo– no sólo cuánto han tenido que ver ellos con todo el pop de hoy, sino cuán interesante es comprobar que un artista consagrado es capaz de mirar para adelante y caer bien parado en el intento.