viernes, 17 de noviembre de 2017

Harmonia – Live 1974 (2007)




Cualquiera que adore hurgar los lugares más recónditos de la cultura rock podrá pretender sacar chapa con muchas cosas, pero con la música joven experimental alemana facturada entre fines de los sesenta y mediados de los setenta, la cosa no le va a resultar tan fácil. Porque, para decirlo sin mayores vueltas: aquella es una aventura poco recomendable para quien jamás ha considerado la posibilidad de la existencia de dimensiones paralelas a la del mero rock/pop dotado de unas formas y unas estructuras sujetas a unos límites más o menos elásticos. Esto parece exagerado y elitista, y probablemente lo sea, pero lo cierto es que, de ser cotejadas a un oído no suficientemente entrenado, aún las mejores obras del krautrock pueden inducir a un rechazo inmediato de lo que podría considerarse como puro terrorismo auditivo. Casi estrictamente lo que le pasó a la mayoría de los exponentes en su tierra natal, en sus momentos de plena actividad e inspiración.

Como se sabe, en algún momento de la historia la arbitraria etiqueta le sirvió a la prensa para englobar desde propuestas de rock avant-garde (Amon Düül II, Can, Faust) hasta la dinámica maquinal de conjuntos fascinados con el terreno virgen de la electrónica (Kraftwerk, Tangerine Dream, Conrad Schnitzler). No voy a entrar mucho en detalles al respecto (para eso existe una interesante bibliografía que incluye Krautrocksampler del querido Julian Cope y el más indispensable Future Days. Krautrock and the Building of Modern Germany, de David Stubbs), aunque sí es necesario subrayar ciertos aspectos contextuales. Es decir, lo que tiene que ver con una Alemania recuperada en lo económico, pero aún moral y psicológicamente devastada por culpas y resentimientos derivados de la gran tragedia de la que fue protagonista, la Segunda Guerra Mundial.

En este panorama, la juventud teutona de los años hippies se vio ante una especie de hora cero desde la que partir hacia rumbos inexplorados, por una doble vía tanto de ruptura con su linaje cultural, como de radicalización de las tendencias. Happenings, festivales, bohemia, vida en comunas e institutos y colectivos de arte estaban a la orden del día, y de esa ebullición emergieron las nuevas propuestas vinculadas, a veces de pura casualidad, por un mismo afán: la libertad artística absoluta. Abrevar del mejor rock inglés y norteamericano, del pop-art y de las vanguardias, pero para dinamitarlos y construir con los escombros.

Harmonia, pues, surge en 1973 de la unificación de fuerzas entre el dúo electrónico Cluster Hans-Joachim Roedelius y Dieter Moebius– y Michael Rother, guitarrista y mitad de Neu!, otro legendario dueto que había alcanzado un relativo éxito comercial en Inglaterra y que se encontraba en un hiato. Los primeros navegaban por largas improvisaciones instrumentales sin estructura definida y con fuentes sonoras imposibles de reconocer; sin progresiones, solos ni estribillos, en sus emisiones sónicas apenas había melodías, escondidas y alteradas por un arsenal de osciladores, delays de cinta, phasers y primitivas drum-machines. Neu!, en cambio, daba zancadas entre planicies oceánicas y estallidos de proto-punk furibundo, amén de patentar vía Klaus Dinger, el beat motorik. Algo bueno tenía que salir de semejante unión.

Fascinado con la calma bucólica de la propiedad que habían alquilado los muchachos en Forst para trabajar sus paisajes, Rother se instaló con su guitarra y los tres facturaron una de las obras maestras del krautrock, Musik von Harmonia (1974), antes de emprender una serie de conciertos por Alemania ante audiencias que rara vez superaban las cincuenta personas. Live 1974, pues, documenta al trío manipulando sus aparatos en un club de Griessem mientras, según se cuenta, el público charlaba animadamente de sus cosas cotidianas. Si eso ocurre en cualquier concierto pop, ¿cómo no iba a ocurrir allí frente a un escenario en el que se insistía con un mismo patrón rítmico durante decenas de minutos y los músicos buceaban por sus paneles a la caza de su mejor sonido?

El registro dista de ser de buena calidad, pero al menos logra capturar a Harmonia improvisando una serie de piezas de belleza abisal –y por momentos perturbadora– de la que se destaca  “Veteranissimo” (una extensión del track “Veterano”, de Musik von Harmonia) y “Ueber Ottenstein”, donde la guitarra espacial de Rother se despliega como aurora boreal sobre un mar burbujeante. No hay aplausos ni agradecimientos, y lo mismo daría si estuviesen en Griessem, el desierto del Sahara o frente al río en la granja de Forst: la misión de Live 1974 parece ser la de fotografiar a un grupo de gente libre, consciente de que la exploración tenía un precio (el anonimato) y que ni en sus más delirantes sueños imaginaba que algún día caería sobre ellos un notable torrente de reconocimiento y validación que crearía una demanda de reediciones, rescates y análisis. (Sin ir más lejos, las mismas cintas de este directo permanecieron juntando polvo en la casa de Michael Rother hasta entrada la década de 2000.)

Como ya se insinuó, durante los setenta el krautrock fue olímpicamente ignorado en Alemania, al menos hasta que, aunque a cuentagotas, cierta gente lúcida de los centros rockeros comenzara a reivindicarlos como influencia mayor. El caso más notorio, y perpetrado en tiempo real, fue el de Brian Eno, quien llevaría el arte de la manipulación del sonido a extremos marcianos primero en Roxy Music y luego en su carrera solista, amén de sus colaboraciones con Cluster o mismo con Harmonia. Un caso más conocido es el de Bowie, a expensas de Eno, pero los rescatistas se pueden citar a paladas: Suicide, Cabaret Voltaire, P.I.L., The Fall, Sonic Youth, Stereolab, Aphex Twin, y un largo etcétera.

Llegado a este punto uno se puede preguntar qué objeto tiene ir a buscar, en pleno siglo XXI, esa música ya añosa, extraña, disruptiva, subterránea, muchas veces facturada de forma casera. Y justamente de eso se trata, de callar a fuerza de ruido, minimalismo, búsqueda, cerebro e intuición, el estúpido bombardeo de estímulos de la era post-industrial, post-fordista, post-verdad... post-todo. Como punto de partida, puede pensarse, por ejemplo, que visto en perspectiva, mientras las masas contemplaban el “tobul” de Robert Plant, el krautrock entregaba en bandeja la banda sonora perfecta de la distopía de los días futuros. Cuesta entrarle, cuesta digerirlo, cuesta acostumbrar el oído, pero pero se puede, y una vez que se puede, no hay vuelta atrás.


Links: 
Harmonia – Deluxe (1975)
Cluster & Eno – Cluster & Eno (1977)
Moebius & Plank –  Rastakraut Pasta (1980)




lunes, 23 de octubre de 2017

Tom Petty and The Heartbreakers - Hypnotic Eye (2014)





En la contratapa de Hypnotic Eye, el último disco que editara Tom Petty junto a sus Heartbreakers, un bebé manipula un control remoto mientras su moderno plasma emite imágenes abrumadoras. Aunque ingenua, mejor parábola no se les pudo haber ocurrido: en un panorama plagado de artistas cuya mejor intención parece ser la de apabullar al consumidor con la mayor cantidad de estímulos posible, todos aquellos que se vieron obligados a ceder el paso han quedado a merced de su propia convicción y amor propio para salir bien parados ante el desafío que propone cada recambio generacional.

Sin embargo, a eso que en sí podría ser insuficiente, Petty le agregó buenas canciones, facturadas con la seguridad de quien ha visto demasiado, pero que comprueba cómo en pleno siglo XXI los mismos problemas de siempre siguen azotando a los seres traicionados por el Sueño Americano. Y justamente esta situación poco sorprendente es la que determina un nuevo desarrollo de lo mejor de los Heartbreakers, a saber, unas contagiosas ganas de rockear al amparo de un agreste despliegue de riffs, estribillos gancheros y líricas comprometidas.

Temas como “Red River”, el single “U Get Me High” y “All You Can Carry” responden a esta descripción, al tiempo que dilucidan una cuidadosa aplicación de la economía de recursos, patente en la escasez de sobregrabaciones y un amistoso clima de jam en pantuflas. También se verifica una fuerte presencia del blues, que agudiza la desolación y la bronca impresas en “Power Drunk” y “Burnt Out Town” y alcanza su punto máximo en el crudo retrato social de “Shadow People”, traducción de la impotencia que genera la paranoia reinante.

Ahora bien, más allá de las formas, lo que arroja este buen trabajo es hasta qué punto es factible demostrar vigencia y experiencia sin movidas rimbombantes de por medio, sino más bien simplemente “siendo”. Porque, al cabo, es probable que en los balances del año 2014 Hypnotic Eye tan solo haya terminado calificando como mejor disco de los últimos cuarenta y cinco minutos. Por cierto, cuarenta y cinco minutos bien empleados. 


Links: 
Tom Petty and The Heartbreakers - Hard Promises (1981)
Tom Petty and The Heartbreakers - MOJO (2010)
Neil Young & Crazy Horse - Psychedelic Pill (2012)

(Reseña originalmente publicada en revista UltraBrit, año 2015. Modificada in memoriam Tom Petty)



lunes, 2 de octubre de 2017

Café Tacuba - Revés/Yo Soy (1999)



No es ningún secreto que de grandes tormentas han surgido grandes obras. Ejemplos sobran, pero ya que estamos, afirmaremos que también ese fue el caso del cuarto disco de los mexicanos Café Tacuba, quienes para 1998 padecían la asfixia de una compañía que como requisito de renovación contractual exigía un desempeño similar al de Avalancha de Éxitos (1996), resonante disco de covers que le había dado al cuarteto “alterlatino” un alcance continental.

Era una época efervescente para el rock en español. Decenas de grupos con una fuerte vocación por la fusión entre sonido local y global competían por una mejor rotación o ubicación en festivales cada vez más multitudinarios. Al igual que tantos otros, los Cafeta habían irrumpido con mucho entusiasmo a comienzos de la década, solo que acusando una excentricidad que irían explotando sabiamente con el paso de los años y que los destacaría de los demás. A todo esto, la curiosa formación también cumplía su parte: un cantante hiperkinético (Rubén Albarrán) al frente de una banda sin batería, dependiente de las programaciones de un tecladista habilidoso (Emmanuel del Real) y del sentido melódico de un contrabajista y un guitarrista habituado a las cuerdas de nylon (los hermanos Quique y Joselo Rangel).

Sea como fuere, el grupo logró forjar un estilo reconocible y facturar unos cuantos hits como “Las flores”, del disco Re (1994), o la lectura de “Cómo te extraño” del argentino Leo Dan. Hasta ahí todo normal, giras, éxito, prensa, rumores de separación, desmentidas, etc. Lo que nadie imaginaba (menos aún la dirección ejecutiva de la Warner) era que el siguiente paso implicaría un paseo instrumental por las más diversas formas de mixturar la electrónica con el folklore, la danza contemporánea, la música de cámara y el pop; un gesto más cercano a esa osadía artística que tanto se añora que al suicidio comercial –aunque al final también resultara ser así. De modo que entre amenazas corporativas y conflictos grupales, inmediatamente después de la grabación del estrafalario Revés, la banda –respaldada por Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel– se vio obligada a sacar de la galera Yo Soy, un disco más convencional con canciones desempolvadas que, por obra y gracia de una ciencia que desconocemos, terminó siendo el complemento perfecto para las excentricidades de la idea inicial.

Ambos trabajos, con o sin palabras de por medio, parecen echar raíces sobre los mismos conceptos: la tierra, el universo infinito y la posición de cada simple ser humano en él. Con esas premisas, y más allá del afirmativo palíndromo (palabra “loop”) que lo titula, las canciones de Yo Soy trazan un recorrido filosófico que atraviesa la infancia (“Dos niños”), la madurez (“El hombre impasible”), el karma familiar (“El padre”), cuando no se pregunta directamente por los motores centrales (“La locomotora”) o la implacable rueda de la vida (“Bicicleta”).

Pese a las presiones a las que aludimos y a los condicionamientos musicales que por su propia naturaleza impuso Revés, la elegante factura de Yo Soy y la lúdica soltura de los tacubos desnudan un amplio margen de libertad aprovechado hasta el último segundo. Esto implicó arrebatos individuales, el uso de guitarras eléctricas por parte de Joselo, e inclusive un extraño juego con el formato mismo que dejó como resultado un CD con nada menos que 52 tracks, número al que se llega a partir de la imperceptible división de las últimas tres canciones.

Eso último no se replica en Revés, aunque tampoco era necesario en virtud de su carácter meramente exploratorio. Como ya adelantáramos, aquí el grupo se entrega por completo a la experimentación y despliega un conjunto de melodías circulares que ostentan un equilibrio delicadísimo del par modernidad/tradición. Entre ejecuciones exquisitas, rarezas minimalistas e invitados como el Kronos Quartet (que reversiona “La muerte chiquita”) y el zapateo de la Compañía de Danza Folclórica (con la perturbadora intervención de Meme Del Real), Cafeta se ríe de las convenciones pero se ocupa de que el producto quede bien lejos del onanismo intelectualoide.

A pesar de las críticas más que favorables, no hace falta una mente brillante para inferir que el álbum fue un rotundo fracaso comercial que determinó la inmediata eyección del cuarteto de las filas de Warner. Eso no impidió que Café Tacuba se regenerara y continuara entregando grandes discos, incluso con mucha repercusión como el sucesor Cuatro Caminos (2003), que de la mano del hit “Eres” abriría por fin la ruta del esquivo mercado argentino, ahora encantado con sus nuevos ídolos.


Links: 
Penguin Cafe Orchestra – Broadcasting From Home (1984) 
Brian Eno – Before And After Science (1978) 
Café Tacuba – El objeto antes llamado disco (2013)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Queen – News of the World (1977)



Además de la media docena de discos clásicos que la convirtiera en una de las bandas más grandes que haya dado el viejo y querido rock de estadios, Queen también detenta uno de los séquitos de fanáticos más talibanes sobre la faz de la Tierra. Gente convencida de que todo lo que hizo el cuarteto inglés en su larga historia entra directo en el ámbito de lo SAGRADO –así con mayúsculas– independientemente de los “pequeños traspiés” fácilmente justificables solamente por el hecho de haber sido facturados “por Queen”, lo que no ameritaría mayor debate. Por eso les aconsejo: nunca discutan con un fan de Queen; tarde o temprano la charla se tornará tensa y, posiblemente, a los dos o tres “peros” ya se habrán acreditado un nuevo enemigo. No digan que no les avisé.

Pero más allá de eso, cualquier oído transparente coincidirá conmigo en que hay un antes y un después de The Game, aquel entretenido álbum de 1980 que sellaba su alianza definitiva con sonoridades en boga del pop radial. El después abarca una seguidilla de discos irregulares, conflictos internos, giras arrasadoras y un desenlace que todos conocen; el antes, en cambio, comporta un firme camino al cénit y un descanso en la meseta, pero sin pasos en falso. Y eso que las cosas estuvieron complicadas en más de un momento: por ejemplo, la bancarrota que los acechaba al momento de facturar su obra maestra A Night at the Opera (1975), el desafío de perpetuar la grandeza con una secuela digna (A Day at the Races, 1976) y, para 1977, el vertiginoso riesgo que supuso el recambio generacional que vino por la vía de la explosión punk y el ocaso del rock progresivo.

De modo que lo que se venía ahora era una cuestión de mera supervivencia. Obviamente, no tenía lógica reinventarse como banda punk (todavía seguiríamos descostillándonos de la risa de haber sido así), de la misma manera que tampoco valía la pena seguir intentando ganar la simpatía de un sector de la prensa –como la NME– ya muy abocado a ridiculizar a los primeros dinosaurios de los setenta. Frente a este dilema, la solución implicó, en primer lugar, borrar del mapa todo vestigio del barroquismo que atravesaba sus trabajos previos y, en segunda instancia, cerrar filas con sus fans más fieles –que, por cierto, no eran precisamente tres gatos locos. Una salida inteligente y económica, en todo aspecto.

Los primeras señales que acusaba News of the World consistían, entonces, en declarar vencedor a Queen de toda batalla que se le hubiese presentado: épica en estado puro. Ya sobradamente saldado el derecho de piso (“I've paid my dues, time after time...”), Mercury, Deacon, May y Taylor abrieron su nuevo trabajo con dos solemnes cánticos dedicados a la hinchada, “We Will Rock You” y “We Are The Champions”, rápidamente adoptados en competencias deportivas de todo el globo. Pero el mensaje era más amplio, y “Sheer Heart Attack”, una cruda demostración de su poderío rockero, vaticinaba una existencia breve a esos forajidos de pelo parado que andaban haciendo desmadres por ahí. Desde ya, los hechos revestían otra complejidad, pero en términos de “grieta” eso tenía mucho sentido.

Todo cuadra perfectamente si se tiene en cuenta que durante esas sesiones los estudios Wessex  albergaron un curioso round entre Freddie y un Sid Vicious dispuesto a bardear a los pelmazos que pretendían “llevar el ballet a las masas”. ¡La anarquía versus la monarquía! Sin embargo, el altercado no pasó a mayores: el bajista de los Sex Pistols fue invitado a retirarse, y Queen prosiguió sacando el pecho a lo Maradona con la simplificación de su fórmula, que arrojaría algunos resultados notables y otros no tanto.

En tal sentido, “All Dead All Dead” y “Spread Your Wings”, escritas por Brian May y John Deacon respectivamente, verifican la destreza del grupo para facturar grandes melodías sin esfuerzos considerables y, de paso, narrar alguna buena historia, como la del infortunado camarero de vida gris que ilustra esta última. Tras ello, el hard-rock “Fight from the Inside” anticipa un lado 2 que arremete con todo de la mano de un osado experimento, “Get Down Make Love”, cuyo desarrollo insinuante y poderoso estribillo son atravesados por un candente intermedio a puro efecto de guitarra, reforzando la carga orgásmica que pretende instalar el track. De hecho, la insolente lírica expelida por Mercury le valdría la inclusión en la lista negra de la dictadura argentina, lo que no impidió que la banda lo ejecutara tranquilamente durante sus históricas presentaciones en el país en 1981.

Empero, hasta aquí parece llegar el encanto de la novedad, ya que el resto del álbum no se reserva mayores sorpresas. Salvo la excepcional “It’s Late” –acaso el único link con etapas previas de mayor sobrecarga musical–, “Sleeping in the Sidewalk”, “Who Needs You” y “My Melancholy Blues” difícilmente constituyan capítulos memorables del repertorio, aunque es cierto que tampoco hunden al álbum de manera insalvable.

En una época en la que predominaba un caudal de jóvenes pugnando por una renovación radical, News of the World asomó como un disco de transición, en contraste con los muy buenos momentos que atravesaban competidores como Cheap Trick o la Electric Light Orchestra, lo que sin embargo no implicó de ninguna manera ventas magras. Incluso, el buen desempeño de la placa en las tiendas de todo el mundo envalentonó al cuarteto real para regresar a estructuras un poco más complejas, como lo atestigua Jazz, de 1978, al igual que este, tibiamente reseñado por los especialistas. A los que no les faltaba algo de razón, por más que la barrabrava, biblia en mano (toda la discografía de Queen), dijera absolutamente lo contrario. 


Links:
Bad Company – Straight Shooter (1975)
Cheap Trick – In Color (1978)
Kiss – Love Gun (1977)





martes, 1 de agosto de 2017

Kate Bush – The Kick Inside (1978)




¿Quién pudo maniobrar una carrera prácticamente sin traspiés durante cuatro décadas, conocer lo más alto de los rankings aún apostando por los riesgos y al mismo tiempo preservar el tesoro de su intimidad? Kate Bush. Ahora bien, redoblemos la pregunta: ¿quién logró, en un mundo masculino, en los años 70, colocar en el N° 1 un álbum enteramente salido de un cerebro adolescente? Pues la misma: Kate Bush. Una artista fuera de serie, casi sin precedentes en el rock (habría que remontarse a Joni Mitchell para encontrar semejante actitud) y que poco antes de saltar a la fama había pasado una infancia tocando música y abrevando de los discos de rock que había en su casa rural de clase alta en Kent, Inglaterra.

De esta manera, la inquieta Catherine (nacida en 1958) no tardó mucho en ponerse a garabatear sus propias composiciones y, a los doce, ya contaba con un demo que hizo circular hasta que llegó, tiempo después, a manos de un David Gilmour hechizado por el estrafalario canto de esa chica provinciana, más propio de un ser mitológico que de una cantante pop. Cuenta la leyenda que, en 1975, el guitarrista de Pink Floyd le acercó la cinta a gente de la EMI diciendo “por favor, escuchen esto” y rogando que pusieran el plan en marcha. Todo ok, pero antes Bush debía superar ciertos obstáculos: vencer su terrible timidez (lo que logró tomando clases de danza y mimo) y curtirse actuando en pubs con la banda de su hermano Paddy, antes de proceder con un poco ortodoxo y ambicioso álbum debut, The Kick Inside.

Ya plenamente consciente de su potencial, la joven artista movió cielo y tierra para asegurarse el control total e inapelable del producto que se gestaba en los estudios Air: una música extraña, angelical, canalizada a través de un histrionismo vocal sobrehumano, un disfraz pop rock impregnado de imaginería erótica y un piano siempre cómplice de la aventura del descubrimiento. Como si de desactivar clichés se tratara, la mirada clínica (y cínica) de Bush –un ojo en la música radial y otro en las vanguardias rockeras– hizo que las canciones fueran y volviesen del exotismo a la manera de una bolsa arrastrada por el viento.

Así, “Moving” abre el disco con el sonido de una ballena y una melodía digna de un film samurai, y “The Saxophone Song” vincula a Roxy Music con King Crimson, sin embargo, la composición de Bush alcanza su primer pico con “Strange Phenomena”, una breve gema que relaciona la menstruación con insólitos fenómenos paranormales. Y si de intimismo se trata, luego del arrebato reggae de “Kite”, la balada “The Man With the Child in His Eyes” narra una fantasía sexual con un hombre que la visita cuando apaga la luz por las noches, en tanto que “Wuthering Heights”, un tortuoso drama basado en la novela homónima de Emily Brontë, avanza entre acrobacias vocales y uno de los estribillos más exhuberantes jamás facturados (“Heathcliff, it’s me, I’m Cathy, I’ve come home, I’m so cold...”) para redondear su primer gigantesco hit. Directo a la cima de los charts.

La segunda mitad continúa este híbrido de rock progresivo, AOR y folk anglosajón con algún que otro altibajo, como la rockera “James and the Cold Gun”, que le sentaría bien a The Alan Parsons Project (de hecho, varios de los sesionistas provenían de allí) y tal vez el jamaicano “Them Heavy People”. Empero, piezas descollantes como las explícitas “L’Amour Looks Something Like You” y “Feel It”, colmadas de una ardiente lascivia que contrasta con la inocencia de “Oh To Be in Love”, amén del escalofriante cierre con “The Kick Inside” –una nota suicida de una muchacha embarazada fruto de una relación incestuosa–, se encargan de poner las cosas en su lugar de excelencia. Así presentada y empaquetada, la misteriosa sensualidad que atraviesa el álbum desde la primera hasta la última nota provocaría la rendición incondicional de un público amplísimo en el que se encontraba gente tan dispar como John Lydon y Peter Gabriel y futuras estrellas del porte de Elizabeth Fraser, Tori Amos o Björk, por nombrar solo algunas. 

Posteriormente, tras la edición de la apurada secuela, Lionheart (también de 1978), Bush, quien en 1973 había visto en persona cómo David Bowie liquidaba a su personaje Ziggy Stardust, encara una serie de treinta shows plagados de elementos circenses, coreográficos y mucho color, cuando en realidad sus planes pasaban por otro lado. Tras la decisión de abandonar las giras para siempre, en el horizonte asomaba un conjunto de trabajos intrincados, de una complejidad avasallante pero siempre con un pie en el pop, algunas presentaciones en televisión y una inteligente adaptación a la era MTV que la mantendría bien posicionada en el panorama. Total, sus discos se encargarían solitos de ir educando a quien quisiera recoger el guante.


Links: 
France Gall - France Gall (1975)
Bat For Lashes – The Bride (2016)
Lorde – Melodrama (2017)