miércoles, 17 de mayo de 2017

Slowdive – Niceto, 16/5/2017






Que hasta bandas desconocidas como Slowdive hayan claudicado ante el rescate más-económico-que-emotivo del mercado del regreso, no debe sorprender, pero que lo hayan hecho en compañía de un álbum a la altura de su modesta leyenda (Slowdive, 2017) sí es un gesto digno de destacar. Se trata de ocho canciones que retoman las cosas donde las habían dejado Souvlaki (1993) y Pygmalion (1995), sin intención alguna de homenaje o recreación, aunque sí de fidelidad a ciertos principios: un sonido etéreo, hábilmentemente texturado, en el que unas voces apenas audibles se funden en mares de guitarras tan cargadas de reverberancia que terminan mimetizándose con los teclados. Gracias a esta sobresaliente reaparición, la palabra fraude empieza a desvanecerse y su debut en Buenos Aires se espera con más relax que dubitaciones.

Crecido a la sombra impertinente de My Bloody Valentine y Ride –los mimados de la escena alternativa inglesa de comienzos de los noventa–, el quinteto de Reading tuvo que inventar un acercamiento a Cocteau Twins y al The Cure más denso para otorgar vida propia a un material que les daría satisfacciones artísticas, pero que nunca les permitiría eludir el desastre comercial, en última instancia, el determinante de su eyección del sello Creation a mediados de década. Pese a eso, el hecho de que los líderes Neil Halstead y Rachel Goswell hayan dado vuelta la página con el folk de Mojave 3 como para mantenerse a flote en el panorama indie, sumado a la ola revalorizadora, los ha salvado del olvido total. No todos pueden decir lo mismo.

Sólo así se explica un Niceto abarrotado que logra arrancar sonrisas a sus parcos héroes, armados hasta los dientes con pedaleras aeronáuticas, un volumen altísimo y el exquisito juego de luces que ofrece el lugar. Con semejante amparo, luego de la paisajística introducción de “Slomo”, el grupo desplegó de menor a mayor un torrente de electricidad lo suficientemente abarcativo para dejar a todos los demandantes eructando de empacho: los que querían “hits”, pudieron escuchar “Catch the Breeze”, “Alison”, “When the Sun Hits” y la ingrávida “Souvlaki Space Station”; los que buscaban extractos de viejos EPs consiguieron acreditarse “Avalyn” y “She Calls”; también hubo novedades (“Star Roving”, “Sugar for the Pill”) y hasta el suicida Pygmalion se coló con la psicótica “Crazy for You”. Así y todo, algún espectador que logró mantener los pies sobre la tierra se acordó de pedir “Machine Gun”, a lo que la banda, antes de cerrar, respondió con su cover libre de “Golden Hair” de Syd Barrett. Es que a esa altura del viaje, sinceramente, todo daba lo mismo.

Ya consumado el trip sonoro, el bis “40 Days” marcó el final de un show donde las palabras escasearon –incluso en un día especial debido al cumpleaños de Goswell– y en el que primó una experiencia más corporal que musical, en virtud del placentero trance al que Slowdive sometió a una audiencia hambrienta de vivenciar a los sobrevivientes del shoegaze. Una idea estética que, gracias a las lecciones de los originales y a los que han recogido bien el guante, se resiste a ser incluida en la desagradable bolsa negra de lo anacrónico.

viernes, 5 de mayo de 2017

The Magic Numbers – Alias (2014)



Hace una década, el contexto era aún favorable para todo aquel que se colocara en la frente un calco con la palabra “indie”. Sin embargo, el cuarteto londinense formado por dos pares de hermanos de ambos sexos llegó a las radios en 2005 con un puñado de hits atravesados por el espíritu de época, pero también dotados de una candidez que hiciera de ellos un producto apto para todo público. Dicho de otro modo, la banda cayó simpática de entrada en virtud no solo de su look naïf/neohippie, sino de un conjunto de influencias que la conectaban con el folk rock de la Costa Oeste norteamericana, lo que garantizaba en sus producciones buenas dosis de suavidad e intimismo, así como cierta atemporalidad.

De la mano de ejecuciones sobrias y un buen interjuego vocal entre el líder Romeo Stodart, su hermana Michele –bajista– y la polifuncional Angela Gannon, los primeros dos álbumes (The Magic Numbers, de 2005 y Those the Brokes, de 2006) desplegaron una homogeneidad llevadera que luego dio paso al ensayo de nuevos rumbos posibles con resultados desconcertantes (The Runaway, 2010). Con este antecedente, Alias insiste en el desafío a su propia modestia, pero intenta al menos enderezar el rumbo y, tal vez, como el título sugiere, afianzar una identidad aún en formación.

Los seis minutos de “Wake Up” que abren este trabajo ilustran muy bien estos aspectos centrales, al igual que “You K(no)w”, de similar duración. En ambos tracks sobrevuela un aire oscuro y ambicioso –estimulado por la división en diferentes movimientos y unos arreglos orquestales bien administrados– que en definitiva es lo que parece querer subrayar la banda en este nuevo periodo. Por su parte, “Out on the Streets” y el primer single “Shot in the Dark” también se hacen eco de esta mayor contundencia, aunque bajo formas más habituales, al igual que “Roy Orbison”, que homenajea al prócer del rock and roll en un marco de desgarradora tristeza e introduce un halo retro aplicado de manera dispar en las siguientes dos pistas.

En tal sentido, mientras “Thought I Wasn't Ready” –vocalizada por Angela Gannon– se remonta de manera certera al Fleetwood Mac de Rumours (1977), “E.N.D.” salta al eje de la música disco y, aunque sutil y con un seguro porvenir de rotación, le hace un buen favor a los orígenes, invocados en “Accidental Song” y, más aún, “Better Than Him”, tranquilamente ubicable en las primeras épocas del grupo.

El extravío ingenuo de “Enough” y la sombría “Black Rose” cierran Alias sin mayores sobresaltos y de paso habilitan algunas certezas e interrogantes. Entre las primeras, el obstinado esfuerzo de Romeo y compañía por demostrar madurez y correr sus límites un poco más allá, amén de su intacta facilidad para la creación de buenas melodías; de eso no cabe duda. Sin embargo, la otra parte es más dura, y se relaciona con la cuestión de si The Magic Numbers logrará finalmente ser reconocida como una banda de discos más que de canciones; tensión que hace de esta obra una verdadera lucha contra la inocuidad, con los costos que eso implica.

Links:
The Kooks – Junk of the Heart (2011)
The Mamas & the Papas – If You Can Believe Your Eyes and Ears (1966)
The Bridges – Limits of the Sky (2008)






martes, 28 de marzo de 2017

Depeche Mode – Spirit (2017)




Hace unos días, los miembros de Depeche Mode tuvieron que salir a aclarar que el grupo es “lo más opuesto a una banda de extrema derecha”, a raíz de afirmaciones del político norteamericano Richard Spencer –abrazado a esa orientación– que declararon a las canciones del trío de Basildon como la música oficial de su partido. ¡Vaya honor! Es posible que Spencer jamás haya reparado en el concepto que atravesaba el ya lejano Construction Time Again (1983), teñido por una especie de socialismo que, aún en su ingenuidad juvenil, cuestionaba de manera abierta el reparto de la torta (“Everything Counts”) y la decadente vida industrial (“Pipeline”). Tampoco le debe haber interesado recalar en los escándalos por cuestiones religiosas (“Blasphemous Rumours”) o relacionadas con la sexualidad (“Master and Servant”) que envolvieron al grupo en sus mejores años. Y todo esto por mencionar solo algunos de los aspectos que podrían espantar a cualquier mente conservadora.

Sea como fuere, hoy los Depeche son tipos maduros que suelen mostrarse en tiernas escenas familiares, tan alejados de la controversia como de las enormes obras que los convirtieran en una de las bandas más influyentes de las últimas décadas y uno de los grupos de culto con mayor convocatoria. Y hasta es probable que compartan con el bueno de Spencer la indignación con los oscuros tiempos que corren, de crisis, violencia y sobreinformación que desinforma, tal como se manifiesta en cada párrafo de Spirit.

Por supuesto, si el indeseable personaje interpretó “Where’s the Revolution” (el primer corte) como un llamado a la (re)acción, es algo solo podemos conjeturar, pero lo cierto es que por encima de la fórmula de blues electrónico que el grupo desarrolla por enésima vez al menos desde el B-side “Pleasure Little Treasure”, emerge una voluntad sociopolítica que no se ve desde hace rato, cuando en los sobres de los discos asomaba un arte con claras influencias de la estética soviética y era posible corear líneas como “Tu vestido está manchado con aceite / por trabajar tanto por tan poco”, o “Miénteme / como lo hacen en la fábrica”. Solo que en el medio pasaron algunas cosillas: un buen día el muro cayó, al otro día un imbécil decretó el fin de la historia, DM alcanzó la fama global, Alan Wilder abandonó el barco, vino el big bang de internet y tres décadas después todo parece caerse a pedazos en este aberrante mundo único que tanto soñaba Michael Jackson.

Y también ocurrió algo inimaginable: Martin Gore, el compositor hegemónico, finalmente se dignó a compartir una autoría con su amigo Dave Gahan (“You Move”), quien también firma los más introspectivos “Cover Me” y “Poison Heart”. Pero por fuera de esta curiosidad, los caminos parecen demasiado pisoteados: la elegancia techno de taquito de “No More (This is the Last Time)” y “The Worst Crime”, Gore reservándose los espacios más intimistas (“Eternal” y “Fail”) antes de recaer en una nueva revisión de “Behind the Wheel” en “So Much Love”, y el aporte de Andy Fletcher que es, como siempre, una incógnita.

Dicho esto, y a riesgo de desalentar la escucha, lo más fácil sería concluir que Spirit es “más de lo mismo”, con la salvedad de la reaparición de cierta saña sado-maso que se remonta a la época de Some Great Reward (1984) y una lírica venenosa. Sin embargo, toda esa furia que se insinúa desde el arranque en “Going Backwards” (“Podemos rastrearlo todo con satélites, ver gente morir en tiempo real. / Estamos yendo hacia atrás, armados con nueva tecnología, hacia una mentalidad cavernícola”) huele más a rabieta de mediana edad que a las discusiones sobre cómo transformar el mundo desde nuestra vida cotidiana. Cosa que –aclaremos por las dudas– el grupo desarrolló sobradamente con mayor convicción y mejores resultados en momentos mucho más difíciles para andar haciéndose los locos. Ahora estamos todos grandes y, a fin de cuentas, el horno no está para bollos. 


Links:
Depeche Mode - Sounds of the Universe (2009)
Depeche Mode - Catching Up With Depeche Mode (compilación) (1985)
Dave Gahan & Soulsavers - Angels & Ghosts (2015)




viernes, 17 de febrero de 2017

Blur - Think Tank (2003)




Hay demasiada gente interesada en que las cosas se queden como están, o como alguna vez fueron; de modo que cualquier movida de mínima apertura suele ser mirada con desconfianza, recelo, al menos hasta que la banda en cuestión demuestre lo contrario. Y Blur siempre se las ha ingeniado para hacerle el corte de manga a los que esperaban una señal de repetición o decadencia: nunca dejó de redoblar la apuesta con cada álbum. De esta manera, y mientras la prensa la levantaba con pala azuzando una rivalidad con Oasis, al britpop más clasicista de Modern Life is Rubbish (1993) y Parklife (1994) el cuarteto le agregó aspereza en The Great Escape (1995) para luego, sin que nadie lo pidiese, ocurriera la más absoluta rendición al rock indie norteamericano de la mano de Blur (1997), a lo que 13 (1999) añadirá experimentación y gospel.

¿Faltaba más? Sobre el nuevo milenio, Damon Albarn, guía y cerebro, le daría curso a Gorillaz, proyecto orientado al mundo tecnológico con base en la electrónica, el rap y el hip-hop, con el que en 2001 facturó una primera masterpiece de pura exploración lúdica. De lo que se deduce que a comienzos de los 2.0, el cantante tenía tiempo, espacio y dinero como para poner a dormir a la banda que lo viera nacer, cosa que no hizo sin antes ostentar una vez más la elasticidad de la misma, llevándola hasta el límite de lo reconocible. A ello apuntó Think Tank.

El año 2003 fue, pues, clave en la historia de Blur, primero en virtud de la aparición de este álbum infravalorado, y segundo, en cuanto el agotamiento de más de una década en la ruta que terminó de demoler los ya frágiles vínculos entre Albarn, Graham Coxon (guitarra), Alex James (bajo) y Dave Rowntree (batería). El primero en caer en desgracia fue Coxon. Recién liberado del alcohol, el guitarrista se presentó en el estudio con más voluntad que capacidad de respuesta, motivo suficiente para que sus compañeros consensuaran su eyección. James y Rowntree, en tanto, conservaron sus puestos, pero bajo total entrega a un cansado Albarn, cada vez más cosmopolita y obsesionado con las máquinas, el recorte de fragmentos y las posibilidades de la consola, a punto tal que el baterista apenas golpearía tambores en toda la estadía de grabación en Marruecos.

Bajo estas premisas, era lógico que en Think Tank el Blur que todos conocían apareciera a cuentagotas. Allí algunas letras se vuelven a recostar en la revisión del ser inglés, en particular en lo relacionado con su vida nocturna, como las de “Brothers and Sisters”, “On The Way to The Club” o “Moroccan Peoples Revolutionary Bowls Club”, sin embargo, un marco musical disperso plagado de loops, huellas de dub y divagues varios, indica que más allá del evidente desgano, de lo testeado tanto en 13 como en Gorillaz (2001) no había vuelta atrás.

La temática fiestera se hace presente también en “Crazy Beat”, un restallante rock producido por Fatboy Slim que evoca a “Song 2”, pero este es el único de su clase en todo el disco, si se descuenta el inciso punkie de “We've Got A File On You”. El resto, de manera taciturna, hace hincapié en el amor en tiempos de tragedia, vivido como la previa a un colapso inminente (recordar que el chiflado de G. W. Bush y la guerra de Irak copaban los titulares). Así, mientras la inaugural “Ambulance” planta su eslogan valiéndose de un pulso perturbador y saxos barítonos (“No tengo nada de qué asustarme”), el single “Out Of Time” hace lo propio en compañía de una orquesta de cuerdas marroquí y acusa: “Estuviste tan ocupado últimamente que no hallaste tiempo / para abrir tu mente y observar al mundo girar / ligeramente fuera de tiempo”.

Las baladas, por su parte, merecen su propio párrafo. Tanto la bella “Good Song” como la subacuática “Sweet Song” conmueven con su sencilla e impecable factura, pero es “Battery In Your Leg”, que cierra el álbum, la que gana los laureles: como si fuese un premio a la perseverancia del desconcertado oyente, el final se lleva la única intervención válida de Coxon en estos surcos, cuyas notas caen en cascada y sostienen una estructura tan frágil que pareciera estar a punto de partirse en mil pedazos. Sí, como la banda misma.

A la hora de presentar el álbum, el trío contrató al ex-The Verve Simon Tong para ocupar el puesto de Coxon, sin embargo, la suerte estaba echada. Blur había sobrevivido al ocaso del britpop, a la fama mundial, a la autodestrucción y al cambio de siglo, al cual había enfrentado con una obra fácilmente asociable a Sandinista! (1980) de The Clash, a la luz de ese libertinaje creativo tan celebrado como discutido. Pero nada pudo hacer contra la saturación mutua, salvo regalarse un tiempo como para que cada uno hiciera lo que le plazca, tomara aire y se preparase para volver.


Links: 
Gorillaz – Demon Days (2005)
The Good, the Bad & the Queen – Ídem (2007)
Graham Coxon – The Kiss of Morning (2002)




viernes, 3 de febrero de 2017

Weezer – Pinkerton (1996)



En los noventa, todo lo relacionado con los nerds no tenía la aceptación que tiene hoy, un multiverso donde el conocimiento garpa y los hipsters marcan tendencia. De hecho, si Weezer hubiese surgido ahora, su líder Rivers Cuomo (una mezcla entre Elvis Costello y Brian Wilson) sería rey, pero como eso no ocurrió, el muchacho tuvo que conformarse con mantener a su banda en un nivel modesto y proseguir sus estudios universitarios.

Gente fanática del arco trazado por bandas como Cheap Trick, The Posies, Pixies, Nirvana et al., Weezer la pegó en 1994 con su irresistible hit “Buddy Holly”, una gema power-pop que exhibía una nostalgia algo inocente por la estética de los años ’50 y le daba un plus radial a su gran álbum debut, producido por el excantante de The Cars, Ric Ocasek. El contexto no podía ser más propicio: con el post-grunge en ciernes, los sellos major todavía apostaban por las guitarras, con lo cual las grandes ligas quedaban al alcance de la mano. La premisa era la de siempre, tipo “Ud. hágase el loco, meta un hit, suene en todos lados y después vemos”; pero la información ya circulaba inusualmente rápido y por consiguiente los tiempos se habían acortado: el peligro de volver rápidamente a las sombras acechaba a cada segundo. A Weezer, en tanto, le sonreía el multiplatino y los premios, los grandes festivales y todo eso, sin embargo, el camino a Pinkerton fue, cuanto menos, tortuoso, y lo que le siguió también.

Entre el éxito repentino y una delicada operación para corregir una falla en una de sus piernas, que dejara como secuela un período de intensos dolores, algo cambió en el frágil y contemplativo Cuomo, quien decidió desbaratar los planes de una ópera rock basada en Madama Butterfly hasta reducirlos al mínimo y dejarlos en manos del antagonista de la obra de Puccini, un tal B. F. Pinkerton. El resultado de este giro se disparó en varias tangentes: producción propia, amplificadores con los volúmenes al máximo, y una cuota de calculada desprolijidad.

Pero había más: bien camuflados por un contagioso aunque sombrío ímpetu pop, los textos exponían una compleja relación con el sexo opuesto, saltando desde el desenfreno (“Tired of Sex”), la indiferencia del otro (“No Other One”) y el amor no correspondido (“Pink Triangle”) hasta un romance a la distancia con una joven fan japonesa (“Across The Sea”). Lejos de ser celebrada, la honestidad brutal de Cuomo no fue bien recibida, a la luz de las reseñas mixtas en las que llegó a ser señalado como sexista. Asimismo, los fans, la propia banda y hasta sus familias odiaron el álbum, en virtud de su cruda urgencia y su falta de tapujos. Arrepentido por haber mostrado descaradamente su lado oscuro, el líder llegaría a confesar que se sintió como al día siguiente después de una fiesta descontrolada, en la que los flashes de mil pelotudeces perpetradas delante de todo el mundo la noche anterior le taladran una cabeza a punto de estallar.

La gira del 96-97 fue exitosa, pero las ventas y la moral de la banda estaban por el piso. En consecuencia, sobre el cierre de la década, Cuomo entró en un período de reclusión y nula creatividad, y el bajista Matt Sharp renunció para meterse de lleno en The Rentals, con quienes ya había facturado el hit “Friends of P”. Con el nuevo milenio Weezer parecía definitivamente condenado al “one hit wonder” cuando ocurrió el milagro: el disco homónimo de 2001 conocido como The Green Album los devolvió a los charts y una nueva generación de indies, incluyendo al incipiente sector emo, los reivindicó como influencia mayor, lo que provocó que, ya hasta el cuello en el siglo XXI, Pinkerton fuera colocado en la vitrina de las grandes obras del decenio, y rotulado como el retrato de un freaky, un inadaptado social en pleno derrumbe emocional y sincericidio. Lo cual en definitiva se acerca bastante a la verdad.


Links: 
Weezer – Everything Will Be Alright in the End (2014) 
That Dog – Totally Crashed Out (1995) 
The Rentals – Return of The Rentals (1995)