martes, 28 de marzo de 2017

Depeche Mode – Spirit (2017)




Hace unos días, los miembros de Depeche Mode tuvieron que salir a aclarar que el grupo es “lo más opuesto a una banda de extrema derecha”, a raíz de afirmaciones del político norteamericano Richard Spencer –abrazado a esa orientación– que declararon a las canciones del trío de Basildon como la música oficial de su partido. ¡Vaya honor! Es posible que Spencer jamás haya reparado en el concepto que atravesaba el ya lejano Construction Time Again (1983), teñido por una especie de socialismo que, aún en su ingenuidad juvenil, cuestionaba de manera abierta el reparto de la torta (“Everything Counts”) y la decadente vida industrial (“Pipeline”). Tampoco le debe haber interesado recalar en los escándalos por cuestiones religiosas (“Blasphemous Rumours”) o relacionadas con la sexualidad (“Master and Servant”) que envolvieron al grupo en sus mejores años. Y todo esto por mencionar solo algunos de los aspectos que podrían espantar a cualquier mente conservadora.

Sea como fuere, hoy los Depeche son tipos maduros que suelen mostrarse en tiernas escenas familiares, tan alejados de la controversia como de las enormes obras que los convirtieran en una de las bandas más influyentes de las últimas décadas y uno de los grupos de culto con mayor convocatoria. Y hasta es probable que compartan con el bueno de Spencer la indignación con los oscuros tiempos que corren, de crisis, violencia y sobreinformación que desinforma, tal como se manifiesta en cada párrafo de Spirit.

Por supuesto, si el indeseable personaje interpretó “Where’s the Revolution” (el primer corte) como un llamado a la (re)acción, es algo solo podemos conjeturar, pero lo cierto es que por encima de la fórmula de blues electrónico que el grupo desarrolla por enésima vez al menos desde el B-side “Pleasure Little Treasure”, emerge una voluntad sociopolítica que no se ve desde hace rato, cuando en los sobres de los discos asomaba un arte con claras influencias de la estética soviética y era posible corear líneas como “Tu vestido está manchado con aceite / por trabajar tanto por tan poco”, o “Miénteme / como lo hacen en la fábrica”. Solo que en el medio pasaron algunas cosillas: un buen día el muro cayó, al otro día un imbécil decretó el fin de la historia, DM alcanzó la fama global, Alan Wilder abandonó el barco, vino el big bang de internet y tres décadas después todo parece caerse a pedazos en este aberrante mundo único que tanto soñaba Michael Jackson.

Y también ocurrió algo inimaginable: Martin Gore, el compositor hegemónico, finalmente se dignó a compartir una autoría con su amigo Dave Gahan (“You Move”), quien también firma los más introspectivos “Cover Me” y “Poison Heart”. Pero por fuera de esta curiosidad, los caminos parecen demasiado pisoteados: la elegancia techno de taquito de “No More (This is the Last Time)” y “The Worst Crime”, Gore reservándose los espacios más intimistas (“Eternal” y “Fail”) antes de recaer en una nueva revisión de la dinámica de “Behind the Wheel” en “So Much Love” y el aporte de Andy Fletcher que es, como siempre, una incógnita.

Dicho esto, y a riesgo de desalentar la escucha, lo más fácil sería concluir que Spirit es “más de lo mismo”, con la salvedad de la reaparición de cierta saña sado-maso que se remonta a la época de Some Great Reward (1984) y una lírica venenosa. Sin embargo, toda esa furia que se insinúa desde el arranque en “Going Backwards” (“Podemos rastrearlo todo con satélites, ver gente morir en tiempo real. / Estamos yendo hacia atrás, armados con nueva tecnología, hacia una mentalidad cavernícola”) huele más a rabieta de mediana edad que a las discusiones sobre cómo transformar el mundo desde nuestra vida cotidiana. Cosa que –aclaremos por las dudas– el grupo desarrolló sobradamente con mayor convicción y mejores resultados en momentos mucho más difíciles para andar haciéndose los locos. Ahora estamos todos grandes y, a fin de cuentas, el horno no está para bollos. 


Links:
Depeche Mode - Sounds of the Universe (2009)
Depeche Mode - Catching Up With Depeche Mode (compilación) (1985)
Dave Gahan & Soulsavers - Angels & Ghosts (2015)




viernes, 17 de febrero de 2017

Blur - Think Tank (2003)




Hay demasiada gente interesada en que las cosas se queden como están, o como alguna vez fueron; de modo que cualquier movida de mínima apertura suele ser mirada con desconfianza, recelo, al menos hasta que la banda en cuestión demuestre lo contrario. Y Blur siempre se las ha ingeniado para hacerle el corte de manga a los que esperaban una señal de repetición o decadencia: nunca dejó de redoblar la apuesta con cada álbum. De esta manera, y mientras la prensa la levantaba con pala azuzando una rivalidad con Oasis, al britpop más clasicista de Modern Life is Rubbish (1993) y Parklife (1994) el cuarteto le agregó aspereza en The Great Escape (1995) para luego, sin que nadie lo pidiese, ocurriera la más absoluta rendición al rock indie norteamericano de la mano de Blur (1997), a lo que 13 (1999) añadirá experimentación y gospel.

¿Faltaba más? Sobre el nuevo milenio, Damon Albarn, guía y cerebro, le daría curso a Gorillaz, proyecto orientado al mundo tecnológico con base en la electrónica, el rap y el hip-hop, con el que en 2001 facturó una primera masterpiece de pura exploración lúdica. De lo que se deduce que a comienzos de los 2.0, el cantante tenía tiempo, espacio y dinero como para poner a dormir a la banda que lo viera nacer, cosa que no hizo sin antes ostentar una vez más la elasticidad de la misma, llevándola hasta el límite de lo reconocible. A ello apuntó Think Tank.

El año 2003 fue, pues, clave en la historia de Blur, primero en virtud de la aparición de este álbum infravalorado, y segundo, en cuanto el agotamiento de más de una década en la ruta que terminó de demoler los ya frágiles vínculos entre Albarn, Graham Coxon (guitarra), Alex James (bajo) y Dave Rowntree (batería). El primero en caer en desgracia fue Coxon. Recién liberado del alcohol, el guitarrista se presentó en el estudio con más voluntad que capacidad de respuesta, motivo suficiente para que sus compañeros consensuaran su eyección. James y Rowntree, en tanto, conservaron sus puestos, pero bajo total entrega a un cansado Albarn, cada vez más cosmopolita y obsesionado con las máquinas, el recorte de fragmentos y las posibilidades de la consola, a punto tal que el baterista apenas golpearía tambores en toda la estadía de grabación en Marruecos.

Bajo estas premisas, era lógico que en Think Tank el Blur que todos conocían apareciera a cuentagotas. Allí algunas letras se vuelven a recostar en la revisión del ser inglés, en particular en lo relacionado con su vida nocturna, como las de “Brothers and Sisters”, “On The Way to The Club” o “Moroccan Peoples Revolutionary Bowls Club”, sin embargo, un marco musical disperso plagado de loops, huellas de dub y divagues varios, indica que más allá del evidente desgano, de lo testeado tanto en 13 como en Gorillaz (2001) no había vuelta atrás.

La temática fiestera se hace presente también en “Crazy Beat”, un restallante rock producido por Fatboy Slim que evoca a “Song 2”, pero este es el único de su clase en todo el disco, si se descuenta el inciso punkie de “We've Got A File On You”. El resto, de manera taciturna, hace hincapié en el amor en tiempos de tragedia, vivido como la previa a un colapso inminente (recordar que el chiflado de G. W. Bush y la guerra de Irak copaban los titulares). Así, mientras la inaugural “Ambulance” planta su eslogan valiéndose de un pulso perturbador y saxos barítonos (“No tengo nada de qué asustarme”), el single “Out Of Time” hace lo propio en compañía de una orquesta de cuerdas marroquí y acusa: “Estuviste tan ocupado últimamente que no hallaste tiempo / para abrir tu mente y observar al mundo girar / ligeramente fuera de tiempo”.

Las baladas, por su parte, merecen su propio párrafo. Tanto la bella “Good Song” como la subacuática “Sweet Song” conmueven con su sencilla e impecable factura, pero es “Battery In Your Leg”, que cierra el álbum, la que gana los laureles: como si fuese un premio a la perseverancia del desconcertado oyente, el final se lleva la única intervención válida de Coxon en estos surcos, cuyas notas caen en cascada y sostienen una estructura tan frágil que pareciera estar a punto de partirse en mil pedazos. Sí, como la banda misma.

A la hora de presentar el álbum, el trío contrató al ex-The Verve Simon Tong para ocupar el puesto de Coxon, sin embargo, la suerte estaba echada. Blur había sobrevivido al ocaso del britpop, a la fama mundial, a la autodestrucción y al cambio de siglo, al cual había enfrentado con una obra fácilmente asociable a Sandinista! (1980) de The Clash, a la luz de ese libertinaje creativo tan celebrado como discutido. Pero nada pudo hacer contra la saturación mutua, salvo regalarse un tiempo como para que cada uno hiciera lo que le plazca, tomara aire y se preparase para volver.


Links: 
Gorillaz – Demon Days (2005)
The Good, the Bad & the Queen – Ídem (2007)
Graham Coxon – The Kiss of Morning (2002)




viernes, 3 de febrero de 2017

Weezer – Pinkerton (1996)



En los noventa, todo lo relacionado con los nerds no tenía la aceptación que tiene hoy, un multiverso donde el conocimiento garpa y los hipsters marcan tendencia. De hecho, si Weezer hubiese surgido ahora, su líder Rivers Cuomo (una mezcla entre Elvis Costello y Brian Wilson) sería rey, pero como eso no ocurrió, el muchacho tuvo que conformarse con mantener a su banda en un nivel modesto y proseguir sus estudios universitarios.

Gente fanática del arco trazado por bandas como Cheap Trick, The Posies, Pixies, Nirvana et al., Weezer la pegó en 1994 con su irresistible hit “Buddy Holly”, una gema power-pop que exhibía una nostalgia algo inocente por la estética de los años ’50 y le daba un plus radial a su gran álbum debut, producido por el excantante de The Cars, Ric Ocasek. El contexto no podía ser más propicio: con el post-grunge en ciernes, los sellos major todavía apostaban por las guitarras, con lo cual las grandes ligas quedaban al alcance de la mano. La premisa era la de siempre, tipo “Ud. hágase el loco, meta un hit, suene en todos lados y después vemos”; pero la información ya circulaba inusualmente rápido y por consiguiente los tiempos se habían acortado: el peligro de volver rápidamente a las sombras acechaba a cada segundo. A Weezer, en tanto, le sonreía el multiplatino y los premios, los grandes festivales y todo eso, sin embargo, el camino a Pinkerton fue, cuanto menos, tortuoso, y lo que le siguió también.

Entre el éxito repentino y una delicada operación para corregir una falla en una de sus piernas, que dejara como secuela un período de intensos dolores, algo cambió en el frágil y contemplativo Cuomo, quien decidió desbaratar los planes de una ópera rock basada en Madama Butterfly hasta reducirlos al mínimo y dejarlos en manos del antagonista de la obra de Puccini, un tal B. F. Pinkerton. El resultado de este giro se disparó en varias tangentes: producción propia, amplificadores con los volúmenes al máximo, y una cuota de calculada desprolijidad.

Pero había más: bien camuflados por un contagioso aunque sombrío ímpetu pop, los textos exponían una compleja relación con el sexo opuesto, saltando desde el desenfreno (“Tired of Sex”), la indiferencia del otro (“No Other One”) y el amor no correspondido (“Pink Triangle”) hasta un romance a la distancia con una joven fan japonesa (“Across The Sea”). Lejos de ser celebrada, la honestidad brutal de Cuomo no fue bien recibida, a la luz de las reseñas mixtas en las que llegó a ser señalado como sexista. Asimismo, los fans, la propia banda y hasta sus familias odiaron el álbum, en virtud de su cruda urgencia y su falta de tapujos. Arrepentido por haber mostrado descaradamente su lado oscuro, el líder llegaría a confesar que se sintió como al día siguiente después de una fiesta descontrolada, en la que los flashes de mil pelotudeces perpetradas delante de todo el mundo la noche anterior le taladran una cabeza a punto de estallar.

La gira del 96-97 fue exitosa, pero las ventas y la moral de la banda estaban por el piso. En consecuencia, sobre el cierre de la década, Cuomo entró en un período de reclusión y nula creatividad, y el bajista Matt Sharp renunció para meterse de lleno en The Rentals, con quienes ya había facturado el hit “Friends of P”. Con el nuevo milenio Weezer parecía definitivamente condenado al “one hit wonder” cuando ocurrió el milagro: el disco homónimo de 2001 conocido como The Green Album los devolvió a los charts y una nueva generación de indies, incluyendo al incipiente sector emo, los reivindicó como influencia mayor, lo que provocó que, ya hasta el cuello en el siglo XXI, Pinkerton fuera colocado en la vitrina de las grandes obras del decenio, y rotulado como el retrato de un freaky, un inadaptado social en pleno derrumbe emocional y sincericidio. Lo cual en definitiva se acerca bastante a la verdad.


Links: 
Weezer – Everything Will Be Alright in the End (2014) 
That Dog – Totally Crashed Out (1995) 
The Rentals – Return of The Rentals (1995)