lunes, 12 de junio de 2017

INXS – X (1990)





Una X puede significar muchas cosas: error, desaprobación, censura, el diez en números romanos. También es una parte del nombre de INXS, banda australiana que supo llegar a lo más alto y, a fines de los ochenta, pelearle mano a mano a U2 el podio del pop mundial sin contar jamás con la adulación del periodismo de rock, que veía en ellos poco más que una variante cool de A-ha. Pese a ello, la gran popularidad del sexteto, unida al estilo de vida de puro rockstar de su vocalista Michael Hutchence, llevó a que las redacciones siempre les tuvieran un lugar reservado; una especie de VIP que capitalizaron de manera fehaciente mientras el fotogénico frontman se metía hasta el agua de las alcantarillas y se paseaba con estrellas como Kylie Minogue

Como sea, es casi una obviedad señalar a Kick (1987) como el punto más alto, el meollo de la discografía del grupo formado en Sydney en 1977, aunque todo tuviera un costo, muchas veces no percibido por el gran público. La situación, en el ocaso de los idealizados ochenta, era la de una banda ya muy curtida pero agobiada por giras interminables y con la obligación de entregar un álbum tan bueno como aquél, en el que habían rockeado con una efectividad que los propios Rolling Stones quisieron secuestrar para Steel Wheels (1989). Anticipándose a una posible crisis creativa, el tecladista y cerebro Andrew Farris –por lejos, el más talentoso de los tres hermanos fundadores–, antes de salir de viaje ya había empaquetado nuevas melodías para trabajar a la vuelta, tal vez sin tener en cuenta, en medio de flashes, estadios llenos, prensa, hoteles, vicios y un año libre, cómo podría evolucionar el panorama treinta y seis meses después. 

De manera que, en el año de Violator de Depeche Mode, Ragged Glory de Neil Young, Bossanova de Pixies y Nowhere de Ride, y pese a la incursión de Hutchence en terrenos del nuevo dance con Max Q, el flamante trabajo pareció hacer caso omiso de los vientos de cambio y puso sus fuerzas en presentarse como un Kick envuelto en un traje de gamuza, una continuación estilizada. “Queríamos que sonara fresco, casi como una grabación en vivo, siguiendo adelante si se corta una cuerda o pasa algún imprevisto”, dijo el cantante por esos días. ¡Gracias por la onda, Mike, pero lo que se oye en X (1990) es justamente lo contrario! Esa podrá haber sido la idea inicial, sin embargo, en estas diez canciones, el costado negroide que el grupo enfatiza se pierde en mares de reverberancia y una mezcla que privilegia los teclados de Farris en detrimento de las guitarras cruzadas de su hermano Tim y de Kirk Pengilly

Aquello no hace más que empantanar las buenas intenciones bluseras de “Who Pays the Price” y de “On My Way”, además de restarle potencial al hit single que no fue, “Hear That Sound”, bien reivindicada posteriormente en Live Baby Live (1991). Asimismo, los ecos del pasado reciente aparecen aquí y allá y por momentos la cosa se asemeja al juego de las diferencias: “Lately” es una especie de hermana menor de “Devil Inside”; la muy linda balada “By My Side” parece compuesta quince minutos después de la última toma de “Never Tear Us Apart”; y “Bitter Tears” se presenta como una versión descremada de “What You Need” (1985). No obstante esto, la banda fue lo suficientemente astuta como para mantener viva a la gallina de los huevos de oro abriendo el disco con dos golpes cargados de soul: la vibrante “Suicide Blonde” y “Dissapear”, dos de los más grandes éxitos de su carrera. Eso sí, de actualización ni hablar: habrá que esperar a Welcome to Wherever You Are (1992) para vislumbrar a INXS contagiado por una modernidad a lo Achtung Baby (1991).

Aún con sus puntos discutibles a cuestas, en la arrasadora gira del 90-91 (que los trajo a la Argentina por segunda vez), X sería interpretado casi en su totalidad sin restar un pelo de calidad a sus demoledores shows. En ello cabía tanto un acto de fe en las canciones nuevas y su buena performance en los charts, como la seguridad y la ruta de una banda que, al amparo de una contagiosa capacidad para el groove y los movimientos de un frontman comparado con Jagger o Morrison, se creía prácticamente imbatible. Y así lo creyó hasta la desgracia del suicidio de Hutchence en 1997 (“La naturaleza de tu tragedia está amarrada a tu cuello”, decía “The Stairs”...), cimbronazo que abrió una búsqueda de reemplazantes cuyo saldo, hasta 2012, no fue más que una procesión de impresentables tratando de ganarse a una hinchada entrada en años y ocupada con otras cosas. 


Links: 
INXS – Elegantly Wasted (1997)
Midnight Oil – Blue Sky Mining (1990)
Duran Duran – Liberty (1990)



jueves, 1 de junio de 2017

Charly García – Random (2017)



En esta gran trituradora de ídolos que es la Argentina, parece muy difícil, si no imposible, esbozar unas líneas sobre cualquier obra de Charly García de los últimos treinta años sin recaer en sus desvaríos, romances, adicciones, recuperaciones, provocaciones, capitulaciones, accidentes y/o escándalos. Como también es complicado sustraerse a esos infames y maniqueos reportes de situación, tan previsibles, tan fríos: lo bien que está vs. lo mal que está; lo bien que está cantando vs. ya no puede cantar; el monigote del establishment vs. el vanguardista incomprendido; el autómata empastillado vs. el genio ilimitado.

Todo aquello cansa, y es tentador pasarlo por alto, no obstante, eso equivaldría a soslayar la (gran) (ir)responsabilidad de García en la sobreexposición de sus miserias y aciertos, agudizada de manera brutal tras la declaración de principios de Say No More (1996), con la que oficializara su propia vida como obra de arte total, un constant concept, un reality show de rock y excesos cuya entrada era gratis, pero la salida había que negociarla. A él, le costó años y años de total interferencia; a muchos de sus fanáticos, sus reservas de paciencia, mientras otros las hipotecaron a la espera del milagro.

No es tan desatinado, entonces, ver a Random como la luz al final del túnel que promete para ambas partes un modesto grado de satisfacción. Entre el limbo de la rehabilitación y el mutis, algo cambió en un Charly cuyas señales musicales de las dos últimas décadas, por fuera de algunos destellos (como Rock and Roll Yo, de 2003), no dejaban de remitirse al caos y al extravío. Debido a eso es que el transcurso de este breve álbum quizás represente un suspiro de alivio, una muestra de purificación deliberadamente distante de los desbordes insoportables de El Aguante (1998) o Kill Gil (2010).

De hecho, hay tanta pulcritud en Random que asusta. A cargo de casi todos los sonidos que salen de los parlantes, y ayudado por unos pocos amigos como Rosario Ortega, Fernando Samalea y Kiuge Hayashida, la estrella se muestra decidida por su faceta más amable en un claro gesto por evitar los elementos disruptivos y la sobreproducción, pese a la tentación insinuada en “Spector”. Todo aquí suena familiar: los rocks de “Ella es tan Kubrick”, “Otro” y “Believe” conectando de un plumazo con sus amados Stones, Lennon y Byrds; el corte “La máquina de hacer feliz” que remite a Serú Girán; la intro de “Rivalidad” que se parece a la de “Rap del exilio”...

Y, claro, esto no sería lo que es sin la presencia de una abrumadora autorreferencialidad y palazos al mundo lo que lo rodea –al menos el que se ve desde el living de su casa. Elija y gane: “Ahora que estoy rehabilitado / saldré de gira y otra vez / me encerrarán cuando se acabe / y roben lo que gané” (“Primavera”); “Es medianoche en la televisión / cuando uno quiere algo de diversión (…) / aparecen los amigos de Dios” (“Amigos de Dios”); “Los muertos están de moda” (“Mundo B”).

Con todo, sería absurdo medir a Random con la vara de Clics modernos (1983) o Piano Bar (1984) porque no tendría ningún sentido, aunque sí es importante subrayar que el disco tal vez represente lo mejor que puede entregar el Charly García de hoy: un tipo en estado de fragilidad permanente que se ha visto obligado a observar en silencio la prepotencia de las nuevas generaciones, muy rápidas para el manejo de la publicidad pero muy proclives a dejar de garpe al oyente en el plano artístico, lo que se aprecia bien sintonizando unos minutos cualquier radio mainstream.

Quién sabe, quizás hasta haga falta el paso de un par de decenios para un análisis cabal de su obra, de manera de omitir el moralismo y la eterna apelación a la decadencia. Por el momento, siempre consciente de lo que representa, sin perder la lucidez, el bicolor recurre a su arrogante sentido del humor para decirle a los pibes, a vos, a tu vieja y al conductor del noticiero, que “la máquina de hacer feliz la tiene el Papa. LA TENGO YO”. Alquilarla o no, dependerá de cada uno.

Links: 
Charly García – La Hija de la Lágrima (1994) 
Charly García – Kill Gil (2010) 
Fito Páez – Rock and Roll Revolution (2014)