lunes, 24 de julio de 2017

Spacemen 3 – Sound of Confusion (1986)



A mediados de la década de 1980, al tiempo que Madonna, Michael, Sting y A-ha acaparaban los primeros puestos y sonaban hasta en la radio de la abuela, había gente encarando desde hacía rato tareas más interesantes, como la de desarrollar el ruido, la experimentación y la suciedad, prácticas bastante alejadas del chato convencionalismo dominante. No vamos a ahondar en la Norteamérica alternativa, que era un hervidero, pero sí vale recordar que en el Reino Unido, por ejemplo, ya estaba en bateas el Psychocandy de The Jesus and Mary Chain, se consolidaban los etéreos Cocteau Twins y se encaminaban My Bloody Valentine, The Telescopes y Loop, bandas que en virtud de su indiferente y estática postura escénica, serían definidos bajo el rótulo de shoegazers (“los que se miran los zapatos”). En general estas agrupaciones tenían en común, además de una afición por las vanguardias de todas las épocas, el buen pop y el garage rock, un coleccionismo que los conducía a verdaderas excursiones vinilo-arqueológicas con el fin de develar los secretos de oscuras bandas de los ’60 especialmente.  

En la ciudad inglesa de Rugby, los Spacemen 3 también sintonizaban esa frecuencia. Lo suyo no era una mera recreación de un sonido, sino más bien una especie de declaración de principios: si la década en curso exaltaba exaltaba el yo-consumidor-hedonista-exhibicionista, pues aquí las capas de ruido, los acoples y las estructuras reiterativas y monocordes eran practicadas en función de una anulación del ego, efecto similar al de ciertas drogas o estados místicos. Una (micro)política que discutía con un orden de cosas que, bajo otros disfraces o estrategias, sigue aún vigente.

La formación estaba integrada por J. Spaceman (Jason Pierce), en guitarra y voz, Sonic Boom (Peter Kember) en guitarra, Pete Bain en bajo y Natty Brooker en batería, jóvenes melómanos bien provistos de equipamiento vintage y con muchas ganas de apabullar al receptor. Más allá de lo desalentador del contexto de la música masiva, los astros estaban lo suficientemente bien alineados como para que el producto de esas mentes se convirtiera años después en objetos de reverencia, y el álbum debut no fue la excepción, ya que Sound of Confusion ofrece lo que todo buen amante de la psicodelia espera oír: canciones hipnóticas, de no más de dos o tres acordes, llenas de fuzz y feedback, que cabalgan sobre una sección rítmica minimalista y repetitiva creando, por decirlo de algún modo, una verdadera experiencia en la cabeza del oyente.  Breve, pero experiencia al fin.

El disco, relativamente corto, transcurre como un centrifugado. Composiciones propias como “Losing Touch With My Mind”, “Hey Man” y “2.35” se mezclan con covers de sus venerados 13th Floor Elevators (“Rollercoaster”), Juicy Lucy (“Mary Anne”) y The Stooges (“Little Doll”) sin sacrificar homogeneidad. Las voces llenas de cámara rebotan entre toneladas de distorsión, y la coda de “O.D. Catastrophe” parece no tener fin, de manera que cualquier intento de descripción o racionalización se vuelve inútil, pues la idea de Spacemen 3 parece ser la pura vivencia.

No hace falta un doctorado en astrofísica para deducir que un álbum de estas características no se vendió ni para cubrir los gastos de taxi para ir a buscar al dealer. Así y todo Sound Of Confusion fue un comienzo más que promisorio para esta agrupación de trayectoria breve pero sin puntos bajos y muy prolífica. Ya en las puertas de la nueva década y con un recambio generacional en ciernes, tras varios intentos discográficos tan o más desafiantes que este, las tensiones insalvables entre los líderes Pierce y Kember provocarán el desguace de la banda en 1991, opereta que dejará al cantante más que listo y curtido para su próxima aventura sideral, Spiritualized, con la que sí conocerá el éxito artístico y comercial.


Links:
Spacemen 3 – Playing With Fire (1989)
Mercury Rev – Yerself is Steam (1991)
Spiritualized – Lazer Guided Melodies (1991)






jueves, 6 de julio de 2017

Él Mató A Un Policía Motorizado – La Síntesis O’Konor (2017)




Era una cuestión de tiempo. Se veía venir el día que Él Mató a un Policía Motorizado sellara su inclusión en las grandes ligas con una obra bisagra, capaz de generar un impacto –hacia afuera y hacia adentro de la banda y aún persistiendo con la autogestión– comparable al que experimentara Babasónicos con Jessico (2001) o, más atrás y más lejos, sus amados Sonic Youth con Goo (1990). De hecho, así como van las cosas, la presentación del quinteto encabezado por Santiago Barrionuevo en un recinto adecuado para su creciente ejército de fanáticos es otra cuestión de tiempo, pero eso ya no nos concierne.

Lo cierto es que detrás del éxito que disfruta el combo platense, impunemente vilipendiado por la zona de confort del rockerismo local, hay una década y media de trabajo de hormiga. Él Mató fue testigo presencial y protagonista de la reestructuración del indie post-Cromagnón y, a fuerza de constantes actuaciones y de un corpus de canciones lo-fi que retrataban la miseria cotidiana con precisión de telegrama, logró ponerse a la cabeza de un panorama que pedía atención a gritos ante la perspectiva de un mainstream tan hermético como paupérrimo. Como resultado de este mix entre persistencia, amistad, toneladas de distorsión e historias derrotistas, su impacto como “portavoces de una generación” (aún con lo feo que suena este concepto) quedó impregnado en la piel de prácticamente cualquier banda alternativa que aparezca en la programación de Niceto o el Matienzo; gente con la convicción de que de la simpleza también es posible extraer buenas cosas.

Y es justamente esa economía de recursos la que es reexaminada en La Síntesis O’Konor, cuyo registro en un estudio de Texas (Sonic Ranch) habilitó que los motorizados se mostraran, al fin, prístinos; alta fidelidad le dicen, eso que en la cofradía se suele mirar con recelo, sobre todo cuando “un amigo” la pega. Empero, tal como se adelantaba en “El tesoro”, primer tema (lanzado como EP hace unos meses), aquí no hay ningún sell out, sino más bien un nuevo y atinado reparto de barajas: el tiempo y espacio que ceden las guitarras, mucho más contenidas y precisas que en trabajos anteriores, es ocupado ahora por una exquisita administración de matices y arreglos en la que se destacan los teclados de Chatrán y Niño Elefante, quienes surfean entre zumbidos analógicos, marimbas y hasta un coro de mellotron (“Las luces”).

Entre tanto afán contemplativo, y sin mediar grandes destellos de electricidad (salvo quizás “Ahora imagino cosas”), la habilidad de Barrionuevo para la poesía mínima se vuelca en los textos más introspectivos e incluso místicos que haya escrito jamás. En “La noche eterna”, por ejemplo, afirma “sé que el cosmos cuida a todos por igual” mientras sus compañeros evocan la parsimonia de los Jesus and Mary Chain de Stoned and Dethroned (1996). Esto también ocurre en la más desgarradora “Alguien que lo merece”, donde se retrata un proceso de crisis absoluta que continúa en la percusiva “Destrucción” (“Todo lo que digas me destruye / no me importa si está bien o está mal”), antecedida por el rapto motorik a lo Neu! del instrumental que le da nombre al disco.

A esa altura del trabajo –promediando el lado B– el grupo apenas necesita más elementos para conformar al oyente exigente, sin embargo, la recta final se reserva sendos temazos que se debaten entre lo acústico (“Excalibur”), una gema deudora de Weezer (“El mundo extraño”) tanto en lo melódico como en su letra perdedora –que reza “tus vecinos me miran mal”– y una triste excursión tecnoide (“Fuego”). Piezas de impecable factura que determinan que, efectivamente y en coincidencia con la mayoría de las reseñas, La Síntesis O’Konor cierra por todos lados.

De esto se puede deducir que Él Mató A Un Policía Motorizado ha aprobado con creces el gran examen de la autosuperación. No obstante, el interrogante de qué ocurrirá de ahora en más, o de si han alcanzado un techo, ni ellos lo deben saber responder. Por supuesto, queda la evidencia de un álbum sobresaliente con claros indicios de clásico, una agenda cargadísima y más fans a la espera de un nuevo golpe o, en su defecto, de alguien que ocupe ese lugar tan codiciado. Porque la competencia en el ambiente del indie millenial –lo testifica ese perverso documento que es Facebook– aunque parezca cordial y todo paz y amor, es feroz. Pero esa será otra cuestión de tiempo.



Links: 
Él Mató A Un Policía Motorizado – La Dinastía Scorpio (2012) 
Las Ligas Menores – Las Ligas Menores (2014) 
Los Espíritus – Agua Ardiente (2017)