martes, 1 de agosto de 2017

Kate Bush – The Kick Inside (1978)




¿Quién pudo maniobrar una carrera prácticamente sin traspiés durante cuatro décadas, conocer lo más alto de los rankings aún apostando por los riesgos y al mismo tiempo preservar el tesoro de su intimidad? Kate Bush. Ahora bien, redoblemos la pregunta: ¿quién logró, en un mundo masculino, en los años 70, colocar en el N° 1 un álbum enteramente salido de un cerebro adolescente? Pues la misma: Kate Bush. Una artista fuera de serie, casi sin precedentes en el rock (habría que remontarse a Joni Mitchell para encontrar semejante actitud) y que poco antes de saltar a la fama había pasado una infancia tocando música y abrevando de los discos de rock que había en su casa rural de clase alta en Kent, Inglaterra.

De esta manera, la inquieta Catherine (nacida en 1958) no tardó mucho en ponerse a garabatear sus propias composiciones y, a los doce, ya contaba con un demo que hizo circular hasta que llegó, tiempo después, a manos de un David Gilmour hechizado por el estrafalario canto de esa chica provinciana, más propio de un ser mitológico que de una cantante pop. Cuenta la leyenda que, en 1975, el guitarrista de Pink Floyd le acercó la cinta a gente de la EMI diciendo “por favor, escuchen esto” y rogando que pusieran el plan en marcha. Todo ok, pero antes Bush debía superar ciertos obstáculos: vencer su terrible timidez (lo que logró tomando clases de danza y mimo) y curtirse actuando en pubs con la banda de su hermano Paddy, antes de proceder con un poco ortodoxo y ambicioso álbum debut, The Kick Inside.

Ya plenamente consciente de su potencial, la joven artista movió cielo y tierra para asegurarse el control total e inapelable del producto que se gestaba en los estudios Air: una música extraña, angelical, canalizada a través de un histrionismo vocal sobrehumano, un disfraz pop rock impregnado de imaginería erótica y un piano siempre cómplice de la aventura del descubrimiento. Como si de desactivar clichés se tratara, la mirada clínica (y cínica) de Bush –un ojo en la música radial y otro en las vanguardias rockeras– hizo que las canciones fueran y volviesen del exotismo a la manera de una bolsa arrastrada por el viento.

Así, “Moving” abre el disco con el sonido de una ballena y una melodía digna de un film samurai, y “The Saxophone Song” vincula a Roxy Music con King Crimson, sin embargo, la composición de Bush alcanza su primer pico con “Strange Phenomena”, una breve gema que relaciona la menstruación con insólitos fenómenos paranormales. Y si de intimismo se trata, luego del arrebato reggae de “Kite”, la balada “The Man With the Child in His Eyes” narra una fantasía sexual con un hombre que la visita cuando apaga la luz por las noches, en tanto que “Wuthering Heights”, un tortuoso drama basado en la novela homónima de Emily Brontë, avanza entre acrobacias vocales y uno de los estribillos más exhuberantes jamás facturados (“Heathcliff, it’s me, I’m Cathy, I’ve come home, I’m so cold...”) para redondear su primer gigantesco hit. Directo a la cima de los charts.

La segunda mitad continúa este híbrido de rock progresivo, AOR y folk anglosajón con algún que otro altibajo, como la rockera “James and the Cold Gun”, que le sentaría bien a The Alan Parsons Project (de hecho, varios de los sesionistas provenían de allí) y tal vez el jamaicano “Them Heavy People”. Empero, piezas descollantes como las explícitas “L’Amour Looks Something Like You” y “Feel It”, colmadas de una ardiente lascivia que contrasta con la inocencia de “Oh To Be in Love”, amén del escalofriante cierre con “The Kick Inside” –una nota suicida de una muchacha embarazada fruto de una relación incestuosa–, se encargan de poner las cosas en su lugar de excelencia. Así presentada y empaquetada, la misteriosa sensualidad que atraviesa el álbum desde la primera hasta la última nota provocaría la rendición incondicional de un público amplísimo en el que se encontraba gente tan dispar como John Lydon y Peter Gabriel y futuras estrellas del porte de Elizabeth Fraser, Tori Amos o Björk, por nombrar solo algunas. 

Posteriormente, tras la edición de la apurada secuela, Lionheart (también de 1978), Bush, quien en 1973 había visto en persona cómo David Bowie liquidaba a su personaje Ziggy Stardust, encara una serie de treinta shows plagados de elementos circenses, coreográficos y mucho color, cuando en realidad sus planes pasaban por otro lado. Tras la decisión de abandonar las giras para siempre, en el horizonte asomaba un conjunto de trabajos intrincados, de una complejidad avasallante pero siempre con un pie en el pop, algunas presentaciones en televisión y una inteligente adaptación a la era MTV que la mantendría bien posicionada en el panorama. Total, sus discos se encargarían solitos de ir educando a quien quisiera recoger el guante.


Links: 
Björk – Debut (1993) 
Bat For Lashes – The Bride (2016)
Lorde – Melodrama (2017)




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